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Wednesday, August 30, 2017

Maradona, y los anti. (Columna en La Tribu)

Columna Solo las cosas, lo demás no importa nada, en FM La Tribu, sobre la importancia de las valoraciones de Maradona:

Tuesday, March 03, 2015

Gracias Román. Belleza y disidencia.



Lujo Riquelmeano 
 
Es una historia de amor de punta a punta. De amor, de belleza y de pensamiento, de inteligencia sostenida con fuerza ante la estupidez ambiente. Una historia, también, de justicia, de violenta, disputada justicia. Gracias Román, gracias por tanta hermosura, gracias eternas por tu gracia eterna. Acaso el primer crack del fútbol argentino en retirarse con una carrera íntegramente observable en internet. Sea. Es mirarte y mirarte y mirarte y no poder parar de llorar, no querer parar de llorar porque este llanto es signo de un querer tan intenso, un querer que empezó cuando entraste por primera vez a la Bombonera repleta y que desde entonces cocinaste con tu juego al punto de lograr que convivieran en este querer tanto una expectativa constante, suprema, elevada, como una sorpresa anonadada una y otra vez. Expectativa y sorpresa; gracias a acostumbrarnos a que lo esperable a esperar sea lo inesperable; gracias, Román, maestro -desde el fútbol- de la vida.
No hay otro jugador en la historia de este juego que en su partido debut, adolescente entre monstruos, haya sido ovacionado, su apellido coreado por sesenta mil personas, dos veces, durante y al terminar el partido: es evidente, el pibe plantó una diferencia sustancial, una verdad distinta e indiscutible, un modo de ser en el campo que elevaba al propio campo a una versión mejor. Entró con diez compañeros y once rivales, entró con sesenta mil hinchas y él veía más que todos e imponía su lucidez. Qué calidad. Toda la vida para extrañarte. Para seguir encantándonos con tu juego, tu enorme tacto, tu magia y tu superioridad ética, hecha de cuidado, respeto, honestidad, generosidad y, quizá sobre todo, lujo, esa decidida atribución.
El lujo riquelmeano no es, como el lujo capitalista, el accesorio innecesario y ostentoso de algo que está aunque -o para demostrar que- sobra; no, es un lujo dado por asumir que las cosas, dentro del juego que planta reglas, valores y necesidades, pueden hacerse de cualquier manera, cualquier manera que se logre cumplir físicamente; un lujo donde el cuerpo es vector de liberación al interior del régimen reglado. El lujo de Román es hacer lo más simple, que no solo no es en absoluto lo más fácil, sino que suele ser invisible tras el barullo de los cálculos y la programática. Con la mano nada, con el pie y la cabeza, cualquier cosa. La ética lujosa de Román reivindica a las reglas como promotoras lúdicas, y no como versión simpática de la ley que monta un imperio de lo posible. En sus antípodas está el objetivismo futbolero, donde las reglas determinan un repertorio de conveniencias corporales calculables, dando lugar a un aburrido rendimentismo calculable y matrizado, del que un ejemplo era la concepción del juego ejercida por el loco Bielsa hasta su rotundo fracaso en 2002, o el estilo de Juan Sebastián Verón, que hacía todo bien sin sorprenderte jamás.
El lujo abre espacios, ensancha el propio tiempo, corta bloqueos con atajos. Román es un habilidoso que siempre piensa en el otro, siempre ve al compañero en su potencia antes de que lo perciban los contrarios. Piensa también en el arco, en culminar, y por supuesto, en defenderse. Porque es mentira que Román no defiende, defiende con la pelota en los pies: ese es su modo de pensar en los contrarios. (Esto es lo que no entendió Pekerman cuando lo sacó de la cancha mientras le ganábamos a Alemania en el mundial 2006, para poner al eficiente y predecible Cambiasso)


Alegría del cuerpo común (contra la felicidad jetona)

Bajador de línea, Román: un tipo que, en ese nivel de exposición, de llegada, habla una y otra vez de disfrutar, de sentirse feliz durante el partido, de hacer las cosas bien. Poner la felicidad como valor público, y a la vez mostrar, claro, que la felicidad no es un jovialismo tontolón, no es una imagen de superficie plena; es jugar mucho y lo mejor posible. La buena felicidad no se nota porque es una dimensión de la práctica, en nada vinculada con los códigos establecidos de la gestualidad. Román es feliz jugando y sale en las fotos con cara de orto: porque se expande haciendo lo suyo y en el momento capturable está incómodo.

Nadie mostró más que Román toda la belleza y la fuerza de la pelota, después del Diego -otro juvenil del Bicho, campeón con las camisetas de Boca y de Argentina, otro muchacho de clase trabajadora del conurbano y que llevó a un equipo europeo subalterno al momento más importante de su historia-, ambos hombres que resultan problemáticos para las leyes de los campos que habitan, tanto el del verde césped como el de la interacción social general; hombres-problema, no simples “incluidos”. Es que el esplendor con la redonda, esa sabiduría intuitiva del cuerpo, esa danza con pelota y rivales (muchos juegan al fulbo como un combate con pelota), que es la que produce esta emoción estética inmensurable (lágrimas de alegría en un ojo y de tristeza en el otro, por Román y su retiro), toda esa irreverencia y autoafirmación y libertad del cuerpo, no es algo que se activa maquinalmente en el campo y se apaga afuera, no son aptitudes profesionales: son modos de vivir. Que enamoran.
Amor, porque ver el movimiento de su cuerpo llena de alegría al mío. No sólo por ser de Boca -de hecho, es el jugador del fútbol argentino, nuevamente después del Diego, más apreciado por hinchas de clubes ajenos al suyo, y que, dicho sea de paso, con su exquisito materialismo pedestre demuele ideales respecto de las idiosincracias lúdicas de cada equipo1. Juan Román Riquelme: un tiempista en el vértigo, un omnisciente de la cancha, un pie con más tacto que muchas manos. Un espacialista, también, que, como dice Gustavo Varela, produce un agujero en el campo, ahí donde está él y cuida la bocha. Su juego excelso y eterno no es producto de una superfuerza física ni de una supervelocidad, tampoco de una supercorrección técnica o táctica. Es simplemente la tozuda investigación a fondo de lo que puede su propio cuerpo. Un cuerpo de hombre común, es decir un cuerpo único e irrepetible, a diferencia de los repetitivos cuerpos de superhombre que -vimos en el Mundial- son el horizonte actual de la industria del fútbol. Cuerpo grande, que ocupa bastante espacio y por tanto se preocupa y ocupa de tener el espacio que necesita, cuerpo cansino que usa su máxima velocidad sólo cuando es imprescindible, que como no le gusta correr por correr, logra insuperable precisión para dar el pase, y que como no vencerá en cantidad de movimientos a cuerpos más cortos y crispados, tiene entrenadísima la inteligencia de la adivinación. 
La pelota se alegra cuando llega a sus pies.
A lo que voy: todo lo que hace Román es entendible por nosotros, a diferencia del Diego que es de otro planeta, de Messi que es más rápido que el entendimiento, de Bati que es más fuerte que lo que podemos imaginar; lo que hace Román es entendible para cualquiera de nosotros, y por eso nos alegra: nuestro cuerpo puede sentir la inteligencia de él. Y, así, sin enunciarlo, Riquelme moviliza la cualidad más cara de las condiciones comunitarias: sentir la existencia del otro y disponer al pensamiento para entenderla.
Esa es la escuela de Román. De mirada seria. Así se templó su juego: “a mi viejo le gusta mucho el fútbol y siempre me iba a ver. Es mi mayor crítico, siempre me decía qué cosa podía hacer mejor”. Mirado, observado por un padre tan amante como no condescendiente, amorosa mirada exigente y honesta, que lo deja hacer con lo suyo -el balón- para luego compartir su alegría sin dejar de decirle, cada vez que le parece pertinente, “podés mejor”.
Mi familia me hizo bostero y los hinchas de Boca me hicieron mucho más bostero”. Una historia de amor de punta a punta.


