Friday, February 26, 2016

Amor amarillo

 
El kirchnerismo como problema de la resistencia; el imperio de la actualidad; breve genealogía del eficientismo y la desmovilización de la revuelta.


Vosotros me decís: 'la vida es difícil de llevar'. Mas ¿para qué tendríais vuestro orgullo por las mañanas y vuestra resignación por las tardes? Nosotros amamos la vida no porque estemos habituados a vivir, sino porque estamos habituados a amar.”
'En la tierra no hay ninguna cosa más grande que yo: yo soy el dedo ordenador de Dios' -así rige el monstruo-. ¡También os adivina a vosotros los vencedores del viejo Dios! ¡Os habéis fatigado en la lucha, y ahora vuestra fatiga continúa prestando servicio al nuevo ídolo!”
Así habló Zarathustra


Sería una revolución basada no tanto en una crítica del sufrimiento en la sociedad dominante sino en una crítica total de su idea de felicidad. (…) 'A decir verdad, la única razón por lo que uno lucha es por aquello que ama -dijo Saint Just-. Luchar por todos los demás es sólo una consecuencia.”
Rastros de carmín


1. Masacre, kirchnerismo y actualidad
Está rebotina Buenos Aires, cada uno vuelve del descanso y cranea fugarse de nuevo; pero Monstruópolis es pegajosa y su gravedad puede más que las opiniones de quienes la padecemos y gozamos. Aún convertida en este encierro en el presente que es el verano macrista (“no se puede pensar en otra cosa”). Pero este “sinceramiento” de la vida capitalista que triunfó en Argentina, produce mejor dicho un encierro en la actualidad, y es un atentado masivo contra el presente entendido como el espacio potente de la presencia, abierto por naturaleza. Actualidad lisa, obvia, inmune a nuestros chillidos.
También el kirchnerismo modulaba el tiempo histórico; con una política discursiva sobre las periodizaciones históricas, hizo pasar continuidades por rupturas y rupturas por continuidades, como decía Ezequiel Gatto y demuestra Bruno Nápoli en su En nombre de mayo. Hablar ahora del kirchnerismo parece vetusto y reaccionario ante la inundación de la cínica violencia amarilla, pero el kirchnerismo es un problema para resistir al macrismo -aunque haya que reivindicarlo situacionalmente, como en el último acto electoral, si es herramienta del ánimo multitudinal que lo precede-.
A solo un par de meses, ya parece poco firme su protagonismo en la resistencia (entre lo limitado del “placismo” clasemediero y la fragmentación pejotista), pero además, aún en su versión más romántica el kirchnerismo puede contener la movilización opositora como contención ejerce un féretro, si, como dijo Diego Genoud, se obstina en la misma lectura de sí que nos llevó a la derrota. El motivo triunfante en las elecciones fue el anti kirchnerismo, sustento básico de legitimidad del gobierno que, así, puede alimentarse de una resistencia que tenga identidad kirchnerista (por eso, una de las primeras “plazas”, convocada en principio por un cualquiera desde internet, fue titulada por La Nazión como “concentración del kirchnerismo”: les conviene más eso que una multitud informe).
Borrar la fecundidad de 2001, tratándolo como llana crisis terminal, fue la más clara violencia del kirchnerismo sobre la genealogía que lo parió. Ver en la revuelta pura crisis es propio de una óptica plantada en el sistema representacional, y -como me apunta Damián Huergo- en el economicismo. Negaron la revuelta como eclosión de intolerancias positivas y arrebatos contra imágenes de lo humano sesgadas y excluyentes; intolerancia alegre y viril contra los condicionamientos políticos de la posdictadura sobre la vida. Negaron que 2001 fue fuente de la agenda y agrimensor de la legitimidad gubernamental ulterior. No se fueron todos pero pudieron quedarse los que entendieron la obsolescencia popularmente determinada del ajuste y la represión (y la corte adicta y en realidad miríada de cosas), del gobierno pleno del embriagado capital concentrado.
Sabido: aquel agite que tumbó al consenso neoliberal noventero fue gestado y efectuado por modos múltiples y complejos, protagonizado por bandas de pibas y pibes, HIJOS, los redondos, motoqueros, desocupados organizados... y, con la idea de que “la juventud volvió a la política” básicamente con La Cámpora, se negó -para aquellos sujetos pero también por tanto de modo genérico- la politicidad que surge de modo inmanente y orgánico de las vidas, sacralizando, en cambio, un modelo de politicidad conciencial, programático, adhesionista, ideológico-moral, en fin, militante: encuadrado, obediente, sacrificial (y, sí, también, soberbio, aunque a quién le importa... salvo por su condición sintomática: solo un triste de fondo, un finalista, es soberbio). La proliferación de agrupaciones diversas se homogeneizó en la morfología de la tropa (desparejamente, por supuesto, en algunas zonas más y en otras menos, pero hasta la propia CFK salió, alertada, a decir “ustedes no son tropa”).
Hubo dos grandes vectores gubernamentales de desmovilización del acontecimiento 2001 como agite abierto, solidarios entre sí: el vil asesinato de Maximiliano Kosteki y Darío Santillán (en el que el odio de clase, en los hombres-agentes, como decíamos en A quién le importa, no fue exceso, sino que encarnó, hecha instinto, la razón de Estado), y el otro vector de desmovilización de 2001 fue el kirchnerismo, detrás de varias de cuyas facetas se pergeñó, conflictiva pero firmemente, el umbral de restauración del orden conservador.
La masacre y el gobierno kirchnerista fueron dispositivos ante todo distintos, pero, aún así, vimos cómo la inyección de tristeza y espanto de aquella intervención policial produjo una mutación anímica de trasfondo en los movimientos sociales desde la cual se entiende su posterior aceptación del llamado gubernamental, al abrazo del Estado y su provisión de guita y nuevos derechos -bueno, en realidad la guita resultó ser un derecho: esa fue una política del capitalismo argentino provocada por el sacudón de 2001, iniciada pragmáticamente por Duhalde, convertida en divisa por Kirchner.
El encargado de operar la conversión de agitadores en micro empresarios sociales o en funcionarios o en “receptores” de dádiva estatal fue el mismo que, cumplida la desmovilización de los sujetos más organizados de la revuelta, se ocupó de reinstalar la represión, y por cuya boca el gobierno de los derechos llamó energúmenos a trabajadores que defendían luchando el civilizado botín de sus puestos de trabajo, doctor Garca Berni: repartió primero plata -que resultó disolvente de la organicidad de muchos movimientos-, luego palos y tiros.
¿Realmente debemos recordar que los derechos solo son subjetivantes -es decir hacen a una mutación efectiva del cuerpo- cuando se conquistan y elaboran, nunca cuando simplemente se reciben de parte de alguien, que pasa a ser condición necesaria de mi -refutada- libertad? Y parece que debemos recordar, también, que si el grueso esencial de los derechos recibidos consiste en un aumento cuantitativo de los productos y servicios que se reciben por dejar la vida en el mercado (incluso el trabajo mismo como premio, “tengo trabajo”, “conseguí trabajo”, etc), lo que más se reconfirma, en la médula misma de la inteligencia corporal y social, es el juego del cual esos son los premios, y no la potencia inventiva y soberana de la subjetivdad.
(Ya la idea misma de redistribución de la riqueza -con todo lo bancable que obviamente tiene- puede ser una vía de refirmación de fondo del juego capitalista, sobre todo si en realidad se trata de un aumento del mercado interno pero sin alteración de los poderes adquisitivos relativos entre los estamentos sociales; alteración política hay si se redistribuyen también los poderes decisorios y valorativos -como ejemplito, recuerdo un video que circuló, sobre asambleas ciudadano-escolares donde se decidía colectivamente cómo sería el uniforme de los alumnos, en Cuba: pura belleza e intensificación cualitativa de la vida. No se trata nunca de la cosa, sino del tipo de movimiento vital que la involucra-).
Esa desmovilización de la revuelta alcanzó su cénit en los festejos del bicentenario: una fiesta programada gubernamentalmente, con lo político como espectáculo. Yo ahí lo vi a Julio Blanck con su familia: ni él podía no estar, porque la afectividad de la fiesta era más fuerte que discursos argumentos o ideas. Se estaba ahí y punto, en esa movilización total del traspaso del protagonismo desde los cualquiera, comunes, los nosotros, etc, hacia el mediador representante. De la jauría al rebaño, pero todos contentos: hay Luz y hay Bien.
Pero esa desmovilización del acontecimiento 2001 también tuvo “accidentes”, trastocamientos, desbordes, al menos en 2008 (contra el lock-out), 2010 (muerte de Néstor), y “la Plaza del 9” que despidió amorosamente a Cristina, así como las semanas previas al 22 de noviembre, de burbujeante movilización anti macrista. Quizá también algunos momentos de saqueos en los que traccionaba más la alegría del agite que el influjo mercantil. Bicentenario y plaza de Néstor coinciden en año, pero diversan en naturaleza; una es zumum de la coincidencia entre la programática de las “productoras” como maestras de ceremonia y rectoras de lo común, la otra es un desborde inesperado que muestra que el aparato tiene un grueso de su potencia en su condición de pieza elegida por la multitud.
Hay por supuesto una cercanía, por momentos promiscua, entre el agite y la aparatización; hay una interfaz, que permite tanto reconversión como pivotes, ambivalencias y complejidades. En esa zona de disputa interviene CFK, cuando confronta a la propia multitud que la fue a bancar el 9, diciendo “ustedes no son autoconvocados, son empoderados”. Ustedes son efecto, el Gobierno es causa, dijo. Bien podría haber dicho que toda resistencia, toda victoria democratizante, tiene como fundamento la movilización decidida de los comunes (aún si luego su garante se organiza gubernamentalmente). Y que al fin y al cabo ella era la empoderada. Pero no: desde su posición de mandataria (saliente) y jefa del peronismo (¿saliente?), consideró necesaria una reacción para negar la figura de los autoconvocados (y eso que tampoco “autoconvocados” es figura incendiaria...). Dijo: vos no estás haciendo historia sino en cuanto te hicimos nosotros, desde determinados “resortes”.

