Tuesday, October 10, 2017
Respuesta urgente (Bombardeo de pálidas, indignación catártica y fuerzas efectivas.)
Friday, December 14, 2012
Verte feliz no es nada
Saturday, June 16, 2012
Autocracia (el motor eterno...)
Agustín J. Valle en diálogo con Rubén Mira
Publicado en Crisis #9
Cada mundo tiene sus evidencias, se sabe. En la Argentina post‐datos ‐tal como se ha bautizado en esta revista al estatuto actual de las estadísticas macroeco‐nómicas‐ las creencias son una cuestión de deseo. El problema entonces no es tanto que Clarín o el Gobierno mientan, ni siquiera que creen realidades simplificadas. Ellos presentan la evidencia de los mundos a los que adhieren.
Vamos a suponer buenos los números sobre la industria automotriz que constituyen el orgullo oficial. Vamos a tomarlos como postulados, porque la discusión sobre la realidad de los datos olvida que puede discutirse la calidad de los mundos que en ellos triunfan.
[...]
Los países, las regiones, los lugares, pueden tener crisis esplendorosas, así como bonanzas empobrecedoras.
Y no sólo las penurias y explotaciones de un orden social merecen ser criticadas. Los cambios sociales son disidencias fácticas a los modelos de felicidad dominantes, al régimen objetivado del deseo. Al fin y al cabo, decía Saint‐Just el jacobino, solo luchamos por lo que amamos; todo lo demás es consecuencia. Aceptamos el panorama de bonanza. Pero no habitamos panoramas, sino el medio.
Buenos Aires arde de vitalidad; Buenos Aires no da para más.
[...]
[Texto completo]
Friday, March 23, 2012
El caso Rogelio Aguas (poniendo mi granito de caca)
De la flamante usina Moviditas Casi Nada:
Es obvio
Como dice nuestro amigo Pez, hoy es prácticamente imposible estar en contra del discurso ecológico, del ambientalismo… La ecología se ha transformado en la moral de la época (doble como toda moral, claro). Si hablamos de los megashows el problema es otro, pero la fuerza de la obviedad es la misma: hoy son irrefutables la maravilla, el genio, las virtudes de Roger Waters y su espectáculo. Los nueve River, record absoluto y por lejos de convocatoria en la historia nacional, constituyen una imagen de consenso llamativamente a tono con el 54 por ciento del país de la Buena Gente.
Ante tanto consenso, si no vamos a ir a verlo es mejor pasar desapercibidos, y, llegado el caso de ser descubiertos, decir que no tenemos guita o alguna otra imposibilidad ficticia (porque ¿no tenés guita? Dale, rata, si te va bien...). La sola idea de que no querramos ir a verlo, de que ni siquiera si nos regalaran la entrada iríamos a verlo, es impronunciable. Hablar mal de Roger Waters y su espectáculo va tan a contrapelo de la obviedad circulante que da miedo. Waters es el bien, la calidad y el mundo. ¿Cómo decir algo que no sean elogios a Roger Waters y su espectáculo sin sentirse un resentido o un excluido, un paria, alguien que reniega de lo común? Another brick in the wall…
Es cierto, no ir a ver a Roger Waters da cierta sensación de quedar afuera. ¿Afuera de qué? Del amigable y cálido público argentino. De ese ser nacional que identificamos con el mejor público de rock, el más afectuoso… Los argentinos somos… especiales, somos únicos los argentinos, todo el mundo lo reconoce, no hay otro público igual, el calor, el aguante, la pasión, la capacidad de gozar, y ahí vamos entonces, cobijados en la identidad nacional, ese universal inclusivo, el que queda fuera es porque lo elige y si elige quedar fuera es enemigo. ¿No querés divertirte, pasarla bien como todos? Hay que pagar, por supuesto, pero lo vale, ¡y que lindo pagar por algo que lo vale, buena guita!
Un espectáculo impactante
Una palabra parece ser bastante exacta cuando se trata de describir el espectáculo de Roger Waters: impactante. Es impactante. Impactantes son los accidentes, las peleas, las imágenes. Que impacta. Impactar es chocar contra una superficie. Es también impresionar, conmover. Impactado, atónito, paralizado por el espectáculo, tomado por las sensaciones que de pronto retornan del pasado vivido. Tomado, paralizado; sujeto bien sujeto a las emisiones externas que recibe.
Hace un tiempo, un amigo decía algo simple y hermoso. “Las bandas que me gustan son esas que, cuando las escucho, me permiten imaginar un mundo. Cuando escuchaba a los Ramones de chico, por ejemplo, me imaginaba el mundo de la calle. Y no era por el contenido de las letras (el mensaje), sino porque la música expresaba de algún modo ese mundo o permitía que lo imaginara. Esa es la diferencia entre la música genuina y la comercial.” Imaginamos un mundo. Imaginamos. Imaginar es un trabajo. Cuando pienso en alguien imaginando, lo veo en movimiento, lo veo tomando algo para sí.