Espacio propio (campo y habla) 

Un agujero en el campo de juego, dice Varela, un agujero donde la pelota desaparece para el rival y reaparece en el lugar que, durante el azoro y desorden de los contrarios ante esta exclusión de la pelota, devino el mejor para la ofensiva del equipo de Román. Mata el tiempo para que su cómplice -un compañero o la misma pelota-, exento de la detención, logre un plus de espacio. Un agujero en el campo, un espacio excluido, un espacio privado para los contrarios, eso arma Román. Más que ser él la continuidad del campo de juego, convierte una zona del campo en la continuidad del espacio privado de su cuerpo. De ahí su gesto típico de cuidar la pelota, de rodearla de un campo energético donde no entra nadie. Porque nadie sabe tratarla como él. Su gesto eminente no es -como Messi- de llevarse la pelota a otra parte, de escabullirse y escapar con la pelota, es de hacer patinar a los contrarios en torno al espacio que él está protegiendo, donde dejar en paz a la pelota para que pueda ella misma mostrar la línea de su óptimo devenir. Messi, como dice Ezequiel Gatto, arranca directamente en su máxima velocidad; Román dice “pará, pará”. Pará que vi algo… Incluso su festejo ha consistido muchas veces en ese gesto excluyente, cuando decidió con quién o cómo quiere festejarlo y entonces corre poniendo la palma de la mano hacia adelante, diciéndole a los compañeros “pará”, impidiendo que lleguen a su cuerpo hasta que él haga lo que quiere hacer. Salva un espacio de la inercia general de las fuerzas. Así juega; así, también, habla.

Y cómo habla Román. Como juega: dejando pasar, con esfuerzo mínimo de su parte, a los que vienen con una idea tarada, dejándolos pasar al vacío que los tracciona. Román habla, habló mucho durante su carrera; el lugar que ocupó durante dieciocho años (el jugador con más partidos en cancha de Boca, por cierto que en tiempos de fugas y fugacidades) lo hizo tener que hablar mucho. Ahora bien, supo forjar una destreza lingüística para hablar sin hablar de lo que no quiere, para hablar cuidando el espacio propio (pará, pará), el espacio de salud de la vida íntima -personal, familiar, amistosa, del plantel- del mismo modo que cuida jugando el espacio de salud de la bocha.
Para ser el diez de Boca hay que estar un poco loco”, explicó una vez ante la sonsera (cuando volvió a Boca después de haber declarado que no volvía más). Lógicamente, ser el diez e ídolo del club más grande del país más futbolero del mundo, inevitablemente implica la creación de una subjetividad por así decirlo experimental, una psique que no será normalita. Mucho tuvo que explicar ante la sonsera. El habla periodística, sobre todo pero no únicamente en el fútbol, es una máquina de hiper-expresión, una máquina de saturación del espacio, que produce, a la vez, un silencio, en tanto impide que consistan palabras sensibles, palabras que digan cosas amarradas efectivamente a los cuerpos. Es el pacto de la palabra vacía, que permite ver horas de tele e internet y no escuchar ni leer ninguna declaración que realmente mueva algo, donde decir sea un acto y no mera actuación. En cambio, muy en cambio, Román sostuvo una manera de hablar que, diciendo menos, eludiendo preguntas desubicadas, etc, mueve más, ubica más. Aferrado a la literalidad de las palabras -una inocencia-, emplazado siempre en el lugar que habita, Román contesta dejando en orsai a la compulsión mediática; con simple sensatez y ubicación, deja en evidencia la estupidez ajena. “Román, ¿habrá vuelta olímpica el domingo”, le pregunta Tití Fernández después de que Argentina ganara la semifinal de la Copa América; “Y, alguno de los dos va a ganar”. Ya en su debut en primera, un Periodista se acercó a entrevistarlo al terminar el partido porque había sido ovacionado por la hinchada: “Riquelme, qué se siente, es la primera vez que jugás en esta cancha…” – “No, jugué un montón de partidos en reserva”. O al final de su tiempo en Boca, apenas terminó con triunfo un partido -contra Quilmes, creo-, Mario Cordon se le acercó en el pasto y le preguntó “¿Qué vas a hacer después de junio?”, refiriéndose a si renovaría o no su contrato, a lo que Román contesta “A vos no te gusta hablar de fútbol, ¿no?”. O bien cuando el horrísono y maligno Fernando Miembro le dice (también en la antesala de la renovación de su contrato con Boca): “Yo quiero preguntarte si tu futuro contrato es por dinero”. “¿Y qué querés que pida, dos bolsas de papas?”, contesta Román. Es realmente difícil mantener una cordura, una sensatez tan firme ante la catarata incesante de estupidez.
Sabe y enseña, Román, que el nivel de mega-exhibición es desquiciante, y que también resulta un campo de combate -contra la palabra vacía, contra la indistinción de los espacios, contra la espectacularización de la intimidad, contra la estupidez, en fin, contra las fuerzas que separan las palabras de las cosas y montan el enorme show semiótico que vela lo real; Román contra las fuerzas de abstracción de la vida, realismo pelotero contra realidad mediática. Román hace un mundo mejor.


Siempre jugar

Repasaba Gonzalo Sarrais Alier qué quieren los que no quieren a Román, y en efecto el negativo de Román es un mundo horrible, sin amigos, falso y obediente. Se le ha reprochado que no le gusta entrenar… Román lo dice explícitamente, que no le gusta “entrenar todos los días” (ver el extraordinario documental Román x Román, minuto 1’35”). “Tomé mate todos los días y jugué bien el año y medio”. El mate, que mide las horas vanas según Borges, el mate es artefacto de producción de una demora -como el asado, otro enorme placer de Román, héroe de la ralentización de los flujos de un juego que ha canonizado a la maximización de velocidad, como decía Juan Sodo-. No le gusta entrenar todos los días; “Nos gusta jugar a la pelota”, explica. Es un jugador, no un trabajador, y el jugador trabaja de jugador, como todos realizamos nuestra práctica en el mercado, que la modula como valor mercantil (dinero, imagen, status, poder; actividades cuya inconmensurabilidad es disuelta en la igualdad ontológica del dinero y la imagen). Pero Román nos recuerda que se puede simular la simulación, es decir, que se puede jugar a que se trabaja de jugador, sin dejar de ser eminentemente un jugador.
Una vez sin embargo Román sí apeló a la figura del trabajador. Discutiendo con la razón mediática, en los días en que los periodistas llenaban el gigantesco espacio que se ven forzados a llenar constantemente con presuntas noticias, con presuntos acontecimientos, con el relato de una pelea entre Román y Julio César Cáceres, compañero en Boca. “Yo si tengo que hablar con él lo haré, y, si lo hago, voy a venir la semana que viene y me voy a sentar acá -era una conferencia de prensa- y no te voy a contar nada a vos, ni a vos, ni a nadie, como no les voy a andar pidiendo a ustedes que me cuenten sobre las conversaciones personales que tienen en su trabajo”. Lo que decía de fondo Román era: acá en el equipo somos un grupo y nuestras cosas las tramitamos entre nosotros, es ridículo pretender publicarlas, lo público son los partidos, el juego… Es decir, intimidad y tarea afectiva, situación concreta vs. Espectacularización, respeto por las diferencias de naturaleza entre las situaciones.
Emplea la semántica del trabajo, que es la semántica oficial, porque es lo que la razón mediática (los periodistas como emergentes de una onda que los excede) puede entender. Las palabras de Román pueden ser palabras-palos (como por ejemplo cuando dijo y repitió que no quería festejar ante la barra), pueden ser palabras mimos (“no me voy a cansar de decirles que están relocos, que nunca podré devolverles el cariño que me dan y que este día no me lo voy a olvidar nunca”, cuando se inauguró su estatua), también palabras-celosías. La mayoría de las cosas que dice en respuesta a preguntas periodísticas son obviedades (estoy contento porque ganamos, porque pude ayudar a mi equipo, toca pensar en el próximo partido, el entrenador tomará las decisiones, etc), pero obviedades que la razón mediática hace no-evidentes. De vuelta, Román, inmune al barullo, recuperador de una inocencia.
Es desde acá también que se entiende que renunciara a la selección cuidando a su vieja, y, especialmente, que se peleara con el Diego, primer homo sapiens-sapiens subjetivado integralmente como espectáculo, toda su intimidad como materia pública, justamente por diferencias sensibles en cuanto a lo que se dice a las cámaras y lo que se reserva para el vestuario.

