Wednesday, August 30, 2017
Maradona, y los anti. (Columna en La Tribu)
Tuesday, March 03, 2015
Gracias Román. Belleza y disidencia.
Lujo Riquelmeano Es una historia de amor de punta a punta. De amor, de belleza y de pensamiento, de inteligencia sostenida con fuerza ante la estupidez ambiente. Una historia, también, de justicia, de violenta, disputada justicia. Gracias Román, gracias por tanta hermosura, gracias eternas por tu gracia eterna. Acaso el primer crack del fútbol argentino en retirarse con una carrera íntegramente observable en internet. Sea. Es mirarte y mirarte y mirarte y no poder parar de llorar, no querer parar de llorar porque este llanto es signo de un querer tan intenso, un querer que empezó cuando entraste por primera vez a la Bombonera repleta y que desde entonces cocinaste con tu juego al punto de lograr que convivieran en este querer tanto una expectativa constante, suprema, elevada, como una sorpresa anonadada una y otra vez. Expectativa y sorpresa; gracias a acostumbrarnos a que lo esperable a esperar sea lo inesperable; gracias, Román, maestro -desde el fútbol- de la vida.
Bajador de línea, Román: un tipo que, en ese nivel de exposición, de llegada, habla una y otra vez de disfrutar, de sentirse feliz durante el partido, de hacer las cosas bien. Poner la felicidad como valor público, y a la vez mostrar, claro, que la felicidad no es un jovialismo tontolón, no es una imagen de superficie plena; es jugar mucho y lo mejor posible. La buena felicidad no se nota porque es una dimensión de la práctica, en nada vinculada con los códigos establecidos de la gestualidad. Román es feliz jugando y sale en las fotos con cara de orto: porque se expande haciendo lo suyo y en el momento capturable está incómodo.
Un agujero en el campo de juego, dice Varela, un agujero donde la pelota desaparece para el rival y reaparece en el lugar que, durante el azoro y desorden de los contrarios ante esta exclusión de la pelota, devino el mejor para la ofensiva del equipo de Román. Mata el tiempo para que su cómplice -un compañero o la misma pelota-, exento de la detención, logre un plus de espacio. Un agujero en el campo, un espacio excluido, un espacio privado para los contrarios, eso arma Román. Más que ser él la continuidad del campo de juego, convierte una zona del campo en la continuidad del espacio privado de su cuerpo. De ahí su gesto típico de cuidar la pelota, de rodearla de un campo energético donde no entra nadie. Porque nadie sabe tratarla como él. Su gesto eminente no es -como Messi- de llevarse la pelota a otra parte, de escabullirse y escapar con la pelota, es de hacer patinar a los contrarios en torno al espacio que él está protegiendo, donde dejar en paz a la pelota para que pueda ella misma mostrar la línea de su óptimo devenir. Messi, como dice Ezequiel Gatto, arranca directamente en su máxima velocidad; Román dice “pará, pará”. Pará que vi algo… Incluso su festejo ha consistido muchas veces en ese gesto excluyente, cuando decidió con quién o cómo quiere festejarlo y entonces corre poniendo la palma de la mano hacia adelante, diciéndole a los compañeros “pará”, impidiendo que lleguen a su cuerpo hasta que él haga lo que quiere hacer. Salva un espacio de la inercia general de las fuerzas. Así juega; así, también, habla.
Repasaba Gonzalo Sarrais Alier qué quieren los que no quieren a Román, y en efecto el negativo de Román es un mundo horrible, sin amigos, falso y obediente. Se le ha reprochado que no le gusta entrenar… Román lo dice explícitamente, que no le gusta “entrenar todos los días” (ver el extraordinario documental Román x Román, minuto 1’35”). “Tomé mate todos los días y jugué bien el año y medio”. El mate, que mide las horas vanas según Borges, el mate es artefacto de producción de una demora -como el asado, otro enorme placer de Román, héroe de la ralentización de los flujos de un juego que ha canonizado a la maximización de velocidad, como decía Juan Sodo-. No le gusta entrenar todos los días; “Nos gusta jugar a la pelota”, explica. Es un jugador, no un trabajador, y el jugador trabaja de jugador, como todos realizamos nuestra práctica en el mercado, que la modula como valor mercantil (dinero, imagen, status, poder; actividades cuya inconmensurabilidad es disuelta en la igualdad ontológica del dinero y la imagen). Pero Román nos recuerda que se puede simular la simulación, es decir, que se puede jugar a que se trabaja de jugador, sin dejar de ser eminentemente un jugador.
