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Saturday, August 02, 2014

Nos tienen adentro (impresiones de Porto Alegre)

Notas del argentinazo en Brasil 2014, para De Pies a Cabeza Mundial 
1. La marea argentina.

Los portoalegrinos no la pueden creer, atónitos por la invasión de “los hermanos argentinos”, Porto Alegre capital argentina de Rio grande do sul, tapa de todos los diarios y centro de los noticieros, habla generalizada y ansiedad curiosa de los transeúntes: el efluvio celeste y blanco se hizo protagonista absoluto de la ciudad que, esta semana, tiene dos feriados (el partido acá de Argentina y el de Brasil emitido desde Brasilia). Y le cambió el tono al Mundial en esta sede por unos días. El lunes que jugó Brasil –y ganó- contra Camerún, la zona nocturna destinada a la sociabilidad mundialera (porque, sí: hay una zona nocturna destinada a la sociabilidad mundialera), consistente en una calle llena de bares que se cierra a los autos, estaba repleta de jóvenes brasileños, argentinos, holandeses, australianos, de clase cómoda, medio en plan viaje de egresados madurón, escabio, banalidad y algún levante, una escena apenas menos pedorra que el festejo de San Patricio. ¿Tanta historia para una especie de clima de hostel ampliado? Al día siguiente, martes, llegó el grueso de la marea maradoniana (sus miembros acaso individuamente no lo sean, por supuesto), y la cosa empezó a cambiar: por la noche (ya víspera de Nigeria), en esa misma calle, con lluvia incesante, el tránsito automotor también estaba cortado pero por una gran banda no de buscadores de limitada conquista genital, sino de hinchas enfiestados, contentados en sí mismos. Hay también predecibles buscadores de lo obvio (las minitas, el bardo), pero quedan desplazados a la periferia de la situación; en el centro, ahora, está este montón de argentos (no albicelestes, estrictamente, ya que muchos tienen las camisetas de sus equipos de acá; afirmados portoalegrinamente en su hermandad) que festejan la presencia, que dejan anonadados a los locales con su cántico colectivo, saltando, arengando; la celebración –autosuficiencia corporal-colectiva– mandó al consumo preformateado.

Bajo la lluvia que no para caer, saltando al grito común de que Maradona es más grande que Pelé, y de que el que no salta es de Brasil, en medio de la tribu distingo un grupo de cuatro o cinco pibitos agitando chochos, que saltan, cantan y también ríen: son brasileños. No son los únicos: prestamos atención y en la masa de carnaval argentino hay, apenas disimulados, unos cuantos brasileños. Vinieron a disfrutar nuestra fiesta, se meten en el pogo que se mueve para acá, se mueve para allá, y tienen una alegría que no se puede creer. La hinchada argentina (que no es “los argentinos”: es esto que les pasa a los-estos argentinos) brinda un oásis orgánico, festivo y de alegre desborde en medio de este maquetado escenario de consumo y ánimo programado. Durante el día, charlando con pibes militantes, nos habían dicho que el piberío portoalegrino anda refugiado en unos pocos lugares de encuentro nocturno, ante el aplastante avance de la infraestructura del mundial sobre la vida común de la ciudad; y resulta que la irrupción de estos miles de argentos, que vinieron sin entradas para el estadio, que vinieron al Mundial pero no al programa de la FIFA, abre una zona temporaria de alteridad afectiva donde los habitantes locales que quedan fuera de la afectividad oficial de la Copa, encuentran lugar de jolgorio jugando a la argentinidad. Todos los argentos que nos damos cuenta -que los oímos cantar en marrado castellano- nos alegramos mucho.

1’. Un rato más tarde buscamos dónde morfar. Somos cuatro: uno, Simón, es chileno. (En realidad, de madre chilena exiliada y padre argentino y vueltos a exiliar, es plurinacional, vivió en México, Chile, Argentina, Chile, España, hasta que eligió vivir en Argentina. Más que plurinacional, apátrida, y, por elección, Bielsista. Hincha decididamente por la roja por cómo juega: bielsistamente. Es, entonces, el chileno.) Buscamos dónde morfar; llueve en la noche de la ciudad invadida, remeras blanca y celeste por todos lados, autos de chapas nacionales, carpas hechas en las veredas, comederos llenos… Encontramos uno: dos cuadras antes ya se oyen los cánticos argentinos adentro. Es un lugar enorme; la entrada está en el medio, da al medio del salón. Muertos de hambre entramos, a la cabeza Simón: tan rotundo que parece adrede, nomás entramos todo el lugar trona un “¡Che chileno che chileno, qué amargado se te ve, si te agarra un tsunami, que te ayude un inglés!”, y continuadamente –con nosotros recibiéndolo en el medio del enorme salón- “¡Chile, compadre, la concha de tu madre!”. Por supuesto, es fútbol, y Simón sabe bancársela; pero su cara me parece no es tanto de odio, ni de sorpresa, sino de inevitables ganas de llorar. No es inimaginable esta tropa argenta aplastándole la cabeza a uno que esté en el piso. Días después todos hinchando por Chile contra Brasil…

1’’. El turismo futbolero tiene mucho de congreso de pícaros de plata y la hinchada argentina tiene momentos nítidos de proto fascismo, pero esto, más que desmentir, revaloriza aún más las fuerzas de hinchismo festivo y fraternal. Porque son fuerzas que alteran a las disposiciones.

Se vieron al día siguiente de nuevo, durante la escena ampliada del partido contra Nigeria, en el llamado Fan Fest. El Fan fest es el perímetro y escenario (en la orilla del mismo lago que el estadio Beira Rio) de una suerte de festival permanente con que la FIFA consagra al Mundial como evento de entretenimiento general que tiene al fútbol como ingrediente. Pero que hoy, acá, se vio desbordado por el río más ancho del mundo, el de la patria futbolera que lo rebalsó con sus banderas, sus remeras, sus payasadas (las pelucas de brillante blanco y celeste), la emoción de su encuentro imposible, tan grande que forzó la colocación de una segunda pantalla gigante, fuera del predio propiamente dicho, para ver el partido; hay treinta mil argentinos dentro del estadio, setenta mil afuera: ¡¿qué carajo hacemos acá, mirá todos los que somos?!, dicen las caras, pero nadie lo dice, porque es un hecho, estamos acá, esto, ahora, es nuestro. Donde mirás, celeste y blanco, caras con gestualidad conocida, pibes tomando fernet, remeras de Patricio Rey, un ligue con esa pelota que tiene Messi, pasa para Di María… “Brasil, decime que se siente/ tener en casa a tu papá” es un enunciado no tanto tierno –en tanto olvida la primacía macaca en el fútbol mundial- sino pragmáticamente performativo: cantar esto acá nos hacer padres, irmaos queridos. Para ellos es una buena noticia nuestra presencia exuberante en medio de este megaevento programático: por las calles (porque la calle deja de ser lugar de tránsito y pasa a ser de habitación), de noche y de día, buscan la charla, el encuentro, preguntan cosas, de todo, no la pueden creer y quieren saber, quieren constatar que sí, que los hermanos argentinos están acá. Y sobre todo, hablan entre ellos, se avisan en las redes sociales, no sabían, se sorprenden y lo difunden, nos paran en la calle (¡nos invitan cerveza, carne asada!) para preguntar, para confirmar y aceptan sin drama, aprenden, se hinchan: Pelé debutó con un pibe.

2. Pelotas y balas 

En la escena del Fan Fest copado, mientras veíamos el partido, un argentino me vio que interactuaba con un grupo de pibes brasileños, de los que aprovechan a la banda maradoniana para experimentar esta alegría, y me dijo “ojo que esos vienen a armar quilombo”. Ciego: los pibitos (diecisiete, dieciocho años) me habían convidado puchos, me regalaron una birra, estaban viviendo un momento especial. Nuestra voluntad festiva produce hermandad aún a pesar del chauvinismo, del resentimiento, del miedo, que no dejan de estar. Ahora bien, esto no debe eclipsar que el enorme dispositivo de seguridad cala hondo en los cuerpos, y, si bien hay algunos quilombetes desmadrados, en general todo mundo, nosotros también, nos sentimos seguros, seguros “de lo que somos” (un efecto identitario innegable y que solo puede durar un rato; identidad de utilidad situacional, apego provisorio), pero también “tranquilos” de que puede abordarte cualquiera y no hay temor alguno; en parte, claro, por la fuerza que implica estar en posición activa, pero también porque sabés que hay una terrible fuerza dura puesta en abortar cualquier bardo dañino apenas empiece: pensemos lo que pensemos del control securitista, incluso aunque le temamos, en principio lo entendemos físicamente, y si no aceptamos esto, no podemos leer nada y la violencia del despliegue represivo se vuelve incomprensible.

