Friday, July 01, 2016

Eternos laureles

Los que criticaban la grieta o brecha sintomatizaban el tabú de la antigua, rayana en lo invariable brecha constitutiva de este suelo. De un lado los cuerpos que valen; del otro, los que a lo sumo sirven.

Que el gobierno anterior tematizara esa brecha antigua, que la tocara, era para millones de personas intolerable. No dejaba vivir en paz.

Y la vida en paz viene ofrecida por el mismo sujeto que, también, trae la reconfirmación de la brecha radical que se vivió siempre y, naturalizada, no merece alharaca... (“sujeto” histórico entendido como un viento de cosas con sentido distinguible).

Todo tranquilo. Pax neoconservadora.
La historia de esa brecha, la brecha subterránea que rompe la tierra por debajo, es la historia de la explotación económica y también la historia de la crueldad. Porque los cuerpos que valen -que se conciben a sí como los productores del alma de la sociedad-, cuando los que sirven no sirven más y encima amenazan la cuenta (amenazan el negocio, en el más amplio de los sentidos), les aplican hasta saña de la llamada “inhumana”: justamente porque lo que busca es expulsar de la humanidad.
Pero también los que solo sirven compran paz salvaje, con la violencia redoblada de que ni la aceptación de la violación sistémica de sí baste para estar seguros de algo. Todos podemos estallar de inhumanidad (productora de un tipo específico de humanidad) con la mala sangre de ser elementos de un lazo cuya esencia es un tajo de bordes necrosados (in-aunables) pero que nunca se pierden del todo de vista.

Esta invariante histórica es la que se refirma en el puro futuro ofrecido por el Pro.

Por eso en la pax macrista la condición histórica de la relación de clase es un tabú político. Todo tranquilo. El horizonte -no tan distinto- es que todos tengan un lugar: hay que ajustarse, para optimizar el espacio. Y si hay sacudones es culpa de los pobres (no hay conflicto sino sujetos conflictivos...). Al miedo, a la inseguridad, se la sosiega con la seguridad cierta de la desigualdad.


Monday, May 09, 2016

Subjetividad mediática (notas).

1- El hombre vive su vida como un medio para otra cosa, dice Marx en La ideología alemana: en eso consiste la “alienación genérica”. No se limita a la desposesión que lleva a dedicar la vida para alcanzar la subsistencia; es una alienación de lo genérico, una alienación de la potencia experiencial específicamente humana que es la de inventar modos de vida. ¿Es experiencia vivir tendiendo siempre a otra cosa, vivir siempre para otra cosa? Vivir la vida como medio para otra cosa; vivir las cosas, las situaciones, los procesos, como medios para otra cosa, y otra cosa y otra cosa. Esa tendencia tiene una nutrida genealogía -digamos una genealogía divina-. Y tiene, también, una honda complejización presente, en el capitalismo de los proyectos: vivimos una monumental guerra contra la presencia, con artillería de técnicas de ahorro de experiencia y acumulación de vivencias. Hasta los deseos son vividos como medios para otra cosa, y en vez de pedir tres deseos se piden tres magritos objetos de deseo.  

2- El tecnocapitalismo es un régimen de dislocación entre cuerpos y presencia. Una vida puede estar -en cierto sentido sensible- ausente de su cuerpo; hay cuerpos ocupando espacios de modo ausente, produciendo vacío; hay cuerpos deshabitados... Por ejemplo, la escuela, aquella vieja casita de todos nosotros; la vieja escuela, edificio de comunión primigenio, mítico érase una vez inicial de todos, la escuela pedía una cosa primero que nada, en cada día, a cada cuerpo: ¡Presente!, pedía decir. Asistencia del cuerpo implicaba presencia.
Etimológicamente presente es ser ante algo, o estar ante; por eso un regalo es un presente. La presencia implica algo y alguien. Implica como mínimo un atestiguamiento. No es lo mismo que la mera asistencia -la escuela antes mostraba que sí.
Black Mirror es una excelente serie de ciencia ficción distópica y  extensos capítulos unitarios, que tienen en común a la pantalla como personaje en todas las historias. En un capítulo llamado “Be right back”, una pareja se va a vivir a una casa con diez pinos. Pero él no deja un segundo el neo-celular. Ella le habla y responde mecánicamente (presente!), entonces ella le dice incoherencias -trampitas de verificación- y él sigue con sus respuestas automáticas... La historia continúa y profundiza, de modo impactante, la escisión entre cuerpo y presencia, así como la posibilidad de un automatismo tan perfecto que cuente como presencia viva (vaya como recomendación). El uso de los artefactos entrena al cuerpo en la habilidad de estar sin estar.

3- Cada época funda sus propios parámetros de existencia, y en la nuestra existir es estar conectado. Se consumen productos para estar conectado con el flujo del que son partícula. Es muy bella una tesis de Virilio. Refiere a la implementación de la primera red de teléfragos sin hilo, y la difusión de la prensa escrita (los primeros periódicos, por cierto, de llamaban en Francia courants, “corrientes”, y en Italia gazettas, “monedas pequeñas”: puede entenderse históricamente a los periódicos, a los medios, como vector de fluidificación...). Dice que hubo un cambio en el emplazamiento experiencial: hasta cierta generación, en un mismo momento los habitantes de París por ejemplo viven efectivamente en su 1870  mientras que los de un pueblo rural aún viven en 1800 y los de una villa alpina en 1740; pero la generación siguiente, conectada por dichos dispositivos que unen los espacios en “tiempo real”, dice Virilio que las gentes pasaron a ser menos ciudadanas de sus lugares que de su tiempo. Al consumir medios de comunicación no consumían tanto informaciones como contemporaneidad. Al conectarnos a las redes no consumimos tanto cosas como a nosotros mismos como contemporáneos. Por eso el ánimo sufre media hora desconectado como media hora atrás del mundo...
Es que el sujeto mismo es un medio. Él mismo un medio por el que pasan flujos informacionales de toda índole; sujeto que vale en el mercado de las tasaciones corporales según cuánto y qué pasa a través suyo. Un cuerpo se define por las conexiones de las que es capaz y por los flujos que pasan a su través. Y hay lugares, y hay encuentros, que permiten y facilitan que pasen algunos de esos flujos, y hay lugares y encuentros que generan demoras donde esos flujos no se limitan a pasar, sino que labran efectos con los que el sujeto muta.

4- Nacho Lewkowicz definía a la subjetividad como el conjunto de operaciones necesarias para tolerar unas circunstancias. Varían las operaciones que es necesario realizar para habitar una circunstancia de campesinado y religiosidad, una circunstancia de exploración y viaje, unas circunstancias de encierro institucional, o el caso: unas circunstancias  mediáticas, organizadas con los artefactos de acción a distancia en tiempo real como punta maquínica. ¿O no se toca la pantalla del celular porque sí, no se acaricia esa superficie tecnoerógena como acto en sí mismo, como gesto íntimo de hallarse? Como antes se tocaba el rosario. La conectividad como garante existencial.
Operaciones que encarnan y funcionan más allá de sus escenas de origen: El multitasking, el linkeo (otra que se ve en las escuelas, pasamos por mil temas y anécdotas y quizá no quedó nada...), el zapping (esto me aburrió y pasó a otra cosa sin resto); también la opinión, la agresión (en la saturación expresiva, lastimar como garantía de producir marca); la asociación, la recombinación; el olvido; la autopromoción: ejemplos de operaciones constitutivas de la subjetividad mediática, la subjetividad signada por la acción a distancia en tiempo real -por la existencia de un más allá que está siempre envolviéndonos. El mediatismo instala un más allá íntimo, cercanísimo, casi pegado a los cuerpos...

