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Sunday, March 24, 2019

Hermaxs somos todxs


No son 30mil”, dice una pared acá en Paternal. Contradice, en realidad, porque está escrita manchando una pintada previa. La derecha se define por ser reactiva (pañuelo celeste contra el verde...). Orden-sobre los cuerpos que, por naturaleza, son previos a todo orden; incluso, sí, al orden que los produce: de ahí el temor eterno del orden hacia sus cuerpos hijos. Aunque gane, la reacción corre siempre de atrás a la vida. De ahí su saña: la crueldad y la tortura son y fueron de ellos. Quienes peleaban por la revolución mataban, y esa decisión es cuestionable, discutible, pero no torturaban ni violaban, porque mataban sujetos que eran obstáculo de un deseo de vida inclusivo e igualitarista. El sadismo es el goce triste del poder: goza por su dominio, odiando porque sabe de fondo que algo siempre se le escapa, que ese cuerpo -la vida que lo atraviesa- no termina nunca de ser suyo; el sadismo busca alcanzar lo que se le escapa. Por eso el orden domina y mata pero nunca deja de temer y odiar. Temernos y odiarnos. Es simple: la desigualdad radical, la brutal concentración de la riqueza, es contraria a la física natural. Requiere violencia y violencia y violencia.
No son treinta mil, dicen y hacen síntoma: obvio que no sabemos cuántos desaparecieron, justamente porque los desaparecieron. Treinta mil es una cifra sensible, en medio del imperio del número. Un número cuya verdad no es mercantil ni burocrática ni informática. Mensurado por el dolor, es un número cuyo grito compartido hace de la tristeza, rabia, y hasta alegría de ser tantos gritando: treinta mil compañeros desaparecidos, presentes. Alegría de ser multitud presente. Treinta mil, y treinta mil, y treinta mil, presentes. En el imposible de la cuantificación burocrática, hay un espacio afectivo abierto.
Del imposible hicieron las Madres su consigna, Aparición con vida. No busca producir lo que dice, la consigna. No: produce el espacio subjetivo de su enunciación. No se sabe con exactitud cuántos desaparecieron, precisamente por lo siniestro del mecanismo genocida; pero esas Madres, con un imposible de consigna, presentifican el deseo vital de sus hijas e hijos, deseo vital que el orden torturó, violó y desapareció hasta donde pudo. Son las Madres de todos y todas los que nos sentimos interpelados por el deseo de fraternidad que el Gran Padre quiso desaparecer. La saña del orden era contra algo que portaban esos cuerpos; cuantificar esa fuerza es imposible; las Madres, con una lucidez política impresionante, evitaron organizar su dolor como propiedad privada. Así pues nos encontramos: el orden quiso desaparecer algo que no puede circunscribirse a un número exacto de cuerpos individuales, las Madres hicieron del dolor un espacio abierto a la pulsión fraterna, donde entra cualquiera, sin más requisito que la implicación afectiva. Están las Abuelas, están las Madres, están los Hijos, y hermanas y hermanos somos todxs.
Hermanas y hermanos somos todos, todos lxs quen estemos, lxs presentes; al menos un rato, al menos hoy: que sea nuestra potencia fraterna la que mida el mundo. Son treinta mil -presentes- porque somos nosotrxs -presentes-.

Wednesday, November 01, 2017

Movilizaciones que derraman: allí va el terror

Hay que leer a dónde la razón gobernante dirige su terrorismo, para entender cuáles son las líneas de fuerza más fértiles de la movilización.
"La izquierda sacrifica al cuerpo, la derecha lo exprime; el feminismo lo rescata", le escuché decir -palabras más o menos- al querido Bruno Napoli. La reivindicación feminista es una afirmación del cuerpo presente, y sus derechos inmediatos; son las potencias del cuerpo exigiendo cancha.
En movilizaciones contra el 2x1 a genocidas, y por justicia por Santiago Maldonado, también está en el centro una reivindicación de la vida, de la empatía, pero no abstracta, sino que en sí misma liga con disputas sobre vectores fundamentales del orden social (la propiedad de la tierra, la segmentación jerárquica de la población, etc).

Movilizaciones que ponen en el centro al cuerpo y sus derechos de libertad presentes, el cuerpo y todo lo que puede -potencia cuyos límites son dados por la violencia del poder-: movilizaciones cuya implicación, como me señaló Diego Skliar, no se sabe a dónde termina. A esa potencia de derrame apunta el terror.
Los reclamos contra el impuesto a las ganancias o por dos puntos porcentuales de salario, se sabe dónde terminan. El encuadre programático disputa al interior del orden; la movilización sin finalidad cerrada disputa cuál es la realidad presente. Hay una realidad de la vida que se sostiene solo si estamos movilizados, y desmintiendo, al menos un poco, que cada uno tiene su vida y ya.
¡Santiago Maldonado, presente!
Sobre estas ideas reflexiona la columna "Solo las cosas, lo demás no importa nada" que aquí dejo  (sale todos los martes trasnoche 1am; y ahora, también sale a las 14:10 los martes en La experiencia del desierto, conducido por Ezequiel Abalos en la misma sintonía: ¡gracias!).


Tuesday, October 10, 2017

Respuesta urgente (Bombardeo de pálidas, indignación catártica y fuerzas efectivas.)


Por Agustín Jerónimo Valle en conversación con Verónica Cetrángolo, Ana Paula Gerez, Lucía Scrimini y Juan del Bene.

1. Los modos de dominación son muchos y diversos, si entendemos por ellos toda operación o dispositivo que separe a las vidas comunes de sus potencias inmediatas -su capacidad de hacerse sentir en lo más hondo lo que les hace bien y mal, y de accionar según ello-. Todo lo que entristece, domina.

2. Vivimos una ofensiva de las clases dominantes pocas veces vista. Los despojos y vejaciones que realizan tienen a la dominación como condición necesaria, sí: pero la difusión mediática incesante de los despojos y vejaciones acaso sea en sí misma un vector de dominación. La cadena del desánimo, como la bautizó Pablo Katchadjan.
Los actos de vaciamientos, abusos, gigantescos negociados, violencias insensibles, desde este punto de vista, producen no solo cada uno su negocio particular, sino que también el conjunto, en cuanto tal, difundido como viento sostenido, produce un estado psicopolítico propiamente dominado. “Estoy cansada, agotada, cansada de indignarme”, decía una compañera. Ese cansancio es el botín; ese cansancio es el producto: su ánimo, su salud es el botín.

3. El diluvio semiótico permanente es condición general mediática. Pero esa condición general -de enajenación atencional- deviene herramienta política de un gobierno que usa la estrategia de atacar por once, doce o trece frentes a la vez (como explicitó el saliente ministro de Educación que hacían para “sacudir el sistema educativo”...). Y que, además, monta actos represivos menos para reprimir una fuerza materialmente amenazante, que para difundir las imágenes ejemplares de la represión; las imágenes de represión son una fuente más que nutre al permanente bombardeo de tristezas, dolores: insumos para el sostenimiento del estado de constante indignación.
Los amplios sectores de la población con sensibilidad empática o igualitarista (más o menos difusa, más o menos inocente, más o menos endeble, más o menos fundante...), quedan, como efecto del bombardeo de pálidas, en un desborde anímico; más aún, en un estado de respuesta urgente, un alerta insomne, un estrés político.

4. Un compañero estuvo días ausente de su lugar de trabajo; se había enfermado. Al volver, contestó los “qué te pasó” de rigor, con su parte sanitario: “Todo me enfermó”. Vale decir, lo enfermó el todo, lo todo. No meramente las cosas sumadas, en su contenido (específico, cualitativo, semántico) sino la escala del conjunto; el exceso cuantitativo.
Otro amigo, que se dedica a sostener y ensanchar una mirada sobre -o de- la salud, encontróse en un bar expuesto a la luz y ruido televisivos; emitían información de uno de los múltiples dolores y fuentes de odio crispado. Él no recordaba bien el caso, e inmediatamente estaba agarrando el celular -quizá lo tenía agarrado ya- para buscar... Pero frenó pensando: “no puedo estar en todo”. Una idea simple, elemental. Elemento que sin embargo suele quedar despojado de los cuerpos, traccionados por -a- lo todo. Cuerpos que caen, que enferman una y otra vez por el estrés crispado de sostener una constante respuesta de indignación catártica.