Disidencia riquelmista y debate tribunero

Román sostuvo la resistencia contra la onda encabezada por Mauricio Macri, el espantoso. Riquelme le espetó el Topo Gigo; Riquelme mostró que los “éxitos” son alegrías solo en la medida en que no se desligan de la materia orgánica que expresan, que coronan; que los éxitos son imagen vacía si el modo de vida que quieren representar ve ofendida su sensibilidad. Obviamente no se trata de un militante. Es más: su resistencia consistió en un gesto. Un gesto, nomás, pero un gesto que nos devolvía a todos los hinchas la verdad de que si él era fuerte y podía plantarse ante el millonario, era solo como canal transmisor, condensador de flujos de una fuerza multitudinal, de la fuerza festiva de los muchos. Esas palmas detrás de las orejas sinceran la fuente común y anónima de la energía del astro. Román desestima a los dirigentes y a la barra mercenaria; enaltece siempre al hincha y al jugador. A los simples locos.
Esas mismas tribunas vivieron un debate explícito, con Román como cuerpo que encarna una disputa de valores, durante el primer semestre de 2014. Boca dirigido por Carlos Bianchi, tercer cuatrimestre al hilo con malos resultados, sin calamidades ni catástrofes, pero sin dar con una propuesta de juego consistente. Román jugando partidos salteados, perseguido por lesiones propias de una carrera larga, de miles de patadas recibidas… Román lejos de su mejor nivel, pero aún regalando lujos, aún elevando al campo de juego, aún haciendo jugar a su equipo mejor que en su ausencia. Partido tras partido, en la mítica Bombonera se vivió un debate, un debate propiamente tribunero, con modalidades propiamente tribuneras, entre los que rumoreaban cuando Román perdía una pelota, y los que los callaban y alentaban al maestro. Fue arduo; para los más xeneizes, increíble realidad encontrar auriazules criticándolo. La disputa se traducía también como Riquelme, el ídolo, contra Angelici, otro presidente millonario y nada futbolero, que era el primero en poner en duda a Román. Boca no ganaba, Boca perdía, malos resultados; y, partido a partido, domingo por medio, una tensa situación en la cancha, un enfrentamiento entre partidarios del rendimiento, del resultadismo, y los leales defensores de la belleza agradecidos por siempre con Román; durante varios partidos fue un debate, un desacuerdo entre miles, llamado “Cabildo abierto” por el comentarista Alejo Levandoski en el partido en Boca contra Arsenal, fecha 16, cuando ya era claramente irreversible la mayoría riquelmeana, consagrada triunfante, emotivamente unánime, en el partido final, fecha 18, contra Lanús. Llovía, y Román fue, como siempre, un placer: pisadas y amase, visión dinamizante del campo, amagues y precisión. La Bombonera llena aunque no jugábamos por nada, salvo por la disputa sobre si seguía o no seguía Román. Era mayo y se cantó el himno; Román, parado muy serio, oyó como al canto popular de “¡juremos con gloria morir!” se añadió inmediatamente el corolario “¡Riqueeeelme, Riqueeelme, Riqueeelme!”. Todo el partido fue protagonizado por esa onda de amor y agradecimiento: Riquelme es de Boca, de Boca no se va; y Angelici botón, sos un hijo de puta, la puta madre que te parió.

Su última pelota fue un pase hermoso que dejó a Riaño solísimo en mano a mano: no fue gol, pero fue mejor que muchos goles. Salió en el minuto 89, saludando y envuelto en lluvia y cariño. Finalmente sufrimos: la dirigencia millonaria no renovó el contrato de Román, y jugó sus últimos partidos oficiales en otro club. El pueblo xeneize empezó el torneo post-Román con masivo insulto a Angelici y masivo canto de amor al ídolo. Fuimos vencidos pero no convencidos (ahora el Vasco mandó traer a un enganche de calidad, que escasean, ¿efecto del acontecimiento-Román?, y aún con la millonaria compra de estrellas, juegan en boca muchos pibes y sobre todo, hinchas de Boca). Y triunfó en la cancha la sensibilidad que defiende el lujo popular y afirma que hay cosas más importantes que ganar -o mejor, un entendimiento superior, experiencial y no resultadista, de lo que es ganancia. Riquelme no se va.



Notas
1. Al respecto, hay una clave en el documental Román x Román, donde él cuenta cómo fueron sus primeros días en Boca, aún juvenil, rodeado de grandes jugadores que admiraba. Entre ellos, el emblemático Blas Giunta: “Giunta me llamaba y me hacía sentar atrás suyo cuando jugaban al truco, para enseñarme; y después de los entrenamientos, todos se iban y él se ponía los guantes para que yo le tirara tiros libres”. Ese engarce, ese encuentro, ese entendimiento, esa coherencia, eso es Boca

Saturday, August 02, 2014

Nos tienen adentro (impresiones de Porto Alegre)

Notas del argentinazo en Brasil 2014, para De Pies a Cabeza Mundial 
1. La marea argentina.

Los portoalegrinos no la pueden creer, atónitos por la invasión de “los hermanos argentinos”, Porto Alegre capital argentina de Rio grande do sul, tapa de todos los diarios y centro de los noticieros, habla generalizada y ansiedad curiosa de los transeúntes: el efluvio celeste y blanco se hizo protagonista absoluto de la ciudad que, esta semana, tiene dos feriados (el partido acá de Argentina y el de Brasil emitido desde Brasilia). Y le cambió el tono al Mundial en esta sede por unos días. El lunes que jugó Brasil –y ganó- contra Camerún, la zona nocturna destinada a la sociabilidad mundialera (porque, sí: hay una zona nocturna destinada a la sociabilidad mundialera), consistente en una calle llena de bares que se cierra a los autos, estaba repleta de jóvenes brasileños, argentinos, holandeses, australianos, de clase cómoda, medio en plan viaje de egresados madurón, escabio, banalidad y algún levante, una escena apenas menos pedorra que el festejo de San Patricio. ¿Tanta historia para una especie de clima de hostel ampliado? Al día siguiente, martes, llegó el grueso de la marea maradoniana (sus miembros acaso individuamente no lo sean, por supuesto), y la cosa empezó a cambiar: por la noche (ya víspera de Nigeria), en esa misma calle, con lluvia incesante, el tránsito automotor también estaba cortado pero por una gran banda no de buscadores de limitada conquista genital, sino de hinchas enfiestados, contentados en sí mismos. Hay también predecibles buscadores de lo obvio (las minitas, el bardo), pero quedan desplazados a la periferia de la situación; en el centro, ahora, está este montón de argentos (no albicelestes, estrictamente, ya que muchos tienen las camisetas de sus equipos de acá; afirmados portoalegrinamente en su hermandad) que festejan la presencia, que dejan anonadados a los locales con su cántico colectivo, saltando, arengando; la celebración –autosuficiencia corporal-colectiva– mandó al consumo preformateado.

Bajo la lluvia que no para caer, saltando al grito común de que Maradona es más grande que Pelé, y de que el que no salta es de Brasil, en medio de la tribu distingo un grupo de cuatro o cinco pibitos agitando chochos, que saltan, cantan y también ríen: son brasileños. No son los únicos: prestamos atención y en la masa de carnaval argentino hay, apenas disimulados, unos cuantos brasileños. Vinieron a disfrutar nuestra fiesta, se meten en el pogo que se mueve para acá, se mueve para allá, y tienen una alegría que no se puede creer. La hinchada argentina (que no es “los argentinos”: es esto que les pasa a los-estos argentinos) brinda un oásis orgánico, festivo y de alegre desborde en medio de este maquetado escenario de consumo y ánimo programado. Durante el día, charlando con pibes militantes, nos habían dicho que el piberío portoalegrino anda refugiado en unos pocos lugares de encuentro nocturno, ante el aplastante avance de la infraestructura del mundial sobre la vida común de la ciudad; y resulta que la irrupción de estos miles de argentos, que vinieron sin entradas para el estadio, que vinieron al Mundial pero no al programa de la FIFA, abre una zona temporaria de alteridad afectiva donde los habitantes locales que quedan fuera de la afectividad oficial de la Copa, encuentran lugar de jolgorio jugando a la argentinidad. Todos los argentos que nos damos cuenta -que los oímos cantar en marrado castellano- nos alegramos mucho.