Imaginar es una actividad. Estar impactado o ser impactado es un efecto (pasividad). Dos operaciones bien distintas, o mejor, una operación y una disposición.
Las imágenes, la tecnología, la técnica, impactan. Sin dudas, el espectáculo de Roger Waters es de un despliegue técnico tal que resulta fascinante. Tan cargado, tan lleno, tan perfecto, tan completo, ¿qué más podríamos imaginar? Nos derrota por completo.
“Yo estuve ahí”
Qué compramos con la entrada de Roger Waters. ¿Compramos una imagen de nosotros mismos?, ¿un tema de conversación con miles?, ¿la sensación de pertenecer a una movida? Compramos un “Yo estuve ahí”; yo no me quede afuera. ¡Una experiencia!
El “yo estuve ahí” describe al público y a Roger Waters, a Roger Waters como réplica de sí mismo. Las réplicas son imágenes que se proyectan al pasado, nunca al futuro. Un pasado donde todo estaba tan, pero tan claro… Los malos, completa y únicamente malos, y la gran masa de nosotros, corderitos de bondad. Hoy podemos recordarlo en una fiesta.
Una ideología de escenografía
Lo impactante es por un lado el sonido, que ya no se remite a proyectar lo que pasa en el escenario hacia adelante, sino que toma al estadio como diagrama potencial de espacio sonoro, superficie envuelta, encerrada en el audio que atraviesa los cuerpos: todo sonido es vibración. Y, por otro, lo impactante es la pantalla: el muro, the wall, que es más ancho que la popular de river, es todo él la pantalla donde se proyectan imágenes. Se reproduce lo que pasa en el escenario (aunque he oído que pasan imágenes de otros shows!), cosa que agradecemos porque la verdad es que desde la tribuna no se ven más que manchitas apenas móviles, que asumimos son Rogelio Aguas y sus músicos. Lo cierto es que podría ser cualquier otro, él podría no estar, y no se notaria la diferencia; el fervor no es por verlo, es por saber que está ahí. Que ese pedazo consagrado de mundo vino a nuestro encuentro. Y ahí estamos, acá, en el mundo. En la historia. Él, Roger, Rogelio, es nada, es todo.
Victima de libertad
La gigantesca pantalla emite (en realidad recibe y reflecta), aparte de la ampliación de lo que pasa en el escenario, muchas imágenes y animaciones pregrabadas, algunas de la iconografía original de The Wall y otras añadidas con el tiempo, ampliando lo que forma parte de la iconografía de la obra. Esta parte es notable: un nutrido circuito de fotos de víctimas es el fondo escenográfico, el hilo narrativo moral del show, articulado en torno a un pacifismo que alerta sobre los flagelos de la guerra; así, con total amplitud, “la guerra” y “las víctimas”. Republicanos fusilados por el franquismo, partisanos ejecutados por los fascistas, pero también niños iraquíes desnutridos (su penuria ya tiene una relación menos directa con los opresores, que igual quedan claros), familias paquistaníes destruidas por ataques de aviones no tripulados, desaparecidos argentinos en la última dictadura, muertos yankis en el atentado a las torres gemelas: víctimas y víctimas del mundo, apilándose luminosas sobre el muro de Aguas. De la guerra un show. Cuando dedica el recital, la fiesta músico-tecnológica, a los “desa-parecidos”, la coincidencia con la prosperidad del consumo bienpensante kirchnerista alcanza su paroxismo. ¡Nueve rivers!
Este licuado moral tiene un momento chispeante cuando el muro proyecta animaciones de aviones que, en la noche, arrojan cataratas de símbolos sobre territorios inciertos: un avion tira miles de cruces cristianas, otro miles de hoces y martillos, otro estrellas de David, la lunita con estrella árabe, la esvástica, y los silbidos aparecen cuando esa línea de homologación presenta una vertiente de… ¡conchas de Shell y estrellas de Mercedes Benz! Los otros símbolos son la formación histórica del poder moral victimista, estos, de empresas, encarnan a los que rompen en mundo actual (aunque elije empresas holandesa y alemana, no britanica…). La condena es unánime en el millonario show. Todos contentos. Más que nada Waters, claro, que, con una envidiable capacidad de no aburrirse, toca de punta a punta la gran obra que compuso hace treinta y cuatro años (solo mete una diferencia cuando agrega a un tema un final tipo bossa’n floyd bastante triste), y representa al arquetipo del déspota, vestido de cuero negro con las marchas militares detrás, esos martillos de andar marcial, y, delante, una fervorosa multitud que lo vitorea, lo sigue, le sigue el juego, en un momento se da el gusto de agarrar una ametralladora de mentira pero que tira salvas resplandecientes, y suena, como en el disco, atronando la atmósfera del Monumental, ametrallando al público, el juego de Waters con un control de la situación, una capacidad de creación técnica del escenario afectivo calculado, un dominio de la atención masiva y una cerrazón de filas con tan efectiva diferenciación entre los que forman parte y los que no, que serían la envidia de cualquier déspota del siglo pasado que viene a parodiar.