5. La catarsis era el climax del arte en tiempos de grandes formas fijas, dice Bifo: cuando el patrón es la monotonía repetitiva, cuando la dominación moldea formas subjetivas duraderas y largoplacistas, la explosión catártica es un vector de subjetivación liberadora, donde lo perimido aflora... Para nosotros, en cambio, la catarsis no es un accidente en un medio constante y fijo, sino la condición normal del medio. Es, la catarsis, condición de imposibilidad de ligadura: donde hay catarsis, no se arma nada. Solo descarga; descarga que es un momento partícipe del esquema de la saturación, y no su ruptura.
Más allá de que, ciertamente, la catarsis puede en algunos casos ser modulada por gestos o dispositivos que hagan que sí sirva para armar algo, en principio la reacción catártica expresa no más que un exceso de afecciones recibidas respecto de las posibilidades de procesamiento. Como un rebote, o una devolución bulímica de las cataratas de whatsapp, comentarios, titulares, flyers convocantes ya no se sabe a qué, a dónde, pero que no nos quede ninguna causa desatendida, ningún mal sin denunciar... Agotamiento; o mejor, crispación extenuante.
La urgencia de lo actual no es de cuño político; es de cuño mediático. Nada te ata a leer la novedad. Cuando Luca decía eso nos estaba invitando; es decir, en realidad señalaba que la novedad sí te estaba atando, aunque con una atadura virtual, no del todo real, o que al encararse, al declararse falsa, devenía irreal... (“cómo es que estás atado si nada te ata...”).
La atadura impide libertad de ligaduras. Las traba.
Algo de la agenda del bien (agenda de los buenos o brevemente buenista), entonces, tiene como efecto un distanciamiento del sujeto (de cada sujeto: individual, colectivo, etcétera) respecto de sus potencias de movilización política (es decir, de operaciones que fuercen un movimiento en el diagrama de fuerzas dado, sea en una rama de la industria, en una esquina, en un aula, en la literatura, en el sistema bancario o en el uso de los minerales subterráneos de la cordillera...).
Las ligaduras activantes (se liga como mínimo una cosa que podemos hacer con una circunstancia...) quedan atrofiadas por la indignación permanente, indignación sometida -pegoteada- a una renovación constante de su foco atencional.
Organizarnos en configuraciones -prácticas, lazos, hábitos...- que aumentan lo que podemos, es políticamente más vital que el sostenimiento -denuncista, chillón y adherente, quejoso al fin- de la extensa agenda del bien.
La importancia intrínseca de los asuntos no determina su centralidad en un mapa político, sino sus efectos inmediatos en la vida: en qué consiste concretamente la implicación -moviente- con las cosas.
Hay también una discusión implícita (una discusión operada más por los modos de vida que por discursos) sobre cuáles son nuestros problemas, tus problemas, mis problemas, etcétera. Para una política -o una politicidad- todista, nuestro problema es todo lo que esté mal.
Para una política de indiferencia, nuestros problemas no existen, solo hay mis problemas. Mi interés, mi vida, mis problemas; y el problema de cuando algo o alguien se cruza en mi camino: indignante (“sheriff, sheriff...”). Que nada moleste la propia vida y su frágil orden. Vida definida, que ya sabe sus límites -que castró la aventurilla de no saber aún todo lo que puede-.
Es cierto: darle cauce a las modestas pero sensibles operaciones que abren una zona de fuerza nueva, desordena la “propia vida”. Ejemplo básico e ínfimo: cuántos programas agendados de las “vidas propias” son desplazados para que una movilización callejera sea efectivamente multitudinal.
Para una politicidad de las potencias situadas, los problemas se definen por la capacidad de intervención. Es problema en la medida en que es umbral de exploración de alguna potencia. Es problema si podemos probar en él una fuerza.
6. Quizá por eso hayan sido tan distintas las marchas que hubo en Capital por la desaparición de Santiago Maldonado; sobre todo la primera respecto de la segunda. El día once de agosto hubo en la plaza de Mayo una concentración extraña, de baja intensidad, incluso triste. No tanto por haber sido poca gente; era un problema más cualitativo, del tipo de presencia: parecía un gran acto de presencia. Es decir, una respuesta automática. Hacemos lo que ya sabemos, que es una marcha, que es como ya sabemos...
La segunda marcha, por el mes de la desaparición de Santiago Maldonado, fue distinta. Más que acto de presencia, presencia efectiva. No solo porque esa movilización forzó al Gobierno a cambiar su estrategia para el caso Maldonado. Ese corrimiento, vale pensar, no fue tanto por la cantidad, enorme, de gente reunida, sino por el tono de esa reunión. Un tono que delataba que la reunión expresaba unas ondas que la excedían largamente. Un tono festivo. El tono de una presencia que reunía por un dolor pero no reunía en el dolor; no una reunión de indignados. (Acaso lo que “re”une es la indignación, pero una vez consumada la unión, aquella causa no es ya su esencia). La presencia misma convertía el espanto en alegría de ser muchos y lograr esa fuerza -que confronta a una gran serie de actores y tecnologías políticas del estatu quo-.
Una movilización así, que opera una conversión anímico-política semejante (dolor en rabia y rabia en alegría), ejerce una autonomía anímica, una autonomía de sentido.
Fue contra ese ánimo, contra esa potencia de movilización reunida, que se arrojó el teatro del terror, la farsa actual. Como se había arrojado a la marcha de las mujeres meses atrás; también una movilización que opera gigantescas conversiones anímico-políticas1. Y que no tiene tanto una agenda programática, una propuesta alternativa, como una serie de intolerancias y exigencias vitales (movilizaciones que señalan lo intolerable de una época). Como señala Diego Skliar, son movilizaciones que (hay que sumar acaso la marcha de los trabajadores de la economía informal reprimida en la 9 de julio), al tener modos de implicación tan vitales, abiertos (exploración de las potencias situadas...), al no limitarse a reivindicaciones programáticas (como la de la CGT o la Federal Educativa) y demás, no se sabe a dónde terminan. Su derrame es imprevisible. Son movilizaciones menos “definidas” -en el doble sentido de que no están prefigurados sus fines: ni su límite ni su última finalidad. (Pero a la vez son movilizaciones con un sentido coordinado multitudinariamente, a diferencia de las pequeñas movilizaciones que arrebatan peleítas cotidianas con los poderes de la realidad sin tampoco borde ni finalidad.)
Antes de esa marcha descomunal, en las semanas previas, la campaña de publicar mensajes diciendo “yo estoy tomando mate y leyendo el diario, ¿dónde está Santiago Maldonado?” podía causar escozor. Podía verse ahí, en ese acto realizado por ¿cientos de miles, millones de personas?, una escenificación más del sujeto espectacularizado. La autoproducción imaginal del yo; el yo esclavo y cafiolo... Pero ahí un gesto que suele participar de un sentido, participa de otro. Una operación que normalmente constituye la subjetividad “enredada”, pasa a formar parte de una configuración que vuelve posible una fuerza que no se sabía. La politización convierte en herramienta -herramentaliza- un tic masivo. El tic sirvió para multiplicar un problema -ponerlo en común- que para el orden -orden del miedo y la debilidad crispada- no era común sino propiedad de la identidad progresista. (Por otra parte: ¿fue sólo en las redes sociales donde tuvo lugar la pregunta insistente? No, la oímos en salas de espera, en los subtes, en las aulas –incluyendo, claro está, los 0-800 que, al mejor estilo Revista Para Ti en plena Dictadura, se ocuparon de denunciar la intromisión de esa “pregunta urgente para velar por la salud antipolíticade los niños en las escuelas.)
El acto político tiene base intuitiva, y se propaga por copia mutua2, no consiste en acciones de otra vida; no pasa por abandonar las tonterías o las cadenas, en pos de lo que verdaderamente hay que hacer. Más bien la politización es un viraje de tono o de sentido, leve pero altamente significativo, en las prácticas que constituyen la vida como es -como es en sus líneas de ensanchamiento.