2. Al menos eran ambivalentes
No busco reponer acá a 2001 (nadie quiere volver a ser como antes), cual animado tomuer busca cerebros, no: sobre todo porque algo de 2001 está bastante presente. De la notablementemente lúcida, corajuda y oportunista lectura de Néstor, quedó fuera lo que puede verse como un “resto formal”, un tercero excluido del noviazgo del kirchnerismo con dosmiluno..., que fue creciendo mientras el kirchnerismo llevó adelante una agenda progesista haciendo las cosas mayormente de modos precarios, gestuales, con realidades locales muy ambivalentes (por hacer veloz la crítica), mientras crispaba y crispaba a la derecha -esta crítica la hacemos desde 2007, y, sin embargo, ahora, viendo la facilidad con que entra la estocada amarilla y se evapora el aire pingüino, hasta los más incrédulos encontramos que fuimos ingenuos.
Si el macrismo borra de un plumazo muchos de los espacios institucionales valiosos y bancables creados en la década k, es porque los ideologemas puestos a rodar no fueron una afirmación consistente jurídica, política, estatutariamente, como leí en un breve post de Diego Sztulwark hace poco. Muchos de los espacios y políticas “ganadas” se sostenían en la precariedad de las condiciones de sus trabajadores. Por poner un ejemplo, las universidades en barrios periféricos son loables espacios donde campean los contratos basura, las exigencias a los trabajadores precarizados de realizar “sacrificios para sostener el espacio”, además de los amiguismos berretas, los giles “empoderados” con un escritorio de dirección departamental, etc. Más allá del ejemplo (podría ser seguramente cualquiera de los programas inclusivistas), no es por criticar, es por ser realista y entender: la flexibilidad laboral -el neoliberalismo en ese plano- fue condición material de la inclusión neodesarrollista.
Pero además de que el neoliberalismo regente en la cotidianeidad de las vidas fue condición de base de la pragmática concreta de los programas de inclusión y derechos, hay otro aspecto que también rompe con la polarización k-pro. En esos espacios de inclusión, la imagen era esencial siempre; la realidad local, a veces. Y si los mirábamos de cerca, la presión por “los números” de cada espacio y programa, la codificación estadística de las realidades vitales, una y otra vez se divorcia de -sino aplasta- la calidad de las presencias concretas. Y eso preparó el terreno para la razón gestionista, para la cual la gestión es más importante que lo gestionado.
Pero el actual fascismo contemporáneo gobernante borra de un plumazo espacios que eran al menos ambivalentes, espacios cuya efectuación cargaba con -o era regida por- el gestionismo, para el que vale más la representación -básica pero no solamente numérica- de la cosa que la cosa, sí, pero espacios que ponían a rodar ideologemas democráticos (educación universal, educación sexual integral, naddie quedándose afuera de la circulación de recursos elementales, etcétera), cuya implantación respondía a lecturas más ricas y éticas de lo social; espacios con zonas útiles para el igualitarismo democrático.
Las políticas kirchneristas fueron menos consistentes que la crispación -y la subsiguiente cohesión- que produjeron en la derecha. Crispación que, además, como me apunta nuevamente Damián Huergo, no se erigió solo contra “los kirchneristas”, sino contra los sujetos que el kirchnerismo al menos hizo visibles y en algunos casos legítimos, los putos, los deshauciados, los rotos, etc. El fascismo actual tiene fuerte cuño moral, ordenancista. Y por cierto allí hay, como dice Rubén Mira, una diferencia con el noventismo y su fiesta. Acaso entre las cosas que los agentes del propietariado aprendieron de estas décadas está la idea de que la fiesta de los noventa terminó siendo escollo para la eficiencia de gestión de negocios y gobierno. Visto así, el bailecito horrendo de Maurizio es bien sintomático: hay un momento y lugar bien determinadito para festejar. Y se lo hace mecánica, patéticamente.

3. De la revuelta al orden
Una defensa de zonas de igualitarismo conquistadas encabezada por el kirchnerismo bien puede ser, decía, menos efectiva que una más caótica, lenta y desreglada resistencia por modos cualesquiera, comunes, no lineales, químicos... Prácticas vitales -rancheadas esquineras, autodefensa campesina, intolerancia hacia “empoderamientos” policiales, trabajadores ministeriales que logren “disimular” algunas líneas de trabajo popular, tiempos dedicados a un potlach amistoso de fabulación, infinito etcétera- que banquen lo que haya que bancar y atenten contra lo que haya que atentar y creen lo que haya que crear por agregación de instintos, por aliento mutuo, por convencimiento replicante de la verdad que se impone como tal por su gracia: que todo lo que sea más vivo, fresco, autónomo y por eso gracioso, se fortalezca ante la esencia de la explotación de lo vivo por lo muerto. Resistencia del ánimo buscón sobre la pragmática autoevidente del rendimentismo.
El macrismo es una rotunda afirmación de que la vida debe someterse al orden, como si primero viniera el orden y después -a perturbar- la vida. (Justo en esta tierra, donde escupís y pintan formas de vida, tirás semillas, tirás bichos, tirás gente y, con los pies en esta tierra -que comunica también nuestras vibraciones, de manera menos obvia que la pantalla-, inventan formas de vida). En ese punto y aunque la superficie engañe, el amarillismo es una expresión renovada de la Ley, “celosa y resentida de los cuerpos porque ellos existen primero”. El gestionismo afirma que la gestión sabe más sobre la vida que la misma vida. La ley, la ley no de los papeles que nos hacía iguales, sino la ley que emana la materia misma, de las cosas mismas en el orden capitalista, es el conjunto de deberes y limitaciones coherentes con el mercado. (Este es el verdadero motivo por el que del Pro surge el término “sinceramiento”).
Y los movimientos multitudinales, que como decía pueden proveer de agenda para políticas de gobierno, cuando son creadores, sin embargo, no es tanto por la agenda que imponen: es por el tajo que trazan en la temporalidad normal. Convertir una revuelta en agenda programática borra su potencia más específica, el trastocamiento del espacio común que inducen gracias a ese agite sobre la temporalidad, como dice Furio Jesi, y abre la transición hacia el orden del eficientismo. Los agites son precipitaciones -también se da en muy pequeña escala- donde el tipo de presencia que se inaugura vale por sí misma como experiencia. Valen como una intensificación de la presencia tal que logran la liberación del sometimiento del futuro: no se sabe a dónde se irá, pero mientras estemos así, vamos. Vamos y vamos viendo: la verdadera percepción se abre cuando la experiencia se emancipa del orden programático. La revuelta conquista un no saber. Y ya no importa el desarrollo, importa quién habla. Quién enuncia, quién pone los nombres de las cosas. Etcétera: y cosas.
Pero la revuelta también se da en pequeñas escalas, en espacios personales, laborales, amorosos, etc. Un amigo miembro de una versátil banda decía que cuando se juntaban se activaba tan claramente una frecuencia distinta, que incluso entrenó y aprendió a “juntarse solo”. Lejos de la imagen de “la revuelta” como sacralidad histórica, se trata de pescar las puntas anímicas que pueden difundir dichas frecuencias presenciales, donde algunos sujetos se despegan -más o menos- de su función, suspendiendo el orden normal...


