Monday, June 23, 2008

Productificar


"¿Qué pasa con Lost? Misteriosa es la serie no sólo en su trama sino en el fenómeno social que constituye: ¿qué le pasa a la gente con Lost?..."
Sigue en Nación Apache el artículo publicado en Debate, basado en el ya linkeado más abajo.

Tuesday, June 17, 2008

Por qué iría a Plaza de Mayo (interminado)

Por qué iría a la Plaza de Mayo mañana.

No porque me convoca Cristina, ni el gobierno kirchnerista.

Tampoco porque las retenciones me parezcan una medida ejemplar. De hecho creo que se apoyan en el modelo sojero, es decir el modelo de concebir al campo argentino como pura pieza del comercio agrícola mundial, en tanto necesitan a los que hoy son sus enemigos para recaudar plata. Por supuesto prefiero que tributen estos puntos porcentuales más, y no menos. Pero mucho más me convocaría que se dieran las condiciones para una discusión efectiva –es decir con algún amarre a sus referentes- sobre “la naturaleza del campo”, por así decir, o de otro modo, sobre su propiedad y sentido.
¿Y yo quién soy para decir qué tiene que pasar con esa tierra y su producto? Esa es un pregunta. Otra es quiénes son ellos, los dueños, para decidirlo: ¿potestad total sobre la tierra natural? Y otra pregunta es quién, o qué, es el Gobierno, para intervenir al respecto; no se trata, en estas preguntas, de atribuciones, sino de posibilidades.

El conjunto de la situación me resulta movilizador a la vez que me hace sentir impotencia, escisión entre mi capacidad de acto y las fuentes de lo que me afecta.

Decía que no me convoca ni Cristina ni tampoco, conceptualmente, las retenciones. La propiedad de la tierra, por otro lado, tampoco sé si me convoca en movilización; me indigna pero me indignó siempre y no siempre bastó para movilizarme (nunca bastó eso solo). Aunque lo mismo se observa en los caceroleros urbanos: son gente que supo indignarse repetidamente desde que yo recuerde, pero rara vez tanto como para llevar a algún tipo de acto. ¿Qué hace que ahora sí se quiebre el límite de lo tolerable?
Por un lado, ahora hay a disposición un tipo de acto bastante nuevo, joven (al menos en su forma esta), el caceroleo, como ruido desde el balcón y como concentración vecinal en las esquinas. Todo vuelve como farsa, puta madre. Porque en el 2001 el caceroleo tenía otro sentido, formaba parte de otro movimiento político. De hecho alteró los posibles en la política nacional, siendo la causa principal, considero, de todos los aciertos kirchneristas. Los que hoy cacerolean (muchos menos que en aquel entonces) en solidaridad con los dueños de la tierra comerciantes de soja transgénica, en ese entonces resultaban en alianza con los sectores que, extremadamente desahuciados económicamente, saqueaban supermercados; en aquel entonces Luis D’Elía, monigotón, como cualquier otro realizador de piquetes, tenía con la cacerola una lucha que era una sola.
Ahora bien, lo que terminaba de llevar a la acción a muchos caceroleros en 2001 –la frontera de la tolerancia- era la pérdida de sus ahorros bancarios. Le tocaban la cuenta y saltaban, como ahora cuando le tocaron la góndola. A todos nos tocan la góndola; parte del “conflicto” consiste en quiénes. Las cacerolas, antes batidas por la propiedad monetaria, se sienten parte prima de un cuerpo al menos mínimamente sólido: el del propietariado. La injerencia en la propiedad privada les resulta inaceptable, aunque no sea estrictamente injerencia en el carácter privado de esa propiedad sino sólo en la asignación parcial de sus frutos.
Si como dice Diego las retenciones no plantean preguntas políticas en tanto discuten la distribución y no la propiedad de los recursos naturales, ¿puede que el poder de designio distributivo sea considerado desde cierto nivel como atribución inherente a lo privado? Es como si hubiera una línea que divide lo privado intervenible por el Estado y lo privado-privado de la tierra. Es como dice Gatto: se naturaliza el privilegio.