7. Actos que por ejemplo logran liberarse de las amarras de un bombardeo de tristeza política. Un bombardeo con problemas que sitúan la atención en un campo remoto a las propias potencias (la ofensiva general de las elites), y es en sí mismo un dispositivo de dominación. La reacción prefigurada por el bombardeo, la respuesta constante, la indignación permanente, reproducen la compulsión hiperexpresiva. La reacción es isomorfa al bombardeo. Reproduce su ritmo, su frecuencia corporal. Cambiando el contenido del mensaje, prolonga la crispación permanente con centro en cosas que son más fuertes que nosotros, y, en su conjunto, ajenas a nosotros.
Atender al escenario, al medio ambiente (o ambiente mediático) indignante, es inevitable salvo si decidimos la indiferencia (y bancar la precariedad creciente de la vida), o bien si logramos atender a las profundizaciones de las potencias presentes. El cuerpo que decide que no puede estar en todo ni responder a todo es el cuerpo que está atento a los sitios donde sí puede hacer una fuerza efectiva (cortar la chorrada interminable de la pantallita y atravesar la ciudad para acoplarse a una marcha de estudiantes secundarios que se agrandan por sí solos; o sostener, dentro de una institución donde rigen directivas de no hablar del caso Maldonado, abierta la pregunta por lo que pasó y por las líneas de conexión del caso con las vidas de cualquiera).
El cuerpo todista es ansioso: rompe el aquí. El cuerpo indiferente, por su parte, ya da por completamente definida su vida -terminada, aunque falte vivenciarla...-.
El cuerpo que decide no poder todo (un vital nopodermiento, como quería Gombrowicz), queda más sano para lo que sí puede; exento de la respuesta automática puede probar sus fuerzas -y esos pequeños poderes, si les ponemos la lupa, si miramos desde ellos, desmienten el absolutismo general de la tristeza.








1Quizá las condiciones materiales sean la causa de la política, pero no son la política.

2Hay una facultad humana consistente en copiarse. Es un recurso, es un vicio, es un placer, es un vaso comunicador de información de la especie. Y la publicidad juega sucio, precisamente, ahí, en la facultad -y el placer- de copiarse.

Thursday, October 05, 2017

Cansancio, lo demás no importa nada

Columna "Solo las cosas, lo demás no importa nada", emitida en la trasnoche del martes 2/10/17 en FM La Tribu, sobre la dominación, el bombardeo de tristezas y la catarsis indignada que le es inercial. Con agradecimiento a Juan del Bene.


Wednesday, June 14, 2017

Olor a nada (crónica de la marcha macrista del 1A)



...¿Y yo? Vivo en Venezuela y Santiago del Estero, ¡soy un mártir de estos condenados!”, les decía un septuagenario cajetilla a un par de congéneres en la esquina de Bolívar y Avenida de Mayo.
Apenas saqué mi cuadernito y tomé unas notas una vieja me interceptó: “qué estás escribiendo, qué anotás ahí?”; y al toque otra “¿de dónde sos?”. A la defensiva.
Si bien había diversidad etaria y socioeconómica, claramente estaban sobrerepresentados (en relación a su cuantía en la sociedad) los adinerados (“el grueso de la gente viene de la zona norte, por las avenidas Córdoba, Santa Fe y Libertador”, dice TN en su transmisión) y, sobre todo, los ancianos. Primera minoría de ancianos: contraste rotundo con la presencia de adolescentes en el aluvión del 24 -la cantidad de gente, por otra parte, no tiene atisbo de comparación. Si el marzo igualitarista mostró que la Plaza de Mayo quedó chica para la movilización política callejera argentina, la reacción oficialista literalmente no llenó ni media Plaza.
Pero eso se debió también a que bastante gente no entró a la Plaza y se quedó en el asfalto circundante: Bolívar y las desembocaduras de Diagonal Norte y Avenida de Mayo. Hay tomas televisivas que muestran la Diagonal (la blanca; la Sur era desolación) “llena”: sucede que la gran diferencia de esta “concentración” con las habituales, es que le caben las comillas porque la gente no buscaba concentrarse como masa compacta. El flujo era más bien el de una peatonal llena, como advirtió mi amigo Rubén Mira. Se armaban núcleos, rondas de agitación cantarina, y entre esos polos de mayor densidad, la gente circulaba: alegre, charlando, filmando, asintiendo. Con mucho espacio para pasear, mucho espacio entre los cuerpos. La libre circulación es, al fin y al cabo, uno de los principales valores de los adherentes a un modo de la política que por principio general prescinde de las reuniones multitudinarias. No es gente que quiera devenir masa. Ahora se dispusieron a ensuciarse, en una nítida variación entre el primer momento de gobierno, buenaondista, y este más combativo (la confrontación como modo de acumular legitimidad política: ¿nos suena?).

Una cuarentañera orgullosa decía a una correligionaria: “¡Acá no hay olor a chori, no hay olor a nada!”
Entre sonrisas, saludos y brillos de celulares (“la nota de color en esta marcha la ponen las luces de los celulares”, también TN), la escena tenía la forma de una recepción social. En efecto, estaban siendo recibidos. Ya en el subte línea A se veía, por ejemplo: un padre, cincuenta años, ojos de joya, informal pero impecable chomba, charlaba con su hijo, de unos nueve años, rubio de toda rubiez, que le preguntaba cosas con inocencia y tono bajito: cuánto falta, dónde nos bajamos, ¿y ahí va a estar Macri?, y él, papá, le contestaba también en susurros, con prudencia hospitalaria. Dos señoras paradas justo ante mí, sexuagenarias y pacatas, cuidaban que nadie las oyera; incluso yo que estaba pegado a ellas apenas cacé frases cuando se excitaban un poco más: “¡¡Yo no puedo creer, hay gente que dice que no robó!!”.
En las inmediaciones de la plaza el panorama era otro: alegría, emoción. Se cantaba el himno, se cantaba la marcha de San Lorenzo (“aaavaaaanzael enemiiigo aa paaaaaaso reedoblaaado”), se cantaba “De-mo-cracia”, “Sí-se puede”, “Mariaeu-genia/ Mariaeu-genia” (esas tres, con el cantito que en la cancha tiene “hi-jo-deputa/hi-jo-deputa”), “Si este no es el pueblo, el pueblo dónde está” (era la que más participaba del cancionero político argentino), y alguna que otra más: el resto, todas abiertamente reactivas. Como lo que la gente decía explicando su defensa a la democracia: “El peronismo tiene que dejar gobernar”, “El peronismo arruinó la gran potencia que era Argentina”, “El que para que no cobre, y que el gobierno saque los piquetes”, etcétera. Uno se presentó así: “El principal trabajador de la Argentina soy yo: treinta y un años como mozo, nunca paré, ahora estoy jubilado. Es todo mentira lo que dicen los peronistas, a mí cuando era chico en la escuela me hacían leer libros que decían 'Eva te ama, Perón te ama', pero a mí los únicos que me quisieron fueron mi papá y mi papá, eh, digo y mi mamá”. Su hija es arquitecta y decía: “¡Yo hace doce días voy a trabajar! ¡Basta de paros, hay que laburar! ¡Y el que para, no puede ser que interrumpa a los demás! Y el que quiere ser zurdo, yo no tengo problema, ¡¡pero que viva como zurdo!!, estoy podrida de los que hablan como zurdos y se van de viaje a Miami y tiene un celular espectacular”. “Al único zurdo que respeto -la apoyó el padre- es al Che, ese murió por lo que pensaba”.

Dos canciones reveladoras, en tandem (ambas con la misma melodía de insulto al referí), fueron: “¡¡No-al-paro/ No-al-paro!!”. Desataba fervor. Más aún la que le siguió de inmediato: “¡¡El seis a labu-rar!!/ ¡¡El seis a labu-rar!!”, que a varios enloquecía; recuerdo en particular una chica totalmente desatada, en éxtasis de alegría y furia, como púber ante su estrella, como intensamente encontrada con lo verdadero.

