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Saturday, September 03, 2011

Thomas y Dixon, Mason y Pynchon

"En realidad... lejos de ser un ogro o un trol, como le considera su hijo, Charles Mason es una persona nostálgica y espiritual. Cree que el pan esta vivo, que los animálculos de la levadura pueden unirse y formar un solo individuo con un fin determinado, que cada hogaza esta organizada y que la corteza, por ejemplo, sirve de piel o caparazón, mientras que las pequeñas cavidades de su interior poseen una extraña complejidad, con esas paredes pálidas, de aspecto suave, y que, al examinarlas a través de una lente, revelan que están formadas por burbujas mas pequeñas y, es de suponer, que estas a su vez están formadas por otras aun mas pequeñas, y así hasta los limites de lo invisible. La hogaza, ese punto de convergencia indispensable que se encuentra en toda mesa británica, la sólida hogaza inglesa de cuatro libras, es ante todo, lo mismo que el alma, puro vacío"(...)

"- Todo es una y la misma cosa, desde el campo a la piedra de molino o al horno. Todo forma parte del pan. Un procedimiento. Sin eso no habría nada que amasar u hornear. -Señala hacia el lugar donde las grandes muelas giran, lerdas y poderosas-: el triturado, el leudo, el horneado, en cada etapa el pan es mas ligero, no solo se alza y crece en las bandejas, sino que también se alza de la misma tierra, se tritura hasta convertirse en harina como las piedras se convierten en polvo, y en esa condición toman agua, y la levadura lo llena de aire, hasta que por fin llega el calor, y cada vez, bajo su efecto, crece, ¿te das cuenta?, hasta llegar a ser un objeto perfecto.

El hombre toma una hogaza y se la lleva a la cara. El joven Mason cree que esta a punto de comérsela."

Quiero irme a vivir a Mason y Dixon.

Es una novela-mundo en el doble sentido de que elabora un mundo propio, que aloja al lector minuciosamente, pero también en el sentido de que homenajea al mundo, al tomar un casillero, una hebra de tensión, de la historia, y mostrar su universalidad; es decir, una concentración claramente elegida en un tiempo, lugar y hombres con nombre propio, para recorrer lo prolífico de su intensidad, al tiempo que se exuda la evidencia de que la gran extensión del mundo humano es una miríada de intensidades infinitas en sí mismas -una evidencia cuya carne es el misterio recorrible.

En fin, de las muchas maravillas que inspira esta novela, apunto ahora una sola: Pynchon prefigura internet. Si bien la publica en el 97, había empezado a escribirla en los setenta. Y, para leerla, me vi de pronto, como naturalmente, con la computadora al lado, a modo de atlas enciclopédico, para enterarme de lo que son los centenares de personas, lugares, objetos y palabras abstractas que abonan la carnadura de la novela, no a modo secuencial, ni organizado por materias, sino tendiendo al caos -pero sostenido por la virilidad incansable de un relato-, es decir, tocándose potencialmente todo con todo. Wikipedia es complemento natural de la lectura. Ahora bien, no solo esto, sino que, además, también me vi con, a mi izquierda si la compu estaba a mi derecha, un cuaderno de hojas blancas bien grande, donde voy armando mapa de nombres y sus conexiones, para no perderme en la compleja maraña de la trama. ¡La red social! Pynchon, agudo sabueso y constructor de la inteligencia, prefigura internet, que, como todos los inventos exitosos, responde a una necesidad de evolución de la inteligencia social.

Thursday, June 03, 2010

Más reseñas

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Nueva tanda de reseñas en Soloentrevistas, de recientes libros de:
Mariana Enríquez
Fabio Morábito
Colectivo Situaciones
Jacques Ranciere
Haruki Murakami
Katja Lange-Muller
Marcelo Cohen
Jorge Alfonso
...

Thursday, November 26, 2009

Sunday, October 04, 2009

notas

Reseñas de Ceviche, de Federico Levín, y Cuentos Completos de R.E. Fogwill; entrevista a Santiago López Petit: aquí.

