Monday, April 06, 2009

Taller: Pensar en fluidez

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Se nombra nuestra época de distintas formas: de la información, de la fluidez, capitalismo posindustrial o semiótico, modernidad líquida, sociedad del riesgo, etcétera. Motes aparte, cada día -sea en el trabajo o en el amor, en la crianza de un hijo o en la militancia, viendo fútbol o en paseos callejeros-, se nos presenta la insistente necesidad de pensar figuras para habitar lo que pasa.
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Leeremos a pensadores de nuestra época, como Lewkowicz, Bifo, Bauman o Boltanski & Chiapello. Pero nuestra época no es del todo conocida ni entendida, y leerla requiere herramientas -nuevas o usadas, necesariamente actuales. Algunas las tomaremos de los libros, otras las forjaremos en el taller.
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Este taller no es para leer escritores y conocer su teoría, más bien tomaremos a los escritores como lectores de situaciones. No buscamos ser estudiantes de autores sino lectores de lectores que leen situaciones, y que al leerlas producen nociones para intervenir en ellas.
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Empieza este miércoles 8 de abril, a las 21.15 en la Plata 303.
Coordinan Pablo Húpert y Agustín J Valle.

Pola Oloixarac - Reseña y entrevista

Reseña de Las teorías salvajes, publicada en Rolling Stone.

Entrevista a Pola.

Tuesday, March 10, 2009

Ensayos en Vivo - Dom 15-3

Queridos co-asfaltenses:

Los dados cruzaron el horizonte y no vemos qué salió, chau. A esta altura, del todo no estamos seguros de a qué los estamos invitando; pero qué belleza es la confianza -eso sí ofrecemos.

Ariel Pennisi ofrece viajar a un lugar rico donde hay plaga de comienzos de ensayos.

Fernando Aíta apuntará rasgos de la circulación social de la sangre -alguien tenía que hacerlo.

Andrés Pezzola nos dará a elegir entre imágenes de la guerra (¡el que no sea homo sapiens sapiens que lance la primera piedra!)

Y el ángel Suárez bajará con su guitarra de los cielos, a esta tierra que si tuviera oídos dejaría de girar para escucharlo.


La voluntad es siempre el efecto de otra cosa, pero es lo que tenemos. El objetivo de mínima es una máxima: vení, querido querida, vamos a perdernos juntos.

Domingo 15.
20hs, alimentos (la masa vincular).
21hs la cosa acuosa.
CC (¿Casa Creadora? ¿Círculo Cariñoso?) Pachamama: Psje Argañaraz 22 (e/Israel y Lavalleja)
Plata solo para la sangre de Cristo (ese exitosito). Por una humanidad reciclable. Ensayos en Vivo, duodécima juntada.

Sunday, March 01, 2009

La dialéctica se la come

G. estaba tendido en la cama de hospital de la habitación de hospital. Esperando a un rato del alta tras una cirujía no vital. Y entró un tipo alto, sesentón, sonriendo. Sonrisa de cejas muy enarcadas, lejos de los ojos, sonrisa de complicidad, como si hubiera, entre él y G., cosas dadas por sentadas. Era un cura, y aunque las palabras cura y hospital son íntimas, G. no entendía la presencia del religioso, ni su garbo exultante con el que parecía querer festejar con él su mutuo encuentro. Parecía un actor de Hollywood actuando de cura. Pillo, sonreía como un perro tonto y no decía nada; G. tuvo que darle el habla:

- ¿Sí?
- ¿Sos católico?
- No.
- ¿Qué sos? –dijo sin soltar la sonrisa.
- Ateo.
- Bueno, si querés conocer en qué consiste la fe cristiana, y en qué no consiste, preguntá acá por el capellán.

Y comenzó el retorno hacia la puerta sin dejar de sonreírle, actuando aguda fraternidad. Pero cuando la alcanzaba, G. se sumó al generoso impulso por compartir lo que se tiene:

- Oiga, jefe, si usted luego quiere conocer un poco más acerca del ateísmo, también avise.