Es muy visible la tutela policial de la fiesta programada. Pero la contradicción estética (pelota-balas) parece no arruinar la fiesta de los que la consumen. Luces de espectáculo, calles amplias para la muchedumbre, carteles de algarabía mundialera por doquier, el estadio como enorme cúspide arquitectónica de la condensación de libido colectiva, de la modernidad andante impulsada por el juego, las nacionalidades conviviendo (mucha promoción de la igualdad entre parcialidades nacionales, el mundial como lavado encuentro fraterno multicolor), todo abrochado por milicos armadísimos de estirpes varias, policía militar, policía federal, policía especial, drogocops con el cuerpo más o menos oculto tras los armazones de matar. Pero de alguna manera un consenso logra que las visibles balas no desmientan esta candidez sórdida, esta mueca del placer. Vamos a una manifestación rebelde, pequeñísima; la sostenida y dura represión que sufren las movilizaciones desde el año pasado (no solo en las marchas, sino recrudeciendo en las favelas, y con invasiones policiales en las casas de los militantes), aumentada en la inminencia de la Copa, amedrentó, y por eso hay mucha menos gente en las movilizaciones. Pero también es evidente que el torneo atrae libido general, que es hasta impostado pelear contra la Copa durante la Copa, que no se puede afirmar la intolerancia de un dolor oponiéndose a un placer. Las “protestas” funcionaron con la copa como objetivo mientras estaba siendo preparada, pero una vez en ruedo la pelota, patinan, rebotan, el campo de juego es indemne; las exigencias se reacomodan bajo la premisa de que el problema no es la Copa, sino el capitalismo actual, y aprovechan incluso la Copa como instancia de visibilización de discusiones y vejámenes: en Porto Alegre, el Bloque de Luchas, que articula diversos colectivos políticos, emplea una táctica conversacional, la manifestación a la que vamos se dispersa activamente, en parejas, para interpelar a los transeúntes y hablar. Parece abierto el panorama, con un ánimo general hacia la Copa que, nos cuentan, es mucho menos intenso que en mundiales anteriores (94 por ejemplo), en buena medida porque las críticas al modelo FIFA de desarrollo se incorporaron como sentido común. Si con la Copa la dirigencia brasileña quería instalar al país como potencia, lo que se instaló con las movilizaciones (desde el estallido de junio 2013 hasta su sostén restringido actual) son los dolores que vive buena parte de su población, y la escisión entre los granes tratos del estado mercantil y la vida como experiencia popular. Los planes de asistencia social y la inclusión de millones de pobres en niveles más potentados del mercado de consumo y trabajo oscilan, en la percepción de la gente con la que charlamos, entre ser el corazón de la política del PT, y ser un ingrediente que ayuda a sostener un modelo de capitalismo donde los sectores de riqueza concentrada se bancan cierto desprestigio retórico mientras son los más beneficiados económicamente (los bancos, los terratenientes, las constructoras).

3. Suárez y el Imperio Pantallista

Luis Suárez, heredero de la larga tradición de sesuda antropofagia charrúa; Chiellini la sacó más barata que Solís, pero al marino aunque sea tuvieron la deferencia de matarlo antes de hincarle el diente. Suárez, desde aquella mano en 2010 contra Ghana, prócer; primero Suárez, después Artigas. Igualmente, la devoción argentina por la celeste es muy sintomática: ponderamos las virtudes con las que no toleraríamos contentarnos nosotros (pegar, ser ascéticos, pobres pero serenos, etc). A Inglaterra y a Italia, Uruguay, es cierto, les ganó con el alma. Potencias económicas, potencias militares, el paisito se plantó como potencia anímica. Pero Colombia aguantó las patadas, los pisotones, el resentimiento violento oculto tras la modestia nacional, y les ganó con puro fútbol, con fantasía y magia futbolera; su propuesta no sólo excede la fortaleza física y el cálculo táctico, sino que hasta la sutileza técnica es poco para referirse al fútbol que apuesta decididamente al talento, a la inventiva de cuerpos educados en bailar. Pero volvamos a Suárez, el gran escándalo. Suárez, parece, le pasa algo, no puede aguantarse, le cabe morder, le tira el diente, el cuerpo del otro como instancia de bocado… No es ni venganza, como el sublime cabezazo de Zidane, ni provocación (como aquel dedo en el orto a Román), es incontención: y, en efecto, eso es festejable, acaso no tanto él como atrevido, como el juego en su capacidad de producir desmesura, la pelota llevando los cuerpos a sus extremos. Ahora bien, la mordida pasó a un segundo plano, y más información hay en la sanción. Crueldad de separarlo de los compañeros; la FIFA criminalizó, embargó, y psiquiatrizó. Cuerpo, billete, cerebro… Pero, ¿por qué tamaña sanción? ¿Cuál es la ofensa, dónde está la proporción? No en el hombro de Chiellini, que sigue cumpliendo su función y a esta altura no debe ni dolerle (nada comparado con quedar afuera en primera ronda…). La dinámica estrictamente “deportiva” del juego daña mucho más los cuerpos que esa mordida (por las patadas, pero también por la autoexplotación rendimientista; Medel contra Brasil, por caso). No: lo que la FIFA sanciona es que alguien actúe desoyendo la visibilidad permanente en la que ella manda. Suárez sustrajo su cuerpo (y el de Chiellini) del imperio pantallista: eso pagó tan caro.

4. Destribunización

Antaño para hacer un Mundial había que aumentar la capacidad de los estadios, construirles tribunas nuevas, producir espacio; ahora, para estar a la altura de hacer un mundial, Brasil tuvo que achicar sus estadios para que sean mundialistas. Lo que anticipó Bilardo –hay que aceptarlo- hace vaya saber cuántos años, “vamos hacia estadios de treinta o cuarenta mil personas y todo centralizado en la transmisión televisiva”, es una de las grandes consagraciones de este Mundial. Una destribunización del fútbol. Hoy –Argentina vs Nigeria- se vio desbordada, esa destribunización, y el “Fan Fest”, kermese de divertimento programado, fue una gigantesca tribuna (rebalsado, con una enorme ranchada afuera que forzó pantalla adicional). A la pantalla los argentinos le gritan, la putean, la alientan, la aplauden, todo como si estuvieran en la cancha, y se abrazan entre sí, y comentan jugadas entre desconocidos… La pantalla es un puro medio; se la niega: la usamos para estar en la cancha. Y en reverso, en la cancha la pantalla tiene un lugar supremo: muestra el partido, pero cada vez que muestra hinchas, los mostrados se ven y festejan a lo más. Acá dice el compa Leandro Barttolotta: ¿hay ser humano más abyecto que el que festeja cuando lo enfoca la cámara mientras se está quedando fuera del mundial? Esos hinchas cumplen su rol, se ponen a la altura de la representación. Festejan, saludan, felices, agradecidos. Antes (y antes es una dimensión del presente, minoritaria) la cancha era el lugar de realidad suprema, y la tele una representación subsidiaria; ahora (la faz dominante del ahora), ir a la cancha permite acceder a la superficie de realidad suprema que es la pantalla. En la transmisión de los partidos –esto también se viene comentando bastante-, presentan las formaciones de los equipos mostrando cada jugador haciendo el mismo gesto: parados de perfil giran para mirar a la cámara cruzando los brazos: es como la play station, o es la play station en su cúspide. Las cámaras hiper lentas, maravillosa tecnología de visibilidad, también emulan el control total sobre el acontecimiento imaginalizado (hecho imagen, Pablo Hupert dixit) que es concebible desde la consola de juegos, desde la realidad virtual. La carne sirve para su representación. Por eso los seudo hinchas festejan, porque cristalizar su participación en el simulacro, que es su verdadero acontecimiento (superando a Debord, lo falso es un momento de lo verdadero); ser apantallados es el mayor rendimiento que puede darles la cancha. Simuladores, viven de nosotros, de nuestra pasión; son hinchas anodinos, sin dolor.

4’. Arbitros conitos. El imperio pantallista tiene otro efecto: los árbitros, en este mundial, obstaculizan con su cuerpo las jugadas, como nunca. Es muy notable, quedan en la línea de pase, les pega la bocha, obstruyen la visión de los jugadores, en casi todos los partidos. En el régimen de visibilidad total, su labor queda expuestísima, entonces los tipos quieren estar al lado de la pelota, en el núcleo de la jugada. Hace poco un amigo viajó en bondi de larga distancia con una terna arbitral, y le sorprendió que hablaban de que iban “a jugar”: es que el referí es parte del juego (aquel, acaso, que ama tanto pero tanto la pelota que se banca no tocarla y que lo insulte la masa con tal de estar ahí cerca), y ahora les ponen máquinas para que hagan parte de su tarea -otra consagración de este mundial-, máquinas que pasan a ser su parámetro de medida, máquinas que los empujan a estar tan cerca de la pelota que interrumpen el juego.