4. Néstor y el Pro, lectores de 2001
Es muy tentador olvidarlo, pero el macrismo se incubó en el kirchnerismo. Como oposición, pero, también, con coherencia con el tipo subjetivo dominante en la dékada. Recuerdo una propaganda, para Cristina 2011, que circuló por internet y pegó bastante: la de “no seas rata Roberto, si te va bien”. Mostraba un tipo comprando un cero kilómetro al que le preguntaban y decía que no sabía a quién iba a votar. No seas rata Roberto, si te va bien, le decía el que había preguntado, que nunca se veía en cámara, era un ñato escondido en la concesionaria. La propaganda la firmaba la “comunicación kirchnerista clandestina”. Era clandestina respecto de la imagen kirchnerista del kirchnerismo. Porque sinceraba lo que años después también Cristina hizo explícito muchas veces al decir “No les pido que miren al país siquiera, les pido que miren su bolsillo y comparen cómo estaban antes”. Récord de venta de autos y motos, cuotas en frargarino y turismo por doquier. Trabajo para dejar la vida ahí, para exprimirse (de los oprimidos a los exprimidos, decía Pablo Húpert). Y laburar cada vez más para no quedarse afuera de ningún tren que sea posible. Es cierto y valioso, se repartieron más premios, todos -obviamente- deseables; pero lo que más se refirmó es el trunfo del juego. El consumo moviliza. Vida capitalista. Y para vida capitalista, ¿por qué no probar unos que ofrecen capitalismo sin más, sin verba, sin discurso ni gritos? Sin política...
Y es ahí donde encontramos a 2001 (a un componente suyo, luego “resto formal”) bastante presente, en la anti política del Pro. Es una reconversión del “que se vayan todos”, hecha divisa del reino del capital, trabajo muerto acumulado que se invierte para proyectar vida “ya vivida”, programática, obvia. Reino que no concibe que nada exista porque sí, donde la gestión es más importante que lo “gestionado”, y donde la dominación de los más poderosos es naturalizada. Reino que opera una desubjetivación parcial general: olvídense de ser protagonistas de la vida, esclavos. De imaginarlo, siquiera.
El Pro fue la mayor lectura no kirchnerista de 2001, como le oigo decir hace rato a Ariel Pennisi. Ofrece como servicio aquel componente antipolítico; ofrece una pospolítica de gerentes de empresa duchados en after office, que hacen política pero no son políticos, son otra cosa: gente subjetivada -y convertida en valor productivo- en otro ámbito, básicamente, claro, el citado de la empresa. Pero ya cuando Daniel Scioli triunfó en la interna del Frente para la Victoria, la dupla competidora del balotaje entera consistía en “hombres no políticos pasados a la política”. Ganó -ambos recibiendo enorme cantidad de votos de rebote, que los eligieron por descarte- el que más plenamente ofrecía la versión de la política que negaba la política como práctica específica, ofreciendo hacer “gestión” en el Estado. (Es muy indicador, como me señaló Marcela Martínez, que el gobierno haya formado una “mesa política” para tramitar los conflictos: implica que no conciben al ejercicio de gobierno como inherentemente político).
En Pro leyó también al 2001; de ahí entendemos que el gorilaje careta usara, de 2008 para acá, métodos caceroleros y piqueteros para combatir al gobierno kirchnerista, bajo el signo clave de las elites pero que triunfaron apoyados por muchos trabajadores y otras clases de no-gorilaje careta, muchos de los cuales -ya dicho- quisieron sacarse de encima “las formas” kirchneristas. Y en efecto, hay una dimensión estética fundamental en la política, donde lo que se impuso es un modelo espantoso de belleza lisa, pastel, rubia, sintética y tersa, con sonrisas de guasón y baile de casamiento enlatado, donde, está claro, los morochos tienen lugar como mascotas y amigos de su propia servidumbre. (Y donde todo estaba perdido desde unos años atrás, cuando el término “cheto” -en los pibes de las denominadas clases populares- se liberó de su peyorativismo y pasó a ser ponderación.)
Pero es también por su condición de no-políticos, de eficaces ejecutores, que es entendible su componente despótico: les resulta natural que el jefe sea una voluntad que manda y ya.
También es por su anti política que tienen afinidad con el poder judicial, los jueces también hacen política como si no fueran hombres políticos. Tenemos ministros de la Suprema Corte que prácticamente ni hablan en público, como si fuera una actividad meramente formal, casi científico-administrativa, simple “aplicación de justicia”. La Justicia pasa como no política porque se acerca al trasfondo del Estado, ellos son agentes de la ejecución de la racionalidad estatal; el orden jurídico, cuyo sustento se auto considera iluminista pero bien mirado es oscurantista, un poder sin argumentos: la Ley manda porque manda y ya. No hay nada anterior.
Porque lo “anterior” es el conflicto, la vida, los cuerpos, etcétera: y cosas, las cosas.
Y el Pro niega el conflicto. Esto no se refuta sino que se confirma con sus medidas violentas económica, política y policialmente. Porque niega al conflicto como constitutivo e inherente, natural a lo social. Por eso mismo puede afirmar que hay sujetos que causan problemas. Al postular que los problemas son causados por sujetos particulares, niega que lo que hay es conflicto y sujetos entramados por el conflicto. Odiaban la conflictividad retórica de los kirchner, porque incluía al conflicto dentro de lo explícito del juego republicano. Para el gerente que “decide pasar a la política”, la actividad política se rige por la eficiencia y todo depende de ella -y de la buena onda, claro-. En el debilísimo acto electoral (ahora los progres recriminan a los votantes de Macri, pero ¿pensaban que la elección era una libre decisión?), y aunque engarzando, sí, con una poderosa voluntad popular (ligada a ideas y percepciones sobre la vida y lo común), ganó la política de que vengan al gobierno algunos que no son políticos, son eficientes y modernos hombres de oficina -y after office-; gente que viene de las soluciones, no del conflicto. Para ellos -para este entendimiento político-, aquellos sujetos cuyas vidas, si se afirman, ejercen conflicto, deben ser mantenidos a raya, siendo docilidad o desaparición sus pretendidos destinos naturales.
Es pifiado creer que el Pro está “provocando” con sus violencias. No. Las marchas y repudios kirchneristas las espera, y sabe que alimentan al consenso que lo hizo ganar, el anti kirchnerismo, que fue apenitas mayoritario. Al contrario, así es la normalidad que buscan. Pero hay algo más profundo. Los negociados infaustos, las políticas económicas enriquecedoras de la elite más rica y propietaria, la escalada represiva y demás, no se impugnan por visibilizarse. La denuncia tiene patas cortas. Esas violencias son aceptadas. La crítica es un género viejo. Las críticas cabían a la ideología, pero son estériles ante esta sensología triunfante (Ariel Pennisi me contó que Mario Perniola acuñó ese término de post ideología). Gobiernan los afectos, como hace rato dice Diego Sztulwark y también Hans Landa, en Bastardos sin gloria, cuando sseñala que dan asco las ratas y ternura las ardillas: “lo interesante del argumento no cambia lo que usted siente”.
Las violencias gubernamentales son concebidas como violencia necesaria para que las cosas puedan seguir siendo como son, que es como deben ser. Justas y necesarias para el deseo de “romperme el orto tranquilo sin que me rompan las pelotas”. También para los ricos, el deseo de gozar del privilegio (es decir, de la violencia histórica) sin que nadie te rompa las pelotas.
Pero mayoritariamente, esa violencia económica, política, policial, es justa para una vida que tiene como premisa callada -envuelta en capas y capas de rin tin tín y de alegría- al temor. Porque el régimen existencial del mercado capitalista está fundado en la derrota. Todos -casi todos- entramos a un juego donde ganan otros, donde ya ganaron. Entramos ya con el estigma de la inferioridad, la enajenación. El juego tiene premios, eso sí: resultan ser premios que valen más que la vida que los produce. Sobre un plano silenciado de una derrota gigantesca, la derrota de la aspiración de libertad, las carreras por estar conforme dan premios que son la consolación de esa vida. De esta vida. Un temor de fondo, un temor en este país del desierto: que no haya máquina alguna que enganche tu vida en un movimiento. (El cagazo, por cierto, es el que puede refutar la esperanza de que “no se le saca a la gente umbrales de consumo así nomás”).
Temor, y premios adorados que valen más que la vida que los produce, porque son su consuelo. Cualquier molestia o amenaza, ahí, merece violencia. Molestias como que haya gestos que sí comportan un ansia de libertad -arrebato de no coincidir con la funcionalidad de nuestra vida-. Esa molestia, que amenaza los premios y cuestiona su sentido, que deja cara a cara con la vida, conecta con la consentida violación a sí.
Y es por eso también que cualquier guiño que la festeje sin más, a esa esa vida, que le sonría, que le prometa animarla sin recordar su sometimiento basal, engancha, engancha como cabeceo rozagante que saca a bailar a quien, solo, se moría de angustia.
Ahora cambió el dj y todos esos odiadores están henchidos graznando en el centro de la pista.
Todos comen el sintagma más esencial -y callado- de la nueva gubernamentalidad: la riqueza y los ricos son algo natural y nunca postulables como causa de padecimientos sociales.


5. Presencia sin saber
¿Entonces? Ahí otra trampa. La pretensión de “saber” en materia política. Nadie sabe, no se puede saber. No tiene sentido denunciar ni se puede saber. El saber es parte del orden. Si hay movimientos revoltosos, grandes o chicos, que tajean la temporalidad normal, conquistan justamente un no saber, e impera el divino mientras tanto ensanchado. Ahí es posible olfatear y estar a la altura de las prácticas que no son gobernadas por esta mierda, como dice Juguetes Perdidos. Instinto de vínculos y modos de hacer fuerza que ejerzan otra calidad de presencia.
Lejos de dedicarse llanamente a “hacer política”, casi en lógica de “respuesta” a lo que impone la actualidad, repetida y renovadamente hay que preguntarse “¿cómo me imagino el socialismo?”, o lo que cada uno pueda preguntarse para conducirse a las prácticas que expanden lo mejor que puede concebir en la vida, sea cuidar viejitos o bailar y beber ron o ayudar a aprender las matemáticas a los niños o construir barcos o cocinar o... No es la política la que puede sostener una resistencia históricamente relevante; es la vida. La actualidad del mundo acecha, y la Política es partícipe y beneficiaria de esta dominación mediática de la fabulación. El facebook ofrece tres íconos de sucesos en la pantalla personal: amigos, mensajes, y el tercero es el mundo: hoy el mundo tiene treinta y dos notificaciones para ti... Catarata que evanesce la presencia, que invade su tiempo con, siempre, otro lugar. Y es la presencia la que puede subrepticiamente hacer manar el flujo que rompa la actualidad. Presencias -comunicacionales, callejeras, etílicas, musicales, naturalistas, escolares...- que logren desmarcarse de lo debido para lograr movimientos desde la óptica de lo que pueden por sí, sus accidentes, sus encuentros, sus instintos, en combate involuntario hacia la ridiculización y el disecamiento del eficientismo (como idea, deseo, policía, etcétera).









Monday, October 26, 2015

Fiebre amarilla, notas rápidas.

"Vos solo tenés que darme el voto. De todo el resto me ocupo yo".


Afirmando la deriva desmovilizante del kirchnerismo, Scioli quiso -como Macri- ocupar el centro: la continuidad de la vida como puro capitalismo.

Criando el orgullo de "romperse el orto laburando", la alegría del consumo en cuotas y el ansia rendimentista, no debe sorprender que el suelo subjetivo de la década prefiera la continuidad de su pacto material sin el ruido de la verba inflamada de líder y tropas.
Los sensibles al discurso quedaron fuera del sciolismo; los sensibles a "mirar su bolsillo, no el país", como pidió CFK varias veces, reformulación del "No seas rata, Roberto, si te va bien", ahora quieren una continuidad de eso, simple capitalismo sin olor peronista ni discurseante. Esto además de los fascistas más decididos.

¿Qué es -qué será- peor para la democracia, para la igualdad? Es difícil saberlo, entre dos tipos que a la mañana comparten cepillo de dientes. Incluso el "tener gente y organizaciones populares detrás" -argumento con que querían convencernos de votar al otrora delfín menemista y actual responsable de la Bonaerense- no necesariamente obstaculiza políticas anti populares, a veces ayuda (como al propio menem haber llegado con el frejupo y tener apoyo sindical); y la casi diría franqueza evidente del neoliberalismo más puro de Macri podría facilitar la velocidad y decisión de la resistencia. Realmente es incierto qué escenario sería peor para la repolitización de la vida común, para la organización de espacios de autonomía resistente. El kirchnerismo se va con el que creo es el primer luchador asesinado por el Estado en su gobierno, en la provincia de uno de los dirigentes más ungidos por la Presidenta en los últimos años, y ni siquiera hubo alta alharaca. Incertidumbre.

Lo que sí siento claro es que el triunfo de Macri sería una regresión estética masiva en Argentina. Esa forma de hablar propia de la cápsula elitista, esa sonrisa de Clase Dominante heredada, esa forma de bailar de Simulación y garchar feo; asco. Uno modelo de belleza neutra, seca, lisa, amarilla. Espantoso. Imágenes, formas de la corporalidad y del encuentro que trafican afirmaciones sobre la sociedad de clases, rubio patrón para el que los privilegios y las pobrezas son dato natural. Prefiero sin dudarlo la mentira híbrida del anudamiento de intereses del peronismo de derecha. A manquear el balo.

Friday, August 28, 2015

Bipedismo y subjetividad

El hombre es hombre porque la mujer se puso de pie y la función nutricia fundante -la mama elemental- puso al bebé cara a cara, anclando la gravedad mutua de las pupilas.

Nos erguimos y alimentarse pasó a ser un proceso subjetivante.

Sonrisa

La sonrisa no viene de movida, se sabe; se aprende.

Primeramente la boca se abre o bien para comer -recibir, succionar: hay una bella violencita de apropiación alimenticia- o bien para chillar, para digamos protestar por determinado aquejamiento -también violencia para que algo pase-.

La sonrisa es la primera apertura de la boca no utilitaria; la primera incorporación no cuantificable de mundo, la primera expresión no determinista, puro festejo de lo que ya está pasando.