1’. Un rato más tarde buscamos dónde morfar. Somos cuatro: uno, Simón, es chileno. (En realidad, de madre chilena exiliada y padre argentino y vueltos a exiliar, es plurinacional, vivió en México, Chile, Argentina, Chile, España, hasta que eligió vivir en Argentina. Más que plurinacional, apátrida, y, por elección, Bielsista. Hincha decididamente por la roja por cómo juega: bielsistamente. Es, entonces, el chileno.) Buscamos dónde morfar; llueve en la noche de la ciudad invadida, remeras blanca y celeste por todos lados, autos de chapas nacionales, carpas hechas en las veredas, comederos llenos… Encontramos uno: dos cuadras antes ya se oyen los cánticos argentinos adentro. Es un lugar enorme; la entrada está en el medio, da al medio del salón. Muertos de hambre entramos, a la cabeza Simón: tan rotundo que parece adrede, nomás entramos todo el lugar trona un “¡Che chileno che chileno, qué amargado se te ve, si te agarra un tsunami, que te ayude un inglés!”, y continuadamente –con nosotros recibiéndolo en el medio del enorme salón- “¡Chile, compadre, la concha de tu madre!”. Por supuesto, es fútbol, y Simón sabe bancársela; pero su cara me parece no es tanto de odio, ni de sorpresa, sino de inevitables ganas de llorar. No es inimaginable esta tropa argenta aplastándole la cabeza a uno que esté en el piso. Días después todos hinchando por Chile contra Brasil…

1’’. El turismo futbolero tiene mucho de congreso de pícaros de plata y la hinchada argentina tiene momentos nítidos de proto fascismo, pero esto, más que desmentir, revaloriza aún más las fuerzas de hinchismo festivo y fraternal. Porque son fuerzas que alteran a las disposiciones.

Se vieron al día siguiente de nuevo, durante la escena ampliada del partido contra Nigeria, en el llamado Fan Fest. El Fan fest es el perímetro y escenario (en la orilla del mismo lago que el estadio Beira Rio) de una suerte de festival permanente con que la FIFA consagra al Mundial como evento de entretenimiento general que tiene al fútbol como ingrediente. Pero que hoy, acá, se vio desbordado por el río más ancho del mundo, el de la patria futbolera que lo rebalsó con sus banderas, sus remeras, sus payasadas (las pelucas de brillante blanco y celeste), la emoción de su encuentro imposible, tan grande que forzó la colocación de una segunda pantalla gigante, fuera del predio propiamente dicho, para ver el partido; hay treinta mil argentinos dentro del estadio, setenta mil afuera: ¡¿qué carajo hacemos acá, mirá todos los que somos?!, dicen las caras, pero nadie lo dice, porque es un hecho, estamos acá, esto, ahora, es nuestro. Donde mirás, celeste y blanco, caras con gestualidad conocida, pibes tomando fernet, remeras de Patricio Rey, un ligue con esa pelota que tiene Messi, pasa para Di María… “Brasil, decime que se siente/ tener en casa a tu papá” es un enunciado no tanto tierno –en tanto olvida la primacía macaca en el fútbol mundial- sino pragmáticamente performativo: cantar esto acá nos hacer padres, irmaos queridos. Para ellos es una buena noticia nuestra presencia exuberante en medio de este megaevento programático: por las calles (porque la calle deja de ser lugar de tránsito y pasa a ser de habitación), de noche y de día, buscan la charla, el encuentro, preguntan cosas, de todo, no la pueden creer y quieren saber, quieren constatar que sí, que los hermanos argentinos están acá. Y sobre todo, hablan entre ellos, se avisan en las redes sociales, no sabían, se sorprenden y lo difunden, nos paran en la calle (¡nos invitan cerveza, carne asada!) para preguntar, para confirmar y aceptan sin drama, aprenden, se hinchan: Pelé debutó con un pibe.

2. Pelotas y balas 

En la escena del Fan Fest copado, mientras veíamos el partido, un argentino me vio que interactuaba con un grupo de pibes brasileños, de los que aprovechan a la banda maradoniana para experimentar esta alegría, y me dijo “ojo que esos vienen a armar quilombo”. Ciego: los pibitos (diecisiete, dieciocho años) me habían convidado puchos, me regalaron una birra, estaban viviendo un momento especial. Nuestra voluntad festiva produce hermandad aún a pesar del chauvinismo, del resentimiento, del miedo, que no dejan de estar. Ahora bien, esto no debe eclipsar que el enorme dispositivo de seguridad cala hondo en los cuerpos, y, si bien hay algunos quilombetes desmadrados, en general todo mundo, nosotros también, nos sentimos seguros, seguros “de lo que somos” (un efecto identitario innegable y que solo puede durar un rato; identidad de utilidad situacional, apego provisorio), pero también “tranquilos” de que puede abordarte cualquiera y no hay temor alguno; en parte, claro, por la fuerza que implica estar en posición activa, pero también porque sabés que hay una terrible fuerza dura puesta en abortar cualquier bardo dañino apenas empiece: pensemos lo que pensemos del control securitista, incluso aunque le temamos, en principio lo entendemos físicamente, y si no aceptamos esto, no podemos leer nada y la violencia del despliegue represivo se vuelve incomprensible.

Es muy visible la tutela policial de la fiesta programada. Pero la contradicción estética (pelota-balas) parece no arruinar la fiesta de los que la consumen. Luces de espectáculo, calles amplias para la muchedumbre, carteles de algarabía mundialera por doquier, el estadio como enorme cúspide arquitectónica de la condensación de libido colectiva, de la modernidad andante impulsada por el juego, las nacionalidades conviviendo (mucha promoción de la igualdad entre parcialidades nacionales, el mundial como lavado encuentro fraterno multicolor), todo abrochado por milicos armadísimos de estirpes varias, policía militar, policía federal, policía especial, drogocops con el cuerpo más o menos oculto tras los armazones de matar. Pero de alguna manera un consenso logra que las visibles balas no desmientan esta candidez sórdida, esta mueca del placer. Vamos a una manifestación rebelde, pequeñísima; la sostenida y dura represión que sufren las movilizaciones desde el año pasado (no solo en las marchas, sino recrudeciendo en las favelas, y con invasiones policiales en las casas de los militantes), aumentada en la inminencia de la Copa, amedrentó, y por eso hay mucha menos gente en las movilizaciones. Pero también es evidente que el torneo atrae libido general, que es hasta impostado pelear contra la Copa durante la Copa, que no se puede afirmar la intolerancia de un dolor oponiéndose a un placer. Las “protestas” funcionaron con la copa como objetivo mientras estaba siendo preparada, pero una vez en ruedo la pelota, patinan, rebotan, el campo de juego es indemne; las exigencias se reacomodan bajo la premisa de que el problema no es la Copa, sino el capitalismo actual, y aprovechan incluso la Copa como instancia de visibilización de discusiones y vejámenes: en Porto Alegre, el Bloque de Luchas, que articula diversos colectivos políticos, emplea una táctica conversacional, la manifestación a la que vamos se dispersa activamente, en parejas, para interpelar a los transeúntes y hablar. Parece abierto el panorama, con un ánimo general hacia la Copa que, nos cuentan, es mucho menos intenso que en mundiales anteriores (94 por ejemplo), en buena medida porque las críticas al modelo FIFA de desarrollo se incorporaron como sentido común. Si con la Copa la dirigencia brasileña quería instalar al país como potencia, lo que se instaló con las movilizaciones (desde el estallido de junio 2013 hasta su sostén restringido actual) son los dolores que vive buena parte de su población, y la escisión entre los granes tratos del estado mercantil y la vida como experiencia popular. Los planes de asistencia social y la inclusión de millones de pobres en niveles más potentados del mercado de consumo y trabajo oscilan, en la percepción de la gente con la que charlamos, entre ser el corazón de la política del PT, y ser un ingrediente que ayuda a sostener un modelo de capitalismo donde los sectores de riqueza concentrada se bancan cierto desprestigio retórico mientras son los más beneficiados económicamente (los bancos, los terratenientes, las constructoras).