5- Algo que media: ¿une o separa? Como el cemento a los ladrillos. Une y separa. La propuesta de distinguir mediación y mediatización no afirma que hay prácticas higiénicamente distinguibles, pero sí que hay tendencias y efectos anímicos en los modos de estar enganchados. Entonces: la mediación opera conexiones y ligaduras, mientras que la mediatización -según Virilio- es privación de las potencias inmediatas. La mediación nos hace llegar más lejos, nos acerca distancias, y la mediatización separa al sujeto y sus posibles, al sujeto y su situación, a las personas entre sí; separa vida y presencia. Todos conocemos ejemplos de mediaciones que habilitan y permiten (el héroe de nuestro tiempo bien puede ser un hacker que multiplica lo que puede un modesto grupo de agitadores de alguna democratización), y excesos de mediatización que aíslan e impiden encuentros, que taran. Pendulamos entre la mediación como ampliación de las potencias corporales (eso hacen los artefactos técnicos para Mcluhan, ampliar potencias corporales, “y la computadora potencia nuestro sistema nervioso”), y la mediatización como su amputación, transmigrada la potencia de creación hacia el objeto fetichizado. El cuerpo separado de su potencia, mediatizado, repite el gesto propio de la operación de ligadura, escindido de todo proceso de subjetivación, ya no alimentando al cuerpo de mundo sino subordinándolo a un "para" ausente: para estar al tanto, para enriquecerse, para ser visto, para avanzar en la carrera... para, para, para: ser-para, separando vida y presencia. El medio imaginario resulta fin efectivo. 

6- La subjetividad también es mediática porque lo mediático actual vendría a maquinizar, a actualizar precisamente, el viejo medioparismo marxiano. La subjetividad mediática, amén de sus rasgos por así decirlo idiosincráticos, actualiza al viejo finalismo trascendente, donde la vida está sometida a un mítico punto de valorización siempre separado de la corporalidad. Esta actualización procede al menos por dos vías.
Una, la mediósfera, como teatro del Espectáculo, hace que los ídolos proliferen. Ídolos divinos de palabras megapotenciadas, brillantes, tersos, luminosos, ingrávidos y fuertes... Pero ídolos que son hasta tapas de empanadas y líquidos limpiavidrios. Proliferan los objetos de deseo -que escualidan el deseo de desear, el deseo de explorar-, y también las imágenes de vida plena. Tomar cerveza con amigos, trabajar, pasear: las prácticas se ven asediadas por imágenes -cercanísimas- que las remodulan con plenitud, lisura, cristalización dura-dera, goce sin estorbos, tocar sin ser tocado, etcétera.
La sociedad misma pasa a través de circuitos magnéticos, y la pantalla es la superficie mítica de nuestra subjetividad. La ventana luminosa que promete la existencia de una versión en todo punto un poco mejor que nuestro barro concreto. Mejor, y, extrañamente, más verdadera, a juzgar por su función modélica. Hace poco que nos da la realidad a todos (verdaderamente a casi casi todos) de vernos representados, o, como dice el historiador del presente Pablo Hupert, vernos imaginalizados.
La segunda vía es la maquinización del acceso global, la organización técnica de la dislocación del presente. Técnicamente podemos estar siempre en otro lado y conectados con otro más allá (en una afluencia por naturaleza excesiva respecto de las formas de procesamiento del cuerpo, según Bifo; también Lewkowicz y Corea dicen que el saber tiene como problema constitutivo la escasez, y la información, la sobreabundancia). Las redes herederas de la revolución telegráfica permiten, organizan, nominan, promueven, venden, etcétera, la posibilidad de que cualquier cosa esté acá, y de estar -efectivamente, o sea efectos nuestros- en cualquier lado.
Este sometimiento de la vida a un punto de consagración divino, a un paraíso de todoposible, también está habilitado por la primera gran tecnología de mediación: el dinero como mediador universal. Entre todo, entre cualquier cosa y yo hay solo dinero, un líquido... Ambas, por cierto, formas de salvación. Hay una desesperación ubicua por salvarse.

7- Los modos de expresión son un campo de batalla, porque los lenguajes normalizados, preformateados, desafectan las palabras de las cosas, escinden las palabras del cuerpo, de lo vivo, de la experiencia. Es el sujeto hablado y no hablando, los lenguajes que separan al sujeto de sus potencias expresivas genéricas, reduciéndolas de médula creadora a puro medio de comunicación, a puro instrumento. Lenguajes mediáticos. Los lenguajes televisivos, los lenguajes institucionales, los académicos, los periodísticos, los de la Política, etceterá. La mediatización, en tanto deprime a los cuerpos -aún euforizándolos-, en tanto distrae a la presencia del presente, en tanto fetichiza míticamente lo que es potencia de creación común, es un operador biopolítico. Un desvalorizador de la experiencia como soberana, que inhibe la potencia de constitución -aquí y allá- del nosotros, la capacidad de fundar el valor en espacio-tiempos cuyo eje sea ahora-acá.

8. Sujeto mediático, en red, puede ser un puro punto de pasaje, un puro medio, sin remanso, sin demora, sin que su presencia sea morada. La mediósfera difunde operaciones de ahorro de presencia. Las del googleo permanente (ahorro de experiencia de la duda, de la experiencia de no saber), las del copypasteo (ahorro de creación), las del password (saberse dos palabras con las que atravesar una situación sin tocarla, como por una autopista -por cierto, urbanidad mediática).
Ahorro luego existo; el rendimiento máximo, ética del capital, pegada históricamente a esta fase de los modos productivos, donde la presencia corporal cada vez más es obstáculo, carga, olor, mugre, aunque necesaria por doquier. Se ahorra experiencia para existir más pleno en la temporalidad del instante sometido sísifamente a sucederse sin cesar. El encuentro, en cambio, abre una duración que existe oblicuamente. Una suerte de impresente, de presente fugado del imperio de lo contemporáneo.

9. La maximización es la inercia de la subjetividad mediática. Máximo de consumo, máximo de contactos, máximo de rendimiento, máximo. Automatismo inercial. Ahora bien, cuando, en la red, se produce un encuentro -con otra persona o varias, con un lugar, con una idea...-, el encuentro puede instalar sus propios parámetros de valor, e inaugurar así una trayectoria propia que no reproduce la inercia mediática; se abre una subjetivación. Pero el encuentro requiere una atención más sensible que la funcional cotidiana, requiere una insistencia, una tozudez contra lo obvio... El encuentro abre su itinerario, que deviene su tarea (su “fidelidad”), tarea que es la disciplina de la presencia y de la atención para devenir experiencia. Ya no todo suma, sumar puede no sumar; apertura de lo cualitativo. Los medios pasan a valer como mediadores (y no mediatizadores), y se disuelve su fetiche. La permanencia mediática cede; restituir a los medios su condición de medios es una operación alegrante para la subjetividad mediática.

[Publicado en revista Campo Grupal, abril 2015]

Wednesday, April 13, 2016

Lo que pasa es que no pasa (el temita de los GIF...)


...esas imágenes de movimientos que se repiten. Como una canción, una imagen-canción mínima simil punk. Una y otra y otra vez pasa lo mismo. Pasa y pasa y repasa y, si logra éxito, el éxito es que no pase: que el espectador deje de pasar sin más por las palabrasimágenes y se detenga, arme un momento, un momento efímeramente distinguido donde las imágenes dejan de pasar y queda ésta pasando, autómata condenada a eternidad.