Thursday, June 25, 2015

Anomalía de píxeles (sobre las cámaras de seguridad)




Publicado en Revista Crisis, diciembre 2015. Imágenes de Osvaldo Rodríguez y de SpY


La maroma camarista


Las 2000 cámaras de la Policía Metropolitana en las calles porteñas, las 1200 de la Federal, las 1200 o 2000 -según versiones- en los subtes, las miles que vigilan el tránsito, son un gigantesco negocio, incumplen la Justicia (en el caso de las municipales) y constituyen una política compartida por oficialismo y oposición que crece velozmente en la urbanidad argentina, porque expresan el sustrato sensible común de la política. En efecto todas estas cámaras del control estatal, como por ejemplo las que coronan la punta del Obelisco porteño –convertido en torre de vigilancia-, no son nada: nada comparado con la cantidad y tasa de crecimiento de las cámaras privadas, no solamente en las fábricas vigilando el proceso productivo (cuidando el robo legal de la plusvalía), no solo los bancos con alta tecnología de reconocimiento facial, no solo los clubes de fútbol y los shoppings y los cines y rapipagos, sino una ola verdaderamente inmensurable de cámaras puestas por pequeños comerciantes y, sobre todo, por vecinos cualesquiera.


Solamente en la Cámara Argentina de Seguridad Electrónica (CASEL) se consignan 107 empresas que ofrecen dispositivos de videovigilancia: para micros, para bancos, para jardines de infantes, para la puerta del hogar, para el cuarto de los niños. Los últimos modelos transmiten la imagen a internet en tiempo real y pueden monitorearse desde el celular. Por seis mil pesos puede comprarse algo básico: un domo infrarrojo con alcance de veinte metros que se activa cuando detecta movimiento, con el cableado, la grabadora que guarda todo por un mes y hasta el humano trabajo de instalación incluidos. Otras ofertas proponen kits autoinstalables, con dos cámaras, por cinco mil pesos. “Vimos que es muy creciente la demanda de compra por parte de consumidores finales, familias, y que en ese segmento, la presencia del personal de instalación era una traba”, explica Pamela Carrizo, encargada de márketing de Big Dipper, una de las empresas líderes en distribución de dispositivos de video-vigilancia (representante en Argentina del gigante chino Dahua).


La gran mayoría de las camaritas son chinas; también hay estadounidenses y europeas, pero cuestan casi el doble y las chinas en los últimos años han elevado mucho sus estándares”, cuenta una fuente del negocio de la videovigilancia, a quien llamaremos Carlos porque pidió anonimato, una fija en este gran negocio del miedo y el control, que en Argentina con la crisis (con la idea sola de crisis) crece, y que en el mundo tiene pronósticos de expansión de 16% anual hasta 2017 según TSR (investigadora de mercado japonesa), o 22% anual hasta 2018 según IHS, una consultora yanqui terrorífica que se dedica a la información industrial en rubros como Defensa, Aeroespacial, Medicamentos, etc. En China trabajan en la industria de la seguridad un millón y medio de personas; tres millones de manos. Cuando Shangai hizo su Expo Universal, en 2012, contrató para la video-vigilancia a Hikvision, que puso para el evento doce mil cámaras. Hikvision es otro gigante chino, fundado en 2001 con 28 trabajadores y que ahora tiene ocho mil, de los cuales 2800 son ingenieros de investigación y desarrollo, y que dice en su web cotizar en bolsa doce mil millones de dólares; con gran presencia en Argentina, representada por Security One (dirigida por el joven empresario Christian Uriel Solano), tiene a cargo por ejemplo las videovigilancias de Boca Juniors, del municipio de Calafate y -Randazo mediante- de la red ferroviaria nacional.


Según el ingeniero Eduardo Casarino, miembro fundador de CASEL desde su empresa Sistemas Electrónicos Integrados, “El mercado de la videovigilancia crece en Argentina a un 15% anual, y el segmento de uso doméstico a un 20%. En términos absolutos, la dimensión del mercado de la Seguridad Electrónica fue de unos US$ 595 millones al término de 2013 y se espera que alcance los 700 millones para el fin de 2014, de los cuales 230 corresponden específicamente al mercado de video-vigilancia. En el año se instalan, en todos los rubros, más de 35000 cámaras de CCTV [Circuito cerrado de televisión]”. Una empresa local grande, informa Carlos de primera mano, importa en 2014 unos tres millones de dólares que vende a cinco millones (actividad comercial con escasísima mano de obra, claro).


Basta con prestar atención y se empiezan a ver cámaras por todos lados, incluso en trayectos que se hacen a diario sin haberlas registrado antes –porque, claro, el hombre no es bicho de registro constante y total-. Se torna, luego, imposible dejar de encontrarlas por doquier, en la propia cuadra, en la manzana, en las inmediaciones. Ojos inertes, más o menos disimulados por ejemplo entre los artefactos de alumbrado, aunque estos hacen lo opuesto: absorben luz. Enfrente en el depósito de pintura, en la otra cuadra el chalet de dos pisos y otra casa, en la otra esquina el maxikiosco; a la vuelta, una vivienda modesta con dos soberanas cámaras que, muy extraño, no filman la puerta sino el cordón de la vereda. “No”, dice un vecino, “parece que hace un tiempo tuvo problemas con el auto… que un vecino se lo rayó, algo así, debe ser por eso”. Puso pues un sistema de unos ocho mil pesos que registra todo lo que pasa, que somete a los pasantes a ser apuntados con esos artefactos, asimilándolos a un “afuera peligroso”.


Ese material filmado queda en poder de los privados y su potestad; “¿por qué no imaginar, pongamos, que un supermercado que filma la vereda por motivos de seguridad no podría venderle su archivo de imágenes a una consultora que hace estudio de mercado para marcas diversas? Cómo se viste la gente cuando va a comprar, diferencia de géneros, etcétera, lo que sea”, cuestiona Carlos.


La eficacia de las cámaras para evitar delitos en hogares y comercios pequeños es muy discutible (dato gracioso: mucha gente compra dispositivos IP, cámaras de alta definición que suben la imagen online en tiempo real, pero olvidan cambiar la contraseña que traen de fábrica, de manera que es muy fácil de acceder a sus transmisiones, como hace el sitio insecam.com, donde pueden verse las tomas en vivo de 75mil cámaras de todo el mundo, mil argentinas). “La gente suele comprar dos DVRs [el aparato que recibe y guarda las imágenes], porque los ladrones cada vez más es lo primero que buscan, para destruirlo, entonces tenés otro de reserva…”, dice Pamela Carrizo (de Big Dipper). Pero supongamos que un vecino corriente sufre un robo hogareño, y le queda grabado en imágenes. Irá a… ¿la comisaría, a hacer la denuncia? ¿Qué investigación realizará la policía a partir de dicho material? En fin. Lo cierto es que se ponen cámaras por “prevención”, es decir por miedo: ese gran regulador de la economía anímica citadina.


Por un fantasma, por una imagen especular, se implementan movimientos materiales concretos, y de pronto caminar por la ciudad es ser filmado por una increíble cantidad de cámaras –y, se sabe, la observación es una fuerza física que altera la trayectoria de las partículas-. Shenzhon VVS, otro monstruo oriental, asegura en su web que en China hay “mil millones de clientes potenciales”. Se importa de China (o Corea, o Israel si el cliente es el Estado, o Alemania si es un banco), se le vende a “mediadores”, es decir micro empresitas o simplemente individuos que, en cada torre, en cada barrio, en cada pueblo, ofrecen el servicio a los vecinos: señora, no necesita más estar vigilanteando detrás de la persiana. Señor, si le revisa cada tanto el mail a su esposa y las cosas a su hijo, esto es para usted.


Mucho se ha señalado que el neocapitalismo hizo más complejo identificar las caras del poder; paralelamente, se multiplica una tecnología que instala un sinfín de ojos técnicos que son la materialización actual de la mirada del amo, como plantea el ensayista Gabriel Muro (en un artículo sobre la obra de Harun Farocki, que estudia el uso de video-vigilancia en procesos fabriles y militares).






Cámaras metropolitanas


El sociólogo Andrés Perez Esquivel presentó una demanda contra el Gobierno de la Ciudad porque la Metropolitana no publica la ubicación de sus cámaras ni de las cámaras de empresas cuyo material puede usar (debe hacerlo según indica la Ley 3998, de 2011, que modifica la ley 2602 de 2007). Aunque el juez Darío Reynoso falló a favor de la demanda, la Ciudad sigue ocultando. Entrevistado para esta nota, Pérez Esquivel explica que “lo que hay es un gran negocio. La ciudad acaba de prorrogar por un año su contrato de leasing con la empresa Global View; la prórroga establece el pago de dieciséis millones de pesos por continuar el mantenimiento de las 2030 cámaras que recién serán propiedad de la Ciudad cuando termine el contrato, que empezó en el 2010 y por el cual Buenos Aires habrá pagado aproximadamente 320 millones de pesos, unos 160 mil por cada una: lo que cuesta un dron de avanzada. Y sin incluir el cableado, porque se usa el de empresas privadas que tienen redes de fibra óptica, empresas que técnicamente tienen la posibilidad de acceder a esa información.” Las cámaras de la Federal, por su parte, que son 1200 en 300 puntos (porque coloca cuatro en cada cruce), son de la marca Mer Systems, empresa israelí; coincidencia, el empresario ex montonero Mario Montoto es el creador de Global View y también es vicepresidente de la Cámara de Comercio Argentino Israelí.


Montoto, ex secretario de Firmenich, fundó y dirige Global View, aunque en 2012 vendió el 85%, por 30 millones de dólares, a la japonesa NEC, gigante que, cuando anunció la compra, ponderó desde Tokio que “Global View S.A. tiene una fuerte base de clientes en servicios de vigilancia, particularmente gobiernos municipales, y su negocio está basado en un modelo de cuota mensual”. Provee por ejemplo a Tigre, Rosario, Lomas de Zamora; acaba de ganar la licitación en Mar del plata, por seis millones de pesos por 65 cámaras durante treinta y seis meses: fue la única empresa en presentarse. “Los municipios ya lo toman como un ítem más de la política que tienen que hacer: construir una calle, poner cámaras”, afirma desde Big Dipper Pamela Carrizo. Al respecto, Eduardo Casarino dice: “El futuro del control de la seguridad en los municipios tiende a utilizar aún más las tecnologías de los sistemas de video-vigilancia, al igual que en los países de más alto desarrollo. El único escollo que tienen los municipios es la inversión que tienen que realizar para que un sistema sea eficaz, ya que lo que realmente sirve suma un monto muy importante y lo que se instala a un costo más bajo resulta en un sistema de prestación defectuosa y poco eficaz”.


La Metropolitana –sintetiza Pérez Esquivel- no quiere inscribir sus cámaras en la Defensoría del Pueblo y en ningún control externo, y ha sido intimada por la propia Defensoría, por la Auditoría, por la Legislatura y por la Justicia. Se trata de un negocio y de una puja de poder entre fuerzas policiales: la Metropolitana tiene tres comisarías, patrulla cinco comunas, pero tiene cámaras en todos lados”.