Y el cura tenía ya su cuerpo tras la puerta pero antes de terminar de cerrarla metió la cabeza y mandó:

“Ojo con la dialéctica, porque la dialéctica siempre al final se come al dialéctico”. Y se fue.


“Pero claro –comentó luego, al respecto, Mr. Pez-, los tipos la tienen muy clara en dialéctica. Pensá además, imaginate, desde la adolescencia deciden renunciar al sexo, y se la pasan hablando! Toda la intensidad de los vínculos pasa por ahí, entonces le dan y le dan a la dialéctica.”

“Claro –comentó sobre el comentario el caballero Suárez-, con los putos muchas veces es igual: tardan varios años más en tener actividad sexual, y en ese tiempo de ensimismamiento energético se hacen re inteligentes”

“Ajá. Mirá: esa analogía entre curas y putos es como si dijéramos un razonamiento de género blogger”.

En el arte hay mucho de la mierda

“…. Claro, man, porque hay mucho en el arte que tiene que ver con la mierda, ¿no?, con la caca de cuando sos chico. Si es cierto que hay algo en la pulsión artística que tiene que ver con la búsqueda de aquella gratificación que encarnó para nosotros el modelo de gratificación (específicamente gratificación mediante la manipulación desreglada de materia), y si tenemos en cuenta que el asco por la mierda se instala en un momento del crecimiento sepultando la relación de inocente juego de los chiquitos con su materia fecal, entonces, pues, en cierto punto en cada búsqueda plástica el modelo es la mierda.”

Sunday, February 08, 2009

Reseña de La novela luminosa, de Mario Levrero (Mondadori)





Toda esta reseña podría ser sucesión de elogios para el extraordinario y sanísimo libro póstumo del gran escritor uruguayo muerto en 2004. Tiene dos partes: La novela luminosa propiamente dicha, antecedida por el Diario de la beca, en referencia al dinero que la fundación Guggenheim dio al autor para que terminara aquella obra, comenzada dieciséis años antes. El diario dura un año y se morfa cuatrocientas cincuenta páginas; la luminosa, cien. En suma, es increíble. Su punto de partida es una apuesta, que es una pregunta, que es en un punto la ambición básica del arte: ¿pueden reponerse las experiencias epifánicas? ¿Puede reconstruirse aquel efecto trascendente de algunas situaciones, acontecimientos, relámpagos divinos que sockean la "existencia gris", cuando ese efecto se caracteriza precisamente por bastar su presencia para dejar clara su excepcionalidad?
Querer transmitir lo inefable: heroico esfuerzo de la parte más sana del alma, por compartir lo más especial que la vida le ha dado. Es un objetivo altísimo que se pone el autor, pero desde las antípodas del narcisismo: asume que uno nunca se conoce del todo, que uno no sabe cuánto puede y, ergo, hay que probar.


El libro tiene también “prefacio histórico” y epílogo, que agregan a la obra el testimonio del autor sobre la empresa creadora. Decía Jean-Luc Godard que todo el cine es documental, que cualquier escena de ficción registra la maravilla de un tipo haciendo de actor. Aquí, el libro es propiamente un experimento, y el modo en que el cuerpo es puesto en juego por el dispositivo de creación es también la obra.

Pero este es un experimento que no puede descansar en el ensayo y error cuantas veces quiera. En el primer mes del diario (que tiene sesenta páginas, dos por día, lo cual habla del gran trabajo de corrección declarado en el prefacio), el autor cuenta que le sacan fotos porque él quiere ver cómo le queda una barba crecida por pura desidia. Lo que encuentra, sin embargo, es que tiene todo el aspecto de ser “un viejo en las últimas”. A Levrero –pseudónimo de Mario Varlotta- le quedaban las últimas balas y no quiere dejar ninguna sin tirar; manda, en el descuento, al arquero a cabecear.