Quizá el efímero momento logre grabarse en el espectador, al menos como spam mental; pero en realidad no importa: está condenado a eternidad -está salvado. ¿Y quién quiere, por cierto, quién se atreve de verdad a salvarse eterno así, quién loopearía su vida una y otra y otra...? Desmedida empresa para seres habituados a deshacer, eliminar, reiniciar... Pero sí cabe salvar del monumental flujo de lo pasado un movimiento, y verlo en sí, sin resto del mundo. Verlo en sí, y con sí como efecto. Una y otra y otra... Es natural -ahora es natural-; la edición es una de las formas de poder; eternas veces más sofisticada que la censura.
El GIF se creó movilizando quietudes. (Antes, las quietudes fueron logros del arte humano; el arte fue un gran aquietador de existencias, paisajes, cuerpos. Las obras de arte demoraron tramos del mundo: el arte humano fue morada, así, de las cosas en su representación). Su esencia actual no es sin embargo movilizar una quietud; aunque parezca que pone un movimiento, lo que pone es una detención, detiene un movimiento pero preservando su condición de movimiento; un movimiento segmentado y extraído de un movimiento más complexo; es un corte lo que deja repitiéndose en play, en gira continua sin rozamiento detentor. Muestra y repite una amputación del movimiento madre en cuya involucración vino al mundo. Vino y acá le pasan cosas; le pasa que no deja de pasar, para salvarse del mero pasar.

(Malísimo ese final. Sigo.)





Casi todos los GIFs son una gracia violenta. Una gracia donde alguien ¡auch! Los hay de otra clase, pero es común que esos ni se entiendan: ¿eso era? No hay remate... El remate es el remate: pum, caput. Alguien sufre, o ni sufre, de tan tonto. Alguien condenado a sufrir o a verse tonto eternamente para goce de la risa cruel, aquella risa que desenfunda caninos, incisivos y molares como el predador alegre ante la presa cautiva, en versión mediática.
(Investigo apenas y veo que el segundo tipo mayoritario es el de los GIF's retro. Homenaje y afecto hacia eso que pasó hace tiempo, y que sufre el asedio del hecho de que cada día produce más pasado que el día anterior; un yeite ochenta o noventoso queda salvado en un pasar presente eterno...)
Una multitud de niños, jóvenes y adultos de pelo largo y en túnicas corren en un prado desde todas partes hacia un enorme pozo a cuyo vacío se arrojan sin cesar, una y otra y otra vez; Fernando Peña con cara de pavor apunta un arma a una Mirtha Legrand que parece desarmarse, una y otra vez; Jim Carrey se tapa los oídos y profiere bla bla bla bla mientras un subtítulo debajo le hace hablar como macrista bobo, una y otra y otra vez; Homero Simpson juega con su panza oceánica, una y otra vez incesantemente; lo están haciendo, para siempre.
¿Cuánto tiempo es posible quedarse colgado viendo un GIF? Colgado, como de un árbol, pero ahora la quietud consiste en un movimiento incesante. Así, frenética, es la quietud mediática.

Los GIF sirven para enloquecer. Tracate tracate tracate tracate... Ni devenir ni derivar, podemos quedar colgados de un péndulo eterno, donde el final causa el comienzo.
Fascina sin gustar, el GIF; su náusea inevitable es una reacción de lo vivo ante los tentáculos de la animación mecánica. Pero una reacción donde el ánimo vivo reconoce el poder de la animación mecánica de eternización efímera. El GIF ofrece la posibilidad de seccionar un breve tramo de un movimiento extenso, para garantizarle animación constante, y simpificarlo. Porque ese tramo amputado participaba de un movimiento cuyo sentido general tenía la complejidad de todas sus líneas de fuerza (¿no es el sentido la dirección que proyectan las fuerzas movientes?); y el GIF anima una sola línea de fuerza, de manera que el sentido del movimiento pasa a ser obvio. No es caricatura que exagera, acentuándolo, un rasgo del conjunto; al amputar y animar en sí y para sí, simplifica y más que simplifica: participa de la gran industria de la obviedadización del sentido.
Si enloquece es porque es el quicio absoluto: te recontra fija. Ofrece sosiego hiperactivo: sabe Dios que hay ratos en que funciona... Pasa lo mismo una y otra vez por si no estabas seguro. Pero quedarse fijado en ese quicio implicaría primero des-quiciarse del movimiento general de la vida. Por eso son cruelmente graciosos primero y vomitivos apenas después: nos muestra una vida ajena totalmente no libre (una vida ajena totalmente enajenada), determinada a ser víctima de su repetición eternamente, y en su invitación al cuelgue móvil ofrece un peculiar descanso del que solo nos salva el deseo de la panza.

(este tampoco es bueno; este texto no cierra en sí mismo)


Friday, February 26, 2016

Amor amarillo

 
El kirchnerismo como problema de la resistencia; el imperio de la actualidad; breve genealogía del eficientismo y la desmovilización de la revuelta.


Vosotros me decís: 'la vida es difícil de llevar'. Mas ¿para qué tendríais vuestro orgullo por las mañanas y vuestra resignación por las tardes? Nosotros amamos la vida no porque estemos habituados a vivir, sino porque estamos habituados a amar.”
'En la tierra no hay ninguna cosa más grande que yo: yo soy el dedo ordenador de Dios' -así rige el monstruo-. ¡También os adivina a vosotros los vencedores del viejo Dios! ¡Os habéis fatigado en la lucha, y ahora vuestra fatiga continúa prestando servicio al nuevo ídolo!”
Así habló Zarathustra


Sería una revolución basada no tanto en una crítica del sufrimiento en la sociedad dominante sino en una crítica total de su idea de felicidad. (…) 'A decir verdad, la única razón por lo que uno lucha es por aquello que ama -dijo Saint Just-. Luchar por todos los demás es sólo una consecuencia.”
Rastros de carmín