La estrella acá era una moral: que todos hagan sin más lo que deben. Nadie proteste. Que la realidad económica se naturalice, y no sea interferida. Es un sueño anti-político y por eso el valor “democracia” consiste en que los que jamás se implican en lo político puedan también ocupar la plaza política (que, claro, incluye la pantalla: “la marcha fue un éxito porque fue suficiente gente como para armar la cobertura mediática”, señala también Mira).
República”, “democracia”, “Argentina”, las pocas afirmaciones que acompañan a la unánime cohesión reactiva (“¡¡No vuelven más!!!” fue por muy lejos el hit), son nombres de un grado de abstracción elevadísimo, que sirven para evadir afirmaciones más específicas. No obstante esta plaza logra, “para sí”, asociar lo políticamente “neutro” (apartidario, independiente, libre, etc, etc) a una política que en rigor es extremista: la negación plena a las luchas sociales (como dice Diego Sztulwuark, atribuyéndoles causa patológica o criminal).
Jamás se ha visto, arriesgo, la voz del patrón afirmada tan literalmente por un encuentro sin líder presente. Dios Capataz debía estar echado en un sillón viendo la escena por tele, birra en mano y el látigo enrollado muy tranquilo a un costado, relajado y sonriendo. Era la polución nocturna del amo.
Por eso la cantidad moderada de la multitud propietarista no debe ser subestimada. Cierto que eran mucho más cuando la Mesa de Enlace hizo su acto en el Monumento a los españoles. Y los que secundaron a Blumberg en el Congreso. Y a “los fiscales” hace un par de años. Sin embargo ahora la antipolítica politizada avanzó en su prescindencia de referentes organizacionales unívocos. Y llegar a reunir, sin máquina de convocatoria explícita, una pequeña multitud que defienda el ajuste y el modelo de los grandes capitales concentrados, es un hecho cuya magnitud supera con creces a la cantidad de gente que reúne.

A nosotros no nos mandan”: es la fantasía perfecta de quienes encarnan la óptica patronal y propietaria. Muchos llanamente lo son: los dueños de las cosas. Pero también ellos son mandados por su temor. ¿Y los no dueños? A los laburantes la pax propietaria ofrece al fin y al cabo una vida. Una vida ajustada pero “tranquila” (sin estar recordando todo el tiempo la injusticia y el conflicto, sin chorros ni piqueteres...). Sin peronismo, entendido como la voz degenerada de los trabajadores organizados. La negación de la voluntad ajena (“los traen...”) puede ser el síntoma de un conflicto en la naturaleza de la propia voluntad, cuando la plaza de los que se sienten “no mandados” grita las consignas del patrón: lo que más afirma la plaza de los que se sienten no mandados, es el mando. Pero claro: el mando mediatizado no es percibido como tal.

¡Es un dedo en el culo la Cristina, un dedo en el culo!”, otra perlita al pasar. Esta cohesión de sentido propietarista tiene en su centro al kirchnerismo: esta plaza es su herencia, y no solo por sus políticas democratizantes e inclusivas. También por su modelo de acumulación política. Lo cual es un problema complejo, una de cuyas muchas aristas es la estigmatización del 2001, convertido de revuelta en mera crisis: esa conversión es uno de los argumentos por los que es comprensible que millones de vidas sientan que mejor seguridad desigual que lucha y conflicto. Ahora y mirando octubre los compañeros sopesan que “ain Cristina no se puede y con ella no alcanza”. Más que “no alcanza”, la kirchnerización de la resistencia fortalece las bases crispadas que pusieron al gato en la rosada. En cambio, en el 1A se cantó muy poco, casi nada por Macri; más por Vidal; y Clarín le da un palo diario al presidente... Las fuerzas conservadoras prescinden de personalismos y eso les facilita constituirse como el sentido común y la obviedad: la realidad del mercado como la única verdad.

Friday, May 26, 2017

Derecho a la empatía (de qué son bandera los pañuelos blancos)

Escrito en base a una conversación con Verónica Cetrángolo, Juan del Bene, Jerónimo Liñán, Lucía Scrimini y Rubén Mira.

1. Por qué esto, y qué se afirma

¿Por qué el 2x1 a genocidas encontró una reacción en contra tan impresionante? ¿Y qué se afirma en ese rechazo? ¿Qué se juega en ese consenso, virtualmente unánime, de que entre tanto palazo gubernamental -y vital-, este no podíamos dejarlo pasar? En la plaza había gente muy distinta entre sí (“¡capaz alguno que agitaba el pañuelo votó a Macri!”), pero eso no es tan importante como entender qué dimensión de valor es común entre aquellos juntos mas no revueltos. No importa tanto quiénes fueron, sino qué de lo común sensible sostuvo como intolerable que los torturadores murieran libres. 
2 ...si ya nos venían pegando abajo.

Ciertamente el Gobierno viene aplicando políticas de drástica gravedad desde que asumió; en sus primerísimos días, entre la quita de retenciones y la devaluación, multiplicó la renta de la oligarquía en proporciones y celeridad acaso nunca gozadas por los dueños de la tierra. Y desde entonces, mientras agigantó la deuda externa, implementó muchísimas medidas con impacto palpable en la materialidad cotidiana de las vidas:  los tarifazos, los aumentos en transporte y peajes, la suspensión de paritarias, los despidos, la recesión con inflación, la eliminación de trabas para la importación de manufacturas. Etcétera. Son medidas que afectan de manera mucho más inapelable la vida “de cada uno”. Sensibles y dañinas para la vida concreta; para una cierta concepción de la vida, la vida concebida en el plano de la Realidad, lo que se reclama como “mundo real”: mercantilismo y “liberalismo existencial”. El orden económico-político de la privacidad. La Realidad nos dice: más allá de lo que te guste pensar sobre vos y la vida, más allá de fantasías, opiniones y ensueños, bajo apuro vos no sos ni más ni menos que una realidad económico-privada. (En efecto, la Realidad nos apura, alta y cotidiana apurada).
3 ...y esto no tocaba la vida de “cada uno”.

El 2x1 no toca nada del relato prosaico y seco de “la vida de cada uno”. “Si viajo en un bondi y se sube Muiña, no lo reconozco”. Pero la movilización no fue moral, ni adhesión opinológica. Al fin y al cabo derrotamos -en esa bola- a un acuerdo compuesto por el PEN, la Corte, la Iglesia, las FFAA, parte sustancial de la corporación de prensa... El vínculo con la reposición de la impunidad para los genocidas es sensible, no es moral. Una prueba -aunque sé que no le hace falta, lector- es la velocidad, lo rápido con que se multiplicó la movilización. No se construyó la convocatoria: se lanzó y todos supimos que ya estábamos ahí (casi que se señaló). De hecho, tuvo relativamente escasa difusión por parte grandes medios; tuvo algo de clandestinidad masiva (dimensión de existencia en las vidas multitudinales que no es visible salvo cuando se corporiza. La clandestinidad masiva, por cierto, existe en las antípodas del regimen de la Realidad corporacionista, donde solo gozan de reconocimiento de existencia los cuerpos con algún grado de corporativización).

La multitud de “cada unos” que se juntó -o se mostró junta- en la plaza, expresa una dimensión de la vida tocada por el intento de reponer la impunidad a los genocidas, que no coincide con la verdad mercantil sobre la vida. Una dimensión que no coincide con los grandes aparatos de individuación, que resiste a la codificación mediática de nuestra presencia. Una dimensión excesiva respecto del liberalismo existencial.