No es un libro para divertirse. Es muy entretenido, hermoso, y sumergirse en él es salir más grande, pero atravesando una textura a veces insoportable. Porque el camino de búsqueda de lo luminoso está adoquinado con todos los padecimientos, dificultades y rollos del autor, aunque escrito con elegancia, con la cristalinidad ya mostrada en el sublime El discurso vacío. Es conmovedor leer la punza amorosa con la que el tipo se escarba los nervios, el aguante con el que se investiga (que lo emparenta con el genio de Macedonio Fernández); lo odiás y lo amás. Sus trabas mentales de todo tipo, su dificultad crónica para levantarse temprano (“al menos al mediodía”), su adicción a la computadora (juego solitarios y pornografía), su minuciosa hipocondría, sus titubeos con la alimentación (le reconoce tanta importancia como Nietzsche), su extraño vínculo con la dama Chl, cosas así son las gestiones conflictivas cotidianas que dan cariz novelesco al diario. Lejos del modelo de escritor profesional, Levrero es un excéntrico, lo que se dice un personaje, por eso es pertinente para el género –parcialmente- autobiográfico.
Literatura y vida no pueden separarse en su mundo, una cosa moviliza inmediatamente la otra. La escritura es propiamente una operación de y para el cuerpo; de allí que La novela luminosa sea un gran tratado de salud, la epopeya de una conciencia que, conciente de la determinación que tienen en la vida tanto lo inconsciente como lo externo, explora milimétricamente cómo puede mejorarse, potenciarse, darse libertad.



[Publicada en Rolling Stone de enero]

Reseña de Madrid, de Daniel Krupa (ed Santiago Arcos).


En esta nouvelle al cuerpo le pasa de todo, pero como está contada en general con tono suave, con cierta distancia narrativa protectora, disimula los sobresaltos y permite que desfilen como si tal cosa eventos corporales no menos que tremendos. Es como si Krupa tomara de lo intolerable de las imágenes la sustancia que permite narrarlas –y leerlas- sin deshacerse psíquicamente. O como si la voz batuta del relato estuviera bajo efecto de alguna de las pastillas de droga psiquiátrica que Madrid, el protagonista, empieza a tomar encerrado en el manicomio provincial, donde permanece un par de meses, suficientes para incendiar un ombú y arrojar a una gorda que apoda Hereford contra un ventanal (“...zamarreándola como si las venas de sus brazos fueran cables de luz en pleno cortocircuito...”). Sale cuando su suegra le levanta la denuncia -en absoluto falsa sino porque lo perdona- por haber copulado con su hija recién muerta, o, si se prefiere, con el cadáver de su hija (mujer de él), acontecimiento sexual ilícito con que abre la novela (punto en que se toca con Era el cielo, se Sergio Bizzio).
¿Cuándo el cuerpo deja de ser propiedad de la especie para comenzar a desagregarse sus partes en un retorno al todo físico del cosmos? Sobre ese borde en que la materia orgánica de la que estamos hechos deja de estar organizada por “lo humano”, trabaja esta novela, chisporroteada por humor sardónico y apoltronado: cuenta con calma su historia de trasfondo desesperado.
También el rock aparece fatídicamente, desde el cristal que ve pérdida y muerte agazapada por doquier (cristal con una sola fisura en la figura mágica de una mujer embarazada): la muerta cogida tiene a Kurt Cobain en la remera; el necrófilo, en brillante escena, cuando es apurado por la policía se arroja por la ventana; luego sueña que está con ella en un recital de estadio y no puede evitar que muera asfixiada bajo el plástico que protege al pasto.
Aquella distancia de la narración (en parte afín a Ida, última novela de su congénere Oliverio Coelho) es la propia del relato de un personaje en el que, cuando empieza la historia, la catástrofe ya sucedió. Luego, cuando encuentra que le surgen mínimos entusiasmos creativos, los contempla con la misma extrañeza que el exabrupto necrofílico, como si el deseo en general gozara independencia del sujeto.
[Publicada en Rolling Stone de enero]