Las dos mil cámaras de la Metropolitana envían sus capturas al Centro de Monitoreo Urbano. Uno de sus operarios-espectadores, que pide no dar su nombre, cuenta que “son 2030 cámaras y en cada turno hay quince o dieciséis operadores monitoreando: ciento treinta, ciento cuarenta cámaras para cada uno. Cuando vienen los medios, como vino La Nación, o cuando viene algún diplomático extranjero, llaman a los operarios de los otros turnos, llaman hasta al portero y le ponen uniforme y los hacen actuar que laburan, para mostrar que hay treinta personas monitoreando. La ciudad tiene trece mil cruces (de calles), inabarcable. Donde sí sirve es en la Comuna 1 (Retiro, centro, Constitución), zonas de mucho asalto callejero, y donde ahora los chorros saben que están las cámaras –en esa zona hay muchas- y se corren a otros lados. Las que están en el Obelisco ahora son visibles porque están afuera de las ventanitas, pero ya estaban, solo que adentro. Podemos moverlas para mirar en cualquier rango, y tienen, como todas las de la Metro, un alcance de 1600 metros. Lo que se dice mucho y es falso es que violan la privacidad. Están programadas para que si hacen zoom a una casa, por ejemplo, donde está la ventana se bloquee, se pone negro; cada cámara se programa específicamente. Y también es falso que se usen para hacer espionaje, para espiar militantes o activistas. Salvo en el Borda, ahí sí les pusieron una cámara, dentro del Borda, para vigilar a los agitadores.”


Igual, el sistema es obsoleto. Londres tiene veinte mil cámaras municipales, y ni un solo operador: son cámaras de una inteligencia tal que están programadas para registrar anomalías de píxeles. Si una puerta se abre en un horario en que debería está cerrada, o si en un pasillo de subte una sola persona camina en dirección opuesta a la masa, el sistema lee la anomalía en píxeles, y larga una alarma para que, ahí sí, venga un operador”.


Homo-occidentalis


Es que las cámaras se usan para no estar. No se trata solamente del control, no; aquí el control participa de un atributo genérico de la subjetividad mediática: la multiplicación de instancias de la presencia simultánea. Estar sin estar. Poner camaritas en el cuarto del niño o el bebé sirve para poder estar tranquilo en otro lado. Así es que NEC, que en su web cuenta su larga y expansiva cronología, hito por hito, salto por salto, cuando llega a 2003 exalta el momento bisagra como ningún otro: La era de la omnipresencia. ¡El futuro es ahora! ¡El sueño se convierte en realidad! La gente ya ha comenzado a experimentar los beneficios y el confort que les ofrece la sociedad omnipresente.


La pasión por mirar es conocida. Con una larga preparación del sentido de la vista, los homo-occidentalis nos conformamos como espectadores. ¿Cómo pensar, cómo nombrar, a esto que somos ahora, personas filmables? ¿Actores? Los quince minutos de fama para todos preconizados en los sesentas, ¿es descabellado verlos como preparación para esta visibilidad permanente? También es cabellado pensar que la pulsión por exhibir la propia vida (desde facebook hasta el “giro autobiográfico de la literatura argentina”) es consustancial al reputado fin de los grandes relatos: ante el vacío de una entidad magnamente inclusora, integradora, que nos oprime pero nos cuenta y proyecta, el yo narcisista se cuenta a sí mismo y gestiona ser captado. Sobre el fondo anímico de irrelevancia individual se apoya la aceptación social de la omnipresencia de las cámaras: me filman, soy alguien.


Este engarce entre control y subjetivación vía imagen es bien entendido por ejemplo en Nueva York: hay un bar, subsuelo del clásico edificio Seagram, un bar restorán muy a la última onda, que tiene arriba de la barra, como principal presencia estética del salón, un largo panel de pantallas unidas: muestran, con un leve efecto de espasmo y repetición en loop, las imágenes de la gente que entra, tomadas por las cámaras del ingreso; el recién llegado puede verse, por unos minutos, hasta que su imagen pasa a retiro y sigue viendo a los nuevos ingresantes.


Pero si las cámaras son omnipresentes, ya no pueden pedir sonrisas. La webcam para ejercer el "yow 2.0" puede ser el mismo aparatito que me filma en el kiosco, pero una es vía de subjetivación espectacular, la otra de objetivación por control.


Y del ser filmado como excepción a ser filmado como la nueva naturaleza hay un cambio cualitativo; ya no puede existir la cámara "oculta": el punto de partida en cualquier parte es la como mínimo posibilidad de estar siendo capturado como imagen (por eso los recientes casos de “éxito” de videovigilancia es con tipos de sanidad mellada: el asesino de la estudiante chilena, el pirómano de Caballito). ¿Qué subjetividad genera esta mirada inerte omnipresente, qué verdad queda naturalizada, qué asume el cuerpo? ¿Hasta dónde llega, o llegará, el efecto de las camaritas sobre la conducta común? ¿Es la punta que más lejos llegó para subsumir todo rastro o expresión de salvajía, todo impulso de espontaneidad?


La cámara no solo te ve: te guarda. O mejor, con ese órgano nuestro que es la cámara, nos guardamos. Nos registramos, como una marca; nos enmarcamos, nos hacemos marca. Nos objetiva como imagen visible, donde lo invisible no existe. Son un órgano sin cuerpo, las cámaras, ojo puro, una pura función: un ojo sin cuerpo que nos embalsama: salva nuestra imagen para la eternidad, y nos llena de nada.


Si algo le duele a las cámaras, es ser ellas mismas visibles. Su anhelo es ser un ojo sin cuerpo. Ojos que alteran el estatuto mismo del suelo, de la materia urbana: ahora está siendo filmada, las cámaras la captan y le devuelven el dato de que es imagen. ¿Succión del alma citadina? Toda la realidad, duplicada. Guardada por sesenta o noventa días y eliminada si no hay nada que verificar. ¿Qué decir de este back-up de la realidad, de esta "memoria externa" de la realidad?, que, por otra parte, en vez de "inocente hasta probar lo contrario", dice "amenaza pero irrelevante y eliminable salvo que suceda delito". ¿Vigilancia de la normalidad de lo no-acontecimental? No somos nada, hasta que resultamos anomalía de píxeles.


Christian Ferrer, miembro editor de la revista Artefacto, autor de El entramado. El apuntalamiento técnico del mundo (además otras obras como su flamante biografía-ensayo sobre Martínez Estrada), consultado para esta nota, dice: “Hemos sido integrados a un inmenso campo de maniobras, un entrenamiento gigantesco para la subjetividad del que a nadie le está permitido salir, sin mayor conciencia de qué estamos haciendo y sin que aquellos que lo instalaron sepan todavía qué van a hacer con los resultados”.























Thursday, June 11, 2015

De aquellas movilizaciones en Brasil (sobre la subjetividad programática)

Con Leandro Barttolotta, en De pies a cabeza, y publicado en Marcha allá cuando el Mundial estaba en el futuro.

Brasil, el estadio de las cosas

1
Brasil es un equipo de fútbol en el que todos juegan pero arman un equipo horrible que juega horrible y gana. Horrible: apuestan a lo horrible, a lo mezquino, calculando que la genialidad aparecerá como emergencia mínima suficiente. Nunca apuestan a organizarse como equipo, como un nosotros orgánico, desde la premisa constante de esa genialidad. No juegan a la belleza. Su máquina, su equipo marca-Brasil, explota vilmente la belleza que portan los cuerpos que lo componen. Explota la belleza vilmente, sin soltarle la rienda ni tampoco alentarla con voluntad para que rija. Una voluntad horrible.

2
El año pasado hubo agites muy fuertes en Brasil, que con menos prensa aún continúan y que pusieron al Mundial en el centro de la escena de un modo inesperado. A las plazas centrales, palacios de Gobierno, templos religiosos, embajadas extranjeras, palacios de Justicia, viviendas particulares de algunos funcionarios, a las comisarías y destacamentos militares, se hacen las manifestaciones políticas desde centurias. Los brasileños no: ellos agregaron, como sitio de concentración de libido política, los estadios de fútbol. Pasó a ser a los estadios donde hay que llevar los cuerpos y las palabras de la disidencia.
Estas movilizaciones nacieron esencialmente improgramadas, y por tanto exentas de tradición militante. No heredaban consignas, proclamas y cánticos de manera obvia y lineal. Había que inventarlas. En una postal conmovedora, entonces, los gritos del nosotros brasileño usaron, para marchar a los estadios a protestar contra el Mundial, la melodía inconfundible y la entonación palmaria de las canciones de cancha.

3
Es interesante que el disparador del estallido haya sido el boleto del colectivo. O, digamos, el transporte como problema.
La jornada laboral no es ya el ámbito por excelencia del conflicto. Porque es la vida misma, entera, sin “afuera”, la que está puesta al servicio de la valorización mercantil. Un extractivismo que no es solo de los recursos de la naturaleza, sino de la vida humana urbana misma como fuente de valor. Toda la vida como insumo de la maquinaria mercantil. Es la vida, por lo tanto (y no solo el trabajo), el problema político fundamental.
Hay muchos que viven al fútbol como –o evitan vivirlo por considerarlo un- operador del extractivismo vital. El fútbol es visto, en Brasil, pero también en AFA plus para todos, como argumento para que se modernice la dominación. Pero amamos el fútbol no sólo porque la bocha no se mancha, sino porque permite visibilizar las operaciones de mercantilización y de control.
No es contra el fútbol que se agitó en la red metropolitana brasileña; no: es desde el fútbol. Como ejemplo, un mail enviado desde Brasil en los días más fuertes de las movilizaciones (y la Copa Confederaciones):  “Un amigo fue hace unos días a ver un partido al Maracaná recién reformado, y volvió con el corazón en la mano. A partir de ahora, decía, una marcha como la de ayer iba a ser de las pocas ocasiones en las que se iba a poder sentir la vibración que se sentía en el viejo estadio cuando gritaban los hinchas de tu equipo y del otro, porque al nuevo Maracaná, por convenio con la FIFA, le metieron una acústica que deja todo en un cono de silencio.”
Sentir la vibración de los otros; ser informado por la vibración de los otros. Una experiencia de la igualdad. Se ve, en ese testimonio, al fútbol como experiencia de tierra propia, tierra materna (tan masculino) que provee los parámetros y las imágenes con las que medir también las intensidades de la pasión política. El fulbo señala y activa preguntas: ¿En qué ciudad queremos vivir? ¿Para qué vidas están haciéndose las ciudades?