Wednesday, July 01, 2009

Por el lado de la marihuana

Con su novela debut, este chaqueño nacido en 1970 recibió una mención especial en el español Premio Herralde de Novela 2008 –ganó Casi nunca, del mexicano Daniel Sada- y entró sin aviso en la elite de los publicados por la primera línea del prestigio editorial hispanoparlante. (En la foto de solapa tiene una remera de Motorhead). La historia transcurre en la periferia de la periferia, entre un pueblito del Chaco -donde las napas subieron y entonces el suelo es constantemente barro a pesar de que nunca llueve y el sol te mata- y Córdoba capital. Aunque los personajes sólo relativamente están a donde están, porque en realidad no salen nunca del sopor cannabiótico. Porro todo el día (al desayuno el protagonista se arma “el primero de la mañana”) y la televisión como fuente de luz omnipresente, con documentales sobre calamares gigantes o grandes operaciones bélicas del siglo veinte como conexión única con el mundo...

[Sigue acá la reseña de Bajo este sol tremendo, de Carlos Busqued (Anagrama) publicada en Rolling Stone]

Monday, June 08, 2009

Reseña de Conquista de lo inútil, de Werner Herzog (Entropía)

Diario de lo imposible
Pirañas asesinas, chozas de lianas, veneno para puntas de flecha y el objetivo de llevar un barco de vapor selva adentro, hasta un punto del río, y subirlo a través de una montaña a tracción a sangre humana, para bajarlo en otro río. Fiztcarraldo (personaje del film homónimo), como el director Werner Herzog, es un un hombre tomado por una tarea mucho mayor que él: hacer posible lo imposible. En concreto la tarea es un sinsentido, ¿pero cuál no?, si sólo la titánica entrega es fuente de valor, parece decir el Herzog, en cuyo diario de filmación, de dos años, se revela como el verdadero protagonista de la epopéyica empresa que desafía frontalmente a la naturaleza de las cosas... [sigue acá la nota publicada en Rolling]

Reseña de Indignación, de Philip Roth (Mondadori)

Carnicería en el campus
En el año 1951, el hijo de un esforzado y honroso carnicero kosher de New Jersey es el orgullo familiar: después de terminar la escuela y ayudar hasta el agotamiento desguazando reses, fregando tachos de grasa y revisando que los culos de gallinas muertas -sólo por desangramiento y sin daño en la cervical- huelan como deben, está por empezar la universidad, cosa que nadie en la familia había logrado. Dos de sus primos murieron combatiendo al nazismo y él quiere aprovechar su oportunidad académica sobre todo para evitar ser llamado a filas como soldado raso en la siguiente contienda bélica en que se embarcaron los Estados Unidos, la de Corea –otra carnicería. Pero resulta que, acaso por la paranoia de tiempos de guerra, su padre se torna insoportable, con un miedo constante y una preocupación insaciable sobre él, quien huye, pues, a una universidad en el lejano Ohio.
Allí, en la vida de “campus” durante la primera guerra de la posguerra, transcurre el grueso de la historia, contada desde una suerte de realismo con libertinajes... [SIGUE la nota publicada en Rolling]

Los días que vivimos en peligro - reseña

Dieciséis escritores argentinos narran los hechos que conmovieron al país, dice la -cuanto menos- imprecisa tapa del libro que en realidad contiene relatos situados en los días de los hechos.