Saturday, January 24, 2009

Decime qué tengo que hacer

Miraba el Superclásico disputado en Mar del Plata a cancha llena (aunque la verdad no sé si estaba completa la tribuna riverplatense, pues la cámara mucho no la enfocaba: siempre encontraba cosas más atractivas). Y cuando, promediando el primer tiempo nos expulsaran a Battaglia y minutos después River marcó el uno a cero, la vi negra y decidí que, luego de la derrota que se cernía en el horizonte xeneise, escribiría algunas notas sobre el desnudo protagonizado en 2008 por el Club Atlético River Plate. La derrota hubiera sido un buen momento para que algunos señalamientos que me venían pareciendo necesarios fueran reconocidos en su justicia y no confundidos con mera intención de mofa. Justicia, la de asumir el peso histórico de las cosas que presenciamos, justicia de enunciar los movimientos reales para no ser pasivos espectadores sino reales contemporáneos de nosotros mismos. Pero no pudo ser: con uno más, River no aguantó el uno a cero, ni el uno a uno, y terminó perdiendo.
Nadie es tan sí mismo como River es tan River. Pobres sujetos presas de su propia esencia: vemos en los jugadores algunos intentos vanos de diferenciarse de su definición ontológica, pero se impone su naturaleza a flor de piel.
El efecto de los colores azul y oro, sobre los hombres que los visten, es de engrandecimiento puro, por eso Jesús Dátolo los besa como a la madre que da la vida. Cuando marcó el primer gol anoche, salió corriendo a toda velocidad a la tribuna, la cámara lo tomaba alejándose, la camiseta flameando en la espalda, hacia la tribuna enfervorecida, saltando la publicidad hacia esa gran masa bulliente que parece un monstruo de vida propia, como si el festejo sólo adquiriera plena realidad frente a ese enorme agregado impersonal rebosante de color, frente a la fuente de ese grito divino, frente a ese espíritu hecho carne en la multitud, al que el jugador -el ídolo-, según mostró su carrera consagratoria, es devoto.
Pero yo quería hablar de River. Lo cierto es que en las últimas semanas (en verdad sobre todo en los últimos días de 2008) vengo viendo remeras gallinas en la vía pública como nunca antes. Nunca mi Buenos Aires vistió tantas camisetas blancas con una franja roja diagonal de hombro a cadera. Caminando por la vereda, esperando el colectivo, dentro de un auto en marcha, gallinas, gallinitas, tristes, con semblante gris de ocupación mental mascullante. Grisura que, concedo, puede tener que ver tanto con la amargura sustancial coincidente con lo ancho del mundo rivereño como con el malhumor bastante democráticamente repartido en la cotidianeidad urbana. De todos modos, cuando digo que nunca como ahora hubo tanta presencia de remeras de river no debe interpretarse que el resultado total sea una presencia constante, ni mucho menos. Son sólo más que nunca. Cumplen el rito sacrificial futbolístico de refirmar presencia en la entidad a la que se pertenece cuando ella más dolorosamente pesa sobre nosotros. Lo que se ve en la calle es, pues, la fuerza de reacción gallina. Y la verdad sea dicha: vinieron todos, que pocos son. El grito de perseverancia frente a una desgracia mide bastante bien la vitalidad que hay en esa modalidad del ser. Tanto Racing como Huracán mostraron una reacción mucho más consistente y bochinchera en sus respectivas penurias.