Los propietarios de las tierras, ¿son dueños también de la capacidad de acción política? ¿La única visión del mundo y de la organización social que está encontrada con su capacidad de acto es la de las capas más favorecidas por un estado de cosas que hace que para casi todos casi todo sea una mierda? Que tengan la propiedad de la tierra y la propiedad de la política activa: eso me moviliza.
Iría a la plaza dándole el beneficio de la duda a que la plaza pueda exceder a Cristina, a sea el comienzo o parte de muchas micro instancias de diálogo y coordinación de movimientos, que nos ponga en disposición de agite de manera que tal vez la semana que viene o dentro de muchas ya la convocatoria cristinista esté forzada a ser mejor (acompañada de políticas más democráticas, etc), o prescindamos de ella; en fin, para dar el beneficio de la duda a la movilización que puede surgir (y lo que puede surgir de ella) cuando hay al menos un punto concreto que, con alto grado de acuerdo común, merece hacer.

Tuesday, June 10, 2008

Rant, de Chuck Palhaniuk - reseña


La nueva (ciencia) ficción del autor de Fight Club ofrece una experiencia intensa sin que haga falta tener una relación intensa con los libros en general. Atrevido, el foco de interés va cambiando, lo que al principio parece principal se revela expresión de una trama más profunda, se complejiza sucesivamente hasta que duele el cerebro pero no se puede parar. El trabajo de ingeniería de Palahniuk -descomunal, sutil- logra un ritmo veloz donde despliega su imaginación; escenas e historias muy vívidas, o sea muy singulares, que a la vez alertan sobre diversas dinámicas del control social. Salvajemente entretenido, divierte diciendo: ojo.
Toda la historia de Rant Casey (anunciado muerto al inicio) está contada mediante fragmentos de entrevistas a personas que lo conocían (a su vez coprotagonistas de lo relatado). Distintas voces y versiones nos cuentan primero sobre su infancia de Rant. Radicalmente insatisfecho con los premios que la sociedad tenía para ofrecerle (Indio Solari dixit), recorre los campos semi desérticos que rodean su pueblo buscando agujeros, guaridas de distintos animales. Encuentra uno y se acuesta de costado, mete el brazo hasta el fondo. Espera bajo el sol, ofreciéndose. Tan seguido lo hace que, cuando siente la mordedura, identifica de qué bicho se trata. Saca su miembro manando sangre, percibe comenzar el trabajo del veneno: “Así debería sentirse uno en la Iglesia”, dice.
La historia loquísima de Rant se traslada a la ciudad; allí también el dolor funciona como confirmador de existencia. Se integra a los choquejuerguistas (mucho mejor sería la novela con traducción argentina y no ibérica), un grupo secreto donde el ocio clandestino, que activa libido frustrada en la hostilidad del mundo, teje una red potencialmente subversiva (como en Fight Club). El juego aquí es por equipos y en autos; se dispersan por la ciudad, el objetivo es chocar a los otros, aunque con ciertas reglas, no es la idea llegar a la muerte. Sí acercársele; para no olvidarla, para sentirse vivos y también para tener algo de que hablar: la ficción de Palahniuk da cuenta de una realidad pública donde los encuentros están signados por el paradigma del choque. Tributa a J.G. Ballard y su novela Crash. En el mundo de Rant, el tránsito se había tornado tan caótico que se decidió desdoblar la organización social, dividiendo a la población en Diurnos y Nocturnos. Las choquejuergas, nocturnas, ofrecen una realidad genuina que contrasta con el entretenimiento que ha desplazado a los libros, las películas, los discos: las cúspides alucinadas, una especie de realidad virtual donde uno experimenta experiencias vividas por otro, con los cinco sentidos interpelados, para la cual los humanos tienen un “puerto” en la nuca, tipo Matrix. Bajo hegemonía de la tecnociencia, el cuerpo deviene chanchada. Palahniuk denuncia la alianza entre morbo masivo y medios de comunicación a través de una radio que informa sobre accidentes con partes médicos asquerosamente detallados. Y es también la condición orgánica la que hace tambalear la sociedad: Rant es el mayor “superpropagador” de virus mortal de la historia estadounidense. Claro que en ese tambalear, el miedo lava la moral del poder, y las libertades y garantías ceden a la prevención higienista frente a la epidemia. El parcelamiento social se transforma en segregación, en cuarentena masiva. ¿O estaría todo planeado? Con gran destreza Palahniuk presenta la verosimilitud de las hipótesis más paranoicas. Y todavía hay todo otro giro en la historia, una apuesta muy ambiciosa, casi excesiva, pero si no es en el arte donde nos atrevemos a arriesgarnos, dónde.
Revista Rolling Stone, mayo 08