Con el desafío de contar cosas públicas sobre las que el lector tiene imaginario y relato previo -lo que facilita la comunicación pero aumenta la dificultad de crear un territorio de emotividad singular-, el libro engrosa la tendencia editorial de antologías temáticas; el resultado es desparejo. [SIGUE]

Tuesday, May 05, 2009

Reseña de Bizarra, de Rafael Spregelburd (Ed Entropía)

Bizarra tragedia argentina, gracias a Dios…
Colosal e hilarante libro de la obra de teatro homónima, sus quinientas páginas nunca se hacen pesadas, al contrario, logra el enganche de la telenovela –género que toma, tritura y recién ahí copia con una libertad desaforada y delirante. La trama de este culebrón sobre las clases sociales es un tejido de accidentes y peripecias, divertidísimo y ligero pero no light porque el texto trabaja en muchos planos (de dimensión de la experiencia, de referencias culturales, de sentido y de lenguaje) a la vez, como si Spregelburd hubiera encontrado y puesto a trabajar, con una velocidad de mil megas, los sobreentendidos no dichos de su época. Situada en la crisis de 2001, esta obra, que es como una eyaculación imaginativa continua de meses, muestra que la catástrofe también puede conducir a potencia y a indeterminación creativa.
Resulta que la rubia de Abba de pronto recupera la memoria, es argentina y decide buscar a las dos mellizas que abandonó porque nacieron una noche de eclipse solar. Con un tono de trapisondas (como una Conjura de los necios descontrolada), el relato está repleto de personajes y acontecimientos dementes pero acaso verosímiles en la Argentina inmediatamente post-menemista donde cualquier cosa se cruza con cualquier cosa, todo es cotidianamente amenazado de reestructuración y son excepcionales otras reglas y valores que los monetarios.
Un poderoso empresario de la carne, por ejemplo, de noche es el Señor del Dans (quiere coreografiar un libro de Bucay) y se enamora de un agente del Mossad travestido; un obrero bolchevista full time arma pareja con una artista conceptual, y una marchand de arte, gozosa y de ingenio sin escrúpulos, con un ex taxista sumido en los mares de la depresión; unas monjas, ansiosas de un advenimiento de Satán que las haga útiles, se alían con una manzanera en una villa de Merlo; un comisario desesperado por conseguir más de un perfume hecho por una chica sin sentido del olfato, cuyo ingrediente secreto es un porro palestino que produce “un estado místico-enzimático” inigualable.
Con algo de una Esperando la carroza laisequiana, es una de esas obras que hacen sentir la certeza de que existe un modo de ser propiamente argentino, lo argentino -sin rasgar, claro está, su condición indefinible.
Las dos mascaritas, tragedia y comedia, recorren Bizarra de punta a punta: sufriendo la catástrofe argentina, Spregelburd creó con procedimientos netamente vitalistas y festivos, exuberantes. El dolor legitima la disposición a la carcajada. Y el humor en la escritura es una inocencia, fuente de desprejuicio y lucidez para captar el modo –tan extraño- en que son las cosas.
Publicado en Rolling Stone de abril 09

Sunday, February 08, 2009

Reseña de La novela luminosa, de Mario Levrero (Mondadori)





Toda esta reseña podría ser sucesión de elogios para el extraordinario y sanísimo libro póstumo del gran escritor uruguayo muerto en 2004. Tiene dos partes: La novela luminosa propiamente dicha, antecedida por el Diario de la beca, en referencia al dinero que la fundación Guggenheim dio al autor para que terminara aquella obra, comenzada dieciséis años antes. El diario dura un año y se morfa cuatrocientas cincuenta páginas; la luminosa, cien. En suma, es increíble. Su punto de partida es una apuesta, que es una pregunta, que es en un punto la ambición básica del arte: ¿pueden reponerse las experiencias epifánicas? ¿Puede reconstruirse aquel efecto trascendente de algunas situaciones, acontecimientos, relámpagos divinos que sockean la "existencia gris", cuando ese efecto se caracteriza precisamente por bastar su presencia para dejar clara su excepcionalidad?
Querer transmitir lo inefable: heroico esfuerzo de la parte más sana del alma, por compartir lo más especial que la vida le ha dado. Es un objetivo altísimo que se pone el autor, pero desde las antípodas del narcisismo: asume que uno nunca se conoce del todo, que uno no sabe cuánto puede y, ergo, hay que probar.


