He visto



Iberá.
Un suelo flotante.
Tendrá una amabilidad especial o algo, para albergar tantas formas de vida y para, además, conseguir del agua sostén.
Dicen, dicen, que los continentes son gigantografías de estos “embalsados” del Iberá (“agua que brilla” en guaraní, idioma primario del cono sur; supongo, digresión, que el agua no brillante, que vendría a ser la estándar, ha de ser la de los ríos sombreados de selva, de manera que lo dado, lo sin aclaración, es la selva, y quizá por eso los guaraníes hablen así, mandando al aire palabras que viajan escabulléndose; es un idioma escondido, del encierro selvático).
Dicen, que la firmeza no es más que ilusión, que es relativa, o mejor verdadera a la perspectiva de una práctica -y la verdadera verdad es una perspectiva práctica.
Nuestros saltos encuentran el principio de salvataje de esta unidad: que se doble, así no se rompe. Es dar un pisotón y que ondule el suelo. Piso flotante, y no se sabe si la tierra sostiene las raíces o las raíces sostienen la tierra.

Pájaros que comen bebitos de yacaré. También vi un ciervo, y otro ciervo y después otro más. Monos, monas, y monitos recostados en sus lomos, respaldados. Carpinchos, el roedor más grande. Y yacarés, lugar común del estero, hay como taxis en Buenos Aires.
Los arroyos: Corrientes y el Miriñay. El Miriñay aguas más lúcidas y pajonales más altos. De pie sobre la punta del bote (¿proa?) parece que se ve toda la dominancia, pero a la vez no se ve nada, porque todo es igual. Difícil ubicarse, son repeticiones de lo mismo reordenado, sin puntos de referencia posibles capaces de mapear; curvas y curvas del arroyo que, aunque de vista panorámica, resulta laberíntico en tanto siempre es igual. Y sin embargo a la vez, en esa escena en cada curva -que es igual-, esperan atención un millar y pico de bichitos y momentos y formas y vínculos, que devuelven la gentileza de la callada espera observante con su, recién ahí, desnuda unicidad, pieles que no saben mentir.

El agua deja una marea en mí. Una incorporación del marear, es decir, conciencia física de la proyección de inercia de los movimientos; inercia sensible incluso de los movimientos posibles (efectos actuales de lo potencial).

El que no sabe esperar no sabe nada.
No hay espera sin silencio.
La helada regala la potencia de sobrevivirla.