Wednesday, May 28, 2008

Buena pero buena sanata

Acaba de salir este libro, bien recomendable para losteanos fundamentalistas.

Lleva como prólogo, pulidito para la ocasión, el ensayo sobre Lost que escribí para Ensayos En Vivo en diálogo con Ricardo Romero (con su posdata).

Monday, May 26, 2008

Vasos comunicantes



Guerrilleros es una reescritura del Diario del Che en Bolivia pero... Y es un “pero” de fertilidad multiorgásmica. Repleto de humor, no podría decirse que parodia el original puesto que no hay burla. Los guerrilleros, para empezar, son adolescentes. Reciben el año 1984 juntos en el monte. Planean construir el hombre nuevo revolucionario unificando sus memorias (y hasta rostros) con las de héroes de la liberación latinoamericana ya martirizados en plomo (como Che); cuentan para hacerlo con la Máquina Recicladora, que remodelará sus conciencias a través de una pila que cada uno tiene implantada en el cerebelo desde bebé. Activar esa pila es esencial; el modo es tomar y tomar cocaína...

Aquí sigue la reseña que hice de Guerrilleros (una salida al mar para Bolivia), de Rubén Mira, publicada en RS de marzo.

Friday, May 16, 2008

Y dame otro whisky

Pensar con las patas andando, o en las fuentes; pero no en el Senna.

Si hay guerra contra Francia me alisto. ¡Y si quieren devenir, que devengan!

Thursday, May 15, 2008

Salvatierra - Reseña

Esta nouvelle sería un cuento largo en tanto se lee en una sentada, pero contiene “la vida entera de un hombre”, la historia de una familia y un retrato de flora, fauna y costumbres del Litoral. En realidad todo eso está dentro de una pintura que está dentro del libro: Pedro Mairal inventó un pintor y su obra que uno, al leerlo, arde en deseos por conocer.
Juan Salvatierra fue un artista secreto y prolífico, después de cuya muerte su hijo vuelve al pueblo natal para rescatar su obra. Allí inicia una trama de búsqueda, como de policial manso (recordé alguna sensación de Aventura de un fotógrado en La Plata), y mientras tanto relata la historia del padre y su fruto artístico, plano más rico y logrado del libro.

A los nueve años Juan Salvatierra quedó mudo tras accidentase cabalgando por un palmeral cerca del río Uruguay. Carente de voz, comenzó a dibujar aquello a lo que quería referirse; su expresividad devino pictórica y se enamoró del acto de pintar –manteniéndose hasta el final lejos de la Pintura como institución. A los veinte quemó toda su obra y comenzó una práctica cotidiana que resultaría el trabajo más monumental de su género: una tela de casi cuatro kilómetros de largo, con retratos que se suceden en continuidad, sin cortes, graficando su mundo con una dinámica integradora ininterrumpida.
La escena de una fiesta, por ejemplo, transcurre entre baile, sexo, peleas y va transformándose en la escena de una batalla, y en otro trecho, llegamos a ver (Mairal nos hace verlo) que las cosas comienzan a torcerse, las personas y los árboles y la lluvia aparecen inclinados hacia delante, como si el tiempo y el espacio se hubieran desquiciado, hasta que sin haber mediado brusquedad alguna lo de arriba está abajo y lo de abajo arriba, el mundo al revés.