Imágenes que no insisten
Las fotitos del megalómano chow escupen cuanta corrección política se nos venga a la cococha: “we are against the war”. Los muertitos no inquietan, no joden, son de lo más tolerables, nada muta (todo sigue igual diría el Pity), las imágenes reiteran lo sabido: la gente se muere en tempos de guerra. Y la guerra es sutil en su modo de operar, de exterminar: nos pisa los talones, nos respira en la nuca. Andamos tan saturados que nos aguantamos la belicosidad cotidiana: hay una guerra de modos de vida.
Una imagen de la muerte que no hable de la vida (como tanta basura porno feisbuquiana) no tiene ningún efecto-fuerza. Muertes sin imágenes de vida, caras con vidas borradas; no importan. Nos queda a nosotros -en otro tono, con menos guita y cero seguidores- mostrar que hay vida antes de la muerte. Nos queda insistir en algo que nos afirme más allá de la conciencia. I wish you were here.

Wednesday, December 22, 2010
Redonditos al poder
1- Gracias a Dios…
¿Dónde se juega la historia? El brote del cambio no siempre está allí donde sus efectos son más estridentes. Muchas veces lo que circula como visible está separado de su origen singular. Porque el monumento visibiliza -y vive de- lo que irrumpe como agite más que como discurso, como vitalidad no organizada según los códigos imperantes, y esa vitalidad histórica no tiene porqué indicar su proyección constructiva, su consecuencia institucional; agita con una frecuencia que abre posibles y planta intolerancias, como una negación que funda espacios de libertad sin necesidad de proponer alternativas globales.
Así las cosas, situar lo político no es sencillo; puede que la esfera destinada formalmente a tramitar la cosa pública no sea la que funda efectos políticos democratizantes, sino que las armas de insumisión y hambre sesudo de libertad vengan de otro lado. El denominado retorno de la política, entonces, merecería ser situado en su relación con las instancias de creación de posibles políticos. Como, por ejemplo, Patricio Rey: ese espectro pagano, ese tutor-excusa, ese tercero invisible pero común a todos los que estamos en su fiesta, que ya en los primeros años de la Dictadura protegía, en sus recitales, presencias de bronca jolgoriosa que querían “demostrar que hay vida antes de la muerte” (como decía el así llamado Mufercho, presentador entonces de la banda).
Esos espacios marginales –o mejor, excéntricos- contagian, contaminan, con su desesperada afirmación de autosuficiencia, vía vasos comunicantes complejos. Aún si pasan sin dejar monumentos, sino la apariencia-pendejada de que nada pasó, dejan la certeza, en los afectados, de que nunca nada podrá ser igual, en principio porque instalan un parámetro sensible y exigente para juzgar lo que advenga. Incluso si lo que adviene sí le hace un monumento a esa vitalidad, porque aquí, gracias a Dios, uno no cree en lo que oye. Es así nuestro Dios Patricio: gracias a él, no creemos.
2- Del 76 al 2001
La historia como banda activa de Patricio Rey fue de 1976 a 2001. Durante la dictadura tocaba en sucuchos, con monologuistas, performers varios y un obeso disfrazado de sultán que repartía bolitas de ricota, todo bañado por guitarra de Skay, hipnótica y frenética a la vez, y el inconfundible aullido-fricción de Solari. Con los Redondos se disuelve la oposición entre rock comprometido e intelectual y rock de joda: el rock ricotero es un pensamiento crítico que se baila.
El primer disco, Gulp!, fue grabado, distribuido y difundido en autogestión, como el resto de su trayectoria, sin empresas, sin sponsors, sin estructuras ajenas a la organicidad de su experiencia; esta fue de movida una de sus distinciones esenciales, que los inscribió fuera del “mercado” e hizo de su música algo más que música: el rock como expresión y sustento de otra concepción de la vida, de un mecanismo diferente de organización de las voluntades (Solari).
A Gulp! lo graban en el 84; en plena primavera democrática, abren diciendo “esta vez, por fin la prisión te va a gustar”. Desde su antro sucio y dionisíaco le gritan al encierro del espectáculo (aún el de la democracia). Eso es obvio en 1988 con Un baión para el ojo idiota, pero ya antes, en 1985, ese carnaval nocturno de intensidades, culto difundido de boca en boca, nombra su segundo disco con un saludo a la dicotomía política fundamental del siglo XX, Oktubre. No es nostalgia de la revolución perdida, no es un mero repliegue del proyecto emancipatorio en el arte. Porque se aprendió de las derrotas. El cambio no nacerá de una ocupación del Kremlin o la Casa Blanca; empieza por lo que hacés de la noche a la mañana, decía Solari, y cantaba –como si todo el tiempo y el espacio tensara su voz aquí y ahora- que un sueño acabó, ya te dijeron, pero no que todos los sueñitos… (Pura suerte).