5. Congreso de hichas 

Nunca hubo una localía argentina como esta. “Argentina juega de local en el Bela Río”, dice la tele gaúcha, y es aún más fuerte que eso: acá, en Porto Alegre, se arma un suelo argentino futbolero que no existe nunca en otro lado. El fútbol argentino rivaliza las regiones; incluso cuando juega en Buenos Aires la selección, si aburre, hay cánticos entre bosteros y gayinas. Pero cuando “une”, cuando estamos todos contentos con la selección, es cada uno en su lugar, y ver a los compatriotas por tele. Acá en Porto Alegre llegaron autos, combis, motos, aviones llenos, camionetas, bondis repletos, grupos de amigos, pibes y ex pibes futboleros, de Santa Fé, de Córdoba, de Mendoza, de Jujuy, de Quilmes, Paternal, Lanús, Mar del Plata, Río Cuarto, Formosa, Rosario, de La Pampa… Las camisetas de los clubes, que hay muchas, funcionan para eso: no tanto para distinguirse opositivamente dentro de los argentinos, como para nutrir a la marea albiceleste de anclajes situados. Unión, Instituto, Gimnasia de La Plata y de Jujuy, Defensa y Justicia, Central, Aldosivi, etcétera. El fútbol argentino es esto: multitudes de tribus que se autoorganizan y salen y vienen y van, que arman su campamento con ferné, morfi, carpas que se ponen en los parques, en los estacionamientos, bajo la lluvia… Esto es el fútbol argentino, esta es la energía que lo hace existir. Y este es el sustrato que insufla las canchas brasileñas con un soplo monumental y empuja, empuja a ese equipo de argentinos jugadores –pibes que tan pronto se fueron a tierras más ricas- a jugar mejor. Los jugadores son millonarios, pero son solo eso, son pibes millonarios, y el ambiente aquí enfatiza su pibismo, y los argentiniza, entonces los vemos protagonizando mesas de asado compartido y cantos de hinchada (de hinchas) que los enfervorizan: ídolos del neocapitalismo, tomados por fuerzas plebeyas.

6. Táctica y actitud; el efecto de la hinchada.

En el primer partido, con Bosnia, Sabella puso cinco defensores con la idea de que los laterales ataquen. Subían cada vez que teníamos la pelota, entonces Mascherano, siempre pensando más en nuestro arco que en el contrario (aunque hoy contra Nigeria le puso gran pase a Di María para el primer gol), se metía atrás entre los centrales, de manera que quedábamos sin referencia clara de salida por el medio del campo, y Maxi y Di María quedaban amontonados con Zabaleta y Rojo, Messi tenía que abajar hasta el círculo a buscarla… Sabella apostó por el desborde y no por la creación.

Mejoramos apenas con Irán, con Gago hay más salida y con Higuaín, si Messi baja tiene más terreno por la opción de pase a los dos puntas. Y mejoramos más hoy con Nigeria: con Irán Mascherano y Gago se quedaban como “últimos hombres del ataque”, sin avanzar ellos como opción de receptores, lo que tornaba al equipo predecible y estático, mientras hoy Gago se movió un poco más yendo a buscar devoluciones, y, sobre todo, Di María anduvo bien suelto para no solo ir al fondo contra la banda izquierda sino encarar la cancha de frente por el medio con la pelota al pie; incluso hizo fantasías con Lavezzi por derecha. Se supone que el equipo que no tiene la pelota se cansa más; pero como plantea el partido el equipo de Lionel, los delanteros nuestros, así como los “mediocampistas” (que en realidad no tenemos, porque Mascherano y Gago son contenedores, y Di María es un atacante jugando veinte metros atrás), tienen que moverse permanentemente para dar opción de pase y movilizar la estructura defensiva del rival, llena de hombres, para que muestre grietas por donde colarse. Agüero no lo viene entendiendo (tuvo dos jugadas buenaws, a lo más, en tres partidos), lo que es raro; Higuaín hoy jugó para el equipo. Como sea, a lo que voy es a que el cambio del planteo táctico, de Bosnia a Irán, modificó menos la creación de volumen de juego que el cambio actitudinal visto hoy ante Nigeria, el cambio modal: moverse, buscar, agitar para provocar posibles donde no los hay. Pasar la pelota pero no solo entre las posiciones programadas por la táctica; ya con Bielsa nos fracasó la ofensiva programática (de cuyo fracaso aprendió Pekerman). Pasar la pelota para tantear la defensa rival, sus líneas de ensamble, para que insinúe sus inconsistencias, lugares desde donde pegarle, puntos donde meter un sombrero o un pase en cortada, un pique corto… Todo esto no depende de dónde están parados los jugadores en el planteo, sino de cómo están donde están. Del ánimo. Confianza en la creación inmanente y atrevida por sobre la planificación calculada. Y esto solo se explica por el aliento que baja de las tribunas, esas tribunas que, a diferencia de lo que pensábamos hasta no muchos día atrás, no se limitan a gerentes, barrabravas y algún sacrificado que tuvo suerte en el sorteo (el sorteo, esa radical rotura del código futbolero de acceso al estadio operada por la FIFA), tribunas esas que no son solo las tribunas, sino el aliento traficado de manera complejísima por los cuerpos en complicidad, que envuelve la situación: estos pibes, nuestros jugadores, representantes de la patria futbolera, no lo viven en Europa; el Mundial les da eso, y nos los da a ellos hinchados.

Friday, December 14, 2012

Verte feliz no es nada


Escrito con Igna Gago - Publicado en Crisis #11

Poco necesitó Onda Vaga para elevarse como uno de los grupos con mayor tasa de crecimiento de los últimos cinco años de la música joven ciudadana. Poco tiempo, poca inversión en difusión, poca parafernalia instrumental (todo acústico), poca estructura de producción y casi nula de mediación: poco, porque cada cosa fue un acierto. Lo “poco” propio de una vagancia exitosa, que no sacrifica su tiempo en esfuerzos para un futuro sino que condensa su alquimia sin usar electricidad.
Despues de consolidada la profesionalización del sonido de los discos de rock (cualquier disco tomado al azar de una banda promedio “suena bien”, todo cerradito y prolijo), este grupo de amigos formado para tocar en la playa de Cabo Polonio volvió a la ciudad y, sin sacarse malla ni ojotas, se proyectó hacia un crecimiento en picada de público y oyentes, que expresó asimismo una mutación en los ánimos estéticos de la ciudad: un tubo de fuerza del presente haciendo su futuro, que nadie había atravesado tan claramente.
Nacido en 2007, ya en 2008 el quinteto recibe galardones de diarios y revistas; sus canciones frescas, livianas, alegres y festivas, cantadas coralmente por cinco voces siempre altas, nunca pesadas, pasaron pronta y fluidamente de salas under a telonear a Manu Chao, tocar fechas dobles en Niceto y encabezar la programación veraniega del Konex (Niceto y Konex: acaso las dos principales bisagras de interfase entre la cultura autogestiva y la industria cultural; Niceto una puerta abierta al primer mundo, Konex a las nuevas cremas de arte en castellano). Mientras se escribe esta nota los vagos tocan en un festival japonés donde volaron con los tickets pagos, según informa –informalmente- una alta fuente de la prensa especializada.
Todos estos datos importan, por supuesto, como índices del crecimiento de un tono subjetivo; incluido del “dato” Onda Vaga, ya que importa el pulso popular del cual son –digamos- voz cantante. Pulso de miles; gusto de la época; sensibilidad de la red. Nunca o casi nunca difundieron sus shows fuera del boca en boca o “las redes sociales”, dice la fuente mencionada; tienen más de ciento veinte mil almas que le declaran su gusto en Facebook. Una banda independiente que no necesita sudar sangre remándola sino que más bien activa una corriente que la hace pasear el mundo.
Dos discos, Fuerte y caliente, de 2008, y Espíritu Salvaje, de 2010, sirven a este proceso. Menos como productos que aspiran a conquistar que como testimonios de lo que surge en la onda de ese espacio de encuentro amistoso (aunque el segundo ya es claramente mas “cuidado”). Es por eso, por ser una instancia cuyo punto de partida ya es de felicidad triunfante, como sin necesidades, que en el primer disco hay invitados ilustres como Fito Páez; nada menos que el artista elegido para dar el broche final a los festejos del Bicentenario de la Nación.
Música sencilla que se nota hecha por gente que sabe; músicos a los que les sobra. Con fuertes dejos del Manu Chao en sus días sin rabia, algo de cánticos balcanos de anti lamento, homenajes a la simpleza ramonera pero pasada por una concienzuda trama de calidez tropical, algún resabio de balada babasónica pero con el desalineo como modo del glamour, guitarras sacudidas por manos derechas bien sueltas, mucha palma conjunta que ritma el canto coral de la tribu, sin líder visible. Imposible meterse en un disco o en un recital ondavago y no encontrarse llevando el ritmo con alguna parte del cuerpo; su influjo hace vibrar a los cuerpos en danza cual zombies de la felicidad. Yo no quiero caer, quiero seguir arriba para bailar (“Jovens”, de Espíritu Salvaje).
Soltura, despojo, inmediatez corporal. Melodías pegadizas y gargantas con la tensión que requieren fogones felices, llamados celebratorios a la luz de la luna; el éxito de Onda Vaga es el de un sonido que elige sin duda el bienestar y sentir para adelante (“podes salir al jardín y cosechar lo bello” dice Ya!; “sacate lo que tengas de más” cantan en Baila; ambas de Espíritu Salvaje, entre tanto ejemplo posible). Por eso, aunque en los discos manejan una sutil paleta de recursos sonoros, el tono afectivo es homogéneo, univalente, una planicie de endulzamiento que coincide con la amplia llanura de la fiesta metropolitana nacional.
Si el éxito, genéricamente, no habla tanto del ganador como de las reglas del ambiente (cosa distinta es la conquista, el triunfo), especialmente “sintomáticos” son los éxitos instantaneos.