Habría que pensar: cómo es que las luchas en planos de la vida que forman más parte de la Realidad mercantil corporativa (como los ajustes de salario, nada menos), venimos perdiendo, mientras que cuando toca moverse por algo que no responde a cálculos individualistas de subjetividad empresarializada, triunfamos.
4. Propietarismo existencial (uno tiene su vida, tiene)

El triunfo del liberalismo existencial (plantea el libro El llamamiento, del “Comité invisible”, editado localmente por Folía) es el hecho político fundamental de las últimas generaciones, aunque ha pasado desapercibido como suceso, y consiste, simple y llanamente, en la evidencia naturalizada de que cada uno tiene su vida. Una complejísima construcción histórica, de larga genealogía, ha elaborado esta segmentación privatizante de la vida, ¿no? Una maravilla.
Cada uno tiene su vida, y vos lo sabés.

Veamos tanto el “cada uno” como el “tener”. “Cada uno”: la vida, la concepción práctica de la vida, la vida como producto histórico-político, se funda en yo y no en nosotros (y nosotros era fundante de la subjetividad no sólo en vastas versiones de la humanidad, sino que también es el sustrato en que abreva cada vida naciente). En todo estás vos, y vos sos uno, propiamente único. Pero además, cada uno tiene su vida, la tiene. Es decir que el sujeto es previo a su vida, a la vida: es y tiene, existe el sujeto y tiene su vida. Es, por tanto, su guardián. La vida como propiedad, como mercancía -la vida como valor de cambio-. Propietarismo existencial.

La subjetividad de “uno” que tiene su vida prefigura al sujeto como vigilante de ese bien, como maquillador de esa criatura, pero también como capataz, proxeneta de su vida (así le escuché decir  a Lobo Suelto)...

En la antigua Roma, contaba Ignacio Lewowicz, lo “privado” designaba no afirmativamente lo que es de alguien, sino lo que queda privado para la comunidad. Una tierra privada no es tanto algo de alguien, sino algo que no es de todos. La vida privada -el premio occidental- es menos la vida de uno que el nombre de la enajenación de la vida de cada cuerpo respecto de la sensibilidad común. 
5. Madres amigas

El liberalismo existencial es el bioma en que vivimos como parte, en el bondi, en la sala de espera para el estudio médico, en los bares, todos saben. Pocas cosas lo desmienten: la reacción contra el 2x1 es una de ellas. Algo que no concierne a “tus cosas” tocó un lugar común sensible. (Un lugar que demostró, además, no sólo alta potencia política sino independencia del kirchnerismo. Las organizaciones kas estaban como uno más, no dieron ellas el tono).

Cuando vi por la tele que les estaban pegando a las Madres de Plaza de mayo, no lo dudé ni un segundo y salí a pelear”. Así decía un amigo al contar cómo vivió el veinte de diciembre del dos mil uno. Un amigo, propiamente, si, como le escuché decir a Silvia Duschatzky, un amigo es quien te saca de tu egoísmo.

El egoísmo, en el régimen del liberalismo existencial, es destinal. El viento de lo dado produce egoísmo. Hay composiciones, encuentros y alianzas por cálculos egoístas, por supuesto; dicho esto sin juicio moral. Liberalismo existencial: soledad saturada, soledad enajenada, pero soledad: no compartir los problemas, no compartir efectiva y afectivamente los problemas, y las alegrías (compañero: con quien se comparte el pan).

Se vio también el año pasado, cuando el Gobierno (no recuerdo si un juez o fiscal, activamente partícipe de la política gobernante) intentó detener a Hebe de Bonafini. En cuestión de horas, una banda de cuerpos se apersonó, para mostrar la densidad colectiva de ese cuerpo de Madre: cuerpo no detenible. No era un simple cuerpo de la Realidad. Algo de esas Madres, y lo que portan, es la médula de lo no domeñado de la vida local. No es un cuerpo sin más, es un cuerpo con más: es más que único. Ellas nos sacan de nuestro egoísmo; ellas son las amigas; son un fundamental principio de amistad política en Argentina.
6. Puesta en nosotros

¿Viniste? ¿Dónde estás? ¿Nos encontramos? Incontables mensajes cruzaban, ese miércoles, nuestra vivísima inmaterialidad, dulce enjambre no siempre empalagoso. Pero combinar encuentros era  casi imposible: el lugar, la plaza primordial de la Argentina y su extenso derredor, estaba disuelto como espacio trazable por la voluntad individual. La magnitud de la voluntad colectiva fundía a los cálculos personales. “No te podías encontrar con quienes querías, pero en ningún momento te sentías solo”. Juntura, complicidad, estar en confianza. “Y en otras situaciones masivas podés sentirte más solo que en soledad”.         
En el bondi, yendo, se convenía logística con cualquiera (dónde bajar, por dónde agarra chofer, etc), sin necesidad de explicitar que se estaba yendo al mismo lugar. Porque ya se estaba en el mismo lugar. En la pizzería posterior se hablaba animadamente con cualquiera, se regalaban cervezas... Una atmósfera sensiblemente distinta -especial- tomaba esos lugares consabidos. Un ambiente donde los guiños y los gestos tenían entendimiento inmediato; un lugar donde cualquiera podía asumir que éramos nosotros. La ajenidad mutua estaba aminorada. Mucho más aminorada que en otras marchas donde también se da (esa nosotrificación, puesta en nosotros). Incluso hasta la del 24, donde, un poco más que en esta, “cada uno iba desde su lugar”. Acá más bien se había tocado un lugar común donde ya estábamos. 
7. Pañuelos, banderas blancas

Es el nosotros, más que un partido, quien puede ponerle cotos al neofascismo simpático, al propietarismo, al garquismo, a la Realidad corporacionista, a la subjetividad pura del capital.... Los partidos valen si vehiculizan potencia nosótrica. Pero el partido, de por sí, es subjetividad política del orden de la Realidad, y acaso abroquele al fascismo, pero lo crispa, le da blanco para su reacción... El nosotros lo deja solo, y no se muestra tan fácil de golpear: los líderes, y los “puntos sólidos” en general, tienen una incidencia sustancialmente menor en el nosotros -esto, claro, hace también a su fragilidad-. La Realidad niega al nosotros, en “el mundo Real” no existe (hasta a las más consistentes organizaciones nosótricas puede leérselas, con mirada violenta, buscando por qué cálculos existen).

Es que el nosotros no sacraliza nombres propios. “Madres de plaza de mayo”, por ejemplo, no es un nombre propio (es una designación, o mejor aún: un señalamiento que nomina). La política centrada en los nombres propios es parte del propietarismo existencial. Las Madres no: sus pañuelos blancos, esos pañuelos cuyo dibujo tiene algo de nido, de espacio albergante, esos pañuelos blancos de las Madres fueron, el miércoles de la marcha, banderas blancas. Banderas blancas que llevan nombres, claro que sí: en tu corazón.
8. Nombres propios en tu agitación

Cuarenta días antes, había habido una movilización en defensa de la privacidad de las vidas, de los que quieren reglas claras del capitalismo sin más (“estar tranquilo”). Una marcha para limpiar de impurezas el liberalismo existencial (“quiero romperme el orto tranquilo sin que nadie me rompa las pelotas”, que la vejación sea desde atrás así puedo sostener la ilusión autogestiva de vida libre...). La diferencia icónica entre ambas movilizaciones es radical. El 1A, lejos de banderas blancas llenas de decisiones sensibles, ofrecía una saturación de símbolos patrios. Se agitaban banderas, vestían remeras, se portaban gorros celeste y blancos, se cantaba el himno, se alentaba al nombre del país; hasta la marcha de San Lorenzo cantaban, corderitos de dios... Acaso había más productos albicelestes que personas; la saturación era indudablemente síntoma de una desesperación, o, al menos, de una tapadera: evitaban  preguntarse con un mínimo de profundidad qué tenían de común los presentes. Los símbolos patrios, despojados de toda experiencia sensible de fraternidad, son un aglutinador abstracto, general, sin sujeto vivo (con sujetos que lo que ponen es una representación de sí). Así usados, los símbolos patrios son placebos de comunalidad. El placebo de comunalidad propio del liberalismo existencial. 
9. Aglutinadores “viruseros”

Cuenta Rubén Mira que Mariátegui planteaba que es más difícil distinguir a un comunista de un fascista que de un liberal, porque es más difícil distinguir entre dos personas con valores que entre una con y una que se desentiende de afirmar abiertamente... Pero una diferencia sustancial está en que el comunista afirma la semejanza universal, afirma la igualdad de todos los hombres (varones y mujeres...), mientras que el “nosotros” fascista siempre es excluyente. De hecho, la declamación nacionalista del 1A, por su insistencia, por su barroca repetición, hasta por lo rebuscado de sus recursos (¡la Marcha de san lorenzo, por Alá!) es xenófoba.