Este año 2008, River fue más River que nunca (y por ahora 2009 prolonga el camino). Del peor desempeño de su historia en un torneo local sólo importa la manera en que se dio: con una rotunda debilidad anímica de sus jugadores y público. Frente a este fracaso en la competencia –fueron los más perdedores, los menos ganadores-, algunos gallinas, los pocos que aguantan unos minutos defendiendo su honor sin protestar contra la “porquería que es River”, recuerdan, como antídoto, el hecho de que en la primera mitad del año salieron campeones. La derrota histórica, entonces, se compensaría con esa gloria alcanzada apenas antes. Pero es ahí, en la victoria, en cómo habitaron el camino ascendente hasta la cima, donde más se vio la naturaleza blanquirroja. En ese torneo en que salieron campeones, su volante central protestó porque la hinchada de river no alentaba en las malas como la de Boca, a la que él y sus compañeros habían sufrido repetidas veces (y a ese muchacho, según me dicen, el plantel acaba de elegirlo capitán, será que bien los representa). Después, Juan Pablo Carrizo, el jugador de mayor carácter dentro del plantel y acaso en potencia el mejor arquero argentino desde Hugo Gatti, dijo que él no jugaba por los colores, que estaba trabajando nomás, que más que un apasionado era un profesional. Y, en correspondencia, no sólo los jugadores empezaron a no saber bien qué mierda hacer con el hecho de ser gallinas, sino que el propio público del equipo en vías de ser campeón, en una movida que necesariamente es panificada y no presa momentánea de emociones incontrolables, arrojó maíz al campo de juego.
Pero la desnudez, la floración de su naturaleza ontológica en estado puro, continuó. Después de salir últimos en el torneo, contrataron un nuevo técnico, Néstor Gorosito (dicen que Ramón Díaz, “ídolo riverplatense”, pidió demasiada plata, ja!). En plan de generar nuevos bríos de reconstrucción, lo que el Pipo consideró más conveniente fue decir que si efectivamente le traen al Ogro Fabiani, desde Newells, el delantero “puede llegar a ser como el Mellizo”. No sólo no tienen presente, no tienen referencias propias siquiera a las cuales asirse. Por eso comparan con el astro boquense nacido en Gimnasia de La Plata, Guillermo Barros Schelotto, cuya persistente idolatría quién sabe cuánto debe a su efectivamente hermoso desempeño en la cancha y cuánto está signada por su buena relación con la mafiosa barra brava y la dirigencia macrista. Porque, digámoslo, aunque apilando triunfos y también mucha cátedra de buen fútbol, Boca tuvo una última docena de años complicada, marcada por el devenir macrista de su destino. Empero, como se ha señalado, boca tiene una resistencia que ni qué, mayor que la de la propia Ciudad de Buenos Aires. Acaso la muerte de nuestro presidente Pompilio, parece que a causa de un viagrazo entre las piernas de una tal Jesica Cirio, hable de lo pronto que retorna el espíritu festivo y jolgorioso después del canalla, higienista y anti mitológico eficientismo macrista. Boca resiste períodos anti-bosteros porque en realidad alberga todas las tendencias sociales en su seno y nunca nada puede alterar su esencia. Boca es algo que se da por sentado. Ni hace falta sacar remeras al son de eventos del mero calendario deportivo; se visten las remeras siempre como festejo de sí mismas. A Boca jamás podría hacer falta defenderlo, porque Boca es todo, es fiesta incluso en la derrota (como quedó claro en el larguísimo período de sequía entre el Maradona del 81 y el Bianchi del 98), y, además, todo el resto, en el fondo define sus coordenadas de existencia en relación con Boca. El resto de los equipos debería estar orgulloso de ser argentinos, precisamente de ser compatriotas de Boca, porque eso significa que, desde su lugar, participan de Boca. Y los argentinos, todos, podríamos tener un gesto magno de confraternidad y lástima redentora: ofrezcamos una amnistía para gallinas.