Los Redondos condensaban la épica de las luchas contra la injusticia, el ímpetu de cambiar el mundo, con el vértigo sensual de cambiar la vida ya, sin necesitar convencer a nadie, sin conquistar voluntades; la libertad empieza hoy, porque si la emancipación es habitar la desigualdad desde la lógica de la igualdad (Ranciere), no se trata de sacrificarnos por un mañana sino de alterar la manera de estar donde estamos. Por eso ese disco, Oktubre, además de la tapa que pareciera reunir a Berni con Eisenstein en una noche de dark post-punk; además de la catedral platense en llamas, trae otro dibujo, uno de los que más alcance tuvo de la profusa iconografía visual que Rocambole (Ricardo Cohen, reciente Director de Arte de la UNLP) vertió vía Patricio Rey a la imaginería popular: el esclavo rompiendo su cadena. Esa figura demacrada que revolea con furia su cadena recién rota, la muñeca aún lastimada: la propia cadena, apenas suelta, se torna bandera de festejo de la liberación.
Ese es el esquema ricotero que hace que su obra –más allá de análisis y valoraciones-, música, letras e imágenes, atraviesen la cultura infundiendo en quienes se la apropian un inequívoco sentimiento de libertad: el esquema que va del malestar a la rabia, y de la rabia, por su propia fuerza de afirmación rabiosa, al festejo. Es fuerza, no poder. Así, los Redondos ofrecen una fuga del mundo que a su vez lo trastoca, porque ese “sentimiento” es una alteración de los valores. Es un raje (está llena de anuncios de raje, la lírica), pero el agujero de su salida ejerce un fuerza gravitatoria que obliga al entorno a posicionarse en torno a sí; una afirmación autónoma que instala ella misma los parámetros para valuarla. Un escape vanguardista.
Hoy, esa salida autónoma es la más insistente cortina musical de 6-7-8, o más que cortina, bandera, yo quiero verlas…
3 – Tandil, los redondos al poder
El del trece de noviembre en el hipódromo de Tandil fue el recital pago más concurrido de la historia argentina; ochenta mil personas dijo Solari desde el escenario; los tandilenses decían ciento veinte mil, misma cantidad que su población estable. Tandil vivió la fiesta de alojar algo que la excediera, esa marea virtual que, al corporizarse, desborda cualquier continente; miles y miles y miles de nómadas ocasionales, para los que no había nafta ni cerveza fría ni baños ni cigarrillos suficientes; millares de cuerpos que cubren calles y avenidas, convertidas en escaparate de banderas con nombres barriales y dibujos y frases tomados de Rocambole y el Indio. La gran tribu cubre la ciudad y espera cantando en su fiesta atávica; era llegar a Tandil y encontrar otro planeta que de pronto se expresa diciendo que está en este.
Esa marea ya no se desborda a sí misma como pasaba en los noventa. No deviene tierra de nadie; permanece tierra de todos. No se ve pungueo, arrebato ni saqueo, no se ven sí o sí peleas sangrientas ni avalanchas provocadas para entrar sin ticket, no se ve a la montada repartiendo palos al galope ni a los patrulleros rasando con descargas de balas de goma. De aquella crispación policial, hay que decirlo, puede haber cierta nostalgia, puesto que, en tanto reacción represiva, denotaba la virulenta fuerza de la marea en su regulación autónoma; es una memoria que puede contraponerse como recuerdo de intensidad ante la paz hoy reinante. Pero al final de la velada, después de horas aunados en masa fluida que grita, salta y baila, todos nos vamos felices y orgullosos de no haber perdido otro Rubén Carballo, otro Walter Bulacio, otro pibe a manos del poder de daño institucionalizado.
Es que los tiempos han cambiado. Por un lado, el dolor de Cromañón instaló una prudencia en los encuentros rockeros (sobre todo en los convocados por Solari, cuya única y fija bajada de línea desde el escenario siempre fue cuidensé). Pero específicamente la congregación ricotera, ya no se muestra erizada hacia el entorno –la versión dominante de lo público- como en los noventa, ya no se constituye en un radical a pesar del entorno; no se canta, por ejemplo, contra el gobierno, como se cantaba raudamente contra Menem, y apenas contra la policía. De los dos componentes principales de su pasión, ahora el festejo prevalece por sobre la bronca. La resistencia ricotera aguantó, las pasó duras –de hecho la banda no aguantó-, y hoy el entorno se le presenta menos hostil: no hay intendentes que suspendan shows, la policía no demuestra concebirla como enemigo directo, pero más aún, el ricoterismo parece haber devenido cultura oficial. No sólo banda sonora de la emocionalidad seisieteochista, sino fuente de consignas para La Cámpora (convocan a actos con la frase este asunto está ahora y para siempre en tus manos, nene), ¡parece que los ricoteros llegamos al poder!, y agradecemos al bramoso Aníbal Fernández por colgar en su blog los mapas para llegar a Tandil.