Román sostuvo la resistencia contra la onda encabezada por Mauricio Macri, el espantoso. Riquelme le espetó el Topo Gigo; Riquelme mostró que los “éxitos” son alegrías solo en la medida en que no se desligan de la materia orgánica que expresan, que coronan; que los éxitos son imagen vacía si el modo de vida que quieren representar ve ofendida su sensibilidad. Obviamente no se trata de un militante. Es más: su resistencia consistió en un gesto. Un gesto, nomás, pero un gesto que nos devolvía a todos los hinchas la verdad de que si él era fuerte y podía plantarse ante el millonario, era solo como canal transmisor, condensador de flujos de una fuerza multitudinal, de la fuerza festiva de los muchos. Esas palmas detrás de las orejas sinceran la fuente común y anónima de la energía del astro. Román desestima a los dirigentes y a la barra mercenaria; enaltece siempre al hincha y al jugador. A los simples locos.
| 1. | ↑ | Al respecto, hay una clave en el documental Román x Román, donde él cuenta cómo fueron sus primeros días en Boca, aún juvenil, rodeado de grandes jugadores que admiraba. Entre ellos, el emblemático Blas Giunta: “Giunta me llamaba y me hacía sentar atrás suyo cuando jugaban al truco, para enseñarme; y después de los entrenamientos, todos se iban y él se ponía los guantes para que yo le tirara tiros libres”. Ese engarce, ese encuentro, ese entendimiento, esa coherencia, eso es Boca |
Saturday, August 02, 2014
Nos tienen adentro (impresiones de Porto Alegre)

Los portoalegrinos no la pueden creer, atónitos por la invasión de “los hermanos argentinos”, Porto Alegre capital argentina de Rio grande do sul, tapa de todos los diarios y centro de los noticieros, habla generalizada y ansiedad curiosa de los transeúntes: el efluvio celeste y blanco se hizo protagonista absoluto de la ciudad que, esta semana, tiene dos feriados (el partido acá de Argentina y el de Brasil emitido desde Brasilia). Y le cambió el tono al Mundial en esta sede por unos días. El lunes que jugó Brasil –y ganó- contra Camerún, la zona nocturna destinada a la sociabilidad mundialera (porque, sí: hay una zona nocturna destinada a la sociabilidad mundialera), consistente en una calle llena de bares que se cierra a los autos, estaba repleta de jóvenes brasileños, argentinos, holandeses, australianos, de clase cómoda, medio en plan viaje de egresados madurón, escabio, banalidad y algún levante, una escena apenas menos pedorra que el festejo de San Patricio. ¿Tanta historia para una especie de clima de hostel ampliado? Al día siguiente, martes, llegó el grueso de la marea maradoniana (sus miembros acaso individuamente no lo sean, por supuesto), y la cosa empezó a cambiar: por la noche (ya víspera de Nigeria), en esa misma calle, con lluvia incesante, el tránsito automotor también estaba cortado pero por una gran banda no de buscadores de limitada conquista genital, sino de hinchas enfiestados, contentados en sí mismos. Hay también predecibles buscadores de lo obvio (las minitas, el bardo), pero quedan desplazados a la periferia de la situación; en el centro, ahora, está este montón de argentos (no albicelestes, estrictamente, ya que muchos tienen las camisetas de sus equipos de acá; afirmados portoalegrinamente en su hermandad) que festejan la presencia, que dejan anonadados a los locales con su cántico colectivo, saltando, arengando; la celebración –autosuficiencia corporal-colectiva– mandó al consumo preformateado.
Bajo la lluvia que no para caer, saltando al grito común de que Maradona es más grande que Pelé, y de que el que no salta es de Brasil, en medio de la tribu distingo un grupo de cuatro o cinco pibitos agitando chochos, que saltan, cantan y también ríen: son brasileños. No son los únicos: prestamos atención y en la masa de carnaval argentino hay, apenas disimulados, unos cuantos brasileños. Vinieron a disfrutar nuestra fiesta, se meten en el pogo que se mueve para acá, se mueve para allá, y tienen una alegría que no se puede creer. La hinchada argentina (que no es “los argentinos”: es esto que les pasa a los-estos argentinos) brinda un oásis orgánico, festivo y de alegre desborde en medio de este maquetado escenario de consumo y ánimo programado. Durante el día, charlando con pibes militantes, nos habían dicho que el piberío portoalegrino anda refugiado en unos pocos lugares de encuentro nocturno, ante el aplastante avance de la infraestructura del mundial sobre la vida común de la ciudad; y resulta que la irrupción de estos miles de argentos, que vinieron sin entradas para el estadio, que vinieron al Mundial pero no al programa de la FIFA, abre una zona temporaria de alteridad afectiva donde los habitantes locales que quedan fuera de la afectividad oficial de la Copa, encuentran lugar de jolgorio jugando a la argentinidad. Todos los argentos que nos damos cuenta -que los oímos cantar en marrado castellano- nos alegramos mucho.