Thursday, January 08, 2009

El llanto y el órgano del liderazgo


Leo un texto de Lewkowicz, elegido al azar. Copipasteo aquí dos frasecitas que en el original no son consecutivas pero sí cercanas:

“Una época, una sociedad, no se define por las tendencias que la condicionan. Por el contrario, se define por las estrategias que adopta ante las tendencias. (Someterse integralmente a las tendencias, aunque quizá la más pobre, es también una estrategia).”

“El curso efectivo de los acontecimientos está condicionado por las tendencias pero determinado por las estrategias para aprovechar, desviar, resistir o multiplicar los efectos de las tendencias.”

Y después habla de que el líder -es decir, la posición que empuja al curso efectivo de los acontecimientos articulando su deseo con sus condiciones-, depende de la capacidad de diagnosticar la situación, inventariar recursos, trazar una meta e inventar técnicas de realización.
Esta lectura me evocó una imagen y una sensación. La imagen de Ignacio, hablando, lento y sereno pero poseído por el peso de la verdad de sus palabras –es decir el peso de su efectividad-, hablando admirado por los hallazgos que salen cristalinamente de su boca aunque al mismo tiempo le resulta obvio y natural ser él el emisor, como a sabiendas de que lo obvio y natural podría no suceder. Y la sensación, la sensación que me produjo esa pequeña lectura junto con la imagen de Ignacio hablando, entre la mesa y el pizarrón de la habitación principal del estudio, la sensación evocada es una sensación de poder.
Porque el liderazgo, ese liderazgo del que habla el texto hasta donde leí, no es solamente una posición individualmente ocupable. El liderazgo es una operación. Es el punto de diagnóstico, inventario, plan y proyección. Por eso muchas veces las instancias líderes de la vida son las amistades: los amigos te ayudan a verte. (Por eso también los genios te ponen a la altura de tus deseos, como
dice Federico, porque te iluminan un objetivo y sus condiciones de factibilidad).
Una vida que puede pensarse, que puede darse un diagnóstico de situación, contar sus recursos, proponerse un camino, o mejor, un sentido: una vida con operación de liderazgo. Es la lucidez, es ver qué pasa y qué puede pasar. Lucidez apropiacionista porque nada más se acerca a ser dueño de una situación que poder intervenir efectivamente en ella. Lucidez libertaria porque ilumina los resquicios donde podemos inventarnos, inventarnos fundados en nosotros; lucidez libertaria porque, en primera, muestra las sujeciones. Lucidez fecunda porque desamarra la fantasía de la percepción limitada del presente. ¡Lucidez es poder! Y sensación de poder.
Cuánta nostalgia de la sensación de poder. Esa sensación de poder. Pero si una sensación provoca nostalgia (no una persona o un momento, una sensación), si se la siente, aunque se la sienta como perdida, como extrañándola, es porque se la comprende, es decir, porque se la contiene.
Lo que me llevó –creo, porque después de que me pasaron todas estas cosas, me decidí a escribir y una vez haciéndolo empiezan a pasar otras nuevas y todo se entremezcla-, a una antigua, creo, pregunta: ¿es que acaso sirve el dolor? Ya no meramente como alerta, sino el dolor como presencia corrida de la virtud, como presencia desenfocada, tal vez, de la virtud. El dolor como presencia en minoría de una virtud que clama por fortalecerse. Tal vez, pues, sí cierta alerta (“clama”); pero no, porque no se trata del aviso de que algo anda mal. Se trata de una presencia de la virtud suficiente como para poder concebir un dominio más pleno de la virtud.
El balón es tu amigo, hacete amigo del dolor. El dolor es tu amigo. Esto va en contra de lo que hace años intento pensar: que todo esquema donde alguien se convence de que debe sufrir es un esquema perverso. Pero podría ser que la retención de un recuerdo doloroso sirva para un destilado presente y futurista –excreta futuro- del valor vivo que por perdido duele. Me duele, en este caso, el órgano del liderazgo.

Y sin embargo, todavía no llego a lo que quería escribir. (Aprovecho el intermezzo para apuntar que recién noto que la frase entre paréntesis del texto lewkowicziano transcrito dialoga, asemejándose aunque acaso discutiendo, con
esta pequeña nota, que dicho sea de paso es parte del texto que esta noche iba corregir hasta que se interpusieron los devaneos webísticos que derivaron en la lectura que derivó en esta escritura).