El análisis de la relación entre cultura redonda y oficialidad kirchnerista puede dejar de lado Las condolencias que, según el jefe de Gabinete, el Indio le mandó para Cristina (Si es posible y cuando lo creas oportuno, hacele llegar a la Presidenta el mínimo significado de nuestra sincera tristeza. Indio y familia). Porque el Indio no es tanto el líder, como el emergente del ricoterismo. La marea tiene su propia voluntad. Allí estaban, en Tandil, los militantes de La Cámpora tratando de ejercer la operación peronista de apoyar lo que se mueve para gobernar(lo) -la clase trabajadora en los cuarenta, los neoliberales en los noventa, los movimientos sociales y de derechos humanos post 2001-. Desplegaron una gran bandera y cantaban “soy ricotero, nacional y popular”, pero nadie se sumaba, y mucho menos con “soy argentino, soldado del pingüino”, pero sí se plegaba la masa (ellos no ven marea viscosa, ven masa trabajable) cuando iniciaban cantos netamente ricoteros.
Porque los cantos eran ricoteros, y ahí se ve cuánto el Indio –que facturó neto 9.600.000 pesos según la afluencia que él declaró- no es estrictamente líder: él y los Fundamentalistas del aire acondicionado mantuvieron la euforia escénica ante un público que alentaba un ay otra vez a Patricio Rey y sus redonditos de ricota como diciendo somos receptores pero nosotros decidimos el sentido de lo que nos estás dando. La hinchada repetía una y otra vez pocos cánticos; pero su devoción redonda no es una repetición sino una insistencia: aún frente a nuevas condiciones, se mantiene el enunciado –vamos los Redondos. Porque los Redondos no dejan de ser un ente abierto que incluye a quien lo grita. “Indio” no es un sujeto colectivo; sólo los redó designan en común a artista y público: no que sean iguales, sino que valen porque participan de lo mismo.
4- Legitimidad redonda
No es sólo por ese vínculo de consustancialidad entre emergente y público que el kirchnerismo busca arroparse con el sonido y la liturgia ricotera. No: a través de los Redondos, el kirchnerismo busca llevar a fondo su identificación con el estallido de 2001, sus efectos y su historia, la legitimidad dosmilunera (la paradoja de gobernar heredando el que se vayan todos, acaso superada en la plaza del luto).
Porque si los Redondos tuvieron efectos en lo público hay que buscarlos no sólo en el corpus musical ulterior, sino allí: en la revuelta de 19 y 20 de diciembre de 2001.
Habían sido entrenadas en la experiencia ricotera, por un lado, las formas de ocupación del territorio urbano del 19 y 20. Los saqueos eran frecuentes en los recitales de PR en los noventa, y, especialmente, el enfrentamiento con las fuerzas de seguridad en el centro (policía y privados, robocops sin ley), como puja callejera era menos propia de los saberes setentistas (aparato contra aparato) que de la experiencia de choque reiterado de las bandas ricoteras con la cana; sabíamos correr, aguantar, avanzar, seguir liderazgos variables, cuidarnos, no dejar tirados, llorar muertos… De hecho, una de las poquísimas veces que en la década del 90 las fuerzas de represión estatales tuvieron que darse orden de repliegue, fue en el recital de PR en Villa María, Córdoba, en mayo de 1998 (informó Clarín).
Además de la inteligencia material de la revuelta, también contribuyó al caldo dosmilunista cierta sensibilidad ricotera: la desconfianza ante el poder -mercantil y estatal-, el autonomismo autogestivo, y –cierto- rechazo al craso imperio de la nueva Roma.
Junto a los escarches de HIJOS, a las puebladas y cortes de ruta en el interior, los MTD’s en el conurbano, ese saber y esa sensibilidad ricotera fueron ingredientes esenciales de las representaciones de resistencia disponibles para la olla que estalló en 2001, y, aunque se quiera acusar como móvil del estallido al corralito, esos elementos fueron condición de posibilidad, cauce de existencia de ese grito que, sin organizar una configuración posterior, sacudió el tablero y dispuso nuevas exigencias y condiciones: esas condiciones en cuya fina lectura consistió el principal mérito del triunfalmente muerto jefe del peronismo, Néstor Kirchner (los pingüinos nunca caen para atrás).
Ahora bien, un punto adicional que merecería más pensamiento: si en 2001 termina la post-dictadura, en tanto lo que en ella era marginal pasa a ejercer poder de determinación central, gobernar legitimándose con la agenda progresista de la post-dictadura, ¿es progresismo combativo o cinismo que hace de un piso techo?
5- Con tanto humo el bello fiero fuego no se ve
Es ambiguo: nos alegramos de que lleguen al gobierno estéticas y retóricas y puntos de agenda que sostuvimos como resistencia muchos años. Al fin y al cabo la otra gran apropiación resignificante de 2001 fue el caceroleo propietarista de barrio norte y los piquetes de la abundancia. Pero al mismo tiempo, nuestro amo juega al esclavo y adorna nuestra esclavitud, y en el extractivismo exportacionista, sojero y minero, Gobierno y capitales acuerdan, derrame más, derrame menos (por no hablar de la burocracia sindical y la red de intendentes -perros que no se contentan con los restos- que constituyen el primordial sostén estructural del Gobierno).