El nuevo jovialismo gobernante
Hay un ánimo oficial, con representantes en muchas esferas. Datos: Onda Vaga fue tomada por 678 como cortina musical de su emocionalidad. (Digamos que fue una transición de “alegría pilla” entre la primera fase más combativa con los Redondos, y la actual plenamente melosa con Por una gota de tu voz de Abel Pintos). También el programa Los pibes del puente se inviste sonoramente con los vagos. La cortina de 678 era Mambeado, una de las mejores de las pegadizas canciones de la banda, que también tocaron en el recital organizado por el Partido Obrero en protesta por el asesinato de Mariano Ferreyra. Esa doble presencia no pone en juego algo que “no cierra”; más bien muestra que hay oposiciones que participan del mismo plafón. Aquella noche de protesta había en Plaza de Mayo carteles con la inscripción “Festival por la muerte de Mariano Ferreyra”. La fiesta es el lugar común de la época, un consenso del que no debe alejarse demasiado ningún proyecto de gobierno en cualquier area de la vida social. Cristina bailando su cincuenta y cuatro por ciento; pero a la vez Mauricio Macri bailando su aplastante hegemonía. Los “estetólogos” del macrismo leyeron éste consenso festivo en la Ciudad porteña y transformaron el triangulito de play negro que era su logo, en múltiples triangulitos de colores. Arde la ciudad: canción elegida por ambos partidos, tema que funde al macristinismo. La fiesta es una frecuencia de gobierno compartida por proyectos políticos enfrentados.

La alegria coronada
En medio de este consenso oficial, de fiestas coronadas y representadas, Onda Vaga muestra que incluso el sentimiento indie de tribu se da ídolos. La tribu de iguales recortando sus cuerpos fetiche, la coronación directa de la red, sin mediación estructural. Pibes comunes que eligen lo simple y música para divertirse, resultan cuerpos naturalmente funcionales a su multiplicación imaginal. El actuar de sí mismos, necesario para la representación mediática, escenifica una clara apuesta por la felicidad grupal.
Un ejemplo. La tapa de la revista del Konex dedicada a su programación del verano pasado, tuvo a Onda Vaga como protagonista, artista de punta del espíritu imaginado por el centro cultural para la salida de un año viejo y la gesta del nuevo. El Konex invita a “empezar el año en nuestro patio”, y la mención del patio es importante: se trata de la modesta catedral para multitudinarios patios y terrazas donde se juntan los amigos culturados en Buenos Aires. Vale contrastar este confort organizado con la figura del “congreso de esquinas”, creada por el colectivo Juguetes Perdidos para referirse a los recitales de rock barrial. Se trata de una puesta en masa de la lógica íntimo-privada que fue, en parte, la respuesta que los circuitos musicales hallaron para hacer frente a la ola reglamentarista post-Cromañón (que por cierto sigue rozagante, cerrando centros culturales –u obligándolos a profesionalizarse). ¿Cuánto atrevimiento se pierde en ese desplazamiento?
Volviendo: la revista del Konex es un pequeño lujo; tamaño medio A4, papel de alto gramaje, cuatro colores, y esas tapas satinadas que enloquecen las yemas de los dedos, acariciando, en este caso, a los cinco amigos vagos, que ocupan toda la cubierta, parados ante la cámara en fila, posando sobre montoncitos de arena y con baldecitos y mallitas (de la arena venimos y a la arena vamos). Con fresca alegría y matracas en mano, miran la cámara bajo el lema Onda vaga. Música para ser feliz.
La felicidad festiva: discutimos con este modelo porque se parece a lo que queremos. Hay cosas que parecen lo mismo pero no son lo mismo; y son peligrosas en tanto imágenes de lo común.
¡La felicidad! Pero no así directo, tan resuelta; no tan ya-felices. Porque suprime la experiencia de habitar la pregunta por la felicidad; y te ofrece la aplastante evidencia de su respuesta. “Estamos en la vida para las cosas buenas”, es la cita que titula la entrevista al vago artista del verano. No bajonearse al pedo. Vamos a disfrutar. Casi que quien no es feliz es un gil: “Podés salir al jardín a cosechar lo bello, podés salir también a correr, a disfrutar, no hace falta estar metido dentro de una nube gris y lleno de mierda cuando la decisión está en vos e irte; en vez de hacerte una choza en una villa miseria, te podés ir a hacer la misma choza en el medio del campo”, dice el vago Marcelo Blanco en otra nota, la de tapa del suplemento No! de fines de 2010 (hecha por Julia González).


Amar intuiciones
A la felicidad no se le puede discutir, se dice; el que es feliz tiene razón, hay otras cosas para criticar antes que un divertimento, etcétera. Pero hay felicidades que dan tristeza; y los modelos de felicidad son zona de pelea.
El campo de batalla de las formas de vida muestra una hegemonía palmaria de esta felicidad desproblematizante. Una fiesta que encarrila. Una fiesta en el paisaje del consumo. Bicentenario como gran fiesta-show del relato nacional; el record de Roger Waters para jolgorio tecnológico-moral; Tecnópolis y la fiesta del desarrollo patrio; pero también el consumo progre de yoga y flores de exquisito autocultivo. La lógica de la vacación permanente, que siempre va a necesitar algún padre cuando pase algo bravo.
El bienestar permanente y pregonado es sórdido. Porque el relajo constante y la pose descontracturada son una ostentación de clase. La fiesta con fondo de consumo, que ofrece un modo de vida hecho, sin ignorancias, el hippismo cool donde sobre todo no hay que hacerse problema, deben ser discutidos en nombre de una felicidad que empiece por la propia fuerza. Y no hay fuerza si no se tensa nada. Imágenes de alegría que no menosprecien al dolor; bienestar que no necesite desvalorizar los problemas; ni andar chillando de satisfacción, porque la buena felicidad no se nota…
Vivimos el chillido del consenso fáctico, una fiesta cuyo modo de participar es la adhesión. Para criticarla no hace falta señalar una alternativa. Porque si bien la política –ese campo reglado- es juego de posiciones, lo político es una frecuencia donde hay potencia en la disposición. Una disposición desconfiada de lo que huele mal (tan dulce que empalaga), y fiel a sus intuiciones que no se dejan fotografiar. Al fin y al cabo, poco ha acaecido históricamente festejable sin gentes atrevidas a amar lo que no hay, amar intuiciones.


Friday, March 23, 2012

El caso Rogelio Aguas (poniendo mi granito de caca)

De la flamante usina Moviditas Casi Nada:



Es obvio

Como dice nuestro amigo Pez, hoy es prácticamente imposible estar en contra del discurso ecológico, del ambientalismo… La ecología se ha transformado en la moral de la época (doble como toda moral, claro). Si hablamos de los megashows el problema es otro, pero la fuerza de la obviedad es la misma: hoy son irrefutables la maravilla, el genio, las virtudes de Roger Waters y su espectáculo. Los nueve River, record absoluto y por lejos de convocatoria en la historia nacional, constituyen una imagen de consenso llamativamente a tono con el 54 por ciento del país de la Buena Gente.