Ah, lo que quería escribir. En algún momento pensé que este blog debería llamarse, o tener como lema la frase “Había algo más”. Es muy común que –también- en la escritura avance como gran sombra un dolor por la idea que pasó y solo rastro –es decir sensación- dejó.

Pero ahora voy a intentarlo, y para hacerlo no me queda otra que profundizar este género horrible que es el de la confesión blogger. O sencillamente autobiografía online, aunque por algún motivo contar cosas de la propia vida, cualesquiera, suele ser catalogado en el orden de lo confesional. Lo cual es interesante porque confesar puede ser definido como decir lo que otros quieren que digas. Entonces, tendríamos que en esta onda “confesional”, lo que se supone es la materia más personal, más propia, más singular de mi querido e irrepetible pedazo de yo en el mundo, resulta ser materia que responde sin rozamiento al impulso de los otros, de la racionalidad ambiente conformada por “lo otro” (demasiadas comillas). Triste ver cómo toda la rareza que puede haber en una vida se entrega al mandato, repetido masivamente en serie, de ser, tener, mostrar una vida llena de distintivos. El contenido singular de una vida subordinado a la operación obvia y repitente de ser Alguien... En fin.
En fin. Una crítica que se sustrae higiénicamente de aquello criticado es pura diatriba moral, dice Sztulwark. Así que aquí están siendo criticados segmentos de la lógica que nos constituye incluso en nuestra misma posibilidad de criticar. Al menos lo consigno.

En fin: la sensación de poder, la lucidez para diagnosticar una situación, un problema, sus obstáculos, los recursos, los aliados, las posibilidades, los deseos, las vidas que pueden abrirse paso entre la vida, la sensación de poder. La nostalgia por el territorio, tan pero tan pero tan vivo, el territorio donde esa sensación era vigencia pura, emanación pura y efectividad pura, porque se imponía contra su previa ausencia. Ahora muerto, ese territorio, pero vivo, sin embargo, el órgano correspondiente a esa sensación operativa. Vivo con un vivir que es un doler; un estar al fin y, como en general lo que está, dueño de una riquísima eventualidad, potencialidad. Al fin, en fin: esa lectura me evocaba esa imagen y esa sensación. Fuertemente. Traccionante, envolviente, progresivamente. Quise llorar. Dije, ya que estamos en el baile, bailemos, recordemos más y suframos más y lloremos lo que haiga que llorar.
Pero, me dije, me percaté, ayer ya lloré. Por otra cosa, claramente, que igual de claramente no viene al caso, de hecho ya demasiado es que consigne mi llanto solitario, manchándolo de una puesta en serie con otros miles de llantos solitarios sustraídos, en relatos webs, del pudor. Ayer ya lloré y no se puede llorar todos los días, che. O mejor: no es preciso llorar todos los días. ¿Es que acaso hace falta verter lágrimas para constatar que los sentimientos se están sintiendo de verdad, para poder marcar en el derrotero de los días un suceso emocional?
Me preocupé, y esto es lo que quería escribir. Creo que es tan raro todo que no sería imposible llegar a reducir al llanto las escenas posibles de afectación triste –reducirlas al llano. Cuando digo que tan raro es todo me refiero básicamente a dos grandes campos de realidades. Por un lado, la inconmensurabilidad de las cosas que nos afectan y la consiguiente confusión que eso suscita (variable pero casi permanente certeza de confusión). Y por otro, al destino de insensibilización sobre los cuerpos en la era de Abu Graib y de los niños que compiten por quién se hace manar más sangre de la palma de la mano con su lápiz escolar. Sólo confiar en las lágrimas es posible si se ha desacreditado el emocionario. Sería una degradación de la capacidad de sentir. Una radical mutilación de los filamentos del sentir, de la complejidad de los modos posibles de sufrir. Hay que poder confiar en el dolor, es decir, extraer de él información, aún sin la clarificación del llanto. En fin.