Lo que más aprendimos es que la fuga, el rechazo a la mesa servida y el sostenimiento de una voz propia –aún o especialmente si no significa nada y es sobre todo intensidad de enunciación-, tiene efectos mediatos. Podemos entonces casarnos con el proceso de su institucionalización –apoyado y gobernado hoy por el peronismo, que nunca se casó con nadie-, o decidir que ese grito no es todo el grito, y gastar la vida sosteniendo los rajes de las formas habidas, como tribus callejeras que escriben la pared y sostienen, difusa, quizá atolondrada pero intensamente, el ánimo de otra concepción de la convivencia, el nervio del futuro. Confianza en lo que vibra de otra manera; en los noventa era imprevisible que el aguante derrocaría un gobierno (y unas formas de gobernar: con represión a mano, con el Estado como puro botones del capital transnacional, etc). Hasta la corriente de conversaciones anti-neoliberales, en aquellos años menemistas, fueron un modo del aguante, y su incidencia histórica es inconmensurable, pájaros de la noche que oímos cantar pero no vemos…
Y ante la asociación entre la realeza multitudinaria de Patricio y el Gobierno, el pogo más grande del universo. Es una enseñanza antropológica, la del pogo: se asume que todos, cada uno, somos peligrosos (por eso nos cubrimos con los brazos, incluso al principio con los codos), pero se apuesta por la confianza, por festejar el peso de los semejantes, por compartir una violencia habitable y anti-anodina. La marea, como dijimos, es fluida y espesa, te lleva: no podés apropiarte de un lugar. Durante Ji-ji-ji, en la inminencia del estallido poguero se abren con mucha fuerza grandes huecos para que haya espacio para el baile de chocar, pero apenas arranca la euforia, esos huecos desaparecen porque sus bordes también poguean, se fluidifican; el enorme campo se alisa y todos circulamos en caos veloz decidido, potencialmente tocándonos todos con todos, cualquiera con cualquiera, marea de potencia que perdió la forma humana, una igualdad fáctica entre ochenta mil cuerpos como muy cada tanto presencia la historia.
Saturday, March 29, 2008
Giro autobiográfico en la literatura: era obvio
Tuesday, March 04, 2008
Ensayo ricotero no redondo

Sunday, January 27, 2008
Luca, cadáver exquisito del rock

[Aquí el artículo -publicado en Debate- completo.]
Thursday, December 27, 2007
¿La tecnología a nuestros pies?
[Sigue]
El cybercafé de la esquina
[Sigue]
Thursday, November 08, 2007
El cover de Bifo
Hace cosa de un año puse un blog. Eso me dejó dos opciones: o cuelgo textos o yo me cuelgo. Lo bauticé “Sólo las cosas”, abreviatura de una frase que me gustaba: “sólo las cosas podrán aún salvarnos”. La idea más o menos era que atribuyéndole valor de cosas a las cosas podíamos evitar la tediosa mismidad posmodernista, tan lúcida para detenerse en el sinsentido letal que hay detrás de todo.
Me gustaba la frase y se la atribuía a José Ortega y Gasset, pero después me di cuenta de que no estaba seguro, y fui a buscar los libros suyos que leí y no la encontré. Tal vez no busqué bien, o tal vez la frase la había inventado yo, tal vez inspirado por alguna otra cosa de Ortega y por eso la asocié con él, o tal vez la había escuchado o leído en otro lado, quién sabe. El hecho es que la idea se había hecho un lugar, entre lo que Ortega y otros y yo dejamos en mí, y aparecía, la idea, útil frente a la vida. Hay que tener cuidado pero no temor a hablar de la vida, la vida es como Dios: nunca la tenemos frente a frente como tal, pero está en todas partes.
Antes de elegir “sólo las cosas”, cuando pensaba en poner el blog, tenía otra opción: Gerundio. Incluso llegué a registrar ese nombre, pero no prosperó. Recuerdo que Fede Levín se preguntaba por las cartas (escritas) no enviadas; creo que en los blogs registrados y no desarrollados hay un rubro familiar, que también nos deja entrever la diversidad de mundos alternativos entre los que se abre paso el mundo.
Gerundio era una bandera, una consigna, una toma de partido, carajo, en defensa del pensamiento y contra la temporalidad mediática del estímulo-respuesta inmediato y la carrera loca por estar clic a clic en el mundo. Porque el gerundio es el mientras, el durante, es la aceptación de que cada acto, cada momento, está afectado por otros planos presentes, es el refugio de la complejidad de una temporalidad gruesa, tridimensional, mientras que la supresión del gerundio dice que en cada instante hay una cosa, qué joder, primero una y después otra, a una velocidad enorme que permite la multiplicación al infinito de escenas lisas.