1. Masacre, kirchnerismo y actualidad
Está rebotina Buenos Aires, cada uno vuelve del descanso y cranea fugarse de nuevo; pero Monstruópolis es pegajosa y su gravedad puede más que las opiniones de quienes la padecemos y gozamos. Aún convertida en este encierro en el presente que es el verano macrista (“no se puede pensar en otra cosa”). Pero este “sinceramiento” de la vida capitalista que triunfó en Argentina, produce mejor dicho un encierro en la actualidad, y es un atentado masivo contra el presente entendido como el espacio potente de la presencia, abierto por naturaleza. Actualidad lisa, obvia, inmune a nuestros chillidos.
También el kirchnerismo modulaba el tiempo histórico; con una política discursiva sobre las periodizaciones históricas, hizo pasar continuidades por rupturas y rupturas por continuidades, como decía Ezequiel Gatto y demuestra Bruno Nápoli en su En nombre de mayo. Hablar ahora del kirchnerismo parece vetusto y reaccionario ante la inundación de la cínica violencia amarilla, pero el kirchnerismo es un problema para resistir al macrismo -aunque haya que reivindicarlo situacionalmente, como en el último acto electoral, si es herramienta del ánimo multitudinal que lo precede-.
A solo un par de meses, ya parece poco firme su protagonismo en la resistencia (entre lo limitado del “placismo” clasemediero y la fragmentación pejotista), pero además, aún en su versión más romántica el kirchnerismo puede contener la movilización opositora como contención ejerce un féretro, si, como dijo Diego Genoud, se obstina en la misma lectura de sí que nos llevó a la derrota. El motivo triunfante en las elecciones fue el anti kirchnerismo, sustento básico de legitimidad del gobierno que, así, puede alimentarse de una resistencia que tenga identidad kirchnerista (por eso, una de las primeras “plazas”, convocada en principio por un cualquiera desde internet, fue titulada por La Nazión como “concentración del kirchnerismo”: les conviene más eso que una multitud informe).
Borrar la fecundidad de 2001, tratándolo como llana crisis terminal, fue la más clara violencia del kirchnerismo sobre la genealogía que lo parió. Ver en la revuelta pura crisis es propio de una óptica plantada en el sistema representacional, y -como me apunta Damián Huergo- en el economicismo. Negaron la revuelta como eclosión de intolerancias positivas y arrebatos contra imágenes de lo humano sesgadas y excluyentes; intolerancia alegre y viril contra los condicionamientos políticos de la posdictadura sobre la vida. Negaron que 2001 fue fuente de la agenda y agrimensor de la legitimidad gubernamental ulterior. No se fueron todos pero pudieron quedarse los que entendieron la obsolescencia popularmente determinada del ajuste y la represión (y la corte adicta y en realidad miríada de cosas), del gobierno pleno del embriagado capital concentrado.
Sabido: aquel agite que tumbó al consenso neoliberal noventero fue gestado y efectuado por modos múltiples y complejos, protagonizado por bandas de pibas y pibes, HIJOS, los redondos, motoqueros, desocupados organizados... y, con la idea de que “la juventud volvió a la política” básicamente con La Cámpora, se negó -para aquellos sujetos pero también por tanto de modo genérico- la politicidad que surge de modo inmanente y orgánico de las vidas, sacralizando, en cambio, un modelo de politicidad conciencial, programático, adhesionista, ideológico-moral, en fin, militante: encuadrado, obediente, sacrificial (y, sí, también, soberbio, aunque a quién le importa... salvo por su condición sintomática: solo un triste de fondo, un finalista, es soberbio). La proliferación de agrupaciones diversas se homogeneizó en la morfología de la tropa (desparejamente, por supuesto, en algunas zonas más y en otras menos, pero hasta la propia CFK salió, alertada, a decir “ustedes no son tropa”).
Hubo dos grandes vectores gubernamentales de desmovilización del acontecimiento 2001 como agite abierto, solidarios entre sí: el vil asesinato de Maximiliano Kosteki y Darío Santillán (en el que el odio de clase, en los hombres-agentes, como decíamos en A quién le importa, no fue exceso, sino que encarnó, hecha instinto, la razón de Estado), y el otro vector de desmovilización de 2001 fue el kirchnerismo, detrás de varias de cuyas facetas se pergeñó, conflictiva pero firmemente, el umbral de restauración del orden conservador.
La masacre y el gobierno kirchnerista fueron dispositivos ante todo distintos, pero, aún así, vimos cómo la inyección de tristeza y espanto de aquella intervención policial produjo una mutación anímica de trasfondo en los movimientos sociales desde la cual se entiende su posterior aceptación del llamado gubernamental, al abrazo del Estado y su provisión de guita y nuevos derechos -bueno, en realidad la guita resultó ser un derecho: esa fue una política del capitalismo argentino provocada por el sacudón de 2001, iniciada pragmáticamente por Duhalde, convertida en divisa por Kirchner.
El encargado de operar la conversión de agitadores en micro empresarios sociales o en funcionarios o en “receptores” de dádiva estatal fue el mismo que, cumplida la desmovilización de los sujetos más organizados de la revuelta, se ocupó de reinstalar la represión, y por cuya boca el gobierno de los derechos llamó energúmenos a trabajadores que defendían luchando el civilizado botín de sus puestos de trabajo, doctor Garca Berni: repartió primero plata -que resultó disolvente de la organicidad de muchos movimientos-, luego palos y tiros.
¿Realmente debemos recordar que los derechos solo son subjetivantes -es decir hacen a una mutación efectiva del cuerpo- cuando se conquistan y elaboran, nunca cuando simplemente se reciben de parte de alguien, que pasa a ser condición necesaria de mi -refutada- libertad? Y parece que debemos recordar, también, que si el grueso esencial de los derechos recibidos consiste en un aumento cuantitativo de los productos y servicios que se reciben por dejar la vida en el mercado (incluso el trabajo mismo como premio, “tengo trabajo”, “conseguí trabajo”, etc), lo que más se reconfirma, en la médula misma de la inteligencia corporal y social, es el juego del cual esos son los premios, y no la potencia inventiva y soberana de la subjetivdad.
(Ya la idea misma de redistribución de la riqueza -con todo lo bancable que obviamente tiene- puede ser una vía de refirmación de fondo del juego capitalista, sobre todo si en realidad se trata de un aumento del mercado interno pero sin alteración de los poderes adquisitivos relativos entre los estamentos sociales; alteración política hay si se redistribuyen también los poderes decisorios y valorativos -como ejemplito, recuerdo un video que circuló, sobre asambleas ciudadano-escolares donde se decidía colectivamente cómo sería el uniforme de los alumnos, en Cuba: pura belleza e intensificación cualitativa de la vida. No se trata nunca de la cosa, sino del tipo de movimiento vital que la involucra-).
Esa desmovilización de la revuelta alcanzó su cénit en los festejos del bicentenario: una fiesta programada gubernamentalmente, con lo político como espectáculo. Yo ahí lo vi a Julio Blanck con su familia: ni él podía no estar, porque la afectividad de la fiesta era más fuerte que discursos argumentos o ideas. Se estaba ahí y punto, en esa movilización total del traspaso del protagonismo desde los cualquiera, comunes, los nosotros, etc, hacia el mediador representante. De la jauría al rebaño, pero todos contentos: hay Luz y hay Bien.
Pero esa desmovilización del acontecimiento 2001 también tuvo “accidentes”, trastocamientos, desbordes, al menos en 2008 (contra el lock-out), 2010 (muerte de Néstor), y “la Plaza del 9” que despidió amorosamente a Cristina, así como las semanas previas al 22 de noviembre, de burbujeante movilización anti macrista. Quizá también algunos momentos de saqueos en los que traccionaba más la alegría del agite que el influjo mercantil. Bicentenario y plaza de Néstor coinciden en año, pero diversan en naturaleza; una es zumum de la coincidencia entre la programática de las “productoras” como maestras de ceremonia y rectoras de lo común, la otra es un desborde inesperado que muestra que el aparato tiene un grueso de su potencia en su condición de pieza elegida por la multitud.
Hay por supuesto una cercanía, por momentos promiscua, entre el agite y la aparatización; hay una interfaz, que permite tanto reconversión como pivotes, ambivalencias y complejidades. En esa zona de disputa interviene CFK, cuando confronta a la propia multitud que la fue a bancar el 9, diciendo “ustedes no son autoconvocados, son empoderados”. Ustedes son efecto, el Gobierno es causa, dijo. Bien podría haber dicho que toda resistencia, toda victoria democratizante, tiene como fundamento la movilización decidida de los comunes (aún si luego su garante se organiza gubernamentalmente). Y que al fin y al cabo ella era la empoderada. Pero no: desde su posición de mandataria (saliente) y jefa del peronismo (¿saliente?), consideró necesaria una reacción para negar la figura de los autoconvocados (y eso que tampoco “autoconvocados” es figura incendiaria...). Dijo: vos no estás haciendo historia sino en cuanto te hicimos nosotros, desde determinados “resortes”.