1’. Un rato más tarde buscamos dónde morfar. Somos cuatro: uno, Simón, es chileno. (En realidad, de madre chilena exiliada y padre argentino y vueltos a exiliar, es plurinacional, vivió en México, Chile, Argentina, Chile, España, hasta que eligió vivir en Argentina. Más que plurinacional, apátrida, y, por elección, Bielsista. Hincha decididamente por la roja por cómo juega: bielsistamente. Es, entonces, el chileno.) Buscamos dónde morfar; llueve en la noche de la ciudad invadida, remeras blanca y celeste por todos lados, autos de chapas nacionales, carpas hechas en las veredas, comederos llenos… Encontramos uno: dos cuadras antes ya se oyen los cánticos argentinos adentro. Es un lugar enorme; la entrada está en el medio, da al medio del salón. Muertos de hambre entramos, a la cabeza Simón: tan rotundo que parece adrede, nomás entramos todo el lugar trona un “¡Che chileno che chileno, qué amargado se te ve, si te agarra un tsunami, que te ayude un inglés!”, y continuadamente –con nosotros recibiéndolo en el medio del enorme salón- “¡Chile, compadre, la concha de tu madre!”. Por supuesto, es fútbol, y Simón sabe bancársela; pero su cara me parece no es tanto de odio, ni de sorpresa, sino de inevitables ganas de llorar. No es inimaginable esta tropa argenta aplastándole la cabeza a uno que esté en el piso. Días después todos hinchando por Chile contra Brasil…
1’’. El turismo futbolero tiene mucho de congreso de pícaros de plata y la hinchada argentina tiene momentos nítidos de proto fascismo, pero esto, más que desmentir, revaloriza aún más las fuerzas de hinchismo festivo y fraternal. Porque son fuerzas que alteran a las disposiciones.
Se vieron al día siguiente de nuevo, durante la escena ampliada del partido contra Nigeria, en el llamado Fan Fest. El Fan fest es el perímetro y escenario (en la orilla del mismo lago que el estadio Beira Rio) de una suerte de festival permanente con que la FIFA consagra al Mundial como evento de entretenimiento general que tiene al fútbol como ingrediente. Pero que hoy, acá, se vio desbordado por el río más ancho del mundo, el de la patria futbolera que lo rebalsó con sus banderas, sus remeras, sus payasadas (las pelucas de brillante blanco y celeste), la emoción de su encuentro imposible, tan grande que forzó la colocación de una segunda pantalla gigante, fuera del predio propiamente dicho, para ver el partido; hay treinta mil argentinos dentro del estadio, setenta mil afuera: ¡¿qué carajo hacemos acá, mirá todos los que somos?!, dicen las caras, pero nadie lo dice, porque es un hecho, estamos acá, esto, ahora, es nuestro. Donde mirás, celeste y blanco, caras con gestualidad conocida, pibes tomando fernet, remeras de Patricio Rey, un ligue con esa pelota que tiene Messi, pasa para Di María… “Brasil, decime que se siente/ tener en casa a tu papá” es un enunciado no tanto tierno –en tanto olvida la primacía macaca en el fútbol mundial- sino pragmáticamente performativo: cantar esto acá nos hacer padres, irmaos queridos. Para ellos es una buena noticia nuestra presencia exuberante en medio de este megaevento programático: por las calles (porque la calle deja de ser lugar de tránsito y pasa a ser de habitación), de noche y de día, buscan la charla, el encuentro, preguntan cosas, de todo, no la pueden creer y quieren saber, quieren constatar que sí, que los hermanos argentinos están acá. Y sobre todo, hablan entre ellos, se avisan en las redes sociales, no sabían, se sorprenden y lo difunden, nos paran en la calle (¡nos invitan cerveza, carne asada!) para preguntar, para confirmar y aceptan sin drama, aprenden, se hinchan: Pelé debutó con un pibe.
2. Pelotas y balas
En la escena del Fan Fest copado, mientras veíamos el partido, un argentino me vio que interactuaba con un grupo de pibes brasileños, de los que aprovechan a la banda maradoniana para experimentar esta alegría, y me dijo “ojo que esos vienen a armar quilombo”. Ciego: los pibitos (diecisiete, dieciocho años) me habían convidado puchos, me regalaron una birra, estaban viviendo un momento especial. Nuestra voluntad festiva produce hermandad aún a pesar del chauvinismo, del resentimiento, del miedo, que no dejan de estar. Ahora bien, esto no debe eclipsar que el enorme dispositivo de seguridad cala hondo en los cuerpos, y, si bien hay algunos quilombetes desmadrados, en general todo mundo, nosotros también, nos sentimos seguros, seguros “de lo que somos” (un efecto identitario innegable y que solo puede durar un rato; identidad de utilidad situacional, apego provisorio), pero también “tranquilos” de que puede abordarte cualquiera y no hay temor alguno; en parte, claro, por la fuerza que implica estar en posición activa, pero también porque sabés que hay una terrible fuerza dura puesta en abortar cualquier bardo dañino apenas empiece: pensemos lo que pensemos del control securitista, incluso aunque le temamos, en principio lo entendemos físicamente, y si no aceptamos esto, no podemos leer nada y la violencia del despliegue represivo se vuelve incomprensible.