3. Suárez y el Imperio Pantallista

Luis Suárez, heredero de la larga tradición de sesuda antropofagia charrúa; Chiellini la sacó más barata que Solís, pero al marino aunque sea tuvieron la deferencia de matarlo antes de hincarle el diente. Suárez, desde aquella mano en 2010 contra Ghana, prócer; primero Suárez, después Artigas. Igualmente, la devoción argentina por la celeste es muy sintomática: ponderamos las virtudes con las que no toleraríamos contentarnos nosotros (pegar, ser ascéticos, pobres pero serenos, etc). A Inglaterra y a Italia, Uruguay, es cierto, les ganó con el alma. Potencias económicas, potencias militares, el paisito se plantó como potencia anímica. Pero Colombia aguantó las patadas, los pisotones, el resentimiento violento oculto tras la modestia nacional, y les ganó con puro fútbol, con fantasía y magia futbolera; su propuesta no sólo excede la fortaleza física y el cálculo táctico, sino que hasta la sutileza técnica es poco para referirse al fútbol que apuesta decididamente al talento, a la inventiva de cuerpos educados en bailar. Pero volvamos a Suárez, el gran escándalo. Suárez, parece, le pasa algo, no puede aguantarse, le cabe morder, le tira el diente, el cuerpo del otro como instancia de bocado… No es ni venganza, como el sublime cabezazo de Zidane, ni provocación (como aquel dedo en el orto a Román), es incontención: y, en efecto, eso es festejable, acaso no tanto él como atrevido, como el juego en su capacidad de producir desmesura, la pelota llevando los cuerpos a sus extremos. Ahora bien, la mordida pasó a un segundo plano, y más información hay en la sanción. Crueldad de separarlo de los compañeros; la FIFA criminalizó, embargó, y psiquiatrizó. Cuerpo, billete, cerebro… Pero, ¿por qué tamaña sanción? ¿Cuál es la ofensa, dónde está la proporción? No en el hombro de Chiellini, que sigue cumpliendo su función y a esta altura no debe ni dolerle (nada comparado con quedar afuera en primera ronda…). La dinámica estrictamente “deportiva” del juego daña mucho más los cuerpos que esa mordida (por las patadas, pero también por la autoexplotación rendimientista; Medel contra Brasil, por caso). No: lo que la FIFA sanciona es que alguien actúe desoyendo la visibilidad permanente en la que ella manda. Suárez sustrajo su cuerpo (y el de Chiellini) del imperio pantallista: eso pagó tan caro.

4. Destribunización

Antaño para hacer un Mundial había que aumentar la capacidad de los estadios, construirles tribunas nuevas, producir espacio; ahora, para estar a la altura de hacer un mundial, Brasil tuvo que achicar sus estadios para que sean mundialistas. Lo que anticipó Bilardo –hay que aceptarlo- hace vaya saber cuántos años, “vamos hacia estadios de treinta o cuarenta mil personas y todo centralizado en la transmisión televisiva”, es una de las grandes consagraciones de este Mundial. Una destribunización del fútbol. Hoy –Argentina vs Nigeria- se vio desbordada, esa destribunización, y el “Fan Fest”, kermese de divertimento programado, fue una gigantesca tribuna (rebalsado, con una enorme ranchada afuera que forzó pantalla adicional). A la pantalla los argentinos le gritan, la putean, la alientan, la aplauden, todo como si estuvieran en la cancha, y se abrazan entre sí, y comentan jugadas entre desconocidos… La pantalla es un puro medio; se la niega: la usamos para estar en la cancha. Y en reverso, en la cancha la pantalla tiene un lugar supremo: muestra el partido, pero cada vez que muestra hinchas, los mostrados se ven y festejan a lo más. Acá dice el compa Leandro Barttolotta: ¿hay ser humano más abyecto que el que festeja cuando lo enfoca la cámara mientras se está quedando fuera del mundial? Esos hinchas cumplen su rol, se ponen a la altura de la representación. Festejan, saludan, felices, agradecidos. Antes (y antes es una dimensión del presente, minoritaria) la cancha era el lugar de realidad suprema, y la tele una representación subsidiaria; ahora (la faz dominante del ahora), ir a la cancha permite acceder a la superficie de realidad suprema que es la pantalla. En la transmisión de los partidos –esto también se viene comentando bastante-, presentan las formaciones de los equipos mostrando cada jugador haciendo el mismo gesto: parados de perfil giran para mirar a la cámara cruzando los brazos: es como la play station, o es la play station en su cúspide. Las cámaras hiper lentas, maravillosa tecnología de visibilidad, también emulan el control total sobre el acontecimiento imaginalizado (hecho imagen, Pablo Hupert dixit) que es concebible desde la consola de juegos, desde la realidad virtual. La carne sirve para su representación. Por eso los seudo hinchas festejan, porque cristalizar su participación en el simulacro, que es su verdadero acontecimiento (superando a Debord, lo falso es un momento de lo verdadero); ser apantallados es el mayor rendimiento que puede darles la cancha. Simuladores, viven de nosotros, de nuestra pasión; son hinchas anodinos, sin dolor.

4’. Arbitros conitos. El imperio pantallista tiene otro efecto: los árbitros, en este mundial, obstaculizan con su cuerpo las jugadas, como nunca. Es muy notable, quedan en la línea de pase, les pega la bocha, obstruyen la visión de los jugadores, en casi todos los partidos. En el régimen de visibilidad total, su labor queda expuestísima, entonces los tipos quieren estar al lado de la pelota, en el núcleo de la jugada. Hace poco un amigo viajó en bondi de larga distancia con una terna arbitral, y le sorprendió que hablaban de que iban “a jugar”: es que el referí es parte del juego (aquel, acaso, que ama tanto pero tanto la pelota que se banca no tocarla y que lo insulte la masa con tal de estar ahí cerca), y ahora les ponen máquinas para que hagan parte de su tarea -otra consagración de este mundial-, máquinas que pasan a ser su parámetro de medida, máquinas que los empujan a estar tan cerca de la pelota que interrumpen el juego.

5. Congreso de hichas 

Nunca hubo una localía argentina como esta. “Argentina juega de local en el Bela Río”, dice la tele gaúcha, y es aún más fuerte que eso: acá, en Porto Alegre, se arma un suelo argentino futbolero que no existe nunca en otro lado. El fútbol argentino rivaliza las regiones; incluso cuando juega en Buenos Aires la selección, si aburre, hay cánticos entre bosteros y gayinas. Pero cuando “une”, cuando estamos todos contentos con la selección, es cada uno en su lugar, y ver a los compatriotas por tele. Acá en Porto Alegre llegaron autos, combis, motos, aviones llenos, camionetas, bondis repletos, grupos de amigos, pibes y ex pibes futboleros, de Santa Fé, de Córdoba, de Mendoza, de Jujuy, de Quilmes, Paternal, Lanús, Mar del Plata, Río Cuarto, Formosa, Rosario, de La Pampa… Las camisetas de los clubes, que hay muchas, funcionan para eso: no tanto para distinguirse opositivamente dentro de los argentinos, como para nutrir a la marea albiceleste de anclajes situados. Unión, Instituto, Gimnasia de La Plata y de Jujuy, Defensa y Justicia, Central, Aldosivi, etcétera. El fútbol argentino es esto: multitudes de tribus que se autoorganizan y salen y vienen y van, que arman su campamento con ferné, morfi, carpas que se ponen en los parques, en los estacionamientos, bajo la lluvia… Esto es el fútbol argentino, esta es la energía que lo hace existir. Y este es el sustrato que insufla las canchas brasileñas con un soplo monumental y empuja, empuja a ese equipo de argentinos jugadores –pibes que tan pronto se fueron a tierras más ricas- a jugar mejor. Los jugadores son millonarios, pero son solo eso, son pibes millonarios, y el ambiente aquí enfatiza su pibismo, y los argentiniza, entonces los vemos protagonizando mesas de asado compartido y cantos de hinchada (de hinchas) que los enfervorizan: ídolos del neocapitalismo, tomados por fuerzas plebeyas.

6. Táctica y actitud; el efecto de la hinchada.

En el primer partido, con Bosnia, Sabella puso cinco defensores con la idea de que los laterales ataquen. Subían cada vez que teníamos la pelota, entonces Mascherano, siempre pensando más en nuestro arco que en el contrario (aunque hoy contra Nigeria le puso gran pase a Di María para el primer gol), se metía atrás entre los centrales, de manera que quedábamos sin referencia clara de salida por el medio del campo, y Maxi y Di María quedaban amontonados con Zabaleta y Rojo, Messi tenía que abajar hasta el círculo a buscarla… Sabella apostó por el desborde y no por la creación.