Ante tanto consenso, si no vamos a ir a verlo es mejor pasar desapercibidos, y, llegado el caso de ser descubiertos, decir que no tenemos guita o alguna otra imposibilidad ficticia (porque ¿no tenés guita? Dale, rata, si te va bien...). La sola idea de que no querramos ir a verlo, de que ni siquiera si nos regalaran la entrada iríamos a verlo, es impronunciable. Hablar mal de Roger Waters y su espectáculo va tan a contrapelo de la obviedad circulante que da miedo. Waters es el bien, la calidad y el mundo. ¿Cómo decir algo que no sean elogios a Roger Waters y su espectáculo sin sentirse un resentido o un excluido, un paria, alguien que reniega de lo común? Another brick in the wall…

Es cierto, no ir a ver a Roger Waters da cierta sensación de quedar afuera. ¿Afuera de qué? Del amigable y cálido público argentino. De ese ser nacional que identificamos con el mejor público de rock, el más afectuoso… Los argentinos somos… especiales, somos únicos los argentinos, todo el mundo lo reconoce, no hay otro público igual, el calor, el aguante, la pasión, la capacidad de gozar, y ahí vamos entonces, cobijados en la identidad nacional, ese universal inclusivo, el que queda fuera es porque lo elige y si elige quedar fuera es enemigo. ¿No querés divertirte, pasarla bien como todos? Hay que pagar, por supuesto, pero lo vale, ¡y que lindo pagar por algo que lo vale, buena guita!

Un espectáculo impactante

Una palabra parece ser bastante exacta cuando se trata de describir el espectáculo de Roger Waters: impactante. Es impactante. Impactantes son los accidentes, las peleas, las imágenes. Que impacta. Impactar es chocar contra una superficie. Es también impresionar, conmover. Impactado, atónito, paralizado por el espectáculo, tomado por las sensaciones que de pronto retornan del pasado vivido. Tomado, paralizado; sujeto bien sujeto a las emisiones externas que recibe.

Hace un tiempo, un amigo decía algo simple y hermoso. “Las bandas que me gustan son esas que, cuando las escucho, me permiten imaginar un mundo. Cuando escuchaba a los Ramones de chico, por ejemplo, me imaginaba el mundo de la calle. Y no era por el contenido de las letras (el mensaje), sino porque la música expresaba de algún modo ese mundo o permitía que lo imaginara. Esa es la diferencia entre la música genuina y la comercial.” Imaginamos un mundo. Imaginamos. Imaginar es un trabajo. Cuando pienso en alguien imaginando, lo veo en movimiento, lo veo tomando algo para sí.

Imaginar es una actividad. Estar impactado o ser impactado es un efecto (pasividad). Dos operaciones bien distintas, o mejor, una operación y una disposición.

Las imágenes, la tecnología, la técnica, impactan. Sin dudas, el espectáculo de Roger Waters es de un despliegue técnico tal que resulta fascinante. Tan cargado, tan lleno, tan perfecto, tan completo, ¿qué más podríamos imaginar? Nos derrota por completo.

“Yo estuve ahí”

Qué compramos con la entrada de Roger Waters. ¿Compramos una imagen de nosotros mismos?, ¿un tema de conversación con miles?, ¿la sensación de pertenecer a una movida? Compramos un “Yo estuve ahí”; yo no me quede afuera. ¡Una experiencia!

El “yo estuve ahí” describe al público y a Roger Waters, a Roger Waters como réplica de sí mismo. Las réplicas son imágenes que se proyectan al pasado, nunca al futuro. Un pasado donde todo estaba tan, pero tan claro… Los malos, completa y únicamente malos, y la gran masa de nosotros, corderitos de bondad. Hoy podemos recordarlo en una fiesta.

Una ideología de escenografía

Lo impactante es por un lado el sonido, que ya no se remite a proyectar lo que pasa en el escenario hacia adelante, sino que toma al estadio como diagrama potencial de espacio sonoro, superficie envuelta, encerrada en el audio que atraviesa los cuerpos: todo sonido es vibración. Y, por otro, lo impactante es la pantalla: el muro, the wall, que es más ancho que la popular de river, es todo él la pantalla donde se proyectan imágenes. Se reproduce lo que pasa en el escenario (aunque he oído que pasan imágenes de otros shows!), cosa que agradecemos porque la verdad es que desde la tribuna no se ven más que manchitas apenas móviles, que asumimos son Rogelio Aguas y sus músicos. Lo cierto es que podría ser cualquier otro, él podría no estar, y no se notaria la diferencia; el fervor no es por verlo, es por saber que está ahí. Que ese pedazo consagrado de mundo vino a nuestro encuentro. Y ahí estamos, acá, en el mundo. En la historia. Él, Roger, Rogelio, es nada, es todo.

Victima de libertad

La gigantesca pantalla emite (en realidad recibe y reflecta), aparte de la ampliación de lo que pasa en el escenario, muchas imágenes y animaciones pregrabadas, algunas de la iconografía original de The Wall y otras añadidas con el tiempo, ampliando lo que forma parte de la iconografía de la obra. Esta parte es notable: un nutrido circuito de fotos de víctimas es el fondo escenográfico, el hilo narrativo moral del show, articulado en torno a un pacifismo que alerta sobre los flagelos de la guerra; así, con total amplitud, “la guerra” y “las víctimas”. Republicanos fusilados por el franquismo, partisanos ejecutados por los fascistas, pero también niños iraquíes desnutridos (su penuria ya tiene una relación menos directa con los opresores, que igual quedan claros), familias paquistaníes destruidas por ataques de aviones no tripulados, desaparecidos argentinos en la última dictadura, muertos yankis en el atentado a las torres gemelas: víctimas y víctimas del mundo, apilándose luminosas sobre el muro de Aguas. De la guerra un show. Cuando dedica el recital, la fiesta músico-tecnológica, a los “desa-parecidos”, la coincidencia con la prosperidad del consumo bienpensante kirchnerista alcanza su paroxismo. ¡Nueve rivers!

Este licuado moral tiene un momento chispeante cuando el muro proyecta animaciones de aviones que, en la noche, arrojan cataratas de símbolos sobre territorios inciertos: un avion tira miles de cruces cristianas, otro miles de hoces y martillos, otro estrellas de David, la lunita con estrella árabe, la esvástica, y los silbidos aparecen cuando esa línea de homologación presenta una vertiente de… ¡conchas de Shell y estrellas de Mercedes Benz! Los otros símbolos son la formación histórica del poder moral victimista, estos, de empresas, encarnan a los que rompen en mundo actual (aunque elije empresas holandesa y alemana, no britanica…). La condena es unánime en el millonario show. Todos contentos. Más que nada Waters, claro, que, con una envidiable capacidad de no aburrirse, toca de punta a punta la gran obra que compuso hace treinta y cuatro años (solo mete una diferencia cuando agrega a un tema un final tipo bossa’n floyd bastante triste), y representa al arquetipo del déspota, vestido de cuero negro con las marchas militares detrás, esos martillos de andar marcial, y, delante, una fervorosa multitud que lo vitorea, lo sigue, le sigue el juego, en un momento se da el gusto de agarrar una ametralladora de mentira pero que tira salvas resplandecientes, y suena, como en el disco, atronando la atmósfera del Monumental, ametrallando al público, el juego de Waters con un control de la situación, una capacidad de creación técnica del escenario afectivo calculado, un dominio de la atención masiva y una cerrazón de filas con tan efectiva diferenciación entre los que forman parte y los que no, que serían la envidia de cualquier déspota del siglo pasado que viene a parodiar.

Imágenes que no insisten

Las fotitos del megalómano chow escupen cuanta corrección política se nos venga a la cococha: “we are against the war”. Los muertitos no inquietan, no joden, son de lo más tolerables, nada muta (todo sigue igual diría el Pity), las imágenes reiteran lo sabido: la gente se muere en tempos de guerra. Y la guerra es sutil en su modo de operar, de exterminar: nos pisa los talones, nos respira en la nuca. Andamos tan saturados que nos aguantamos la belicosidad cotidiana: hay una guerra de modos de vida.

Una imagen de la muerte que no hable de la vida (como tanta basura porno feisbuquiana) no tiene ningún efecto-fuerza. Muertes sin imágenes de vida, caras con vidas borradas; no importan. Nos queda a nosotros -en otro tono, con menos guita y cero seguidores- mostrar que hay vida antes de la muerte. Nos queda insistir en algo que nos afirme más allá de la conciencia. I wish you were here.