Es muy visible la tutela policial de la fiesta programada. Pero la contradicción estética (pelota-balas) parece no arruinar la fiesta de los que la consumen. Luces de espectáculo, calles amplias para la muchedumbre, carteles de algarabía mundialera por doquier, el estadio como enorme cúspide arquitectónica de la condensación de libido colectiva, de la modernidad andante impulsada por el juego, las nacionalidades conviviendo (mucha promoción de la igualdad entre parcialidades nacionales, el mundial como lavado encuentro fraterno multicolor), todo abrochado por milicos armadísimos de estirpes varias, policía militar, policía federal, policía especial, drogocops con el cuerpo más o menos oculto tras los armazones de matar. Pero de alguna manera un consenso logra que las visibles balas no desmientan esta candidez sórdida, esta mueca del placer. Vamos a una manifestación rebelde, pequeñísima; la sostenida y dura represión que sufren las movilizaciones desde el año pasado (no solo en las marchas, sino recrudeciendo en las favelas, y con invasiones policiales en las casas de los militantes), aumentada en la inminencia de la Copa, amedrentó, y por eso hay mucha menos gente en las movilizaciones. Pero también es evidente que el torneo atrae libido general, que es hasta impostado pelear contra la Copa durante la Copa, que no se puede afirmar la intolerancia de un dolor oponiéndose a un placer. Las “protestas” funcionaron con la copa como objetivo mientras estaba siendo preparada, pero una vez en ruedo la pelota, patinan, rebotan, el campo de juego es indemne; las exigencias se reacomodan bajo la premisa de que el problema no es la Copa, sino el capitalismo actual, y aprovechan incluso la Copa como instancia de visibilización de discusiones y vejámenes: en Porto Alegre, el Bloque de Luchas, que articula diversos colectivos políticos, emplea una táctica conversacional, la manifestación a la que vamos se dispersa activamente, en parejas, para interpelar a los transeúntes y hablar. Parece abierto el panorama, con un ánimo general hacia la Copa que, nos cuentan, es mucho menos intenso que en mundiales anteriores (94 por ejemplo), en buena medida porque las críticas al modelo FIFA de desarrollo se incorporaron como sentido común. Si con la Copa la dirigencia brasileña quería instalar al país como potencia, lo que se instaló con las movilizaciones (desde el estallido de junio 2013 hasta su sostén restringido actual) son los dolores que vive buena parte de su población, y la escisión entre los granes tratos del estado mercantil y la vida como experiencia popular. Los planes de asistencia social y la inclusión de millones de pobres en niveles más potentados del mercado de consumo y trabajo oscilan, en la percepción de la gente con la que charlamos, entre ser el corazón de la política del PT, y ser un ingrediente que ayuda a sostener un modelo de capitalismo donde los sectores de riqueza concentrada se bancan cierto desprestigio retórico mientras son los más beneficiados económicamente (los bancos, los terratenientes, las constructoras).
3. Suárez y el Imperio Pantallista
Luis Suárez, heredero de la larga tradición de sesuda antropofagia charrúa; Chiellini la sacó más barata que Solís, pero al marino aunque sea tuvieron la deferencia de matarlo antes de hincarle el diente. Suárez, desde aquella mano en 2010 contra Ghana, prócer; primero Suárez, después Artigas. Igualmente, la devoción argentina por la celeste es muy sintomática: ponderamos las virtudes con las que no toleraríamos contentarnos nosotros (pegar, ser ascéticos, pobres pero serenos, etc). A Inglaterra y a Italia, Uruguay, es cierto, les ganó con el alma. Potencias económicas, potencias militares, el paisito se plantó como potencia anímica. Pero Colombia aguantó las patadas, los pisotones, el resentimiento violento oculto tras la modestia nacional, y les ganó con puro fútbol, con fantasía y magia futbolera; su propuesta no sólo excede la fortaleza física y el cálculo táctico, sino que hasta la sutileza técnica es poco para referirse al fútbol que apuesta decididamente al talento, a la inventiva de cuerpos educados en bailar. Pero volvamos a Suárez, el gran escándalo. Suárez, parece, le pasa algo, no puede aguantarse, le cabe morder, le tira el diente, el cuerpo del otro como instancia de bocado… No es ni venganza, como el sublime cabezazo de Zidane, ni provocación (como aquel dedo en el orto a Román), es incontención: y, en efecto, eso es festejable, acaso no tanto él como atrevido, como el juego en su capacidad de producir desmesura, la pelota llevando los cuerpos a sus extremos. Ahora bien, la mordida pasó a un segundo plano, y más información hay en la sanción. Crueldad de separarlo de los compañeros; la FIFA criminalizó, embargó, y psiquiatrizó. Cuerpo, billete, cerebro… Pero, ¿por qué tamaña sanción? ¿Cuál es la ofensa, dónde está la proporción? No en el hombro de Chiellini, que sigue cumpliendo su función y a esta altura no debe ni dolerle (nada comparado con quedar afuera en primera ronda…). La dinámica estrictamente “deportiva” del juego daña mucho más los cuerpos que esa mordida (por las patadas, pero también por la autoexplotación rendimientista; Medel contra Brasil, por caso). No: lo que la FIFA sanciona es que alguien actúe desoyendo la visibilidad permanente en la que ella manda. Suárez sustrajo su cuerpo (y el de Chiellini) del imperio pantallista: eso pagó tan caro.