El libro tiene también “prefacio histórico” y epílogo, que agregan a la obra el testimonio del autor sobre la empresa creadora. Decía Jean-Luc Godard que todo el cine es documental, que cualquier escena de ficción registra la maravilla de un tipo haciendo de actor. Aquí, el libro es propiamente un experimento, y el modo en que el cuerpo es puesto en juego por el dispositivo de creación es también la obra.

Pero este es un experimento que no puede descansar en el ensayo y error cuantas veces quiera. En el primer mes del diario (que tiene sesenta páginas, dos por día, lo cual habla del gran trabajo de corrección declarado en el prefacio), el autor cuenta que le sacan fotos porque él quiere ver cómo le queda una barba crecida por pura desidia. Lo que encuentra, sin embargo, es que tiene todo el aspecto de ser “un viejo en las últimas”. A Levrero –pseudónimo de Mario Varlotta- le quedaban las últimas balas y no quiere dejar ninguna sin tirar; manda, en el descuento, al arquero a cabecear.


No es un libro para divertirse. Es muy entretenido, hermoso, y sumergirse en él es salir más grande, pero atravesando una textura a veces insoportable. Porque el camino de búsqueda de lo luminoso está adoquinado con todos los padecimientos, dificultades y rollos del autor, aunque escrito con elegancia, con la cristalinidad ya mostrada en el sublime El discurso vacío. Es conmovedor leer la punza amorosa con la que el tipo se escarba los nervios, el aguante con el que se investiga (que lo emparenta con el genio de Macedonio Fernández); lo odiás y lo amás. Sus trabas mentales de todo tipo, su dificultad crónica para levantarse temprano (“al menos al mediodía”), su adicción a la computadora (juego solitarios y pornografía), su minuciosa hipocondría, sus titubeos con la alimentación (le reconoce tanta importancia como Nietzsche), su extraño vínculo con la dama Chl, cosas así son las gestiones conflictivas cotidianas que dan cariz novelesco al diario. Lejos del modelo de escritor profesional, Levrero es un excéntrico, lo que se dice un personaje, por eso es pertinente para el género –parcialmente- autobiográfico.
Literatura y vida no pueden separarse en su mundo, una cosa moviliza inmediatamente la otra. La escritura es propiamente una operación de y para el cuerpo; de allí que La novela luminosa sea un gran tratado de salud, la epopeya de una conciencia que, conciente de la determinación que tienen en la vida tanto lo inconsciente como lo externo, explora milimétricamente cómo puede mejorarse, potenciarse, darse libertad.



[Publicada en Rolling Stone de enero]

Reseña de Madrid, de Daniel Krupa (ed Santiago Arcos).


En esta nouvelle al cuerpo le pasa de todo, pero como está contada en general con tono suave, con cierta distancia narrativa protectora, disimula los sobresaltos y permite que desfilen como si tal cosa eventos corporales no menos que tremendos. Es como si Krupa tomara de lo intolerable de las imágenes la sustancia que permite narrarlas –y leerlas- sin deshacerse psíquicamente. O como si la voz batuta del relato estuviera bajo efecto de alguna de las pastillas de droga psiquiátrica que Madrid, el protagonista, empieza a tomar encerrado en el manicomio provincial, donde permanece un par de meses, suficientes para incendiar un ombú y arrojar a una gorda que apoda Hereford contra un ventanal (“...zamarreándola como si las venas de sus brazos fueran cables de luz en pleno cortocircuito...”). Sale cuando su suegra le levanta la denuncia -en absoluto falsa sino porque lo perdona- por haber copulado con su hija recién muerta, o, si se prefiere, con el cadáver de su hija (mujer de él), acontecimiento sexual ilícito con que abre la novela (punto en que se toca con Era el cielo, se Sergio Bizzio).
¿Cuándo el cuerpo deja de ser propiedad de la especie para comenzar a desagregarse sus partes en un retorno al todo físico del cosmos? Sobre ese borde en que la materia orgánica de la que estamos hechos deja de estar organizada por “lo humano”, trabaja esta novela, chisporroteada por humor sardónico y apoltronado: cuenta con calma su historia de trasfondo desesperado.
También el rock aparece fatídicamente, desde el cristal que ve pérdida y muerte agazapada por doquier (cristal con una sola fisura en la figura mágica de una mujer embarazada): la muerta cogida tiene a Kurt Cobain en la remera; el necrófilo, en brillante escena, cuando es apurado por la policía se arroja por la ventana; luego sueña que está con ella en un recital de estadio y no puede evitar que muera asfixiada bajo el plástico que protege al pasto.
Aquella distancia de la narración (en parte afín a Ida, última novela de su congénere Oliverio Coelho) es la propia del relato de un personaje en el que, cuando empieza la historia, la catástrofe ya sucedió. Luego, cuando encuentra que le surgen mínimos entusiasmos creativos, los contempla con la misma extrañeza que el exabrupto necrofílico, como si el deseo en general gozara independencia del sujeto.
[Publicada en Rolling Stone de enero]