4
El Mundial es un escenario de guerra. Objetiva, estratégicamente, el mundial, que llegó hace rato, es un escenario de guerra: “Brasil usa aviones no tripulados que pueden atacar sin orden de Dilma. Podrán derribar aeronaves sospechosas. Sin permiso presidencial. Pero temen que los usen para controlar manifestaciones. Son drones que ya vigilan la Copa Confederaciones, y los utilizarán en la visita del Papa y en el Mundial.”
En las movilizaciones del año pasado hubo algunos episodios de represión. Pero hubo un tipo de movilización especialmente que produjo represión de la más alta violencia: la que intentaba acercarse a los estadios durante los partidos de la Copa Confederaciones. 
Un axioma reza que “si el poder reprime algunos movimientos, aquellos que no son reprimidos no amenazaban entonces al poder”. Las movilizaciones que imponen la presencia de la multitud en las ciudades parecen ser tolerables, mal que mal, para el orden. El imperio de lo obvio es flexible, aprende. En cambio, las que imponían esa presencia atacando de modo directo los partidos de la Copa, debían ser impedidas, con la violencia que fuese necesaria.
Parece que incluso el Palacio Legislativo tiene menos valor para la constelación de poder gubernamental que los estadios que alojan la Copa. La realización de los partidos de Copa era cuestión de Estado, parte del orden de la Nueva Roma con colmillos policiales.

5
No miro fútbol. El fútbol es una mierda. Tal es la verdad de muchas vidas sensibles. Muchos amigos y compañeros lo afirman, se afirman en esa perspectiva, y, vamos coartadas les sobran. Básicamente, el dominio de las mafias. Corrupciones arbitrales; raciocinio millonarista de los jugadores; periodismo oportunista y advenedizo; negociados de emporios capitalistas euro-petroleros y fuga de talentos; explotación de niños indios para el endiosamiento global de la marca equis; acomodos gubernamentales; arreglo permanente entre poderes: etcétera.
Escenario visible tras el cual se traman tamañas empresas, el fútbol es una mierda, una mentira, dicen y sienten tantos amigos. Amigos a los que -y éste es el problema- les encanta el fútbol.
Su renuncia busca sustraer su torrente pasional de la gran maquinaria mercantil, publicitaria, securitista. La pasión por hinchar, la pasión por el juego de la pelota al pie y por el toque, la pasión arbitraria que signa el color de una cara de la vida, esa pasión secuestrada, activa pero al servicio de designios ajenos; la pasión zombi de las mafias blancas.

6
Brasil es un gran ejemplo. Con miles de millones invertidos en la cita internacional (este mundial cuesta mas que los dos anteriores juntos), muestra un paquete de  “pacificación” de favelas, despliegue de nuevas tecnologías de control poblacional, auge de ciudades-marca con transformaciones urbanísticas traumáticas para muchos (estadio, shopping, autopista, torres: una red de exclusividad pública que tajea la superficie de lo común, y miles de personas desplazadas por la gentrificación capitalista).
Pero no es posible –es indeseable y por eso inválido- desactivar nuestra pasion de vidas futbolizadas.
Es necesario pensar para proteger el aliento –el aliento, perseguido como cuántium calórico que insufla valor a las redes de degenerada reproducción del capital. El aliento, fuente de plusvalía pasional.
Los encuentros callejeros que agitaron la red metropolitana brasileña fueron mayormente leídos como critica al futbol en los viejos términos del opio de los pueblos (manto a corrupciones varias, entretenimiento popular que desvía valores de las verdaderas necesidades, etc). Sin embargo, rápidamente esas movidas bastaron para que el circo que rodea el fútbol retirara, por un momento, su investidura celestial de imágenes grandiosas, y dejara ver el oscuro cinismo que lo motoriza. El deseo de las mafias blancas no es un deseo futbolero. Es voracidad del capital. Y el amor al fútbol puede mostrarlo.

7
Las  críticas al mundial por “despilfarro de dinero” o “irracionalidad estatal en la administración de recursos públicos” expresan criterios utilitaristas y economicistas. Lo que se trafica y se gestiona en torno a un mundial en Brasil es otra cosa. Una economía, sí, pero también libidinal. De gastos y derroches pasionales, no únicamente mercantiles. Cuando se pregunta qué le queda a la población brasilera además de la recaudación extra de unas buenas semanas para la economía domestica, se pifia: el derrame de dinero es secundario. El “saldo” –energético– incluye un nivel mucho más amplio que las infraestructuras y novedades materiales.
Parece que el gobierno (todo el entramado de  entes y prácticas que gobiernan las relaciones sociales, entramado con parte estatal y parte privada) ve en mayor plazo que estas críticas. Porque lo que se construye es una valorización, un salto cualitativo del valor de la marca-país. El valor de la marca, o mejor, del mundo-Brasil, viene primero; las ganancias vienen después.
Con una miríada de intereses -de naturaleza diversísima y más o muy menos coordinados- confluyendo en “el proceso brasileño”, el país hermano, otrora imperio, protagoniza el proyecto más radical que se recuerde de salto de estatus de un país. Las objeciones podemos discutirlas. Pero el aumento de la población enganchada a los parámetros de consumo y producción del globo occidental (vida pensada como fuente de productividad, tarjeta de crédito para electrodomésticos, plan de salud, turismo y entretenimiento, etc), la alianza con simios del tamaño de Rusia, India y China, el empoderamiento militar (con propuestas de producir armas atómicas), la carretera interoceánica que le da salida por el Pacífico, y tantas cosas que pululan como datos por doquier, son un experimento histórico monumental, que contiene a la vez poder y resistencia, y que busca coronarse, valga Dios, con la organización de las Olimpíadas y, primero y ante todo, el Mundial.

8
Pero las movilizaciones instauran su verdad: la valorización de la marca-Brasil no coincide con la valorización de la vida-Brasil.
El crecimiento económico puede pasar por afuera de la vida. O, mejor, por afuera de la experiencia. Es lo que sucede cuando la economía es puro programa.
(Una anécdota grafica la no determinación entre economía y calidad de la experiencia: cuando Tom Jobim volvió a vivir a Brasil después de varios años en Estados Unidos, le pidieron que comparara cómo se vivía en ambos países, y dijo: “allá está bueno, pero es una mierda; acá es una mierda, pero está bueno”).
Y aquí cabe una digresión: una digresión a lo que quizá sea el centro del problema.
El programa: es un modo de pensar, un mandato, un formato de concepción del existir, que prediseña la vida. Por eso la niega como experiencia.

9
El Mundial, por ahora, es un acontecimiento programático; ojalá el fútbol haga que pase algo. La economía programática es una economía (contaba el historiador Ignacio Lewkowicz que Mao se peleaba con Stalin por la planificación centralizada: si bajaba programada desde el Estado, o si se elaboraba tomando como data base el vivir improgramado del pueblo… Los chinos hacían grandes parques sin caminos, y solo al par de años el Estado “construía” los caminos que la gente había marcado).
Ahora, programa y capital tienen afinidad electiva. El programa prediseña la vida; es vida ya-vivida, vida sin sorpresa, sin no-saber. Y el  capital por su parte es trabajo muerto acumulado: es decir, también, vida ya vivida, que se invierte para que proyecte vida futura. El capital, trabajo muerto, ya hecho, se invierte, y produce vida ya hecha.
Programa y capital, además, implican fetichismo. Fetiche de la concentración del tiempo de trabajo ajeno (capital), y fetiche de la imagen de vida que existe –como mágicamente- antes de la experiencia (programática).
Es desde aquí que hay que comprender las movilizaciones sin programa. Con vindicaciones, sin programa. Sin un saber pre-hecho sobre a dónde quieren ir.
Esto habilita confusiones, por supuesto (si las movilizaciones “son de derecha o de izquierda”); habilita la ambivalencia de la multitud.
Pero hay que comprenderlas desde aquí porque desde aquí puede vérselas como un arrebato neto contra el capitalismo, contra la subjetividad que el capitalismo produce y requiere: la subjetividad programática.

10
Son movilizaciones contra la succión que traduce el valor de la vida-experiencia al código vida-valor, es decir al capital, y que lo proyecta como programa traduciéndolo al código de vida-imagen.
Son una presencia prepotente contra programa sabiondo. Un nosotros-ahora-acá que vale más que el gran relato del primer mundo.
Tuvo que aparecer el fútbol para que los brasileños hicieran intolerable esta concepción de su vida.
Fue sólo cuando se puso al fútbol como convertor de la vida-Brasil en marca de jerarquización nacional en el concierto de la fluidez de negocio global, que se dijo ya basta.
¿Dónde está la vida?, dónde está en juego la vida, aparece como una pregunta-disputa, una pregunta grito de combate. Grito del pasado, el presente y el futuro hacia el presente. Gestas multitudinales que arrebatan la vida-Brasil del altar donde manda el estatus de la marca Brasil.






Thursday, June 04, 2015

Buenas ondas (radioboludeo)

Por Ignacio Gago y Agustín Valle para revista Crisis (2012)

Almacenes coloridos a los que llamás `ciudad`
te envuelven con canciones indoloras como hilo musical”
(Indio Solari, “Nike es la cultura”)

Al investir a los jóvenes y a las mujeres de un absurdo plusvalor simbólico, al hacer de ellos los exclusivos portadores de dos saberes esotéricos propios de la nueva organización social -el del consumo y el de la seducción- el espectáculo ha libertado, sin duda, a los esclavos; pero los ha libertado en cuanto esclavos.”
(Tiqqun, Teoría de la Jovencita)

Todas aquellas aptitudes creativas que ponemos en juego a lo largo de nuestras vidas, en cualquier situación, en las más cotidianas, son ahora puestas a trabajar, puestas a obedecer. Precisamente cuando lo que se esclaviza ahora es el lenguaje, la mente, las fuerzas de creación, la subordinación toma esta forma infantilizada, en la que quien puede hablar no tiene nada para decir y quien debe enfrentar los problemas los encuentra ya planteados. Hay que estar atentos a las consignas. Hemos vuelto a la escuela. ¡Atentos, atentos a las consignas!” (Del libro ¿Quién Habla?)