2. Al menos eran ambivalentes
No busco reponer acá a 2001 (nadie quiere volver a ser como antes), cual animado tomuer busca cerebros, no: sobre todo porque algo de 2001 está bastante presente. De la notablementemente lúcida, corajuda y oportunista lectura de Néstor, quedó fuera lo que puede verse como un “resto formal”, un tercero excluido del noviazgo del kirchnerismo con dosmiluno..., que fue creciendo mientras el kirchnerismo llevó adelante una agenda progesista haciendo las cosas mayormente de modos precarios, gestuales, con realidades locales muy ambivalentes (por hacer veloz la crítica), mientras crispaba y crispaba a la derecha -esta crítica la hacemos desde 2007, y, sin embargo, ahora, viendo la facilidad con que entra la estocada amarilla y se evapora el aire pingüino, hasta los más incrédulos encontramos que fuimos ingenuos.
Si el macrismo borra de un plumazo muchos de los espacios institucionales valiosos y bancables creados en la década k, es porque los ideologemas puestos a rodar no fueron una afirmación consistente jurídica, política, estatutariamente, como leí en un breve post de Diego Sztulwark hace poco. Muchos de los espacios y políticas “ganadas” se sostenían en la precariedad de las condiciones de sus trabajadores. Por poner un ejemplo, las universidades en barrios periféricos son loables espacios donde campean los contratos basura, las exigencias a los trabajadores precarizados de realizar “sacrificios para sostener el espacio”, además de los amiguismos berretas, los giles “empoderados” con un escritorio de dirección departamental, etc. Más allá del ejemplo (podría ser seguramente cualquiera de los programas inclusivistas), no es por criticar, es por ser realista y entender: la flexibilidad laboral -el neoliberalismo en ese plano- fue condición material de la inclusión neodesarrollista.
Pero además de que el neoliberalismo regente en la cotidianeidad de las vidas fue condición de base de la pragmática concreta de los programas de inclusión y derechos, hay otro aspecto que también rompe con la polarización k-pro. En esos espacios de inclusión, la imagen era esencial siempre; la realidad local, a veces. Y si los mirábamos de cerca, la presión por “los números” de cada espacio y programa, la codificación estadística de las realidades vitales, una y otra vez se divorcia de -sino aplasta- la calidad de las presencias concretas. Y eso preparó el terreno para la razón gestionista, para la cual la gestión es más importante que lo gestionado.
Pero el actual fascismo contemporáneo gobernante borra de un plumazo espacios que eran al menos ambivalentes, espacios cuya efectuación cargaba con -o era regida por- el gestionismo, para el que vale más la representación -básica pero no solamente numérica- de la cosa que la cosa, sí, pero espacios que ponían a rodar ideologemas democráticos (educación universal, educación sexual integral, naddie quedándose afuera de la circulación de recursos elementales, etcétera), cuya implantación respondía a lecturas más ricas y éticas de lo social; espacios con zonas útiles para el igualitarismo democrático.
Las políticas kirchneristas fueron menos consistentes que la crispación -y la subsiguiente cohesión- que produjeron en la derecha. Crispación que, además, como me apunta nuevamente Damián Huergo, no se erigió solo contra “los kirchneristas”, sino contra los sujetos que el kirchnerismo al menos hizo visibles y en algunos casos legítimos, los putos, los deshauciados, los rotos, etc. El fascismo actual tiene fuerte cuño moral, ordenancista. Y por cierto allí hay, como dice Rubén Mira, una diferencia con el noventismo y su fiesta. Acaso entre las cosas que los agentes del propietariado aprendieron de estas décadas está la idea de que la fiesta de los noventa terminó siendo escollo para la eficiencia de gestión de negocios y gobierno. Visto así, el bailecito horrendo de Maurizio es bien sintomático: hay un momento y lugar bien determinadito para festejar. Y se lo hace mecánica, patéticamente.

3. De la revuelta al orden
Una defensa de zonas de igualitarismo conquistadas encabezada por el kirchnerismo bien puede ser, decía, menos efectiva que una más caótica, lenta y desreglada resistencia por modos cualesquiera, comunes, no lineales, químicos... Prácticas vitales -rancheadas esquineras, autodefensa campesina, intolerancia hacia “empoderamientos” policiales, trabajadores ministeriales que logren “disimular” algunas líneas de trabajo popular, tiempos dedicados a un potlach amistoso de fabulación, infinito etcétera- que banquen lo que haya que bancar y atenten contra lo que haya que atentar y creen lo que haya que crear por agregación de instintos, por aliento mutuo, por convencimiento replicante de la verdad que se impone como tal por su gracia: que todo lo que sea más vivo, fresco, autónomo y por eso gracioso, se fortalezca ante la esencia de la explotación de lo vivo por lo muerto. Resistencia del ánimo buscón sobre la pragmática autoevidente del rendimentismo.
El macrismo es una rotunda afirmación de que la vida debe someterse al orden, como si primero viniera el orden y después -a perturbar- la vida. (Justo en esta tierra, donde escupís y pintan formas de vida, tirás semillas, tirás bichos, tirás gente y, con los pies en esta tierra -que comunica también nuestras vibraciones, de manera menos obvia que la pantalla-, inventan formas de vida). En ese punto y aunque la superficie engañe, el amarillismo es una expresión renovada de la Ley, “celosa y resentida de los cuerpos porque ellos existen primero”. El gestionismo afirma que la gestión sabe más sobre la vida que la misma vida. La ley, la ley no de los papeles que nos hacía iguales, sino la ley que emana la materia misma, de las cosas mismas en el orden capitalista, es el conjunto de deberes y limitaciones coherentes con el mercado. (Este es el verdadero motivo por el que del Pro surge el término “sinceramiento”).
Y los movimientos multitudinales, que como decía pueden proveer de agenda para políticas de gobierno, cuando son creadores, sin embargo, no es tanto por la agenda que imponen: es por el tajo que trazan en la temporalidad normal. Convertir una revuelta en agenda programática borra su potencia más específica, el trastocamiento del espacio común que inducen gracias a ese agite sobre la temporalidad, como dice Furio Jesi, y abre la transición hacia el orden del eficientismo. Los agites son precipitaciones -también se da en muy pequeña escala- donde el tipo de presencia que se inaugura vale por sí misma como experiencia. Valen como una intensificación de la presencia tal que logran la liberación del sometimiento del futuro: no se sabe a dónde se irá, pero mientras estemos así, vamos. Vamos y vamos viendo: la verdadera percepción se abre cuando la experiencia se emancipa del orden programático. La revuelta conquista un no saber. Y ya no importa el desarrollo, importa quién habla. Quién enuncia, quién pone los nombres de las cosas. Etcétera: y cosas.
Pero la revuelta también se da en pequeñas escalas, en espacios personales, laborales, amorosos, etc. Un amigo miembro de una versátil banda decía que cuando se juntaban se activaba tan claramente una frecuencia distinta, que incluso entrenó y aprendió a “juntarse solo”. Lejos de la imagen de “la revuelta” como sacralidad histórica, se trata de pescar las puntas anímicas que pueden difundir dichas frecuencias presenciales, donde algunos sujetos se despegan -más o menos- de su función, suspendiendo el orden normal...