Thursday, December 22, 2011

Estallido redondo


El calendario es una de las primeras formas de dominación sobre
la vida, dice Symns. ¿Puede, empero, ser arrebatado, tomado por
la espalda, el calendario? Una urgencia, los diez años del año 2001,
publican estas páginas, que son un extracto, apenas elaborado, de
una investigación un poco más infinita que venimos haciendo sobre
Patricio Rey, su singularidad y alcance en la cultura argentina. Se
cumple una década del año de su disolución, la misma década que
puso en el centro de la escena nacional muchos de los saberes redondos:
algo nos urge. Cargamos con la tensión productiva de pensar
la experiencia como archivo y como construcción a posteriori
–pero apelando siempre a la vida.
Los Redondos, fiesta y resistencia, chorrearon todas las épocas, los
70, los 80, los 90, y rompieron en 2001: su desborde se confunde
con el de una era política en Argentina, y su historia muestra un 2001
que obliga a repensar el presente. Redondos, una fiesta donde decir
nada es verdad salvo nuestro grito, este grito que abarca el cosmos.
Aguante y creación, mapa del mundo y orientación en el desastre: sin
estrellas, desconfiados de cualquier ídolo, bailando los designios de
nuestro dios pagano, Patricio, esta trascendencia del nosotros.
La nostalgia del “solo te pido que se vuelvan a juntar” es parte de
esta época retornista, de vueltas con épica mediática, y esta nostalgia
es un amansamiento ricotero por abajo que permite esta recuperación
por arriba, desafilada y determinista, del poder: la apropiación
oficial y mercantil de nuestra liturgia. Pero Patricio aúlla, aúlla
en la ciudad, aúlla en los encuentros azarosos, aúlla en nuestros
cuartos, en las esquinas. Son unos trapos que garpa bancar...

[Intro del cuadernillo Estallido Redondo. Historia ricotera del 2001, de Perros sin folleto]

Wednesday, December 22, 2010

Redonditos al poder

[Articulo publicado en el segundo numero de la muy recomendable revista Crisis]

1- Gracias a Dios…
¿Dónde se juega la historia? El brote del cambio no siempre está allí donde sus efectos son más estridentes. Muchas veces lo que circula como visible está separado de su origen singular. Porque el monumento visibiliza -y vive de- lo que irrumpe como agite más que como discurso, como vitalidad no organizada según los códigos imperantes, y esa vitalidad histórica no tiene porqué indicar su proyección constructiva, su consecuencia institucional; agita con una frecuencia que abre posibles y planta intolerancias, como una negación que funda espacios de libertad sin necesidad de proponer alternativas globales.
Así las cosas, situar lo político no es sencillo; puede que la esfera destinada formalmente a tramitar la cosa pública no sea la que funda efectos políticos democratizantes, sino que las armas de insumisión y hambre sesudo de libertad vengan de otro lado. El denominado retorno de la política, entonces, merecería ser situado en su relación con las instancias de creación de posibles políticos. Como, por ejemplo, Patricio Rey: ese espectro pagano, ese tutor-excusa, ese tercero invisible pero común a todos los que estamos en su fiesta, que ya en los primeros años de la Dictadura protegía, en sus recitales, presencias de bronca jolgoriosa que querían “demostrar que hay vida antes de la muerte” (como decía el así llamado Mufercho, presentador entonces de la banda).
Esos espacios marginales –o mejor, excéntricos- contagian, contaminan, con su desesperada afirmación de autosuficiencia, vía vasos comunicantes complejos. Aún si pasan sin dejar monumentos, sino la apariencia-pendejada de que nada pasó, dejan la certeza, en los afectados, de que nunca nada podrá ser igual, en principio porque instalan un parámetro sensible y exigente para juzgar lo que advenga. Incluso si lo que adviene sí le hace un monumento a esa vitalidad, porque aquí, gracias a Dios, uno no cree en lo que oye. Es así nuestro Dios Patricio: gracias a él, no creemos.


2- Del 76 al 2001
La historia como banda activa de Patricio Rey fue de 1976 a 2001. Durante la dictadura tocaba en sucuchos, con monologuistas, performers varios y un obeso disfrazado de sultán que repartía bolitas de ricota, todo bañado por guitarra de Skay, hipnótica y frenética a la vez, y el inconfundible aullido-fricción de Solari. Con los Redondos se disuelve la oposición entre rock comprometido e intelectual y rock de joda: el rock ricotero es un pensamiento crítico que se baila.
El primer disco, Gulp!, fue grabado, distribuido y difundido en autogestión, como el resto de su trayectoria, sin empresas, sin sponsors, sin estructuras ajenas a la organicidad de su experiencia; esta fue de movida una de sus distinciones esenciales, que los inscribió fuera del “mercado” e hizo de su música algo más que música: el rock como expresión y sustento de otra concepción de la vida, de un mecanismo diferente de organización de las voluntades (Solari).
A Gulp! lo graban en el 84; en plena primavera democrática, abren diciendo “esta vez, por fin la prisión te va a gustar”. Desde su antro sucio y dionisíaco le gritan al encierro del espectáculo (aún el de la democracia). Eso es obvio en 1988 con Un baión para el ojo idiota, pero ya antes, en 1985, ese carnaval nocturno de intensidades, culto difundido de boca en boca, nombra su segundo disco con un saludo a la dicotomía política fundamental del siglo XX, Oktubre. No es nostalgia de la revolución perdida, no es un mero repliegue del proyecto emancipatorio en el arte. Porque se aprendió de las derrotas. El cambio no nacerá de una ocupación del Kremlin o la Casa Blanca; empieza por lo que hacés de la noche a la mañana, decía Solari, y cantaba –como si todo el tiempo y el espacio tensara su voz aquí y ahora- que un sueño acabó, ya te dijeron, pero no que todos los sueñitos… (Pura suerte).
Los Redondos condensaban la épica de las luchas contra la injusticia, el ímpetu de cambiar el mundo, con el vértigo sensual de cambiar la vida ya, sin necesitar convencer a nadie, sin conquistar voluntades; la libertad empieza hoy, porque si la emancipación es habitar la desigualdad desde la lógica de la igualdad (Ranciere), no se trata de sacrificarnos por un mañana sino de alterar la manera de estar donde estamos. Por eso ese disco, Oktubre, además de la tapa que pareciera reunir a Berni con Eisenstein en una noche de dark post-punk; además de la catedral platense en llamas, trae otro dibujo, uno de los que más alcance tuvo de la profusa iconografía visual que Rocambole (Ricardo Cohen, reciente Director de Arte de la UNLP) vertió vía Patricio Rey a la imaginería popular: el esclavo rompiendo su cadena. Esa figura demacrada que revolea con furia su cadena recién rota, la muñeca aún lastimada: la propia cadena, apenas suelta, se torna bandera de festejo de la liberación.
Ese es el esquema ricotero que hace que su obra –más allá de análisis y valoraciones-, música, letras e imágenes, atraviesen la cultura infundiendo en quienes se la apropian un inequívoco sentimiento de libertad: el esquema que va del malestar a la rabia, y de la rabia, por su propia fuerza de afirmación rabiosa, al festejo. Es fuerza, no poder. Así, los Redondos ofrecen una fuga del mundo que a su vez lo trastoca, porque ese “sentimiento” es una alteración de los valores. Es un raje (está llena de anuncios de raje, la lírica), pero el agujero de su salida ejerce un fuerza gravitatoria que obliga al entorno a posicionarse en torno a sí; una afirmación autónoma que instala ella misma los parámetros para valuarla. Un escape vanguardista.
Hoy, esa salida autónoma es la más insistente cortina musical de 6-7-8, o más que cortina, bandera, yo quiero verlas…