Thursday, December 04, 2008

Reseña de Hacé que la noche venga, de Leonardo Oyola

¡Pum!, y al primer sopapo ya estás adentro. La voz de Oyola narra su historia desde el interior de tus propios huesos. Empieza en el túnel en construcción del tramo a Plaza Italia de la línea D, año 1939; en un confuso episodio, dos cirujas –perdón: reivindicados atorrantes- se topan con “una oscuridad que puede adoptar una forma definida”: uno es asesinado, al ir a mear, violenta y misteriosamente. “Fue la noche... La noche me respiró en la cara”, llegó a decirle a su amigo, el Tres, quien protagonizará una trama vivísima -con varios muertos más- que, con textura de película, es un policial de aventuras con escenas de western, elementos fantásticos y la urgencia del terror, tramado en una rigurosa novela histórica.
Oyola fluye por un túnel narrativo que late con matices y colores, gemas como un gato “esquizofrénico” (como dice Laiseca en la contratapa) que defiende a su humano sólo para comerlo cuando muera; o digresiones que nos trasladan, con la naturalidad de desplazamiento de un vals, al desierto mexicano, bajo cuyo sol calcinante el propio Diablo recibe la furiosa descarga del Winchester de un cura enloquecido. Hay tramos oníricos muy bien plantados que, además, ordenan la conducta de los personajes, y muchísimo diálogo, arte que Oyola (finalista del premio Clarín con Siete y el tigre harapiento; premio Hammet al mejor policial negro de 2007 por Chamamé) maneja con especial soltura. De hecho el registro base del narrador es oral, bien de un tipo que está contando algo (“la historia que este viejo loco les va a contar...”). Imposible eludir, aquí, la experiencia del autor como narrador en vivo, forjada sobre todo con su banda literario-rockera, El Quinteto de la Muerte, de la que también diseña los flyers de invitación. Su lucidez gráfica juega, también, en cómo escribe: arma páginas con frases que aunque consecutivas por su contenido van separadas con punto y aparte, apostando por el impacto visual del espacio blanco. Así el relato adopta ritmo musical y uno siente la velocidad a la que mueve la mirada para leer a ver qué sigue, para seguirle paso al Tres en su cruzada justiciera.
Tiene de aliado un joven ingeniero defensor de los intereses proletarios frente a la empresa constructora de subtes que es inglesa, canalla y matona. Hay en la novela un clasismo (pre peronista) de frescura inhabitual. Pero aún más allá hay un cuestionamiento del sentido del dinero: el protagonista, zumum de la precariedad material, es nieto del Mr. Torrent inventor de los caños fluviales homónimos (que al ser frecuentemente usados como cobijo nocturno originaron el verbo lunfardo sinónimo de dormir), y se insinúa que, con padre aún millonario, el Tres optó por la vida callejera, rechazando lo que normalmente hay que desear. Es un personaje ambivalente, despojado pero ducho en jazz, de a ratos orgulloso de sí mismo y de a ratos convencido de que siempre fue un boludo, y esa fragilidad estructural es enriquecedora porque le cabe una gran cantidad de acontecimientos. Osvaldo Soriano, King Kong, los Rolling Stones y Edgar Poe aparecen más o menos linkeados. Bajo el mando de un tono profundamente local, Oyola baraja materiales de procedencia diversa con una enorme conciencia del lector: nunca, nunca te suelta.