4. Néstor y el Pro, lectores de 2001
Es muy tentador olvidarlo, pero el macrismo se incubó en el kirchnerismo. Como oposición, pero, también, con coherencia con el tipo subjetivo dominante en la dékada. Recuerdo una propaganda, para Cristina 2011, que circuló por internet y pegó bastante: la de “no seas rata Roberto, si te va bien”. Mostraba un tipo comprando un cero kilómetro al que le preguntaban y decía que no sabía a quién iba a votar. No seas rata Roberto, si te va bien, le decía el que había preguntado, que nunca se veía en cámara, era un ñato escondido en la concesionaria. La propaganda la firmaba la “comunicación kirchnerista clandestina”. Era clandestina respecto de la imagen kirchnerista del kirchnerismo. Porque sinceraba lo que años después también Cristina hizo explícito muchas veces al decir “No les pido que miren al país siquiera, les pido que miren su bolsillo y comparen cómo estaban antes”. Récord de venta de autos y motos, cuotas en frargarino y turismo por doquier. Trabajo para dejar la vida ahí, para exprimirse (de los oprimidos a los exprimidos, decía Pablo Húpert). Y laburar cada vez más para no quedarse afuera de ningún tren que sea posible. Es cierto y valioso, se repartieron más premios, todos -obviamente- deseables; pero lo que más se refirmó es el trunfo del juego. El consumo moviliza. Vida capitalista. Y para vida capitalista, ¿por qué no probar unos que ofrecen capitalismo sin más, sin verba, sin discurso ni gritos? Sin política...
Y es ahí donde encontramos a 2001 (a un componente suyo, luego “resto formal”) bastante presente, en la anti política del Pro. Es una reconversión del “que se vayan todos”, hecha divisa del reino del capital, trabajo muerto acumulado que se invierte para proyectar vida “ya vivida”, programática, obvia. Reino que no concibe que nada exista porque sí, donde la gestión es más importante que lo “gestionado”, y donde la dominación de los más poderosos es naturalizada. Reino que opera una desubjetivación parcial general: olvídense de ser protagonistas de la vida, esclavos. De imaginarlo, siquiera.
El Pro fue la mayor lectura no kirchnerista de 2001, como le oigo decir hace rato a Ariel Pennisi. Ofrece como servicio aquel componente antipolítico; ofrece una pospolítica de gerentes de empresa duchados en after office, que hacen política pero no son políticos, son otra cosa: gente subjetivada -y convertida en valor productivo- en otro ámbito, básicamente, claro, el citado de la empresa. Pero ya cuando Daniel Scioli triunfó en la interna del Frente para la Victoria, la dupla competidora del balotaje entera consistía en “hombres no políticos pasados a la política”. Ganó -ambos recibiendo enorme cantidad de votos de rebote, que los eligieron por descarte- el que más plenamente ofrecía la versión de la política que negaba la política como práctica específica, ofreciendo hacer “gestión” en el Estado. (Es muy indicador, como me señaló Marcela Martínez, que el gobierno haya formado una “mesa política” para tramitar los conflictos: implica que no conciben al ejercicio de gobierno como inherentemente político).
En Pro leyó también al 2001; de ahí entendemos que el gorilaje careta usara, de 2008 para acá, métodos caceroleros y piqueteros para combatir al gobierno kirchnerista, bajo el signo clave de las elites pero que triunfaron apoyados por muchos trabajadores y otras clases de no-gorilaje careta, muchos de los cuales -ya dicho- quisieron sacarse de encima “las formas” kirchneristas. Y en efecto, hay una dimensión estética fundamental en la política, donde lo que se impuso es un modelo espantoso de belleza lisa, pastel, rubia, sintética y tersa, con sonrisas de guasón y baile de casamiento enlatado, donde, está claro, los morochos tienen lugar como mascotas y amigos de su propia servidumbre. (Y donde todo estaba perdido desde unos años atrás, cuando el término “cheto” -en los pibes de las denominadas clases populares- se liberó de su peyorativismo y pasó a ser ponderación.)
Pero es también por su condición de no-políticos, de eficaces ejecutores, que es entendible su componente despótico: les resulta natural que el jefe sea una voluntad que manda y ya.
También es por su anti política que tienen afinidad con el poder judicial, los jueces también hacen política como si no fueran hombres políticos. Tenemos ministros de la Suprema Corte que prácticamente ni hablan en público, como si fuera una actividad meramente formal, casi científico-administrativa, simple “aplicación de justicia”. La Justicia pasa como no política porque se acerca al trasfondo del Estado, ellos son agentes de la ejecución de la racionalidad estatal; el orden jurídico, cuyo sustento se auto considera iluminista pero bien mirado es oscurantista, un poder sin argumentos: la Ley manda porque manda y ya. No hay nada anterior.
Porque lo “anterior” es el conflicto, la vida, los cuerpos, etcétera: y cosas, las cosas.
Y el Pro niega el conflicto. Esto no se refuta sino que se confirma con sus medidas violentas económica, política y policialmente. Porque niega al conflicto como constitutivo e inherente, natural a lo social. Por eso mismo puede afirmar que hay sujetos que causan problemas. Al postular que los problemas son causados por sujetos particulares, niega que lo que hay es conflicto y sujetos entramados por el conflicto. Odiaban la conflictividad retórica de los kirchner, porque incluía al conflicto dentro de lo explícito del juego republicano. Para el gerente que “decide pasar a la política”, la actividad política se rige por la eficiencia y todo depende de ella -y de la buena onda, claro-. En el debilísimo acto electoral (ahora los progres recriminan a los votantes de Macri, pero ¿pensaban que la elección era una libre decisión?), y aunque engarzando, sí, con una poderosa voluntad popular (ligada a ideas y percepciones sobre la vida y lo común), ganó la política de que vengan al gobierno algunos que no son políticos, son eficientes y modernos hombres de oficina -y after office-; gente que viene de las soluciones, no del conflicto. Para ellos -para este entendimiento político-, aquellos sujetos cuyas vidas, si se afirman, ejercen conflicto, deben ser mantenidos a raya, siendo docilidad o desaparición sus pretendidos destinos naturales.
Es pifiado creer que el Pro está “provocando” con sus violencias. No. Las marchas y repudios kirchneristas las espera, y sabe que alimentan al consenso que lo hizo ganar, el anti kirchnerismo, que fue apenitas mayoritario. Al contrario, así es la normalidad que buscan. Pero hay algo más profundo. Los negociados infaustos, las políticas económicas enriquecedoras de la elite más rica y propietaria, la escalada represiva y demás, no se impugnan por visibilizarse. La denuncia tiene patas cortas. Esas violencias son aceptadas. La crítica es un género viejo. Las críticas cabían a la ideología, pero son estériles ante esta sensología triunfante (Ariel Pennisi me contó que Mario Perniola acuñó ese término de post ideología). Gobiernan los afectos, como hace rato dice Diego Sztulwark y también Hans Landa, en Bastardos sin gloria, cuando sseñala que dan asco las ratas y ternura las ardillas: “lo interesante del argumento no cambia lo que usted siente”.
Las violencias gubernamentales son concebidas como violencia necesaria para que las cosas puedan seguir siendo como son, que es como deben ser. Justas y necesarias para el deseo de “romperme el orto tranquilo sin que me rompan las pelotas”. También para los ricos, el deseo de gozar del privilegio (es decir, de la violencia histórica) sin que nadie te rompa las pelotas.
Pero mayoritariamente, esa violencia económica, política, policial, es justa para una vida que tiene como premisa callada -envuelta en capas y capas de rin tin tín y de alegría- al temor. Porque el régimen existencial del mercado capitalista está fundado en la derrota. Todos -casi todos- entramos a un juego donde ganan otros, donde ya ganaron. Entramos ya con el estigma de la inferioridad, la enajenación. El juego tiene premios, eso sí: resultan ser premios que valen más que la vida que los produce. Sobre un plano silenciado de una derrota gigantesca, la derrota de la aspiración de libertad, las carreras por estar conforme dan premios que son la consolación de esa vida. De esta vida. Un temor de fondo, un temor en este país del desierto: que no haya máquina alguna que enganche tu vida en un movimiento. (El cagazo, por cierto, es el que puede refutar la esperanza de que “no se le saca a la gente umbrales de consumo así nomás”).
Temor, y premios adorados que valen más que la vida que los produce, porque son su consuelo. Cualquier molestia o amenaza, ahí, merece violencia. Molestias como que haya gestos que sí comportan un ansia de libertad -arrebato de no coincidir con la funcionalidad de nuestra vida-. Esa molestia, que amenaza los premios y cuestiona su sentido, que deja cara a cara con la vida, conecta con la consentida violación a sí.
Y es por eso también que cualquier guiño que la festeje sin más, a esa esa vida, que le sonría, que le prometa animarla sin recordar su sometimiento basal, engancha, engancha como cabeceo rozagante que saca a bailar a quien, solo, se moría de angustia.
Ahora cambió el dj y todos esos odiadores están henchidos graznando en el centro de la pista.
Todos comen el sintagma más esencial -y callado- de la nueva gubernamentalidad: la riqueza y los ricos son algo natural y nunca postulables como causa de padecimientos sociales.