3 – Tandil, los redondos al poder
El del trece de noviembre en el hipódromo de Tandil fue el recital pago más concurrido de la historia argentina; ochenta mil personas dijo Solari desde el escenario; los tandilenses decían ciento veinte mil, misma cantidad que su población estable. Tandil vivió la fiesta de alojar algo que la excediera, esa marea virtual que, al corporizarse, desborda cualquier continente; miles y miles y miles de nómadas ocasionales, para los que no había nafta ni cerveza fría ni baños ni cigarrillos suficientes; millares de cuerpos que cubren calles y avenidas, convertidas en escaparate de banderas con nombres barriales y dibujos y frases tomados de Rocambole y el Indio. La gran tribu cubre la ciudad y espera cantando en su fiesta atávica; era llegar a Tandil y encontrar otro planeta que de pronto se expresa diciendo que está en este.
Esa marea ya no se desborda a sí misma como pasaba en los noventa. No deviene tierra de nadie; permanece tierra de todos. No se ve pungueo, arrebato ni saqueo, no se ven sí o sí peleas sangrientas ni avalanchas provocadas para entrar sin ticket, no se ve a la montada repartiendo palos al galope ni a los patrulleros rasando con descargas de balas de goma. De aquella crispación policial, hay que decirlo, puede haber cierta nostalgia, puesto que, en tanto reacción represiva, denotaba la virulenta fuerza de la marea en su regulación autónoma; es una memoria que puede contraponerse como recuerdo de intensidad ante la paz hoy reinante. Pero al final de la velada, después de horas aunados en masa fluida que grita, salta y baila, todos nos vamos felices y orgullosos de no haber perdido otro Rubén Carballo, otro Walter Bulacio, otro pibe a manos del poder de daño institucionalizado.
Es que los tiempos han cambiado. Por un lado, el dolor de Cromañón instaló una prudencia en los encuentros rockeros (sobre todo en los convocados por Solari, cuya única y fija bajada de línea desde el escenario siempre fue cuidensé). Pero específicamente la congregación ricotera, ya no se muestra erizada hacia el entorno –la versión dominante de lo público- como en los noventa, ya no se constituye en un radical a pesar del entorno; no se canta, por ejemplo, contra el gobierno, como se cantaba raudamente contra Menem, y apenas contra la policía. De los dos componentes principales de su pasión, ahora el festejo prevalece por sobre la bronca. La resistencia ricotera aguantó, las pasó duras –de hecho la banda no aguantó-, y hoy el entorno se le presenta menos hostil: no hay intendentes que suspendan shows, la policía no demuestra concebirla como enemigo directo, pero más aún, el ricoterismo parece haber devenido cultura oficial. No sólo banda sonora de la emocionalidad seisieteochista, sino fuente de consignas para La Cámpora (convocan a actos con la frase este asunto está ahora y para siempre en tus manos, nene), ¡parece que los ricoteros llegamos al poder!, y agradecemos al bramoso Aníbal Fernández por colgar en su blog los mapas para llegar a Tandil.
El análisis de la relación entre cultura redonda y oficialidad kirchnerista puede dejar de lado Las condolencias que, según el jefe de Gabinete, el Indio le mandó para Cristina (Si es posible y cuando lo creas oportuno, hacele llegar a la Presidenta el mínimo significado de nuestra sincera tristeza. Indio y familia). Porque el Indio no es tanto el líder, como el emergente del ricoterismo. La marea tiene su propia voluntad. Allí estaban, en Tandil, los militantes de La Cámpora tratando de ejercer la operación peronista de apoyar lo que se mueve para gobernar(lo) -la clase trabajadora en los cuarenta, los neoliberales en los noventa, los movimientos sociales y de derechos humanos post 2001-. Desplegaron una gran bandera y cantaban “soy ricotero, nacional y popular”, pero nadie se sumaba, y mucho menos con “soy argentino, soldado del pingüino”, pero sí se plegaba la masa (ellos no ven marea viscosa, ven masa trabajable) cuando iniciaban cantos netamente ricoteros.
Porque los cantos eran ricoteros, y ahí se ve cuánto el Indio –que facturó neto 9.600.000 pesos según la afluencia que él declaró- no es estrictamente líder: él y los Fundamentalistas del aire acondicionado mantuvieron la euforia escénica ante un público que alentaba un ay otra vez a Patricio Rey y sus redonditos de ricota como diciendo somos receptores pero nosotros decidimos el sentido de lo que nos estás dando. La hinchada repetía una y otra vez pocos cánticos; pero su devoción redonda no es una repetición sino una insistencia: aún frente a nuevas condiciones, se mantiene el enunciado –vamos los Redondos. Porque los Redondos no dejan de ser un ente abierto que incluye a quien lo grita. “Indio” no es un sujeto colectivo; sólo los redó designan en común a artista y público: no que sean iguales, sino que valen porque participan de lo mismo.

4- Legitimidad redonda
No es sólo por ese vínculo de consustancialidad entre emergente y público que el kirchnerismo busca arroparse con el sonido y la liturgia ricotera. No: a través de los Redondos, el kirchnerismo busca llevar a fondo su identificación con el estallido de 2001, sus efectos y su historia, la legitimidad dosmilunera (la paradoja de gobernar heredando el que se vayan todos, acaso superada en la plaza del luto).
Porque si los Redondos tuvieron efectos en lo público hay que buscarlos no sólo en el corpus musical ulterior, sino allí: en la revuelta de 19 y 20 de diciembre de 2001.
Habían sido entrenadas en la experiencia ricotera, por un lado, las formas de ocupación del territorio urbano del 19 y 20. Los saqueos eran frecuentes en los recitales de PR en los noventa, y, especialmente, el enfrentamiento con las fuerzas de seguridad en el centro (policía y privados, robocops sin ley), como puja callejera era menos propia de los saberes setentistas (aparato contra aparato) que de la experiencia de choque reiterado de las bandas ricoteras con la cana; sabíamos correr, aguantar, avanzar, seguir liderazgos variables, cuidarnos, no dejar tirados, llorar muertos… De hecho, una de las poquísimas veces que en la década del 90 las fuerzas de represión estatales tuvieron que darse orden de repliegue, fue en el recital de PR en Villa María, Córdoba, en mayo de 1998 (informó Clarín).
Además de la inteligencia material de la revuelta, también contribuyó al caldo dosmilunista cierta sensibilidad ricotera: la desconfianza ante el poder -mercantil y estatal-, el autonomismo autogestivo, y –cierto- rechazo al craso imperio de la nueva Roma.
Junto a los escarches de HIJOS, a las puebladas y cortes de ruta en el interior, los MTD’s en el conurbano, ese saber y esa sensibilidad ricotera fueron ingredientes esenciales de las representaciones de resistencia disponibles para la olla que estalló en 2001, y, aunque se quiera acusar como móvil del estallido al corralito, esos elementos fueron condición de posibilidad, cauce de existencia de ese grito que, sin organizar una configuración posterior, sacudió el tablero y dispuso nuevas exigencias y condiciones: esas condiciones en cuya fina lectura consistió el principal mérito del triunfalmente muerto jefe del peronismo, Néstor Kirchner (los pingüinos nunca caen para atrás).
Ahora bien, un punto adicional que merecería más pensamiento: si en 2001 termina la post-dictadura, en tanto lo que en ella era marginal pasa a ejercer poder de determinación central, gobernar legitimándose con la agenda progresista de la post-dictadura, ¿es progresismo combativo o cinismo que hace de un piso techo?

5- Con tanto humo el bello fiero fuego no se ve
Es ambiguo: nos alegramos de que lleguen al gobierno estéticas y retóricas y puntos de agenda que sostuvimos como resistencia muchos años. Al fin y al cabo la otra gran apropiación resignificante de 2001 fue el caceroleo propietarista de barrio norte y los piquetes de la abundancia. Pero al mismo tiempo, nuestro amo juega al esclavo y adorna nuestra esclavitud, y en el extractivismo exportacionista, sojero y minero, Gobierno y capitales acuerdan, derrame más, derrame menos (por no hablar de la burocracia sindical y la red de intendentes -perros que no se contentan con los restos- que constituyen el primordial sostén estructural del Gobierno).
Lo que más aprendimos es que la fuga, el rechazo a la mesa servida y el sostenimiento de una voz propia –aún o especialmente si no significa nada y es sobre todo intensidad de enunciación-, tiene efectos mediatos. Podemos entonces casarnos con el proceso de su institucionalización –apoyado y gobernado hoy por el peronismo, que nunca se casó con nadie-, o decidir que ese grito no es todo el grito, y gastar la vida sosteniendo los rajes de las formas habidas, como tribus callejeras que escriben la pared y sostienen, difusa, quizá atolondrada pero intensamente, el ánimo de otra concepción de la convivencia, el nervio del futuro. Confianza en lo que vibra de otra manera; en los noventa era imprevisible que el aguante derrocaría un gobierno (y unas formas de gobernar: con represión a mano, con el Estado como puro botones del capital transnacional, etc). Hasta la corriente de conversaciones anti-neoliberales, en aquellos años menemistas, fueron un modo del aguante, y su incidencia histórica es inconmensurable, pájaros de la noche que oímos cantar pero no vemos…
Y ante la asociación entre la realeza multitudinaria de Patricio y el Gobierno, el pogo más grande del universo. Es una enseñanza antropológica, la del pogo: se asume que todos, cada uno, somos peligrosos (por eso nos cubrimos con los brazos, incluso al principio con los codos), pero se apuesta por la confianza, por festejar el peso de los semejantes, por compartir una violencia habitable y anti-anodina. La marea, como dijimos, es fluida y espesa, te lleva: no podés apropiarte de un lugar. Durante Ji-ji-ji, en la inminencia del estallido poguero se abren con mucha fuerza grandes huecos para que haya espacio para el baile de chocar, pero apenas arranca la euforia, esos huecos desaparecen porque sus bordes también poguean, se fluidifican; el enorme campo se alisa y todos circulamos en caos veloz decidido, potencialmente tocándonos todos con todos, cualquiera con cualquiera, marea de potencia que perdió la forma humana, una igualdad fáctica entre ochenta mil cuerpos como muy cada tanto presencia la historia.



Tuesday, March 04, 2008

Ensayo ricotero no redondo


"¿De qué año es una banda, de qué año es un disco? Oktubre, por ejemplo, debe sonar muchas más veces por día hoy que en 1986; y “hoy” se anima a referirse tanto al presente de escritura como al que sea de lectura. Criterio: lo que sirve para pensar la vida está vivo.
Patricio Rey sirve porque es una experiencia que -como define Casas a los clásicos- instaura ella misma los parámetros desde los que puede pensársela. Una experiencia como esta, singular –es decir que se manda sin saber nunca del todo qué carajo está haciendo-, para ser, inventa. Esos inventos sedimentan en el entorno; nutren el campo de representaciones extendiendo la frontera de lo posible. Sirven. Como si segregaran un principio activo, Los Redondos, que este ensayo intenta sintetizar..."