Esta defensa del gerundio no profundiza en que el verbo básico de la humanidad y de las cosas todas, conjugado en su correcto modo, es siendo. El ser es la mentira de un estar sustantivado; todo está siendo. Eso dejémoslo dicho nomás. Quedémonos en la idea -que sé que estoy esbozando y no terminando de plantear puntillosamente- de que aniquilar los gerundios, y hay una militancia contra ellos, es cómplice del automatismo de las acciones tan característico de nuestros días, automatismo gracias al que se reproducen millones de prácticas y discursos aún bajo sensación generalizada de ausencia de sentido en la vida social. A pesar de que casi nadie cree en lo que hace, casi todo el mundo hace y dice una barbaridad de cosas.
De esto habla Franco Bifo Berardi, de la muerte de los gerundios. Bueno, más o menos. Lo considera una mutación antropológica y lo llama pasaje del humano alfabético al humano videoelectrónico primero y digital después. Estas palabras que uso para los tan distintos “contextos cognitivos” de formación de mentes y cuerpos puede sonarle a cada uno de distinto modo pero a nadie puede no sonarle: el tipo se atreve a pensar la época. Una época cuya genealogía es complicada, como todas, pero cuya visibilidad señala en la guerra del golfo de 1991, como primer acontecimiento con difusión global instantánea.
Ahí hay tres rasgos: la instantaneidad de la comunicación, la apertura constante del canal comunicativo y la globalidad de su alcance, que son la piedra de toque en la mutación de la especie a la que asistimos, de la que somos parte, desde la que hablamos. No sé ustedes, pero mi mayor habilidad física consiste en digitar mi dirección y contraseña de mail.
El tipo piensa qué le pasa al alma y al cuerpo cuando están atravesados por un estrato inorgánico como es la red. El hace décadas que piensa y explora los soportes de la inteligencia colectiva, la radio, la tele; hoy, internet. La materialidad inmaterial que habilita el puro presente. El nuevo Edipo, arroja Bifo, en tanto es cada vez más la pantalla, por sobre la madre, la ventana por la que entra el mundo, las palabras, las imágenes, las referencias entre imágenes, palabras y cosas. Y en la pantalla el pensamiento es de información pura, de conexión de imágenes, de desplazamiento ultra veloz entre escenas, y no tanto de profundidad y detenimiento. Dice Bifo que las generaciones criadas bajo el paradigma visual digital manejan unas 650 palabras, contra 2000 de los adultos criados alfabéticamente, pero que tienen muchísima más capacidad combinatoria. Este cambio no es ni bueno ni malo, es irremediable.
Esa red es el soporte de nuevos modos de ser, de producir. Por un lado, en el régimen de la imagen, lo que vale para las mercancías es su universo simbólico. El “espíritu”, la “onda” de la marca es lo que les permite apelar a los sentimientos más íntimos de todos nosotros. Mediante lo que Bifo llama “movilización publicitaria del psiquismo”, lo deseable y lo imaginable viene dado bajo la batuta de un discurso que en la ciudad no nos deja escapatoria, un discurso siniestro al insistirnos sin cesar que elijamos, que seamos nosotros mismos, diferentes y únicos. Hace poco había una propaganda de afeitadora que mostraba caritas con distintos dibujos de barba y decía, no como propuesta sino entre signos de admiración, o sea imperativamente, “¡lookeate!”. La tiranía del update, dice Sibilia: estás compelido a autogestionarte entre centenares de ofertas hechas por otros.
Pero estábamos en los nuevos modos de ser y de producir del capitalismo (en una “fase” donde se ha consolidado la curiosa expresión “en tiempo real”). Bifo dice que el proceso de producción actual ya no genera paradigmáticamente obreros sino personas que están pensando todo el tiempo cómo engancharse; en ese sentido todos, pero todos, somos empresarios de nosotros mismos: ese es el triunfo del capital.
La red no incorpora personas, incorpora momentos. No hay nadie conectado ni nadie desconectado: la red se beneficia con algunos momentos tuyos y desprecia otros. Biffo llama a esto capital recombinante: no es la jornada de ocho horas, son ciertas ideas, ciertos gestos, ciertas capacidades comunicativas tuyas que el capital recombina para su valorización.
Esos momentos que el capital convierte en sus insumos, son intervenciones que muchas veces requieren un bagaje específico, que es en definitiva el que está puesto a trabajar, y ese bagaje no es otra cosa que la conexión con muchísimos otros momentos y producciones. Y es también ahí donde el capital se nutre de todas las facultades humanas y ya no sólo de la fuerza de trabajo. Por ejemplo los llamados creativos, que muestran cómo la imaginación se pone al servicio de la una llana reproducción.
La recombinación arbitraria de fragmentos es el modo contemporáneo de existencia, dice Bifo. Lo que existe son fragmentos a componer, sin regla de composición; cada uno tiene que ingeniárselas para ver cómo con los fragmentos que tiene, o sea que es, compone una vida. Nos salvamos de la jornada laboral pero estamos sometidos a una autogestión híper exigente; la frustración también puede ser una no resistencia física a eso.