5. Presencia sin saber
¿Entonces? Ahí otra trampa. La pretensión de “saber” en materia política. Nadie sabe, no se puede saber. No tiene sentido denunciar ni se puede saber. El saber es parte del orden. Si hay movimientos revoltosos, grandes o chicos, que tajean la temporalidad normal, conquistan justamente un no saber, e impera el divino mientras tanto ensanchado. Ahí es posible olfatear y estar a la altura de las prácticas que no son gobernadas por esta mierda, como dice Juguetes Perdidos. Instinto de vínculos y modos de hacer fuerza que ejerzan otra calidad de presencia.
Lejos de dedicarse llanamente a “hacer política”, casi en lógica de “respuesta” a lo que impone la actualidad, repetida y renovadamente hay que preguntarse “¿cómo me imagino el socialismo?”, o lo que cada uno pueda preguntarse para conducirse a las prácticas que expanden lo mejor que puede concebir en la vida, sea cuidar viejitos o bailar y beber ron o ayudar a aprender las matemáticas a los niños o construir barcos o cocinar o... No es la política la que puede sostener una resistencia históricamente relevante; es la vida. La actualidad del mundo acecha, y la Política es partícipe y beneficiaria de esta dominación mediática de la fabulación. El facebook ofrece tres íconos de sucesos en la pantalla personal: amigos, mensajes, y el tercero es el mundo: hoy el mundo tiene treinta y dos notificaciones para ti... Catarata que evanesce la presencia, que invade su tiempo con, siempre, otro lugar. Y es la presencia la que puede subrepticiamente hacer manar el flujo que rompa la actualidad. Presencias -comunicacionales, callejeras, etílicas, musicales, naturalistas, escolares...- que logren desmarcarse de lo debido para lograr movimientos desde la óptica de lo que pueden por sí, sus accidentes, sus encuentros, sus instintos, en combate involuntario hacia la ridiculización y el disecamiento del eficientismo (como idea, deseo, policía, etcétera).









Monday, October 26, 2015

Fiebre amarilla, notas rápidas.

"Vos solo tenés que darme el voto. De todo el resto me ocupo yo".


Afirmando la deriva desmovilizante del kirchnerismo, Scioli quiso -como Macri- ocupar el centro: la continuidad de la vida como puro capitalismo.

Criando el orgullo de "romperse el orto laburando", la alegría del consumo en cuotas y el ansia rendimentista, no debe sorprender que el suelo subjetivo de la década prefiera la continuidad de su pacto material sin el ruido de la verba inflamada de líder y tropas.
Los sensibles al discurso quedaron fuera del sciolismo; los sensibles a "mirar su bolsillo, no el país", como pidió CFK varias veces, reformulación del "No seas rata, Roberto, si te va bien", ahora quieren una continuidad de eso, simple capitalismo sin olor peronista ni discurseante. Esto además de los fascistas más decididos.

¿Qué es -qué será- peor para la democracia, para la igualdad? Es difícil saberlo, entre dos tipos que a la mañana comparten cepillo de dientes. Incluso el "tener gente y organizaciones populares detrás" -argumento con que querían convencernos de votar al otrora delfín menemista y actual responsable de la Bonaerense- no necesariamente obstaculiza políticas anti populares, a veces ayuda (como al propio menem haber llegado con el frejupo y tener apoyo sindical); y la casi diría franqueza evidente del neoliberalismo más puro de Macri podría facilitar la velocidad y decisión de la resistencia. Realmente es incierto qué escenario sería peor para la repolitización de la vida común, para la organización de espacios de autonomía resistente. El kirchnerismo se va con el que creo es el primer luchador asesinado por el Estado en su gobierno, en la provincia de uno de los dirigentes más ungidos por la Presidenta en los últimos años, y ni siquiera hubo alta alharaca. Incertidumbre.

Lo que sí siento claro es que el triunfo de Macri sería una regresión estética masiva en Argentina. Esa forma de hablar propia de la cápsula elitista, esa sonrisa de Clase Dominante heredada, esa forma de bailar de Simulación y garchar feo; asco. Uno modelo de belleza neutra, seca, lisa, amarilla. Espantoso. Imágenes, formas de la corporalidad y del encuentro que trafican afirmaciones sobre la sociedad de clases, rubio patrón para el que los privilegios y las pobrezas son dato natural. Prefiero sin dudarlo la mentira híbrida del anudamiento de intereses del peronismo de derecha. A manquear el balo.

Friday, August 28, 2015

Bipedismo y subjetividad

El hombre es hombre porque la mujer se puso de pie y la función nutricia fundante -la mama elemental- puso al bebé cara a cara, anclando la gravedad mutua de las pupilas.

Nos erguimos y alimentarse pasó a ser un proceso subjetivante.

Sonrisa

La sonrisa no viene de movida, se sabe; se aprende.

Primeramente la boca se abre o bien para comer -recibir, succionar: hay una bella violencita de apropiación alimenticia- o bien para chillar, para digamos protestar por determinado aquejamiento -también violencia para que algo pase-.

La sonrisa es la primera apertura de la boca no utilitaria; la primera incorporación no cuantificable de mundo, la primera expresión no determinista, puro festejo de lo que ya está pasando.

Thursday, June 25, 2015

Anomalía de píxeles (sobre las cámaras de seguridad)




Publicado en Revista Crisis, diciembre 2015. Imágenes de Osvaldo Rodríguez y de SpY


La maroma camarista


Las 2000 cámaras de la Policía Metropolitana en las calles porteñas, las 1200 de la Federal, las 1200 o 2000 -según versiones- en los subtes, las miles que vigilan el tránsito, son un gigantesco negocio, incumplen la Justicia (en el caso de las municipales) y constituyen una política compartida por oficialismo y oposición que crece velozmente en la urbanidad argentina, porque expresan el sustrato sensible común de la política. En efecto todas estas cámaras del control estatal, como por ejemplo las que coronan la punta del Obelisco porteño –convertido en torre de vigilancia-, no son nada: nada comparado con la cantidad y tasa de crecimiento de las cámaras privadas, no solamente en las fábricas vigilando el proceso productivo (cuidando el robo legal de la plusvalía), no solo los bancos con alta tecnología de reconocimiento facial, no solo los clubes de fútbol y los shoppings y los cines y rapipagos, sino una ola verdaderamente inmensurable de cámaras puestas por pequeños comerciantes y, sobre todo, por vecinos cualesquiera.


Solamente en la Cámara Argentina de Seguridad Electrónica (CASEL) se consignan 107 empresas que ofrecen dispositivos de videovigilancia: para micros, para bancos, para jardines de infantes, para la puerta del hogar, para el cuarto de los niños. Los últimos modelos transmiten la imagen a internet en tiempo real y pueden monitorearse desde el celular. Por seis mil pesos puede comprarse algo básico: un domo infrarrojo con alcance de veinte metros que se activa cuando detecta movimiento, con el cableado, la grabadora que guarda todo por un mes y hasta el humano trabajo de instalación incluidos. Otras ofertas proponen kits autoinstalables, con dos cámaras, por cinco mil pesos. “Vimos que es muy creciente la demanda de compra por parte de consumidores finales, familias, y que en ese segmento, la presencia del personal de instalación era una traba”, explica Pamela Carrizo, encargada de márketing de Big Dipper, una de las empresas líderes en distribución de dispositivos de video-vigilancia (representante en Argentina del gigante chino Dahua).