4. Destribunización
Antaño para hacer un Mundial había que aumentar la capacidad de los estadios, construirles tribunas nuevas, producir espacio; ahora, para estar a la altura de hacer un mundial, Brasil tuvo que achicar sus estadios para que sean mundialistas. Lo que anticipó Bilardo –hay que aceptarlo- hace vaya saber cuántos años, “vamos hacia estadios de treinta o cuarenta mil personas y todo centralizado en la transmisión televisiva”, es una de las grandes consagraciones de este Mundial. Una destribunización del fútbol. Hoy –Argentina vs Nigeria- se vio desbordada, esa destribunización, y el “Fan Fest”, kermese de divertimento programado, fue una gigantesca tribuna (rebalsado, con una enorme ranchada afuera que forzó pantalla adicional). A la pantalla los argentinos le gritan, la putean, la alientan, la aplauden, todo como si estuvieran en la cancha, y se abrazan entre sí, y comentan jugadas entre desconocidos… La pantalla es un puro medio; se la niega: la usamos para estar en la cancha. Y en reverso, en la cancha la pantalla tiene un lugar supremo: muestra el partido, pero cada vez que muestra hinchas, los mostrados se ven y festejan a lo más. Acá dice el compa Leandro Barttolotta: ¿hay ser humano más abyecto que el que festeja cuando lo enfoca la cámara mientras se está quedando fuera del mundial? Esos hinchas cumplen su rol, se ponen a la altura de la representación. Festejan, saludan, felices, agradecidos. Antes (y antes es una dimensión del presente, minoritaria) la cancha era el lugar de realidad suprema, y la tele una representación subsidiaria; ahora (la faz dominante del ahora), ir a la cancha permite acceder a la superficie de realidad suprema que es la pantalla. En la transmisión de los partidos –esto también se viene comentando bastante-, presentan las formaciones de los equipos mostrando cada jugador haciendo el mismo gesto: parados de perfil giran para mirar a la cámara cruzando los brazos: es como la play station, o es la play station en su cúspide. Las cámaras hiper lentas, maravillosa tecnología de visibilidad, también emulan el control total sobre el acontecimiento imaginalizado (hecho imagen, Pablo Hupert dixit) que es concebible desde la consola de juegos, desde la realidad virtual. La carne sirve para su representación. Por eso los seudo hinchas festejan, porque cristalizar su participación en el simulacro, que es su verdadero acontecimiento (superando a Debord, lo falso es un momento de lo verdadero); ser apantallados es el mayor rendimiento que puede darles la cancha. Simuladores, viven de nosotros, de nuestra pasión; son hinchas anodinos, sin dolor.
4’. Arbitros conitos. El imperio pantallista tiene otro efecto: los árbitros, en este mundial, obstaculizan con su cuerpo las jugadas, como nunca. Es muy notable, quedan en la línea de pase, les pega la bocha, obstruyen la visión de los jugadores, en casi todos los partidos. En el régimen de visibilidad total, su labor queda expuestísima, entonces los tipos quieren estar al lado de la pelota, en el núcleo de la jugada. Hace poco un amigo viajó en bondi de larga distancia con una terna arbitral, y le sorprendió que hablaban de que iban “a jugar”: es que el referí es parte del juego (aquel, acaso, que ama tanto pero tanto la pelota que se banca no tocarla y que lo insulte la masa con tal de estar ahí cerca), y ahora les ponen máquinas para que hagan parte de su tarea -otra consagración de este mundial-, máquinas que pasan a ser su parámetro de medida, máquinas que los empujan a estar tan cerca de la pelota que interrumpen el juego.