Mejoramos apenas con Irán, con Gago hay más salida y con Higuaín, si Messi baja tiene más terreno por la opción de pase a los dos puntas. Y mejoramos más hoy con Nigeria: con Irán Mascherano y Gago se quedaban como “últimos hombres del ataque”, sin avanzar ellos como opción de receptores, lo que tornaba al equipo predecible y estático, mientras hoy Gago se movió un poco más yendo a buscar devoluciones, y, sobre todo, Di María anduvo bien suelto para no solo ir al fondo contra la banda izquierda sino encarar la cancha de frente por el medio con la pelota al pie; incluso hizo fantasías con Lavezzi por derecha. Se supone que el equipo que no tiene la pelota se cansa más; pero como plantea el partido el equipo de Lionel, los delanteros nuestros, así como los “mediocampistas” (que en realidad no tenemos, porque Mascherano y Gago son contenedores, y Di María es un atacante jugando veinte metros atrás), tienen que moverse permanentemente para dar opción de pase y movilizar la estructura defensiva del rival, llena de hombres, para que muestre grietas por donde colarse. Agüero no lo viene entendiendo (tuvo dos jugadas buenaws, a lo más, en tres partidos), lo que es raro; Higuaín hoy jugó para el equipo. Como sea, a lo que voy es a que el cambio del planteo táctico, de Bosnia a Irán, modificó menos la creación de volumen de juego que el cambio actitudinal visto hoy ante Nigeria, el cambio modal: moverse, buscar, agitar para provocar posibles donde no los hay. Pasar la pelota pero no solo entre las posiciones programadas por la táctica; ya con Bielsa nos fracasó la ofensiva programática (de cuyo fracaso aprendió Pekerman). Pasar la pelota para tantear la defensa rival, sus líneas de ensamble, para que insinúe sus inconsistencias, lugares desde donde pegarle, puntos donde meter un sombrero o un pase en cortada, un pique corto… Todo esto no depende de dónde están parados los jugadores en el planteo, sino de cómo están donde están. Del ánimo. Confianza en la creación inmanente y atrevida por sobre la planificación calculada. Y esto solo se explica por el aliento que baja de las tribunas, esas tribunas que, a diferencia de lo que pensábamos hasta no muchos día atrás, no se limitan a gerentes, barrabravas y algún sacrificado que tuvo suerte en el sorteo (el sorteo, esa radical rotura del código futbolero de acceso al estadio operada por la FIFA), tribunas esas que no son solo las tribunas, sino el aliento traficado de manera complejísima por los cuerpos en complicidad, que envuelve la situación: estos pibes, nuestros jugadores, representantes de la patria futbolera, no lo viven en Europa; el Mundial les da eso, y nos los da a ellos hinchados.

Friday, December 14, 2012

De Pies a Cabeza N°2

La revista de futbol menos periodistica del mundo:

Eitorial: http://futboldepiesacabeza.com.ar/extractivismo-pasional/


El N°2:


Extractivismo Pasional. Mecanismos de extracción de plusvalía pasional, con sus lacayos pre-cadáveres, y un combate difuso pero sostenido que dan los tráficos de vibra futbolera por abajo. ¿Hay una futbolidad clandestina ante el imperio mediático? ¿Cómo puede Fernando Niembro ser tan desagradable?
Pensando la marca Boca. ¿Se puede convertir un deseo infinito e inexplicable en un capital de mercadeo pasional? El futbol como marca global, igualador universal, ¿somos clientes de la bocha?
Canten, putos! ¿Para que vinieron? Piano y guitarra acústica, cantos de cancha versionados; música de colores, y un departamento dos ambientes tribunizado…
 La Larga Marcha de River. La bandera de largo record como excusa para una tribunización de la ciudad; las calles de los barrios chetos enfiestados por el modo de vida pibe: una crónica carnal atenta a lo que los códigos mediáticos no pueden ver.
La gran estafa (securitista). La “violencia en el futbol” es violencia en los negocios, y los incidentes y enfrentamientos armados son, casi sin excepción, internas de barras. Aun así los dispositivos de seguridad y los discursos mediáticos siguen partiendo del supuesto de combates entre hinchas rivales: una Gran Estafa.
Jugadorismo reloaded. Ante el protagonismo pibe-jugadoril, la “gestión de grupo” aparece como el saber futbolístico más caliente de la época. ¿Qué modos son los más ricos? Entre la inteligencia de Alfaro, la escolaridad de Pepe Romero y la filosofía superior del Loco Bielsa.
Entrevista a Menotti: “La heladera en la cocina y el inodoro en el baño”. El anciano manantial de saberes del exquisito deporte nacional comparte algunas de las síntesis que ha elaborado en su vida de observador experimental. Ilustraciones de Facundo Gorostiza.
Charla con el Chalo Panatoni, segunda entrega. Nuestro querido Chalo sigue ventilando la cocina de los conflictos micropolíticos del vestuario de Metalense.
 Querer (o no querer) a Román. Introducir una concepción disidente del manejo de la pelota en el futbol nacional no puede no ser conflictivo. ¿Hay efectos geométricos, en las canchas hoy, del juego riquelmeano? Y: ¿Qué quieren los que no quieren a Román?

Tuesday, September 20, 2011

Tablas

Bueno, el partido con Lanús empieza a hacerme acordar que una mentira que logra hacerse creer, puede terminar verificándose.

Orión es la gran buena noticia en Boca, por ahora. El regreso del Flaco Schiavi aporta como retador a sus compañeros de fila y pareciera dar cierta consistencia, con el respeto que impone su estampa y su famoso "buen uso del cuerpo". Otra buena de verdad es que los refuerzos del semestre pasado se adaptaron y juegan, Somoza y Rivero sobre todo; Ervitimejora y le creo cuando dice que todavía le falta; porque todavía vive mucho en el piso -quiero decir tirado. InclusoCaruzzo cuando entra esta más firme. Y bueno, Viatri es un buen jugador, que merece jugar en Boca, con esa picardía amante del placer multitudinal. Cvitanich tiene que defenderse porque tiene atrás al buen buscon Mouche. Todo bajo el enorme dato de que esperan sentados Erbes, Colazo y Chaves, tres jugadores que bien pueden ser titulares (y además Sánchez Miño y Araujo).

Pero: Román es frágil y en cualquier momento se lesiona. A Schiavi si lo encaran en velocidad parece un torero (de hecho San Martin de San Juan casi nos empata al final de esa manera; salvo Orión en acaso su mejor atajadaauriazul). Roncaglia puede pifiar, se desordena, y es un peligro (así casi nos empata Lanús apenas hicimos el primero); Insaurralde ni hablemos, toco madera.

Conclusión: en relación al panorama que había antes de empezar el torneo, podemos decir que hemos mejorado suficiente como para espantar el fantasma del descenso: seamos bien honestos. Para eso, Falcioni lo que hizo fue asegurarse una consistencia de equipo, ya no es una banda. Es un equipo con presencia y ganas. Con la remera de Boca, lo cual pesa mucho en los contrarios. Y así estamos, en siete fechas (nada más): primeros. Ojo, que River va segundo!

Wednesday, September 22, 2010

Fóbal

[Afiche: Rodrigo Noya]
Con la narrativa, creo que el fútbol tiene una relación de consustancialidad natural: el partido mismo se relata, amén de la fruición descriptiva a la que invita. Ahora, narrativa hay mucha sobre fútbol, pero ensayo, o sea textos elaborados desde una pulsión de pensar, más que de contar, no tanto: desde Dinámica de lo impensado, librazo de Dante Panzeri del 67, hay que rastrear mucho entre cuentos y viñetas comentadas. Pareciera asumirse que aunque de fútbol se discute, se debate, se polemiza, no es terreno para pensar, que de fútbol se sabe, o no se sabe, o incluso que sólo se siente, en pobrísima escisión entre pensamiento y sensorio. Pero el juego es un pensamiento de los cuerpos en interacción: pensamiento geométrico, cinemático, temporal. Y la puesta en juego de ideas también es una fiesta de los músculos. Pensar el fútbol en sus muchas dimensiones es enriquecer la experiencia de aquello que nos encontramos siendo: futboleros. Concientes de, si se quiere, su inutilidad, porque no se persiguen utilidades ulteriores, la pasión se pone porque sí, porque ahí se pone. Fútbol y pensamiento son imposición de sentido inmediato.