(Los aglutinadores de identificación colectiva placébicos, tienen algo burroughsiano: lo que decimos como si fuera propio pero es una entidad externa introyectada y animándonos, como el virus del lenguaje...).
10. Crueldad, asesinato y semejanza

El liberalismo existencial es componible con estos aglutinadores de colectividad placébica y virusera. Ambos implican una negación del principio general de semejanza, del principio de igualdad. De la fraternidad.

Lo cual invita a ver otra diferencia entre un comunista y un fascista, pensando en nuestra historia: la aplicación de tormentos, la violación como regla, el robo de bebés, el arrojo cotidiano de cuerpos al mar, en fin, la crueldad, es propia del fascismo. Eso que se llama extrañamente inhumanidad.

La tortura por supuesto implica un cierto reconocimiento al otro; la saña reconoce que hay alguien... pero crueldad (¡lejos de limitarse a una función informacional!) es una técnica de producción de desemejanza. Niega activamente la forma humana; reconoce en la negación la humanidad. Los actos llamados inhumanos no es que no sean humanos (de hecho desde cierto punto de vista lo son mucho más que comer o coger, prácticas animales...), sino que buscan negar la condición humana -es decir semejante- de un cuerpo.  

Matar no implica por sí una negación de la semejanza. El pelotón de fusilamento, por caso y como muchos recordarán, tiene como función disminuir la carga conciencial de haber matado (evitar concebirse como asesino), ya que no puede establecerse qué bala mató... Por eso los asesinatos de los guerrilleros no son crímenes de lesa humanidad: son atentados contra la vida de las víctimas (y contra su posición), pero no contra la humanidad que hay en ellas en cuanto tal. No niegan su condición humana. 
11. Desaparecidos, número hermano

Un argumento difícil. No se sabe cuántos son los desaparecidos. Son tretina mil, claro: es un número fundado en una contundente verdad del alma. Ahí tenemos una verdad -común, multitudinal- que resiste al vil orden de la Realidad. Porque la exigencia de que “muestren la lista de los 30 mil” es una exigencia del imperio de la Realidad, propia de la racionalidad donde papers con números son la realidad verdadera.

No se sabe con exactitud inapelable cuántos son porque su destino fue la desaparición. El número es no-precisable por la atrocidad de no dejar cadáver. Ni contar los muertos nos dejaron. Y ahora, con redoblada crueldad, niegan el número que surge de la impresión de las víctimas. Hijos de yuta -no parecen hijos de madres (el texto donde habla la hija de Etchecolaz -ella no Etchecolaz-, cuenta que la madre quiso rajar con los dos hijos; la madre quería huir del horror. De la crueldad. No era suya.)

No se sabe cuál es el borde preciso del conjunto de muertos; el conjunto no tiene un nombre propio preciso. Es un conjunto abierto. Por eso entramos cualquiera. Es un espacio nosótrico sin propiedad. El espacio de los derechos humanos es el espacio de un conjunto abierto de hijos faltantes, que nos instituye como hermanos. Hermanos maternizados. Por eso “no es una reivindicación, sino el espacio sensible donde pueden fundarse todas las reivindicaciones”, como señaló Diego Sztulwark.
12. Cómo es posible el mal (qué produce...)

El torturador, que busca negar que los cuerpos combatientes están animados por la humanidad común, repone el viejo e inagotable misterio del mal. ¿Cómo es posible el mal? ¿Cómo es posible el goce en la aplicación de tormentos, en la negación de la humanidad a los cadáveres? ¿Para qué sirve el mal, qué sirve, qué da, qué produce? Lo dicho: para la tortura es necesaria una cancelación de la empatía. Es necesario que la jeta del otro no diga no matarás. Es necesario negar que estamos hechos de lo mismo (y por lo tanto podríamos componernos...). Esta negación es condición de posibilidad de la crueldad, y, a la vez, es producida por la crueldad. Pero la afinidad electiva entre crueldad y capitalismo es, en realidad, evidente, en este día, y cada día.
13. Movilización del derecho a la empatía

La indiferencia es también una exigencia de la vida contemporánea. Una de las “operaciones necesarias para habitar -o tolerar- las circunstancias” (como definía Lewkowicz la subjetividad) de la vida en Monstruópolis. La vida práctica en el mercado laboral, en el mercado de consumo, en la calle, en la noche, en las redes sociales, la vida en la ansiedad, en rendimentismo y el cagazo, requiere de grandes bajones de la empatía (algo así decía también Rita Segato para explicar las violaciones y femicidios).

Con la empatía reglando -con reglas empáticas- no se podría vivir en el orden de la Realidad.

La empatía herida, la herida empática, es un dolor esencial en la vida contemporánea. Un trago que embuchamos antes de empezar el día, antes de despertar, antes de soñar. La ajenización mutua de las vidas. Que es condición de la carrera del Valor. Su techo anímico, también. Ese dolor es un dolor común. Ese dolor es el que fue tocado por el intento de reposición de la impunidad a los genocidas, al genocidio, a la tortura y la crueldad.

El rechazo al 2x1 implica una afirmación: la afirmación de la empatía como potencia.

La defensa de un umbral mínimo de empatía, de un cierto grado de la semejanza que resiste; de un cuántum mínimo de comunalidad que aguanta: en esto consistió la puesta en nosotros, la movilización de la multitud. Nos tocaron allí, en ese frágil y ajustado estrato a donde sin necesidad de ser idénticos, somos nosotros. ¿Qué más puede, este deseo empático? ¿Qué fronteras activas y potencialmente crecientes tiene su sensibilidad?

Friday, February 24, 2017

Ricos Divinos


Triangulitos, globos y pesos

El triangulito de “play” es el logo de iniciático del riquismo actual: acción hacia adelante con un click. Sin rostros, ni escudos ni banderas, sin historia ni sellos singulares, ese triangulito fue desde el vamos la síntesis de una estética corporativo-moderna, con camisas de colores y sin corbatas, con elegantes arrugas de after office, con blancas caras sonrientes y tersas, con sentido claro e inequívoco: para delante. Una estética que podría ser extraída y reubicada en cualquier lugar del planeta (en un click), estética de actualización sin marcas de argentinidad, porque lo argentino como tal fue desde su inicio algo externo: materia a ser gestionada.
Ni bien empezó a ganar, a creerse su fortaleza, el riquismo se munió de globos. Muchos globos: entronización de lo ingrávido. Cuerpos de pura superficie, lisa, tersa y pujante. Colores inequívocos y llenos de un aire mas liviano que el aire. Símbolo de la algarabía riquista, de su modelo de felicidad, son cuerpos brillantes, simples y monocrómicos que se elevan por las simples leyes de su naturaleza.

Esa estética incorpórea no es inocente: se opone a la densidad característica del peronismo, al peso característico del peronismo. El peronismo es la masa. Por cierto, es por su esencial pesadez que resultó un orgullo meritorio ser un movimiento.