1. Boludeo modulado
El boludeo es una práctica activa, que tiene lugar en la generalidad de las autogestiones de la salud; al parecer el boludeo forma parte de la supervivencia, y tenemos variados dispositivos para ejercerlo. La programación de las radios fm’s colabora masivamente en esta tarea; cinco millones de personas escuchan radio diariamente en Capital y el GBA, según Ibope. Por supuesto el arco de opciones es muy amplio, desde radios barriales sostenidas con altruismo, hasta las frecuencias de música clásica o la de tango de la Ciudad; pero en cambio las tendencias marcan grandes cauces subjetivos, con matices por ejemplo entre La100, Pop101.5, Metro95.1, que lideran la audiencia. Los programas suelen ser, para una sensibilidad no habituada, complicados de escuchar en casa; hasta insoportable. Ejemplo al azar: últimos minutos de la tarde de un día de semana, poner la Metro 95.1 (online), y Sebastian Wainraich –cuyo talento radial es reconocido en el mundo del éter- comparte el parloteo con “La gorda con helado”, en un dispositivo que aparentemente realizan hace mucho y consiste básicamente en proferir boludeces, una tras otra, con una creatividad notable puesta al servicio de la abundancia y variedad: que no decaiga. La cualidad del producto por supuesto no se retroyecta como identidad en los productores: todos –hablantes y también oyentes- parecen tener muy clara la decisión de producir boludez artificialmente, con esfuerzo y habilidad. “¿Qué helado pedís?”, pregunta La gorda con helado a las mujeres que llaman, y ante las respuestas -banana split con mousse de limón, por caso- responde a su vez con –ahora sí- rápidas identificaciones personales, casi todas reducidas a “trola”, pero también otras más detalladamente superfluas (como “acaricia siempre los perros ajenos y se lava las manos rápido”).
Escucharlo en casa puede ser duro; empero se torna mucho más naturalmente sentido en la calle o en el trabajo: el boludeo y la música, incluso las ofertas mercantiles que piensan en nosotros, resultan una trinchera móvil para transitar esferas ásperas. Es aplastantemente mayoritario lo poco serio, en las emisiones, pero su función lo es: distiende a quien viene de seriedades agobiantes, agotadoras –la vida común de la ciudad. El boludeo radial siempre es amistoso. Pero además, alimenta la autoestima individual: en vez de lidiar con la dificultad que implica tener y sostener el propio lugar en el mundo, este mundo enorme-gigante-complicado e inherentemente exento de toda noción de “justicia”, escuchar a La gorda con helado nos devuelve la tranquilizadora imagen de que modos de ser muchísimo mas pavotes que nosotros tienen igualmente su lugarcito en este mundo. Misma función cumplen con gran eficacia el muñeco Lapegüe o Roberto Pettinato (tambien es una estrategia muy usada en las publicidades de algunos rubros, como servicios de Internet y marcas de cerveza).
La buena onda (que toma forma de boludeo, aunque no siempre, o no solamente) abarca todo el espectro FM. Versionada, omnipresente. Programas que se pasan la posta compartiendo un rato al aire, todo en continuado, una gran mesa de charla de amigos constante, con momentos de protagonismo diferente, pero con un mismo clima de relajo y acierto, como dicen que sucede en aquellas empresas exitosas en donde se crea valor a través de la atención y la ocurrencia permanentes, con audio multicolor y un mundo de consumo al alcance de la mano. En definitiva es un tono con el que conectarse como válvula descompresora del clima en que vivimos atravesando la ciudad repleta, o sosteniendo al cuerpo como pieza de una máquina horrible y sobre todo ajena (“trabajando”).
El registro anímico-semiótico de la radio piensa en ciertas condiciones materiales de escucha. Un fuego se apaga con otro fuego: para sostener la vida en la ciudad volcada al trabajo, para atravesar el malestar amontonado en el transporte por la mañana y la tarde, para vivir con la líbido aturdida y mareada (un deseo desfasado de los cuerpos que busca sosiego en el éter), resulta funcional ir escuchando una meseta de música-propagandas-boludeo-desborde sexual-información general, todo homogeneizado como un bloque sonoro de tono buenaondero: todo parece consumirse de igual modo.


2. Sexo etéreo
La nueva Argentina, la Argentina que ha recuperado a su juventud, no escamotea superficies de tersura; ofrece un panorama etéreo hecho de jovialismo juvenil que inunda orejas por millones a través del dial. El juvenilismo como subjetividad dominante se verifica en la radio no tanto con la presencia de jóvenes al micrófono como en la insistencia en estilos juveniles en tipos que ya se hubieran retirado del fútbol profesional hace varios años, como es el caso de “Andy” Kusnetzoff, que seguramente se llama Andrés y nació en 1970 (según Wikipedia); pero también Beto Casella, que gritó por vez primera en 1960 y hoy conduce el programa con mas oyentes de la FM (las mañanas de Pop 101.5), participa del estilo informal, desprolijo y veloz, en fin: del imperativo aparateado del jovialismo juvenilista, donde envejecer es flagelo.
Otra figura líder con modos juveniles y que también nació en el 70 es Matías Martin, conductor de Basta de todo (Metro), el programa más escuchado de la tarde. Acompañado por el inefable “Cabito”, MM detenta una entrenada destreza periodística (cualificado para tocar cualquier tema de actualidad sin nunca mear demasiado fuera del tarro), nutrida estilísticamente con una combinación entre una más o menos marcada “ética progre” y una obscenidad militante: esa mezcla, entre corrección política (pegada a la agenda de correcion moral) y guarangada febril, es paradigma de la racionalidad media en las FMs actuales.
Aunque huelga decir que en la enorme cantidad de horas de aire que ofrece la radio fm hay notas y contenidos plurales, el zapping radial hace palmario que la tara sexual es el cemento principal de su pared semiótica; digamos que es la cal, y el boludeo es la arena. “¿Medida bustial?” o “¿Habilita colectora?” (=sexo anal) le preguntan en Basta de todo a toda oyente que llama; lo cual opera –en tiempos sigloveintiuneros de presunta liberación sexual- como forma de la identificación sexual que vale de credencial identitaria en el aire radial (“identificación” porque se saca a los placeres de su contingencia situacional para cristalizarlos en una paleta abstracta de lo que “me gusta” y lo que no, como si el gusto refiriera a algo inerte y no a un patrimonio de encuentros con capacidad de sorprendernos y variar). Cambiamos de programa medio al azar, a Gente sexy, conducido por Clemente Cancela en Rock and Pop, y justo se le pregunta a una oyente que ha llamado: “Sol, ¿le entregaste tu flor a alguien?”, y sólo después pasan a “la nota”. “Gente sexy”, nombre irónico que se dieron conductores que no cumplen el estereotipo de belleza mediática; lo cual evidencia la norma de belleza que es imperativo en el medio.
En la ciudad como superficie –hojaldre milhojas- de una híper promoción del sexo, que expresa y produce frustración en cantidades post-industriales, la radio participa de la obsesa fijación con una forma extraña de sublimar todo lo que no pasa –¡pobre carne ante el ideal!- en palabras sobre lo que se quiere –o lo que se quisiera querer: un régimen de sexualidad permanente que es, por supuesto, macabra promesa de paraíso para esta tierra, expresión pseudo gozosa del malestar de las horas. Muchos programas le dedican secciones a esto, como Da para darse o Ex parejas en Perros de la calle, donde oyentes y conductores esbozan historias o secuencias de la vida amorosa o relacional (indiferencia, mal de amores, ganas que no se concretan) en clave lúdica o novelera, tramitando el deseo en el éter. Si de reír se trata, ¡son verdaderos dramas!


3. Conversiones
Con la radio del Grupo Clarín liderando la audiencia (La100), no goza sin embargo del nivel de monopolio que tiene en otros rubros; Daniel Hadad cuenta con Pop101.5 y Mega, mientras que Matias Garfunkel es socio de Moneta (que compró al grupo mexicano CIE) en el paquete de radios Metro, Rock & Pop y Blue, pero tambien es socio de Spolsky en la nueva radio que amenazaba sacudir la frecuencia modulada: Vorterix, con la firma y marca de Mario Pergolini. Su alejamiento de la R&P no fue uno más entre los varios “pases” del año (Casella de Radio10 a Pop, Closs de La Red a R&P). Pergolini es icónico porque lideró establemente la mañana de las fm’s muchos años con su Cual es? (aunque ya había perdido el primer puesto con Casella), sentando coordenadas de una estética: es padrino mediático de varias devenidas figuras radiales emancipadas (Cancela, Kusnetzoff, el “Pelado” López, que está en La100).
La fundación de Vorterix puso a Pergolini en alta rotación mediática, por ejemplo con su cara en las tapas de las revistas Rolling Stone (tercera tapa que le dedica la RS y la primera en que está “limpia”: en las anteriores estaba luqueado de Guasón y de demonio) y la de Aerolíneas Argentinas (expresión de la alianza Pergolini con Garfunkel-Spolsky).
Anunciando el montaje de un teatro –otrora El Teatro–, en Colegiales, ensamblado con un estudio mediante la más puntosa tecnología, Mario Pergolini hizo cundir el lema de que “el rock se mudó”, no sólo en referencia a su ex radio (“donde el rock vive” es el lema de R&P), sino, también, a la renovación de las condiciones materiales de existencia urbana del rock: “pareciera ser el principio del fin de aquellas cuevas ochentosas o los parajes de los noventa donde el rock caminaba por senderos marginales”, redactó Diego Pintos en una nota sobre la inauguración del emporio Vorterix en el sitio de noticias Info-News (que es del grupo de Spolsky y donde se ven fuertes propagandas de Vorterix). En efecto, con su brillosa instalación en la Avenida Lacroze (cuya rutilancia saturada emula, pongamos, a Tokyo), Pergolini es erigido como emprendedor modelo del modelo en el rubro industria rocker: saberes “rebeldes” mamados en los ochenta, inteligencia cínica entrenada en los noventa (exitoso como empresario mediatico crítico del menemismo), todo puesto al servicio, ahora, del emprendedor neo-desarrollismo empresario argentino, que con valor agregado entretiene multitudes en condiciones de programado orden: “pueden ir a dormir tranquilos y seguir escuchando la mejor música”, dijo Pergolini para cerrar la inauguración de su radioteatro de vanguardia.
El redoble de la apuesta de “Mario”, sea exitoso o no (aparentemente lo primero en el teatro y lo segundo en la radio) es paralelo a la consolidación en primera línea de caras por él apadrinadas. El estilo desenfadado, pillo, de los periodistas que bajo el ala de CQC encarnaron la crítica a la vieja política y a “los noventa” –engalanados en trajes negros arrugados y el pelo revuelto, el cuerpo puesto a encarnar las propagandas de Philip Morris– ha pasado a ser el código del orden discursivo radiofónico porteño en la nueva Argentina (de la realidad macristinista). No es casual que “Néstor” haya tenido varias escenas de complicidad y cercanía (callejera, informal, juvenil) con los noteros de CQC: los percibía como un buen elemento para alimentar la nueva legitimidad gubernamental que supo elaborar. Es decir: saberes de estética noventera y cierta moral dosmilunera tornados código de atracción semiomercantil y reguladores del orden urbano –figurita repetida.