5. Congreso de hichas
Nunca hubo una localía argentina como esta. “Argentina juega de local en el Bela Río”, dice la tele gaúcha, y es aún más fuerte que eso: acá, en Porto Alegre, se arma un suelo argentino futbolero que no existe nunca en otro lado. El fútbol argentino rivaliza las regiones; incluso cuando juega en Buenos Aires la selección, si aburre, hay cánticos entre bosteros y gayinas. Pero cuando “une”, cuando estamos todos contentos con la selección, es cada uno en su lugar, y ver a los compatriotas por tele. Acá en Porto Alegre llegaron autos, combis, motos, aviones llenos, camionetas, bondis repletos, grupos de amigos, pibes y ex pibes futboleros, de Santa Fé, de Córdoba, de Mendoza, de Jujuy, de Quilmes, Paternal, Lanús, Mar del Plata, Río Cuarto, Formosa, Rosario, de La Pampa… Las camisetas de los clubes, que hay muchas, funcionan para eso: no tanto para distinguirse opositivamente dentro de los argentinos, como para nutrir a la marea albiceleste de anclajes situados. Unión, Instituto, Gimnasia de La Plata y de Jujuy, Defensa y Justicia, Central, Aldosivi, etcétera. El fútbol argentino es esto: multitudes de tribus que se autoorganizan y salen y vienen y van, que arman su campamento con ferné, morfi, carpas que se ponen en los parques, en los estacionamientos, bajo la lluvia… Esto es el fútbol argentino, esta es la energía que lo hace existir. Y este es el sustrato que insufla las canchas brasileñas con un soplo monumental y empuja, empuja a ese equipo de argentinos jugadores –pibes que tan pronto se fueron a tierras más ricas- a jugar mejor. Los jugadores son millonarios, pero son solo eso, son pibes millonarios, y el ambiente aquí enfatiza su pibismo, y los argentiniza, entonces los vemos protagonizando mesas de asado compartido y cantos de hinchada (de hinchas) que los enfervorizan: ídolos del neocapitalismo, tomados por fuerzas plebeyas.
6. Táctica y actitud; el efecto de la hinchada.
En el primer partido, con Bosnia, Sabella puso cinco defensores con la idea de que los laterales ataquen. Subían cada vez que teníamos la pelota, entonces Mascherano, siempre pensando más en nuestro arco que en el contrario (aunque hoy contra Nigeria le puso gran pase a Di María para el primer gol), se metía atrás entre los centrales, de manera que quedábamos sin referencia clara de salida por el medio del campo, y Maxi y Di María quedaban amontonados con Zabaleta y Rojo, Messi tenía que abajar hasta el círculo a buscarla… Sabella apostó por el desborde y no por la creación.
Mejoramos apenas con Irán, con Gago hay más salida y con Higuaín, si Messi baja tiene más terreno por la opción de pase a los dos puntas. Y mejoramos más hoy con Nigeria: con Irán Mascherano y Gago se quedaban como “últimos hombres del ataque”, sin avanzar ellos como opción de receptores, lo que tornaba al equipo predecible y estático, mientras hoy Gago se movió un poco más yendo a buscar devoluciones, y, sobre todo, Di María anduvo bien suelto para no solo ir al fondo contra la banda izquierda sino encarar la cancha de frente por el medio con la pelota al pie; incluso hizo fantasías con Lavezzi por derecha. Se supone que el equipo que no tiene la pelota se cansa más; pero como plantea el partido el equipo de Lionel, los delanteros nuestros, así como los “mediocampistas” (que en realidad no tenemos, porque Mascherano y Gago son contenedores, y Di María es un atacante jugando veinte metros atrás), tienen que moverse permanentemente para dar opción de pase y movilizar la estructura defensiva del rival, llena de hombres, para que muestre grietas por donde colarse. Agüero no lo viene entendiendo (tuvo dos jugadas buenaws, a lo más, en tres partidos), lo que es raro; Higuaín hoy jugó para el equipo. Como sea, a lo que voy es a que el cambio del planteo táctico, de Bosnia a Irán, modificó menos la creación de volumen de juego que el cambio actitudinal visto hoy ante Nigeria, el cambio modal: moverse, buscar, agitar para provocar posibles donde no los hay. Pasar la pelota pero no solo entre las posiciones programadas por la táctica; ya con Bielsa nos fracasó la ofensiva programática (de cuyo fracaso aprendió Pekerman). Pasar la pelota para tantear la defensa rival, sus líneas de ensamble, para que insinúe sus inconsistencias, lugares desde donde pegarle, puntos donde meter un sombrero o un pase en cortada, un pique corto… Todo esto no depende de dónde están parados los jugadores en el planteo, sino de cómo están donde están. Del ánimo. Confianza en la creación inmanente y atrevida por sobre la planificación calculada. Y esto solo se explica por el aliento que baja de las tribunas, esas tribunas que, a diferencia de lo que pensábamos hasta no muchos día atrás, no se limitan a gerentes, barrabravas y algún sacrificado que tuvo suerte en el sorteo (el sorteo, esa radical rotura del código futbolero de acceso al estadio operada por la FIFA), tribunas esas que no son solo las tribunas, sino el aliento traficado de manera complejísima por los cuerpos en complicidad, que envuelve la situación: estos pibes, nuestros jugadores, representantes de la patria futbolera, no lo viven en Europa; el Mundial les da eso, y nos los da a ellos hinchados.