No solo respecto del peronismo se efectúa esta “liberación de lo pesado”, claro está. También se ofrece como superación generacional del partido militar. Hecho de fierros, botas estruendosas y duros galardones, el modelo de orden del partido militar estaba centrado en lo corporal (centraba en los cuerpos justamente en la misma medida en que los odiaba por ser anteriores, por naturaleza, a la disciplina y guardar siempre la amenaza de una memoria de esa salvajía).
El radicalismo, por su parte, visto desde este “cambio”, también queda asociado a la necesidad de masas: por supuesto Yrigoyen, y en la edad contemporánea Alfonsín ganó y fue importante porque alcanzó nivel de masa (y su hora más entrañable, aquel discurso en la Sociedad Rural, fue la de un cuerpo con aguante). Pero la masa no era parte de la esencia radical; su esencia era la razón legalista y republicana. Por eso pueden guardar orgullo por Illia, el presidente de la masa proscrita; por eso, también, Alfonsín ante los carapintadas apeló al dialoguismo y mandó la masa a la casa. Y esa abstracción, la razón legalista y republicana, es más afín a la ingravidez del nuevo riquismo: por eso resultaron aliables.
Pero lo pesado, lo rebosante de masa, es sobre todo el peronismo. No sólo el del 45, también su paisaje reciente, desde los “gordos” hasta Néstor, qué lindo Néstor cuando inauguró su investidura rompiéndose la frente porque la asunción debía consumarse en el tumulto corporal. Néstor del desaliño, de la “fealdad” afirmada: rechazo al canon del Espectáculo... También, antes, el Turco con su cara peluda -que no le duró mucho-. Carlitos Jr, dicho sea de paso, se jugaba la vida en “deportes” de alto riesgo (máquinas sin más), cuyo sentido precisamente es conjurar la pesadez del cuerpo.
(¿Y será por esta inherente pesadez que la CGT logra, a un año del gobierno que operó una escandalosa transferencia de recursos de los trabajadores a los propietarios, evitar la huelga general, amparada en parte en lo complejo de movilizar el aparato, mientras que, en contraste, el movimiento Evita, íntimo del Espíritu católico, tiene un dinamismo incomparablemente mayor?)
El último y más estrepitoso peso peronista fue el pobre (es un decir) José López, luchando contra bolsos henchidas de billetes tan abultados que debían pesar como madera (los “palos”)... hasta de la liquidez hacen algo sólido los peronistas, pobre López con sus brazos y cintura estallados, apurado para deshacerse de ese peso muerto, arrojándolo a la égida monacal, a zona de Dios, de espíritu: allí donde el cuerpo se disimula, considerado efímera fatalidad...
Pero la inteligencia se llama así porque opera en el terreno de los cuerpos borrando el suyo propio. La inteligencia es una interface entre la política abstracta y la ineludible corporalidad. Y sonó López, como buen peso macizo que es. Un globo, en cambio, si suena hace ¡pam!, pero dura un tris (un click), y no deja cadáver casi: parece mentira que ocupaba espacio.



Adiós a las plazas

Con sus globos y sus millones de dólares virtuales off-shore, ingrávidos e higiénicos, el riquismo vuela por encima de este pesado barro de pesos argentinos.
Porque no es que no llena plazas, sino que no necesita llenar plazas; ni te pide que vayas a una plaza: te ofrecen política sin plazas (esto se lo escuché señalar a Ariel Pennisi). Sin plazas, sin ni gritos, sin papeles (ni boletas siquiera, para votar sin ensuciarse, sin perder tiempo contando papeles como López), sin banderas...
Al cuerpo cansado de que la política implique cuerpo y que el cuerpo implique política, interpeló la inteligencia riquista.
Por supuesto que el Pro opera en la materia y aprendió pragmatismo territorial del peronismo y hay que poder señalar las tramas territoriales de sus negocios y dominación... Pero su paisaje imaginal (que cumple la función del “relato”) ofrece esta emancipación del cuerpo pesado.
Supo leer el tono de los cuerpos -un tono en cierto sentido anticorporalista de los cuerpos, cuerpos mediatizados, que se conciben a sí mismos como un medio para otra cosa: algo que vendrá después del play.
Cuerpos mediatizados, que se conciben a sí mismos como medios para otra cosa; como, por poner un ejemplo de muchos posibles, las tetas de silicona por motivos estéticos: meterse a un quirófano y lacerar al cuerpo para que rinda mejor en el mercado del deseo, perdiendo sensibilidad erógena incluso, para que se ajuste a un ideal abstracto, en relación al cual es deficitario, para que presente otras leyes que las suyas propias -Basta imaginar los implantes ahí, solitos, permaneciendo durante siglos en la tierra con la que el cuerpo hace rato se asimiló.

La mediatización de los cuerpos, de las vidas (de genealogía larga y compleja, entre el cielo, el dinero, el Espectáculo, las TICs...), también es causa del triunfo -preelectoral- macrista. Las cosas valoradas por su capacidad de cambiarse por otras (las cosas como un medio), los cuerpos sentidos como obstáculo para la plenitud tersa y brillante, obstáculo para que la vida sea como parece que es más allá (un más allá que ahora parece estar acá nomás, a un click). Plenitud en la que ni siquiera hace falta “creer” -discursiva, ideológicamente- para que valga la pena y traccione. Vale sacrificios. De una vida ajena, del tiempo propio, del gusto... sobre todo de la vida como potencia genérica, es decir, como potencia de inventar modos del valor experiencial -que la experiencia funde valores.
Cuanto más sacrificio, más cumplimos el deber; el deber, la condición deudora, también mediatiza al cuerpo: lo somete a ser medio de cumplimento de lo debido.

Es clave lo que dijo el intelectual estrella del riquismo (supuesto seguidor, por cierto, del filósofo que fustigó al “espíritu de la pesadez”): “no haremos grandes festejos por el bicentenario de la independencia porque no hay que excitar moralmente en exceso a la sociedad”. No hay que encender algo imprevisible en los cuerpos, ni siquiera en una fiesta consumible; no ponerlos en estado de masa. Mejor así: globos, pantallas y virtualidad; hacé zapping, navegá, charlá en forma constante, trabajá, comprá, emprendé o bancá la que te toca, sé feliz con tu vida como es, cumpliendo tu parte, respirá, quedate tranquilo...
Si aguien te roba, matalo y quedate tranquilo en tu casa. Ningún cuerpo debe molestar.


Hacer obvio

Ni te piden que vayas a una plaza y de las plazas importantes se ocupan ellos. Arman “equipo” para Hacer -hay que recordar que la H de “hacer” fue también logo primordial del Gobierno porteño. Hacer, hacer, hacer en sí. Hacer como bandera, como si “hacer” fuera algo abstraído de los qués y por lo tanto de los por qués, de los motivos, de los sentidos; en fin, de la política. Hacendosismo abstraído de los criterios cualitativos de valoración.

El Hacer de la política mediatizada es obvio.

Por eso el ideal de democracia participativa del riquismo se limita a las votaciones ciudadanas por internet: se llega al “momento democrático” cuando solo restan clicks opinadores (esto se lo sentí a Rubén Mira). Por eso, también, insisten en “dejar los discursos y dedicarse a la acción”, y Macri ni necesita saber hablar (ni Macri ni Marcos Peña... quizá un poquito más Vidal: monja secular). Por eso, también, Macri the cat baila de manera tan aparatosa, tan trillada (es al baile lo que un emoticón a las emociones), como animador voluntarioso de fiesta programada, espanto de baile, toda idea de improvisación reducida a copia de coreografías enlatadas, un baile que consume formatos. No baila, hace un bailecito, un bailecito aparato cuya naturaleza es la imitabilidad, un bailecito propio del voluntarismo buenaondista emprendedor para el que ser feliz es llanamente cuestión de decisión.

Y es también porque el hacendosismo es obvio, y prescinde de la experiencia sensible, que tiene pleno sentido que el gobierno tenga muchos funcionarios que no tienen procedencia alguna del área que gestionan; no solo el rabi Bergman: muchos CEOs que, por caso, vienen de una tabacalera y ahora gestionan una subsecretaria de la Dirección de Escuela Secundaria: gente capaz de hacer, gente que sabe gerenciar.