La frustración. De eso también habla Bifo, que más o menos es Diego, ¿ya les dije eso? Yo casi no leí a Bifo, todo lo que me llegó fue mediante Diego Sztulwark. Pero bueno, los nombres, las ideas, los ecos. Bifo es causante de estas palabras de un modo que sería arduo, sino imposible, reconocer del todo, pero más que nada Bifo es el nombre con que circulan unas palabras no transmitidas con instantaneidad –o sea que afectaron sensiblemente a los cuerpos en los que habitaron.
Estaba en la frustración. Porque Bifo también se mete con eso: piensa, por ejemplo, las crisis económicas como depresiones de masas. Piensa la alianza entre la red online al servicio del capital y la industria farmacológica que te permite no parar, estar siempre conectado, productivo, etcétera.
Pensar las depresiones es pensar la crisis del sentido. Para Bifo, y no creo que sea el único, el sentido es una inversión libidinal, inversión no en el sentido de dar vuelta sino de poner. Atribuirle a las cosas valor de cosas. El sentido no viene del mundo sino que lo construimos por prepotencia de las ganas. Ahora bien, ¿qué pasa cuando los canales de conexión con el mundo están saturados de cosas que nos invaden? ¿Se obtura la posibilidad de invertir, de insertar en el mundo una energía que signifique las cosas y lo haga más vivible?
En nuestra sociedad hay un desinvestimento del campo social, dice Bifo, es decir, una sensación de ajenitud, de que nada hace sentido ni vale la pena. Pero ese desinvestimento se reinviste en el trabajo, a modo individual, en lo que Pablo Hupert llamó, aquí mismo, el proyecto personal. El trabajo, según Bifo, es el lugar del narcisismo: es el momento en que constatamos absolutamente nuestra existencia. Y por lo tanto estamos proclives a abandonar tiempo de goce físico por trabajo: autoexplotación. El narcisismo se juega en el proyecto personal, desde allí se inviste, individualmente, el mundo, y es un caldo para la depresión, porque hay un diferencial entre las expectativas puestas en eso y lo que vuelve. Frustración.
No se trata de poder decir “trabajo en lo que me gusta”, esa es la gran trampa. Porque la frustración deviene de que lo que te gusta se vacía de sentido en cuanto queda inscripto en ese régimen de autoexplotación. Acaso lo que a uno le gusta es una relación con el tiempo más que otra, y no tanto el contenido de la tarea. Porque cuando “hacer lo que me gusta” se convierte en un mandato rutinizado según pautas ajenas, el modo de su efectuación lo arruina.
El proyecto personal frustra también porque su individualismo intenta negar cuánto lo que hacemos es parte de una enorme cadena de cooperación social. Las palabras que usamos, la información que tenemos, todo porta a los otros. No es que este proyecto personal nos desvincule literalmente de los demás; al contrario, está volcado a los otros, pero el problema es que los otros, desde esta lógica, aparecen como consigna, como expectativa y demanda, como mero recurso. Desde el proyecto personal, como dice Chiche Gelblung, uno no tiene amigos sino contactos.
Entonces en los dispositivos vinculares postalfabéticos lo que hay es una reducción al mínimo de la alteración a la que los otros pueden inducirnos. Se obturan los posibles. Y proliferan las conexiones a distancia, los puros intercambios de información, los mails porque el teléfono te obliga a preguntar cómo estás y saber qué está haciendo en ese momento y a escuchar la voz, ya es demasiado. Como si hubiera algo de la pura conexión que se arruina con la presencia. Como si la presencia del otro tuviera un exceso molesto y pudiera ser regulada cada vez más como amenazante para la reconfirmación de lo que uno es.
Frente a todo esto Bifo propone: recuperar soberanía sobre el tiempo. Liberar tiempo. Y no es que el niño rico que vive al pedo, ni que el desocupado en banda, tengan de por sí tiempo. Uno es dueño de su tiempo, dice Bifo, cuando es feliz perdiendo tiempo. Como dice uno de los únicos textos firmados por Patricio Rey: amo a mis redondos porque desperdician la vida a toda velocidad. Porque lo que se pierde cuando se pierde tiempo sólo es pérdida en los parámetros del capital.
Hay que generar la sensibilidad capaz de detectar la sana pérdida de tiempo, la pérdida que es ganancia. Hay un momento en que el gasto de tiempo se revela fortificante; nuestra apuesta es que venir acá no sea un gasto de tiempo sino una inversión que produzca alegría.
Y acá podemos hacerlo porque hay un cuidado infinitesimal de la presencia. No es común un lugar donde al oír el timbre todos decimos “pero qué boludo, si está abierto”. Uno atraviesa esa puerta abierta y de movida se nota que la relación entre los cuerpos se rige bajo otros códigos: por ejemplo, mirar a los ojos a un desconocido no te lleva a escuchar “qué te pasa loco” sino un “hola, cómo va”, o si alguien te toca el hombro desde atrás no es el miedo el sentimiento que prima, porque aquí aceptamos que nos necesitamos, que nunca sabemos del todo qué pueden darnos los otros ni qué puertas podemos abrirles, aquí habitamos una desnudez pletórica fomentada claramente en el baño: allí, en la instancia de intimidad mayor, un cartel invita: no sea usted.