Sigue acá el texto que escribimos con Pato para EEV




Thursday, January 31, 2008

Rockeros de Nazareth

Janis Joplin y esa troupe de rockeros (Ricky Espinosa...) que se sacrificaron viviendo todo el tiempo en carne viva años fatalmente breves para que millones podamos darle lugar en nuestras vidas templadas a la desesperación dosificada.


No que ellos lo hayan pensado así; que así funciona.

Sunday, January 27, 2008

Luca, cadáver exquisito del rock


Este mundo no puede ser del chiste y de la tragedia, pensaba Macedonio, y Luca Prodan sería un intento de refutarlo. El documental sobre su vida muestra un genio enfermo que incinerándose hasta morir iluminó las vidas de su entorno; el mito de Luca condensa la tensión erotanática de la cultura joven. En Luca la risa es disposición fenomenológica y la tristeza su frustración, pero la risa también como autosuficiencia y la pena como apuesta de trascendencia.

[Aquí el artículo -publicado en Debate- completo.]

Wednesday, September 06, 2006

A veinte años de Oktubre







En estos días cumple veinte años Oktubre, el disco paradigmático de la banda paradigmática del rock argentino –la cultura juvenil por excelencia-, Patricio Rey y sus redonditos de ricota. Condensa la mística de la contracultura en dictadura y una veneración de la autogestión, con un juego estético –de fruto inconfundible- entre una guitarra, una gráfica, una literatura, una voz. Aquí, historia e hipótesis sobre un disco como pocos tan de culto y tan masivo.


1-

Sin la pompa agrícola que difundió el lema “granero del mundo”, el rock también ha sido una industria nacional de excelencia internacional, claramente la principal usina latinoamericana, gracias a su origen temprano y a lo amplio de su abanico estilístico. De la pujanza cultural de la clase media local, el rock fue la veta menos institucionalizada, y acaso por eso la que más excedió el destino de dicha clase. Además, el rock se constituyó como el espacio de sociabilización más propiamente juvenil, y, desde hace décadas, como paradigma de arte para generaciones jóvenes, ya no sólo aquí sino en gran parte de Occidente.

2-
Oktubre fue el segundo disco ricotero, grabado entre agosto y septiembre del 86, justo en la mitad de la historia del género en Argentina y nueve años después de la formación de la banda (una barbaridad, piénsese por ejemplo que entre el primer y el último álbum beatle pasaron ocho años). Esto habla, por un lado, de la intensidad que se producía en los recitales (tanta que sostenía y acicateaba el sentido del proyecto) y, acaso, de las condiciones de la contracultura artística en Dictadura.
La aparición de Oktubre quedaría en la historia como el fin de la etapa más neta de Los Redonditos como vanguardia del under y su condena a la grandeza interminable (a partir de allí todos los lugares fueron quedando chicos, incluso los dos River de 2000). Hoy, un movimiento constantemente actual lo reviste como clásico. ¿Hasta cuándo habrá recuerdo de Los Redondos? ¿Siglos?

3-
Si el rock viene siendo el paradigma artístico para varias generaciones jóvenes argentinas, vale considerar que en Patricio Rey, desde 1977, el rock articulaba una máquina compuesta por “una serie de amigos con distintas necesidades expresivas” (palabras de Solari). Conjugaba artes literarias (las letras, los monologuistas), “performances”, artes plásticas y gráficas, una adoración a la danza y un tipo disfrazado de sultán, obeso, gay, que repartía entre la feligresía sus recién cocinados redonditos de ricota. Un circo dionisíaco, que concentraba un conjunto de fuerzas libres – liberadas, por un ratito, de la represión estatal.
“En medio de la Dictadura, queríamos demostrar que había vida antes de la muerte”, explicó El Mufercho, otrora presentador de la banda, a la periodista Gloria Guerrero.
Cuando nacieron Los Redondos, si se quería vivir de un modo diferente al ofical, había que juntarse y esconderse. Cualquier espacio organizado por otras reglas (Solari hablaba del “principio ordenador del placer”) debía pasar desapercibido, ocultarse bajo tierra y hasta llenarse de misterio bajo el amparo de un personaje ficticio y mágicamente misterioso como Patricio Rey.

4-
La decisión de la banda de producir todos sus proyectos en forma independiente fue, poco a poco, transformándose en una llama que atiza incesantemente su popularidad.
Las primeras dos mil copias de Gulp (editado en 1985), por ejemplo, fueron distribuidas personalmente por Carmen Castro, La Negra Poli, manager, productora ejecutiva o “ingeniera psíquica” del grupo. Ella constituyó siempre el núcleo esencial de la banda junto a su marido guitarrista Skay Beilinson y el escritor y cantor Carlos Indio Solari, los dos autores de (prácticamente) todos los temas.
En la primavera democrática, con su rock que apuntaba a mente y cuerpo, Los Redonditos y eran la contracultura de culto, marginales popularizados de boca en boca, y con la presentación de Oktubre le hace un guiño nada menos que a la dicotomía política fundamental del gran mundo exterior.

5-
La tapa, realizada por el artista platense Rocambole (Ricardo Cohen, actual vicedecano de la facultad de Bellas Artes de la UNLP), parece inspirada en Berni y en Eisenstein teñida de dark. Y dentro del librito, la letra que reza “de regreso a Oktubre, sin un estandarte de mi parte te prefiero igual” se acompaña con un dibujo de la catedral de La Plata incendiada por las masas revolucionarias.
Los Redonditos y Oktubre logran condensar lo romántico de la resistencia a la represión totalitaria y las luchas contra la injusticia, con la épica de cambiar la vida ya, sin necesitar convencer a nadie, sin conquistar voluntades, sino haciendo una fiesta con espacio para otros; como si habitaran una rayita muy finita y muy delicada entre la fuga de la sociedad y la intervención de cambiar el mundo.
Ya en 1978 el Indio cantaba: “Que un sueño acabó, ya te dijeron, pero no que todos los sueñitos, no”. ¿Cómo no van a fascinar unos tipos que hacen su cielo aquí en la tierra y dejan las puertas abiertas?
Por esas puertas entrarían luego bandas, miles y miles de bandas de pibes que nada tenían que ver con la extracción sociocultural (artística) de los integrantes del grupo. Los Redondos tendrían la flexibilidad de recibir la futbolización del rock, el paso del público a la hinchada. La cultura del aguante encontró cobijo en la autoafirmación de independencia ricotera. Pero esto era, en 1986, impredecible.

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La gigantesca trascendencia de Oktubre debe mucho a lo consistente de su propuesta visual. Demás está decir que también se debe al efecto inexplicable que tiene la música en el ser humano, en este caso finos climas de guitarras (ritmos, contrapuntos, la textura palmaria de unos rasgueos, el idálogo entre dos guitarras), el complemento despresurizador y sentimental del saxo, esa voz desgarrada que logra poner todo todo todo en esas letras.
Porque en las palabras hay también mucho del arte que, vía Patricio Rey, animó la gloria de una secta bohemia primero y afirmó luego la voz de las masas desangeladas. Con una docena de citas del Indio viven estudiantes de filosofía y rateros enfierrados.
Ninguna obra argentina (ni latinoamericana) de letras de rock ha dado tanto que hablar como la del Carlos “Indio” Solari (1949), quien ya escribía antes de formar parte de ninguna banda, y además escribe por fuera de la música (hace añares redacta su novela El sueño americano). Las letras de Solari (todas a un googleo de distancia) despliegan una gran cultura que combina eruditas citas histórico-políticas, artísticas, enciclopédicas, con un fluido lenguaje mundano; imágenes muy claras con composiciones netamente poéticas.
“Encriptadas”, se objeta, pero las alusiones, las metáforas que se pierden en su forma y abandonan el referente, más que cerrarlas les dan carácter abierto, indeterminado. Al componerse de elementos bastante universales (prisión, fiebre, demonio, dios, naufragio, gloria, dolor, nada, esclavo, film, reloj, amor, son términos de Oktubre) pero organizados de modos inusuales, las letras quedan disponibles para recibir un sentido de la lectura. Es un obra fluida, acoplable a muchas situaciones, marcos referenciales, preocupaciones, lo cual ha de haber ayudado no poco a su éxito.
Con letras de las que nunca podía “entenderse del todo qué querían decir”, pero en las que siempre era evidente que algo se decía, Solari enturbie el referente pero hace más clara la intensidad del acto enunciativo puro, del hecho mismo de decir.


Publicado en Revista Debate, y en Nacion Apache