4- Despolitización hasta ahí
Otro ejemplo: ponemos a Casella y está hablando de que “no hay que confiar en quien a la semana de conocerte te pide cien pesos”, e inmediatamente pasa a referirse a los deseos de lxs travestis… Pareciera, decíamos, que en la racionalidad estandar de las fm, el boludeo es el pacto y la pornografía el vicio; pero ninguna es vocacional. Pueden encontrarse muchos pequeños espacios interesantes en el mainstreem radial; buenas intenciones, intereses amplios, momentos divertidos –incluso memorables. Hay segmentos culturales, hay intervenciones de talante reflexivo sobre temas políticos y económicos; al fin y al cabo los oyentes son cuerpos vivos con problemas de cuerpos vivos. No podríamos decir, tampoco, que el mundo de las fm’s esté plenamente despolitizado. No sólo por las presencias de kirchnerismo explícito que tienen algunos programas (Cabito, Gabriel Schultz que estuvo con Martin y ahora con “Andy”).
Hay mucha fuga de oyentes de la AM a la FM. Los productores y programadores la están matando de a poquito, torturando con una agenda aburrida. La gente quiere otra dinámica: humor, distenderse y un poquito de información”, dice Beto Casella (nota en Perfil en marzo de este año). Sin embargo, los oyentes no necesariamente quieran ser completamente ajenos a los temas políticos de la semana, ni menos a los temas económico-administrativos de la vida, puesto que, si la metralla publicitaria concibe a los oyentes como consumidores, el tratamiento semio-acústico de las programaciones los considera también como productores: tipos que están en el trabajo, que se esfuerzan para sostener una vida, que buscan evitar quilombos y darse gustos. Urbanitas que tienen la vida más o menos armada, más o menos plancentera, más o menos sufrida, tienen preocupaciones e intereses propios de su integración –bifronte- al mercado: las tasas de crédito, la inflación, el monotributo, las paritarias, el acceso a la vivienda, los dólares para viajar a playas cálidas (en Metro una de las empresas que mas se oye publicitar es Despegar.com). Masas sueltas que la prensa gráfica perdió ya históricamente, se calzan los auriculares, algunos la radio en el auto, la compu en el trabajo, y escuchan las cosas del mundo a través de un marco de buena onda –y un horizonte de ofertas.

Saturday, April 25, 2015

Lectura de "En nombre de mayo", de Bruno Nápoli

Sangre por dinero.


Por calentura, por impresión, por asco político en el cuerpo, escribe Bruno Nápoli; la calentura como umbral de investigación. El cuerpo es sagrado, sagrado para hacer cualquiera, designio privado cuyo cuidado es una responsabilidad común. Y la violencia de la historia que le interrumpe su potencial cualquierización es el enemigo programático, casi infinito, contra el que Nápoli empero pelea: toda legitimidad organizada de poder sobre los cuerpos, vía terrorismo estatal, vía discurso popular, vía régimen financiero. Desde los indios hasta los presos que hoy, en este momento, están siendo golpeados en el piso sucio de una comisaría con un bastón comprado por el Estado. El cuerpo de aquellos para los que la organización oficial de la vida social (o la política del Estado) implica la vejación y la muerte (en nombre de mayo…), mide el verdadero estado de la política. Las palabras con que escribe Nápoli son como piedras que hacen de lápida amante para aquellos que ni tumba recibieron, y por tanto piedras que señalan el mapa de la actualidad hecho sobre la carne olvidada de las víctimas, y de los cómplices.
El archivo es el recurso complementario perfecto para este trabajo de pensamiento desde la calentura por los maltratos a los cuerpos, ya que la materialidad mínima del archivo disimula su condición de testimonio de gritos y sangrías, y su tedio lo sustrae en apariencia del polvorín de la arena política. Pero el archivo –declaraciones, leyes, etc.- guarda los puntos de sutura que cierran con artificio las heridas criminales; guarda los puntos, guarda los cirujanos, guarda incluso a los que pedían la sutura temerosos de las difusiones invisibles que emanaban.
“La deriva de los entierros y desentierros invade la historia”, dice Nápoli: enuncia ahí su campo de combate. Esa frase la dice sobre el Che, a quien usa como exigencia: el Che es, hoy, “una mirada infinita”. Un superyó elegido, una mirada de amante combativo -que sobrevive tanto a los asesinos como a los cultores de la gramática del ejemplo-, con la que medimos el grado de desarrollo de nuestra sensibilidad: el Che nos mira y en su mirada vemos el alcance de nuestra mirada -¿somos capaces de sentir en lo más hondo cualquier injusticia cometida contra cualquiera…?-.
En nombre de mayo es un libro de intervenciones; todos sus textos responden a problemas. El método es el de un arqueólogo de archivo, pero también el de un historiador: para cada segmento temporal, distingue las fuerzas activas aunque invisibles, así como las cáscaras visibles que solo son lastre. Donde se ven cortes encuentra continuidades, y viceversa. Las periodizaciones de la historia reciente se ven, así, fuertemente trastocadas. La masacre no empieza en el 76 sino en el 73; las políticas oficiales de memoria empiezan durante el gobierno de Videla, y su mayor número no se da durante el kirchnerismo sino durante los 90; el Estado no estuvo ausente ni en el golpe ni en el menemato (tal argucia busca eximirlo culpando a pseudo-terceros, “fueron las FFAA en un caso, fueron los mercados en el otro”). Y la dictadura no terminó, aún, si ponemos el ojo en diversas leyes y reglamentaciones del mercado financiero y bancario, así como en buena parte del aparato represivo; el kirchnerismo, como inteligencia de gobierno concreta, tiene al neoliberalismo como condición fáctica de posibilidad.
Arqueólogo, historiador, Nápoli también es un lingüista. No sería justo –paréntesis- llamarlo foucaultiano; más bien él y Foucault tienen una relación de fraterna coincidencia. Nápoli cita solo cuando necesita, cuando aparecen en sus palabras las de otro –Ricardo Iorio, Osvaldo Bayer, Karl Marx-. Lingüista, pero que establece no la verdad de unas palabras según la estructura abstracta del lenguaje a la que remiten, sino los fluidos materiales que portan y chorrean: el insulto gorila “konchuda” y el giro “anarcocapitalismo financiero”, acuñado por la presidenta, son dos sintagmas analizados en sendos textos brillantes que hablan por la formalidad argumental de sus enunciados pero sobre todo por la intensidad de su enunciación, crispados porqu algo huele mal. Konchuda gritan los que no toleran la falencia del macho que antes odiaban, los que en los cuerpos políticos ven la pura carne (la medida del cajón y las hendiduras para la vejación, como las que necrofílicamente sufrió Eva, la santa de los pobres). Anarcocapitalismo financiero, bandera izada por la morocha –porque los adherentes también anatomizan la política, en una retrosublimación- en el G20, reclamando “un capitalismo serio”: es decir, un capitalismo que no renuncie a su necesidad de cuerpos para explotar. Es el sintagma propio de la encerrona del combate entre capitalistas como horizonte del conflicto social, horizonte de la vida común volcada a trabajar y el trabajo volcado a consumir, “la vida cotidiana convertida en vida financiera”: nadie puede pagar su vida al contado.
Para Nápoli, las cacerolas de 2001 inciden menos en el destino político argentino que los desocupados combativos de Cutral Có, Mosconi y Tartagal: campos de batalla por irrupción e intuición, luchas sin códigos. ¿O es que los pobres solamente “protestan”, y no “hacen política”? La clase media tardó diez años en decodificar, participar, tener cargos. “Es interesante pensar que un evento como el de diciembre de 2001, que compartió identidad solo en dos o tres grandes ciudades, apareció como el momento de cambio político de todo un país, por la participación de sectores que querían decidir qué debía hacerse con la cosa pública” (del capítulo La reconstrucción de un relato histórico como forma de representación política).
Ni el Estado fue espectador en la dictadura ni en los noventa, ni el 2001 fue la profunda crisis fundante de nuevos modos de hacer política. Ni, ni, ni. En nombre de mayo es un libro demoledor que no propone salidas, no ofrece programas; ni siquiera convoca a la reunión de todos los que piensan como él. Su modelo es más bien el del sabotaje y el acto justiciero; sabotaje de los consensos sórdidos, cándidos y canallas; actos justicieros que restituyen a los cuerpos lo que es de ellos. “Ver la realidad tal cual se presenta”, dice Nápoli, y, en efecto, historiador arquéologo, su faz lingüística le permite ver la política argentina en mute, sin sonido, sin cháchara, sin su discurso; devolviendo al discurso su condición de operador material, de cosa entre las cosas, mira las cosas de manera que puedan hablar en silencio.
La vida siempre viene primero, y “el Estado es por naturaleza apropiador”. En nombre de mayo presenta muchas verdades así: evidentes pero expulsadas programáticamente del régimen de obviedad reinante. Le habla, este libro, a los anarquistas. No se sabe cuántos anarquistas hay. Se trata de una de las pulsiones políticas, acaso, mayoritarias?, solo que invisible tanto por correlación de fuerzas organizadas como por su naturaleza de instinto vital y de modestia.
“No se puede pensar la Argentina sin hablar de los desaparecidos”, dice; vale entender que no se puede pensar en Argentina sin hablar de los desaparecidos. Pero es difícil hablar de los desaparecidos. En Carnadura de un relato imposible, Nápoli refuta la posibilidad de hacer la historia de sujetos tan radicalmente ausentes: la mayor tragedia de los desaparecidos es que su destino no se puede contar. El asesinato es un vínculo; “desaparecido” es una cualidad individual: ahí el extremo del proyecto perverso. No nos olvidemos de nosotros, recordémonos, es el rumor que subyace al libro; “todo el tiempo los desaparecidos están desapareciendo”. Que no desaparezca la memoria de los cómplices es tarea del historiador; los civiles que gobernaron en dictadura, “los casi cuatrocientos intendentes radicales, ciento setenta y nueve peronistas…”, las editoriales que hacía Alfonsín en la revista que dirigió del 76 al 79, Propuesta y Control –en efecto, Nápoli asume que la verdadera crítica al kirchnerismo empieza en la crítica al alfonsinismo.
Topografía del terror, un artículo sobre el museo berlinés del Holocausto, muestra que la sensibilidad que ejerce Nápoli es una ética universal a la que le toca habitar la Argentina. Los usos de la herencia es un texto que concentra hilos del libro, exhibiendo que la dictadura no desapareció, sino que se desarmó con división de bienes –y hay propietarios- y evolucionó con descendencia moderna. Cámaras de inseguridad. La opción por los pobres, es ejemplo de la vastedad de problemas del poder y la opresión de clase que se vuelven visibles cuando concebimos a la democracia, al sistema político argentino todo, como montado constitutivamente sobre el crimen: el texto En nombre de mayo reconstruye con admirable síntesis la genealogía de los cuerpos decididos como rompibles (ni siquiera sacrificables) para “defender lo nuestro”. En nombre de mayo se funda un nosotros exclusivo, contra el que se alza la voz de Nápoli.