Publicado en Rolling Stone de Noviembre

Saturday, August 02, 2008

El Síndrome de Rasputín


A veces la literatura nos hace decir gracias, bravo, otra: cuando su capacidad de no meramente dialogar con su propia tradición, construir un autor o registrar modismos, sino de servir a la vida, muestra tener, como los protagonistas de este policial, el tic de sobrevivir.
Romero (Paraná, 1976) aprovecha la consigna de la colección dirigida por Juan Sasturain (escriben también Leonardo Oyola, Elvio Gandolfo junto a Gabriel Sosa, Osvaldo Aguirre, Juan Terranova y Federico Levín): que los detectives no sean profesionales sino improvisados y los casos se sitúen en distintos momentos de la historia argentina. Ubicó en un oscuro futuro cercano a tres amigos unidos en principio por padecer el síndrome de Tourette, tics nerviosos incontrolables cuya repetición, si bien complica la existencia, no deja de ser un pulso de la reproducción vital.
Sucede que alguien intenta matar a uno para luego culparlo de otro asesinato; pero sobrevive y queda en peligro inminente. Desfila por la trama macabra y divertida un grotesco repertorio de personajes entrañables, como el gigante ruso Ragojine, camarógrafo que trabajó con Sokurov y terminó en estas pampas filmando “películas porno con un manejo sublime del silencio”.

Con una creatividad descriptiva y lucidez emocional muy inusuales, la persecución moviliza la historia paseándola por climas increíbles, escenarios fílmicos: el barrio de Constitución en ruinas, destruido por el fuego de las bombas de los Nacionalistas del Bicentenario y cerrado con chapas, como un miembro que la ciudad resignó pero donde sin embargo el tic de sobrevivir persevera como fatalidad biológica; o los túneles y pasadizos abandonados de la extensión de la línea A, donde el Murciélago Rojo y su séquito hacen fiestas electrónicas para bailarle las entrañas a Buenos Aires, hechizados de oscuridad. Los lugares fallidos de la urbe resultan, apenas después de muertos, los terrenos más fértiles para la generación espontánea de formas de vida.
Aunque demuestra erudición cinematográfica, se nota la licenciatura literaria del autor anunciada en la solapa. Pero también una inmediatez desprejuiciada respecto de lo real, una no jerarquización a priori de las infinitas manifestaciones precipitadas de la vida, un cuestionamiento de los prestigios socialmente investidos. El trato dado a la enfermedad de los personajes, por ejemplo, es de un admirable respeto por la potente fragilidad de cada modo de existir. Igual que en los cuentos de Tantas noches como sean necesarias, en la literatura de Romero el mundo crece desde un imperativo ético: juzgar a cada cosa desde lo que le tocó ser.
Publicado en Rolling Stone de Julio