Saturday, January 24, 2009

Decime qué tengo que hacer

Miraba el Superclásico disputado en Mar del Plata a cancha llena (aunque la verdad no sé si estaba completa la tribuna riverplatense, pues la cámara mucho no la enfocaba: siempre encontraba cosas más atractivas). Y cuando, promediando el primer tiempo nos expulsaran a Battaglia y minutos después River marcó el uno a cero, la vi negra y decidí que, luego de la derrota que se cernía en el horizonte xeneise, escribiría algunas notas sobre el desnudo protagonizado en 2008 por el Club Atlético River Plate. La derrota hubiera sido un buen momento para que algunos señalamientos que me venían pareciendo necesarios fueran reconocidos en su justicia y no confundidos con mera intención de mofa. Justicia, la de asumir el peso histórico de las cosas que presenciamos, justicia de enunciar los movimientos reales para no ser pasivos espectadores sino reales contemporáneos de nosotros mismos. Pero no pudo ser: con uno más, River no aguantó el uno a cero, ni el uno a uno, y terminó perdiendo.
Nadie es tan sí mismo como River es tan River. Pobres sujetos presas de su propia esencia: vemos en los jugadores algunos intentos vanos de diferenciarse de su definición ontológica, pero se impone su naturaleza a flor de piel.
El efecto de los colores azul y oro, sobre los hombres que los visten, es de engrandecimiento puro, por eso Jesús Dátolo los besa como a la madre que da la vida. Cuando marcó el primer gol anoche, salió corriendo a toda velocidad a la tribuna, la cámara lo tomaba alejándose, la camiseta flameando en la espalda, hacia la tribuna enfervorecida, saltando la publicidad hacia esa gran masa bulliente que parece un monstruo de vida propia, como si el festejo sólo adquiriera plena realidad frente a ese enorme agregado impersonal rebosante de color, frente a la fuente de ese grito divino, frente a ese espíritu hecho carne en la multitud, al que el jugador -el ídolo-, según mostró su carrera consagratoria, es devoto.
Pero yo quería hablar de River. Lo cierto es que en las últimas semanas (en verdad sobre todo en los últimos días de 2008) vengo viendo remeras gallinas en la vía pública como nunca antes. Nunca mi Buenos Aires vistió tantas camisetas blancas con una franja roja diagonal de hombro a cadera. Caminando por la vereda, esperando el colectivo, dentro de un auto en marcha, gallinas, gallinitas, tristes, con semblante gris de ocupación mental mascullante. Grisura que, concedo, puede tener que ver tanto con la amargura sustancial coincidente con lo ancho del mundo rivereño como con el malhumor bastante democráticamente repartido en la cotidianeidad urbana. De todos modos, cuando digo que nunca como ahora hubo tanta presencia de remeras de river no debe interpretarse que el resultado total sea una presencia constante, ni mucho menos. Son sólo más que nunca. Cumplen el rito sacrificial futbolístico de refirmar presencia en la entidad a la que se pertenece cuando ella más dolorosamente pesa sobre nosotros. Lo que se ve en la calle es, pues, la fuerza de reacción gallina. Y la verdad sea dicha: vinieron todos, que pocos son. El grito de perseverancia frente a una desgracia mide bastante bien la vitalidad que hay en esa modalidad del ser. Tanto Racing como Huracán mostraron una reacción mucho más consistente y bochinchera en sus respectivas penurias.
Este año 2008, River fue más River que nunca (y por ahora 2009 prolonga el camino). Del peor desempeño de su historia en un torneo local sólo importa la manera en que se dio: con una rotunda debilidad anímica de sus jugadores y público. Frente a este fracaso en la competencia –fueron los más perdedores, los menos ganadores-, algunos gallinas, los pocos que aguantan unos minutos defendiendo su honor sin protestar contra la “porquería que es River”, recuerdan, como antídoto, el hecho de que en la primera mitad del año salieron campeones. La derrota histórica, entonces, se compensaría con esa gloria alcanzada apenas antes. Pero es ahí, en la victoria, en cómo habitaron el camino ascendente hasta la cima, donde más se vio la naturaleza blanquirroja. En ese torneo en que salieron campeones, su volante central protestó porque la hinchada de river no alentaba en las malas como la de Boca, a la que él y sus compañeros habían sufrido repetidas veces (y a ese muchacho, según me dicen, el plantel acaba de elegirlo capitán, será que bien los representa). Después, Juan Pablo Carrizo, el jugador de mayor carácter dentro del plantel y acaso en potencia el mejor arquero argentino desde Hugo Gatti, dijo que él no jugaba por los colores, que estaba trabajando nomás, que más que un apasionado era un profesional. Y, en correspondencia, no sólo los jugadores empezaron a no saber bien qué mierda hacer con el hecho de ser gallinas, sino que el propio público del equipo en vías de ser campeón, en una movida que necesariamente es panificada y no presa momentánea de emociones incontrolables, arrojó maíz al campo de juego.
Pero la desnudez, la floración de su naturaleza ontológica en estado puro, continuó. Después de salir últimos en el torneo, contrataron un nuevo técnico, Néstor Gorosito (dicen que Ramón Díaz, “ídolo riverplatense”, pidió demasiada plata, ja!). En plan de generar nuevos bríos de reconstrucción, lo que el Pipo consideró más conveniente fue decir que si efectivamente le traen al Ogro Fabiani, desde Newells, el delantero “puede llegar a ser como el Mellizo”. No sólo no tienen presente, no tienen referencias propias siquiera a las cuales asirse. Por eso comparan con el astro boquense nacido en Gimnasia de La Plata, Guillermo Barros Schelotto, cuya persistente idolatría quién sabe cuánto debe a su efectivamente hermoso desempeño en la cancha y cuánto está signada por su buena relación con la mafiosa barra brava y la dirigencia macrista. Porque, digámoslo, aunque apilando triunfos y también mucha cátedra de buen fútbol, Boca tuvo una última docena de años complicada, marcada por el devenir macrista de su destino. Empero, como se ha señalado, boca tiene una resistencia que ni qué, mayor que la de la propia Ciudad de Buenos Aires. Acaso la muerte de nuestro presidente Pompilio, parece que a causa de un viagrazo entre las piernas de una tal Jesica Cirio, hable de lo pronto que retorna el espíritu festivo y jolgorioso después del canalla, higienista y anti mitológico eficientismo macrista. Boca resiste períodos anti-bosteros porque en realidad alberga todas las tendencias sociales en su seno y nunca nada puede alterar su esencia. Boca es algo que se da por sentado. Ni hace falta sacar remeras al son de eventos del mero calendario deportivo; se visten las remeras siempre como festejo de sí mismas. A Boca jamás podría hacer falta defenderlo, porque Boca es todo, es fiesta incluso en la derrota (como quedó claro en el larguísimo período de sequía entre el Maradona del 81 y el Bianchi del 98), y, además, todo el resto, en el fondo define sus coordenadas de existencia en relación con Boca. El resto de los equipos debería estar orgulloso de ser argentinos, precisamente de ser compatriotas de Boca, porque eso significa que, desde su lugar, participan de Boca. Y los argentinos, todos, podríamos tener un gesto magno de confraternidad y lástima redentora: ofrezcamos una amnistía para gallinas.

Wednesday, November 08, 2006

Piu

¿Cuál es el estatuto global de lo nacional? Lionel Messi tira pistas.

Aunque todavía no sea un Hombre Post-Organico, sobre el que advierte Paula Sibilia.

Mientras, Daniel Link no cesa de pensar cómo hacer política desde un teclado ("Link y yo" era un título demasiado obvio para la entrevista)

Wednesday, July 19, 2006

Carlos Tevez y el reencantamiento del mundo

1-

En el fútbol se ha vuelto políticamente correcto defender lo técnico. En contra del predominio de lo táctico y lo físico (que piensa el fútbol desde la ocupación de los espacios), la técnica designaría lo más puro de la belleza deportiva, lo específico del fútbol como juego con la pelota.