Friday, December 14, 2012
De Pies a Cabeza N°2
Eitorial: http://futboldepiesacabeza.com.ar/extractivismo-pasional/
El N°2:
Tuesday, September 20, 2011
Tablas

Bueno, el partido con Lanús empieza a hacerme acordar que una mentira que logra hacerse creer, puede terminar verificándose.
Orión es la gran buena noticia en Boca, por ahora. El regreso del Flaco Schiavi aporta como retador a sus compañeros de fila y pareciera dar cierta consistencia, con el respeto que impone su estampa y su famoso "buen uso del cuerpo". Otra buena de verdad es que los refuerzos del semestre pasado se adaptaron y juegan, Somoza y Rivero sobre todo; Ervitimejora y le creo cuando dice que todavía le falta; porque todavía vive mucho en el piso -quiero decir tirado. InclusoCaruzzo cuando entra esta más firme. Y bueno, Viatri es un buen jugador, que merece jugar en Boca, con esa picardía amante del placer multitudinal. Cvitanich tiene que defenderse porque tiene atrás al buen buscon Mouche. Todo bajo el enorme dato de que esperan sentados Erbes, Colazo y Chaves, tres jugadores que bien pueden ser titulares (y además Sánchez Miño y Araujo).

Conclusión: en relación al panorama que había antes de empezar el torneo, podemos decir que hemos mejorado suficiente como para espantar el fantasma del descenso: seamos bien honestos. Para eso, Falcioni lo que hizo fue asegurarse una consistencia de equipo, ya no es una banda. Es un equipo con presencia y ganas. Con la remera de Boca, lo cual pesa mucho en los contrarios. Y así estamos, en siete fechas (nada más): primeros. Ojo, que River va segundo!
Wednesday, September 22, 2010
Fóbal
[Afiche: Rodrigo Noya]Saturday, January 24, 2009
Decime qué tengo que hacer
Wednesday, November 08, 2006
Piu
Aunque todavía no sea un Hombre Post-Organico, sobre el que advierte Paula Sibilia.
Mientras, Daniel Link no cesa de pensar cómo hacer política desde un teclado ("Link y yo" era un título demasiado obvio para la entrevista)
Wednesday, July 19, 2006
Carlos Tevez y el reencantamiento del mundo
En el fútbol se ha vuelto políticamente correcto defender lo técnico. En contra del predominio de lo táctico y lo físico (que piensa el fútbol desde la ocupación de los espacios), la técnica designaría lo más puro de la belleza deportiva, lo específico del fútbol como juego con la pelota.
Pero para llamar a lo más creativo, bello, a lo más romántico del fútbol, ¿Justo vamos a usar la palabra “técnica”, que remite a una forma matematizable de hacer las cosas, al medio siempre calculable de hacer más eficiente un trabajo? ¿Por qué no usar un término como habilidad, o, directamente, magia?
“La técnica se aprende, la habilidad no”, observó cuando le planteé esta idea Hans Gumbrecht, cuyo padre solía decir: “si el fútbol sigue así, terminará siendo atletismo con pelota”. La magia no se entrena, porque la tienen los jugadores llamados “distintos”.
El avance de la degeneración capitalista del fútbol (porque la visión numérica y la subordinación a los rendimientos son el espíritu del capitalismo) triunfa no sólo cuando impone llanamente sus peores versiones (el dominio puro de táctica, fuerza y velocidad). Una lógica es dominante cuando logra infiltrarse en el modo en que se articulan las heterogeneidades. Dicho de otro modo, la principal derrota consiste en comenzar a pensar lo que defendemos en los términos en que puede pensarlo el enemigo; como llamar técnica a la magia y creerse embanderado del romanticismo futbolístico, ¡Dios!
2-
Pensar distinto, con otra lógica de la materia y el tiempo: eso demostró Carlos Tevez en su gol a Serbia y Montenegro.
Recibió la pelota, con un marcador delante, quien capaz esperaba la reacción habitual del atacante: que cubriera la pelota, la ocultara, que le mostrara un poco la espalda, que buscara eludirlo por alguno de los dos costados.