Tuesday, June 10, 2008

Rant, de Chuck Palhaniuk - reseña


La nueva (ciencia) ficción del autor de Fight Club ofrece una experiencia intensa sin que haga falta tener una relación intensa con los libros en general. Atrevido, el foco de interés va cambiando, lo que al principio parece principal se revela expresión de una trama más profunda, se complejiza sucesivamente hasta que duele el cerebro pero no se puede parar. El trabajo de ingeniería de Palahniuk -descomunal, sutil- logra un ritmo veloz donde despliega su imaginación; escenas e historias muy vívidas, o sea muy singulares, que a la vez alertan sobre diversas dinámicas del control social. Salvajemente entretenido, divierte diciendo: ojo.
Toda la historia de Rant Casey (anunciado muerto al inicio) está contada mediante fragmentos de entrevistas a personas que lo conocían (a su vez coprotagonistas de lo relatado). Distintas voces y versiones nos cuentan primero sobre su infancia de Rant. Radicalmente insatisfecho con los premios que la sociedad tenía para ofrecerle (Indio Solari dixit), recorre los campos semi desérticos que rodean su pueblo buscando agujeros, guaridas de distintos animales. Encuentra uno y se acuesta de costado, mete el brazo hasta el fondo. Espera bajo el sol, ofreciéndose. Tan seguido lo hace que, cuando siente la mordedura, identifica de qué bicho se trata. Saca su miembro manando sangre, percibe comenzar el trabajo del veneno: “Así debería sentirse uno en la Iglesia”, dice.
La historia loquísima de Rant se traslada a la ciudad; allí también el dolor funciona como confirmador de existencia. Se integra a los choquejuerguistas (mucho mejor sería la novela con traducción argentina y no ibérica), un grupo secreto donde el ocio clandestino, que activa libido frustrada en la hostilidad del mundo, teje una red potencialmente subversiva (como en Fight Club). El juego aquí es por equipos y en autos; se dispersan por la ciudad, el objetivo es chocar a los otros, aunque con ciertas reglas, no es la idea llegar a la muerte. Sí acercársele; para no olvidarla, para sentirse vivos y también para tener algo de que hablar: la ficción de Palahniuk da cuenta de una realidad pública donde los encuentros están signados por el paradigma del choque. Tributa a J.G. Ballard y su novela Crash. En el mundo de Rant, el tránsito se había tornado tan caótico que se decidió desdoblar la organización social, dividiendo a la población en Diurnos y Nocturnos. Las choquejuergas, nocturnas, ofrecen una realidad genuina que contrasta con el entretenimiento que ha desplazado a los libros, las películas, los discos: las cúspides alucinadas, una especie de realidad virtual donde uno experimenta experiencias vividas por otro, con los cinco sentidos interpelados, para la cual los humanos tienen un “puerto” en la nuca, tipo Matrix. Bajo hegemonía de la tecnociencia, el cuerpo deviene chanchada. Palahniuk denuncia la alianza entre morbo masivo y medios de comunicación a través de una radio que informa sobre accidentes con partes médicos asquerosamente detallados. Y es también la condición orgánica la que hace tambalear la sociedad: Rant es el mayor “superpropagador” de virus mortal de la historia estadounidense. Claro que en ese tambalear, el miedo lava la moral del poder, y las libertades y garantías ceden a la prevención higienista frente a la epidemia. El parcelamiento social se transforma en segregación, en cuarentena masiva. ¿O estaría todo planeado? Con gran destreza Palahniuk presenta la verosimilitud de las hipótesis más paranoicas. Y todavía hay todo otro giro en la historia, una apuesta muy ambiciosa, casi excesiva, pero si no es en el arte donde nos atrevemos a arriesgarnos, dónde.
Revista Rolling Stone, mayo 08

Monday, May 26, 2008

Vasos comunicantes



Guerrilleros es una reescritura del Diario del Che en Bolivia pero... Y es un “pero” de fertilidad multiorgásmica. Repleto de humor, no podría decirse que parodia el original puesto que no hay burla. Los guerrilleros, para empezar, son adolescentes. Reciben el año 1984 juntos en el monte. Planean construir el hombre nuevo revolucionario unificando sus memorias (y hasta rostros) con las de héroes de la liberación latinoamericana ya martirizados en plomo (como Che); cuentan para hacerlo con la Máquina Recicladora, que remodelará sus conciencias a través de una pila que cada uno tiene implantada en el cerebelo desde bebé. Activar esa pila es esencial; el modo es tomar y tomar cocaína...

Aquí sigue la reseña que hice de Guerrilleros (una salida al mar para Bolivia), de Rubén Mira, publicada en RS de marzo.