El nuevo riquismo mediatista consiente la existencia de los cuerpos como agentes ejecutores (cada uno su parte para hacer la empanada), pero los fustiga como entes de experiencia, es decir, como creadores de valores y de verdad en el interior de sus prácticas. Los niega como creadores ignorantes y refutadores de toda moral programática. Fustiga los cuerpos, pues, en tanto habitantes plenos del presente: deben Hacer, no detenerse a pensar, sentir, decidir...
En tanto habitantes del presente (del mientras tanto), los cuerpos tienen futuro porque lo emanan, lo secretan; pero no corren para “avanzar” hacia al un futuro al que deban “llegar”. No hay donde llegar, hermanos, lo sabemos: y ese saber funda un régimen de ignorancia vital. Los cuerpos en su perfección, ignorantes -insisto- del paisaje espectacular del deber ser, son, para la política mediatizada, una existencia vergonzante y enemiga.
En el orden riquista los cuerpos se dedican a lo obvio, a que el presente -se- rinda a lo mediato.
Y nada tienen que ver con lo político: su potencia crítica -en el sentido de elaborar y decidir criterios- queda mediatizada: los que saben son otros.

A esos cuerpos que tienen su pensamiento y politicidad mediatizada es a los que en la ciudad capital se les dice (imperativamente) “terraceá, jugá, morfá, disfrutá”. Por supuesto, en la preparación de esta mediatización jugó un rol muy importante el kirchnerismo, con un modelo donde politizarse era “militar” como “soldado” de “la jefa”. Y sobre todo, con la inversión por la cual la multitud cuya revuelta había puesto las condiciones que luego fueron bien leídas y convertidas en agenda de gobierno, se convirtió en “empoderada” (partícipe pasiva) por la instancia gubernamental. (Esto, por supuesto, aparte de su histórica contribución a la subjetividad neoliberal del consumidor con derechos, sin obligaciones, sin garantías tampoco, quejoso y asustado, que fue el que finalmente lo derrotó en las urnas...). Un modelo de politización donde se asume que la política la deciden otros y la masa acompaña, ejecuta, sostiene, es comprensible que termine vencido por una muchedumbre que, cansada de la verba enaltecida de la militancia, prefiera darle click a un cambio de pantalla.


Saber de Ceos, razón neutral

Pero volviendo -porque algo cambió-: el riquismo presenta su práctica como un Hacer obvio (negando así la idea de discusión y de conflicto), que al menos sí hacía explícita el kirchnerismo). Las únicas cualidades son la cantidad y la velocidad. Para criterios y decisiones, los que saben son otros, que no saben en tanto cuerpos, saben porque poseen un saber de otro orden -el saber gerencial.
El saber gerencial ha conquistado la neutralidad de nuestro tiempo, la razón pura del neocapitalismo, y se presenta como mediador entre la impureza actual (que tiene grasosa masa por todos lados) y la “desigualdad segura” que ofrece como orden luminoso.

Si un siglo y pico atrás la totalidad del gabinete de ministros pudo componerse de médicos, porque -ante el terror de las pestes- la racionalidad neutra era biológico-médica; si en el comienzo de la independencia argentina el pensamiento ordenador/constituyente por excelencia era el marcial; si más tarde para todo puesto estaba bien un doctor en Leyes, hoy la racionalidad suprema, obvia, es la gerencial. Una razón superior a -y por tanto exenta de- la conflictividad inherente a la experiencia.

Esto comienza por supuesto (constantemente comienza) con la empresarialización de la subjetividad (los lectores de Foucault son imprescindibles acá), y su sujeto ideal es el “emprendedor”, promovido por el riquismo mediatista. El emprendedor es la figura perfecta para la naturalización de la desigualdad: el que no progresa es porque no tuvo iniciativa, no se lanzó al éxito. Los que no “emprenden” se definen por ser no-emprendedores... (Esto se lo escuché señalar a Diego Caramés).

Ante el gran conflicto del mundo, saber de CEOS. Saber de otros. Lo que se redobla es la asunción general, multitudinaria, de que hay una clase de especialistas en organizar la cosa -que la cosa se gestiona, y no que la gestamos.
Es un saber que no abreva en una ligadura orgánica con las cosas, sino en la posesión de un saber abastracto, igualmente válido para la materia que sea. Es por eso que pueden decir perfectamente “mala mía” o “estamos aprendiendo”: la materia no es lo suyo. Lo suyo es un saber que presume saber en general sobre la materia y la vida más que la materia y la vida (sucias, conflictivas...). Al gerente le toma un tiempo, tan solo, optimizar su gestión en la materia que le asignan.
Porque la materia misma, la cosa misma, necesita el tamiz resignificante del gerenciamiento. Terso y de colores francamente embobantes, un saber sintético viene a ordenar el barullo de las cosas.


Orden divino contra la corrupción

Esos hacedores habitan en un lugar brillante y e ingrávido; por eso Gustavo Varela vio -al toque- que “el macrismo es una app”: es en sí mismo una des-carga, y una entidad de puras soluciones.

Los problemas deben ser eliminados, y los problemáticos son cuerpos de voluntad problemática -les gusta el quilombo... Los problemas, como algo presente que demora (hace durar...), para la subjetividad mediática son motivo de odio: obstáculo para el sagrado designio de a-tender siempre a lo mediato. Subjetividad mediática es solucionista. No me traigas quilombo, como traían los peronistas: pesados, pesada su herencia, pesada su voz...
El riquismo niega el conflicto como inherente a lo social, y por tanto demoniza a los “conflictivos” (por eso matarlos no te convierte en asesino). Y a la “inseguridad” (existencial) busca aplacarla ofreciendo una desigualdad segura: desigualdad certera, naturalizada, tranquila.

Etéreo, brillante, incorpóreo, brillante y compulsivamente feliz: el orden riquista y mediatizado ofrece un plano rigurosamente divino.

Así, este gobierno (y gobiernan también los ánimos que regulan -reglan- la calle, los laburos, las vidas) es un vector de eternización de la diferencia de clases en la especie.

Este saber divino ofrece garantizar un orden divino; este modelo de riqueza y felicidad incorpórea, jerárquica, lisa y radiante, tiene su sinceramiento máximo en la figura que elige como enemiga principal, como némesis: es decir, la “corrupción”.

La corrupción es el atributo que distingue la bajeza de lo terrenal. La crítica a la corrupción como la pesada herencia es una forma de que la razón gerencial y su política se diferencie del barro que habitan los cuerpos entregados a la experiencia, sometidos a duración y mutaciones, encuentros, degradaciones, asociaciones, desconfiguraciones...
Al elegir ese “mal” en contraposición al cual afirmarse, la política riquista se ofrece como un orden divino que, en tanto tal, justifica sacrificios, naturaliza las diferencias de clase, amenaza con un castigo implacable al díscolo; todo bajo la extorsión feroz de que esta, y no otra, es la realidad.


Coda

La mayor refutación a la pax macrista en su primer año y pico de gobierno vino de un sujeto definido corporalmente, las mujeres. Porque en las mujeres es donde se ejerce más radicalmente la valoración del cuerpo como medio para otra cosa (para alcanzar un goce de modelo abstracto), y el consiguiente despojo de su criterio (“dale, si querés, qué no vas a querer...”). Es decir, la vida integralmente concebida, la potencia de vida atacada en la soberanía de sí. Mujeres: como también Milagro Sala (cuya detención fue estratégicamente simbólica, a juzgar por lo pronta que fue); como Hebe, la Madre que mandaron detener y no pudieron: cuerpo cuyo deseo está investido y guardado por un amplio entramado político que lo sostiene como inalienable.
A la rotunda evidencia de la fuerza de este movimiento (palmario en su alegría y también en las perversas reacciones del poder al que combate), quiero añadir un mínimo señalamiento más.
En la descomunal marcha femenina de octubre'16, cuentan las amigas, había canciones, pero sobre todo, más que canciones hechas con frases, consignas, había un grito colectivo, un poderoso grito que salía de los cuerpos pero más bien parecía hilvanarlos: grito sin palabra, presencia pura, “para” nada. Y la consigna aglutinante, vivas nos queremos, también, puro presente anti-programático. Liberado de tener que saber para-qué. Las mujeres, quizá el paradigma de los cuerpos vueltos medio, desde los orígenes tribales de la jerarquía y pasando por la negación cristiana de su condición sensible (bajo superioridad de Espíritu varón), guardan -y ofrecen- hoy el más vital ejemplo de una política de presentificación, de una intensificación de la presencia que recupera su soberanía sin tener que pagarla con “proyectos”.