Pero Tevez la agarró, lo miró de frente mostrándole, ofreciéndole casi la pelota, y prácticamente quebró la ley de impenetrabilidad de la materia: tanto él como la pelota pasaron a través del eje del cuerpo del otro. La pelota por entre las piernas, y cuando se daba vuelta a verla pasar, medio se inclina hacia atrás y Tevez lo salta, lo pasa por encima, también atravesando el eje de su cuerpo, como si el tipo no existiera, como si ni siquiera fuera un obstáculo; desexistir un cuerpo, envidia de cualquier mago.
Igual lo trató al siguiente, que parecía haberle robado la bocha y Carlitos fue como no reconociendo que la tenía, fue como dando por obvio que era suya, y, obvio, gol.
Friday, July 14, 2006
Krupoviesa no lo tocó
¡Pero qué difícil entrar a un bar en Palermo Joliud! Por suerte Dios es generoso en sorpresas, y diviso un sucucho (¿se puede decir “por suerte Dios”?). Había sólo dos mesas, plásticas, y una tele pasando Boca-Newell´s. Los tres o cuatro presentes mirábamos el partido y no entre nosotros, lo cual, antes que separarnos, nos aunaba en una calma donde la birra casi tibiona no molestaba, en un oasis de intimidad con Boquita en la tele –impensada gracia televisiva de posibilitar intimidad.
2. Ambos equipos se resistían mejor de lo que avanzaban. Un embole. Pero había más que el partido para ver, porque mirándolo, indefectiblemente, miraba la tele.
El lateral izquierdo xeneise era Morel Rodríguez, quien usualmente calienta el banco, porque tres días antes Boca le había empatado a River sobre la hora y con dos expulsados, uno de ellos Juan Krupoviesa, marcador de punta que en determinado momento quedó como último hombre y no tuvo más remedio que faulear al Rolfi Montenegro con una virulenta patada voladora que, con los tapones de punta, impactó de lleno en la rodilla, según mostraron las sucesivas repeticiones en cámara lenta.
3. ¿Cuáles son nuestros criterios compartidos de verdad, o mejor, de verificación?
Para Nelson y troupe, la imagen es el juez del juez. Aunque ven el partido en la cancha, el fútbol para ellos es lo que pasa en la tele, proponiéndola como un ojo mejor que ninguno para llegar a la verdad de cualquier situación, como una corte suprema ontológica.
Hasta en jugadores y técnicos ha cundido esta entronización de la tele como confirmadora existencial, cuando contestan sobre jugadas, al terminar un partido, “no sé, quiero esperar a verlo por tele”. El fútbol verificándose a sí mismo por tevé.
Y el fútbol por tevé es eso: fútbol por tevé. El ejemplo más claro acaso sea el de los jugadores europeos, que siempre parecen monstruos, semidioses invencibles, imagen que Carlos Bianchi refutó repetidamente.
Sería así: de cada partido europeo emitido se arma una selección de imágenes que circula multiplicadamente, cientos de veces, difundiendo, de cada jugador, un perfil que recoge sólo sus puntos máximos de rendimiento. A Riquelme, en cambio, ya le conocíamos los bajones antes de la Intercontinental, sabíamos que no siempre tenía un pisa y amasa absolutamente inaccesible, y qué paseo les dio a los merengues en el pasto y qué ridículas quedaron las grandes imágenes de Figo, Zidane, Roberto puto Carlos... construcciones televisivas, infieles a la variabilidad del rendimiento corporal: imágenes que pretender representar un registro que luego no toleran, cuando se esfuman en lo real de una situación hecha en tiempo de cuerpos vivos.
Thursday, July 13, 2006
Cosas que pasan en la cancha
Se reclama responsabilidad, que sea impasible. Yo digo que se reclama frialdad; ausencia se reclama. A Zidane le pasó exactamente una de esas cosas definidas tantas veces por los jugadores como "cosas que pasan en la cancha". La calentura del momento, del partido, del enfrentamiento cuerpo a cuerpo, las cosas que, propiamente, pasan en la cancha.
Era obvio que iba a molestar la corneada de Zidane en este fútbol espectáculo, donde hasta en la cancha se mira por tele. ¡Si ese era el tema, que en la tele se veía perfecto, que las cámaras lo habían tomado, que se veía el cabezazo en cámara lenta! ¿Ahora van a decirle “¡Argelino de mierda, devolvé la plata!”? ¿O lo van a “perdonar”?
No loco: festejemos que una estrella de fútbol se comporte como jugador de fútbol antes que como estrella, que por un segundo le chupen un huevo los mil quinientos millones de anónimos que miran por tevé y se deje afectar por lo que dice el tano hijo de puta que está al lado, empapado en sudor.