A veces el arte es la figuración de una vida regida por la tarea creativa. Juan Salvatierra, por ejemplo, pintó la tela kilométrica –fluida como el río omnipresente y como la lectura del texto- cada uno de sus días durante sesenta años, hasta morir. Convaleciente, expresó al hijo que no le importaba el destino de su obra; había “disfrutado haciéndola”. Nunca expuso, “no necesitaba el reconocimiento” y vivió trabajando en un “aislamiento feliz” (¿como la “orgullosa soledad” desde la que Roberto Arlt pregonaba escribir?). Si no le gustaba cómo le había salido algo, no lo corregía, “en todo caso volvía a pintarlo más adelante” (como César Aira dice que escribe). Sabía concentrarse con tal detalle en un bicho que parecía estar haciendo “los bocetos de Dios antes de la creación”. Fabricaba los tramos de su tela “con cualquier cosa”, o sea con prepotencia vital autosuficiente. Y ni una vez se retrató a sí mismo, entregado a una lírica contemplativa y total del pedazo de mundo que le tocó en gracia, no contaminado por cálculo ni enrosque alguno que desperdiciaran tiempo de convivencia inmediata con la maravilla de lo real (o como dice Fabián Casas, sin confundir lo esencial con lo transitorio). Juan Salvatierra encuentra el sentido de pintar –de vivir- en la práctica misma, sin precisar capitalizar su producto en la vida pública. Así, desestima la trascendencia que la obra puede otorgar a la firma, pero trasciende el sinsentido de la vida a través de la verdad autónoma de la obra.
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Publicada levemente distinta en Rolling Stone de Abril.
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- El personaje Salvatierra es interesante para pensar la relación entre producción artística y vida política y social: un pintor que representa el mundo entero en una tela kilométrica continuada, con dibujos que no se interrumpen nunca, y que se dedica diariamente pero nunca jamás expone. En tanto y en cuanto se nutre del mundo para una práctica individual, ¿es un arte antipolítico? ¿O tal vez en tanto Salvatierra erige él mismo un criterio de valor (sobre todo de valor del tiempo) ya está escapando a la dominación del capital?

Saturday, April 26, 2008

La verdá como el sudor

Fui a andar en bici a la bicisenda que rodea el rosedal. Hay momentos en que es necesario salir, hacer fluir la sangre a otra velocidad y manar sudor por los poros mientras se otorga a los ojos un panorama diverso al de la casa-oficina. Dicen también que hay que “pensar en nada” o al menos “pensar en otra cosa”, y cada uno sabe otra cosa que qué. Confieso empero que en ese circuito de distensión no hay vez que no me pelee mentalmente con algún pelotudo que no sabe hacer uso compartido de instalaciones tan sencillas.
Esta vez venía bien. Estaba funcionando el recambio sustancial. En un momento tuve que pasar a un tipo que iba en bici delante mío más lento. Desde atrás vi sus pantorrillas, de músculo firme pero piel cansada, y su nuca de pelo gris. Cosa rara, vestía una campera rompevientos; yo iba en cueros. Lo sobrepaso tranquilo -sin las manos en el manubrio- preguntándome sin querer si eso lo hará sentirse viejo.
Después de varias vueltas, bajo la velocidad. No hay que parar de golpe nunca en nada. A mi ritmo de paseo, el tipo cano de rompevientos negro me pasa lentamente por la derecha. Lo miro a la cara mientras pasa, lo cual es un reflejo normal, pero no fue normal lo que encontré.


Fue sólo un instante porque no se detuvo. Pero en sus ojos, que vieron los míos, se notó que registró mi sorpresa, mi azoramiento: ¡el tipo andaba con un barbijo puesto en la jeta! No eran días de humo. Andaba con barbijo por la vida.


Y no fue más que verlo un toque y quedar cuatro cinco metros atrás para volver sobre mi recuerdo recién grabado de su cara barbijeada, sus ojos, sus patas de gallo, su frente, y decirme:
Perá, ese es, ¡sí, es!... ¡¡Ese es León Gieco!! ¡Ja!
Riéndome por dentro acelero, anonadado, para ponerme a su lado y mirarlo para confirmar. ¡Qué personaje, en bici con barbijo!
Apenas me puse a su lado me miró. Y habrá sido el fluir sanguíneo, o la disposición corporal a que todo saliera como el sudor, porque apenas quedamos uno junto a otro lo miro y me mira y mi monólogo interior se me salió todo para afuera:
¡La fama es un virus, ¿eh?!