Pero para llamar a lo más creativo, bello, a lo más romántico del fútbol, ¿Justo vamos a usar la palabra “técnica”, que remite a una forma matematizable de hacer las cosas, al medio siempre calculable de hacer más eficiente un trabajo? ¿Por qué no usar un término como habilidad, o, directamente, magia?

“La técnica se aprende, la habilidad no”, observó cuando le planteé esta idea Hans Gumbrecht, cuyo padre solía decir: “si el fútbol sigue así, terminará siendo atletismo con pelota”. La magia no se entrena, porque la tienen los jugadores llamados “distintos”.

El avance de la degeneración capitalista del fútbol (porque la visión numérica y la subordinación a los rendimientos son el espíritu del capitalismo) triunfa no sólo cuando impone llanamente sus peores versiones (el dominio puro de táctica, fuerza y velocidad). Una lógica es dominante cuando logra infiltrarse en el modo en que se articulan las heterogeneidades. Dicho de otro modo, la principal derrota consiste en comenzar a pensar lo que defendemos en los términos en que puede pensarlo el enemigo; como llamar técnica a la magia y creerse embanderado del romanticismo futbolístico, ¡Dios!

2-
Pensar distinto, con otra lógica de la materia y el tiempo: eso demostró Carlos Tevez en su gol a Serbia y Montenegro.
Recibió la pelota, con un marcador delante, quien capaz esperaba la reacción habitual del atacante: que cubriera la pelota, la ocultara, que le mostrara un poco la espalda, que buscara eludirlo por alguno de los dos costados.
Pero Tevez la agarró, lo miró de frente mostrándole, ofreciéndole casi la pelota, y prácticamente quebró la ley de impenetrabilidad de la materia: tanto él como la pelota pasaron a través del eje del cuerpo del otro. La pelota por entre las piernas, y cuando se daba vuelta a verla pasar, medio se inclina hacia atrás y Tevez lo salta, lo pasa por encima, también atravesando el eje de su cuerpo, como si el tipo no existiera, como si ni siquiera fuera un obstáculo; desexistir un cuerpo, envidia de cualquier mago.
Igual lo trató al siguiente, que parecía haberle robado la bocha y Carlitos fue como no reconociendo que la tenía, fue como dando por obvio que era suya, y, obvio, gol.

Friday, July 14, 2006

Krupoviesa no lo tocó

1. ¿Qué se hace con una hora? En la calle los bares son primera opción, pues para constatar el paso del tiempo, beber es harto preferible al reloj, tanto como lo es hacer a esperar, o construir -trago a trago- una secuencia temporal, a observar la tiranía del reloj, inmóvil en su movilidad preestablecida.
¡Pero qué difícil entrar a un bar en Palermo Joliud! Por suerte Dios es generoso en sorpresas, y diviso un sucucho (¿se puede decir “por suerte Dios”?). Había sólo dos mesas, plásticas, y una tele pasando Boca-Newell´s. Los tres o cuatro presentes mirábamos el partido y no entre nosotros, lo cual, antes que separarnos, nos aunaba en una calma donde la birra casi tibiona no molestaba, en un oasis de intimidad con Boquita en la tele –impensada gracia televisiva de posibilitar intimidad.

2. Ambos equipos se resistían mejor de lo que avanzaban. Un embole. Pero había más que el partido para ver, porque mirándolo, indefectiblemente, miraba la tele.
El lateral izquierdo xeneise era Morel Rodríguez, quien usualmente calienta el banco, porque tres días antes Boca le había empatado a River sobre la hora y con dos expulsados, uno de ellos Juan Krupoviesa, marcador de punta que en determinado momento quedó como último hombre y no tuvo más remedio que faulear al Rolfi Montenegro con una virulenta patada voladora que, con los tapones de punta, impactó de lleno en la rodilla, según mostraron las sucesivas repeticiones en cámara lenta.
“El tribunal de disciplina está debatiendo la suspensión, se habla de dos fechas”, comentó un acompañante del relator Walter Nelson que no era Alejandro Fabbri.
“¡Dos fechas! Pero qué barbaridad che, hace mucho tiempo no veía una infracción de tanta violencia”, reaccionó WN para escuchar que
“Lo que pasa es que, dicen, el juez Pezzota no hizo bien el informe. Puso juego brusco en vez de juego brusco violento, o plancha violenta. Y la decisión se toma sobre su informe”.
“¡Pero cómo puede ser –remató Walter-, la imagen habla por sí sola!”.
El que hablaba, por supuesto, era él. Parecía incluso tener una idea: ¿Cómo puede ser que se siga la indicación del referí cuando está disponible una imagen televisiva transparente e inapelable? Ahora bien, si la imagen habla por sí sola, el informe del juez es superfluo.

3. ¿Cuáles son nuestros criterios compartidos de verdad, o mejor, de verificación?
Para Nelson y troupe, la imagen es el juez del juez. Aunque ven el partido en la cancha, el fútbol para ellos es lo que pasa en la tele, proponiéndola como un ojo mejor que ninguno para llegar a la verdad de cualquier situación, como una corte suprema ontológica.
Hasta en jugadores y técnicos ha cundido esta entronización de la tele como confirmadora existencial, cuando contestan sobre jugadas, al terminar un partido, “no sé, quiero esperar a verlo por tele”. El fútbol verificándose a sí mismo por tevé.
Y el fútbol por tevé es eso: fútbol por tevé. El ejemplo más claro acaso sea el de los jugadores europeos, que siempre parecen monstruos, semidioses invencibles, imagen que Carlos Bianchi refutó repetidamente.
Sería así: de cada partido europeo emitido se arma una selección de imágenes que circula multiplicadamente, cientos de veces, difundiendo, de cada jugador, un perfil que recoge sólo sus puntos máximos de rendimiento. A Riquelme, en cambio, ya le conocíamos los bajones antes de la Intercontinental, sabíamos que no siempre tenía un pisa y amasa absolutamente inaccesible, y qué paseo les dio a los merengues en el pasto y qué ridículas quedaron las grandes imágenes de Figo, Zidane, Roberto puto Carlos... construcciones televisivas, infieles a la variabilidad del rendimiento corporal: imágenes que pretender representar un registro que luego no toleran, cuando se esfuman en lo real de una situación hecha en tiempo de cuerpos vivos.
Pezzota vio en tiempo real y con los pies en la tierra. No se verificó en la imagen, y por eso fue criticado. Acaso envalentonado por la cerveza que ya es pasado en mi vaso, pienso que a los que nos gusta el fútbol más que la tele, se nos impone la tarea, la responsabilidad histórico social, de defender a Krupoviesa: apenas lo tocó.



Thursday, July 13, 2006

Cosas que pasan en la cancha

Hay que reivindicar a Zidane. Pero no porque es un gran jugador y a pesar de su descarrilamiento en la final: hay que reivindicar, justamente, que tan consagrado jugador haya hecho lo que hizo donde lo hizo. El césped que pisaba Zizu es vendido en estos días, dicen, a euro la hojita. Nunca nada tuvo tanto público. ¿Será por eso que el relato de Walter Nelson se alteró, indignado con el bardeo fuera de libreto?

Se reclama responsabilidad, que sea impasible. Yo digo que se reclama frialdad; ausencia se reclama. A Zidane le pasó exactamente una de esas cosas definidas tantas veces por los jugadores como "cosas que pasan en la cancha". La calentura del momento, del partido, del enfrentamiento cuerpo a cuerpo, las cosas que, propiamente, pasan en la cancha.

Era obvio que iba a molestar la corneada de Zidane en este fútbol espectáculo, donde hasta en la cancha se mira por tele. ¡Si ese era el tema, que en la tele se veía perfecto, que las cámaras lo habían tomado, que se veía el cabezazo en cámara lenta! ¿Ahora van a decirle “¡Argelino de mierda, devolvé la plata!”? ¿O lo van a “perdonar”?

No loco: festejemos que una estrella de fútbol se comporte como jugador de fútbol antes que como estrella, que por un segundo le chupen un huevo los mil quinientos millones de anónimos que miran por tevé y se deje afectar por lo que dice el tano hijo de puta que está al lado, empapado en sudor.