Thursday, May 15, 2008

Salvatierra - Reseña

Esta nouvelle sería un cuento largo en tanto se lee en una sentada, pero contiene “la vida entera de un hombre”, la historia de una familia y un retrato de flora, fauna y costumbres del Litoral. En realidad todo eso está dentro de una pintura que está dentro del libro: Pedro Mairal inventó un pintor y su obra que uno, al leerlo, arde en deseos por conocer.
Juan Salvatierra fue un artista secreto y prolífico, después de cuya muerte su hijo vuelve al pueblo natal para rescatar su obra. Allí inicia una trama de búsqueda, como de policial manso (recordé alguna sensación de Aventura de un fotógrado en La Plata), y mientras tanto relata la historia del padre y su fruto artístico, plano más rico y logrado del libro.

A los nueve años Juan Salvatierra quedó mudo tras accidentase cabalgando por un palmeral cerca del río Uruguay. Carente de voz, comenzó a dibujar aquello a lo que quería referirse; su expresividad devino pictórica y se enamoró del acto de pintar –manteniéndose hasta el final lejos de la Pintura como institución. A los veinte quemó toda su obra y comenzó una práctica cotidiana que resultaría el trabajo más monumental de su género: una tela de casi cuatro kilómetros de largo, con retratos que se suceden en continuidad, sin cortes, graficando su mundo con una dinámica integradora ininterrumpida.
La escena de una fiesta, por ejemplo, transcurre entre baile, sexo, peleas y va transformándose en la escena de una batalla, y en otro trecho, llegamos a ver (Mairal nos hace verlo) que las cosas comienzan a torcerse, las personas y los árboles y la lluvia aparecen inclinados hacia delante, como si el tiempo y el espacio se hubieran desquiciado, hasta que sin haber mediado brusquedad alguna lo de arriba está abajo y lo de abajo arriba, el mundo al revés.

A veces el arte es la figuración de una vida regida por la tarea creativa. Juan Salvatierra, por ejemplo, pintó la tela kilométrica –fluida como el río omnipresente y como la lectura del texto- cada uno de sus días durante sesenta años, hasta morir. Convaleciente, expresó al hijo que no le importaba el destino de su obra; había “disfrutado haciéndola”. Nunca expuso, “no necesitaba el reconocimiento” y vivió trabajando en un “aislamiento feliz” (¿como la “orgullosa soledad” desde la que Roberto Arlt pregonaba escribir?). Si no le gustaba cómo le había salido algo, no lo corregía, “en todo caso volvía a pintarlo más adelante” (como César Aira dice que escribe). Sabía concentrarse con tal detalle en un bicho que parecía estar haciendo “los bocetos de Dios antes de la creación”. Fabricaba los tramos de su tela “con cualquier cosa”, o sea con prepotencia vital autosuficiente. Y ni una vez se retrató a sí mismo, entregado a una lírica contemplativa y total del pedazo de mundo que le tocó en gracia, no contaminado por cálculo ni enrosque alguno que desperdiciaran tiempo de convivencia inmediata con la maravilla de lo real (o como dice Fabián Casas, sin confundir lo esencial con lo transitorio). Juan Salvatierra encuentra el sentido de pintar –de vivir- en la práctica misma, sin precisar capitalizar su producto en la vida pública. Así, desestima la trascendencia que la obra puede otorgar a la firma, pero trasciende el sinsentido de la vida a través de la verdad autónoma de la obra.
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Publicada levemente distinta en Rolling Stone de Abril.
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- El personaje Salvatierra es interesante para pensar la relación entre producción artística y vida política y social: un pintor que representa el mundo entero en una tela kilométrica continuada, con dibujos que no se interrumpen nunca, y que se dedica diariamente pero nunca jamás expone. En tanto y en cuanto se nutre del mundo para una práctica individual, ¿es un arte antipolítico? ¿O tal vez en tanto Salvatierra erige él mismo un criterio de valor (sobre todo de valor del tiempo) ya está escapando a la dominación del capital?