La gran mayoría de las camaritas son chinas; también hay estadounidenses y europeas, pero cuestan casi el doble y las chinas en los últimos años han elevado mucho sus estándares”, cuenta una fuente del negocio de la videovigilancia, a quien llamaremos Carlos porque pidió anonimato, una fija en este gran negocio del miedo y el control, que en Argentina con la crisis (con la idea sola de crisis) crece, y que en el mundo tiene pronósticos de expansión de 16% anual hasta 2017 según TSR (investigadora de mercado japonesa), o 22% anual hasta 2018 según IHS, una consultora yanqui terrorífica que se dedica a la información industrial en rubros como Defensa, Aeroespacial, Medicamentos, etc. En China trabajan en la industria de la seguridad un millón y medio de personas; tres millones de manos. Cuando Shangai hizo su Expo Universal, en 2012, contrató para la video-vigilancia a Hikvision, que puso para el evento doce mil cámaras. Hikvision es otro gigante chino, fundado en 2001 con 28 trabajadores y que ahora tiene ocho mil, de los cuales 2800 son ingenieros de investigación y desarrollo, y que dice en su web cotizar en bolsa doce mil millones de dólares; con gran presencia en Argentina, representada por Security One (dirigida por el joven empresario Christian Uriel Solano), tiene a cargo por ejemplo las videovigilancias de Boca Juniors, del municipio de Calafate y -Randazo mediante- de la red ferroviaria nacional.


Según el ingeniero Eduardo Casarino, miembro fundador de CASEL desde su empresa Sistemas Electrónicos Integrados, “El mercado de la videovigilancia crece en Argentina a un 15% anual, y el segmento de uso doméstico a un 20%. En términos absolutos, la dimensión del mercado de la Seguridad Electrónica fue de unos US$ 595 millones al término de 2013 y se espera que alcance los 700 millones para el fin de 2014, de los cuales 230 corresponden específicamente al mercado de video-vigilancia. En el año se instalan, en todos los rubros, más de 35000 cámaras de CCTV [Circuito cerrado de televisión]”. Una empresa local grande, informa Carlos de primera mano, importa en 2014 unos tres millones de dólares que vende a cinco millones (actividad comercial con escasísima mano de obra, claro).


Basta con prestar atención y se empiezan a ver cámaras por todos lados, incluso en trayectos que se hacen a diario sin haberlas registrado antes –porque, claro, el hombre no es bicho de registro constante y total-. Se torna, luego, imposible dejar de encontrarlas por doquier, en la propia cuadra, en la manzana, en las inmediaciones. Ojos inertes, más o menos disimulados por ejemplo entre los artefactos de alumbrado, aunque estos hacen lo opuesto: absorben luz. Enfrente en el depósito de pintura, en la otra cuadra el chalet de dos pisos y otra casa, en la otra esquina el maxikiosco; a la vuelta, una vivienda modesta con dos soberanas cámaras que, muy extraño, no filman la puerta sino el cordón de la vereda. “No”, dice un vecino, “parece que hace un tiempo tuvo problemas con el auto… que un vecino se lo rayó, algo así, debe ser por eso”. Puso pues un sistema de unos ocho mil pesos que registra todo lo que pasa, que somete a los pasantes a ser apuntados con esos artefactos, asimilándolos a un “afuera peligroso”.


Ese material filmado queda en poder de los privados y su potestad; “¿por qué no imaginar, pongamos, que un supermercado que filma la vereda por motivos de seguridad no podría venderle su archivo de imágenes a una consultora que hace estudio de mercado para marcas diversas? Cómo se viste la gente cuando va a comprar, diferencia de géneros, etcétera, lo que sea”, cuestiona Carlos.


La eficacia de las cámaras para evitar delitos en hogares y comercios pequeños es muy discutible (dato gracioso: mucha gente compra dispositivos IP, cámaras de alta definición que suben la imagen online en tiempo real, pero olvidan cambiar la contraseña que traen de fábrica, de manera que es muy fácil de acceder a sus transmisiones, como hace el sitio insecam.com, donde pueden verse las tomas en vivo de 75mil cámaras de todo el mundo, mil argentinas). “La gente suele comprar dos DVRs [el aparato que recibe y guarda las imágenes], porque los ladrones cada vez más es lo primero que buscan, para destruirlo, entonces tenés otro de reserva…”, dice Pamela Carrizo (de Big Dipper). Pero supongamos que un vecino corriente sufre un robo hogareño, y le queda grabado en imágenes. Irá a… ¿la comisaría, a hacer la denuncia? ¿Qué investigación realizará la policía a partir de dicho material? En fin. Lo cierto es que se ponen cámaras por “prevención”, es decir por miedo: ese gran regulador de la economía anímica citadina.


Por un fantasma, por una imagen especular, se implementan movimientos materiales concretos, y de pronto caminar por la ciudad es ser filmado por una increíble cantidad de cámaras –y, se sabe, la observación es una fuerza física que altera la trayectoria de las partículas-. Shenzhon VVS, otro monstruo oriental, asegura en su web que en China hay “mil millones de clientes potenciales”. Se importa de China (o Corea, o Israel si el cliente es el Estado, o Alemania si es un banco), se le vende a “mediadores”, es decir micro empresitas o simplemente individuos que, en cada torre, en cada barrio, en cada pueblo, ofrecen el servicio a los vecinos: señora, no necesita más estar vigilanteando detrás de la persiana. Señor, si le revisa cada tanto el mail a su esposa y las cosas a su hijo, esto es para usted.


Mucho se ha señalado que el neocapitalismo hizo más complejo identificar las caras del poder; paralelamente, se multiplica una tecnología que instala un sinfín de ojos técnicos que son la materialización actual de la mirada del amo, como plantea el ensayista Gabriel Muro (en un artículo sobre la obra de Harun Farocki, que estudia el uso de video-vigilancia en procesos fabriles y militares).






Cámaras metropolitanas


El sociólogo Andrés Perez Esquivel presentó una demanda contra el Gobierno de la Ciudad porque la Metropolitana no publica la ubicación de sus cámaras ni de las cámaras de empresas cuyo material puede usar (debe hacerlo según indica la Ley 3998, de 2011, que modifica la ley 2602 de 2007). Aunque el juez Darío Reynoso falló a favor de la demanda, la Ciudad sigue ocultando. Entrevistado para esta nota, Pérez Esquivel explica que “lo que hay es un gran negocio. La ciudad acaba de prorrogar por un año su contrato de leasing con la empresa Global View; la prórroga establece el pago de dieciséis millones de pesos por continuar el mantenimiento de las 2030 cámaras que recién serán propiedad de la Ciudad cuando termine el contrato, que empezó en el 2010 y por el cual Buenos Aires habrá pagado aproximadamente 320 millones de pesos, unos 160 mil por cada una: lo que cuesta un dron de avanzada. Y sin incluir el cableado, porque se usa el de empresas privadas que tienen redes de fibra óptica, empresas que técnicamente tienen la posibilidad de acceder a esa información.” Las cámaras de la Federal, por su parte, que son 1200 en 300 puntos (porque coloca cuatro en cada cruce), son de la marca Mer Systems, empresa israelí; coincidencia, el empresario ex montonero Mario Montoto es el creador de Global View y también es vicepresidente de la Cámara de Comercio Argentino Israelí.


Montoto, ex secretario de Firmenich, fundó y dirige Global View, aunque en 2012 vendió el 85%, por 30 millones de dólares, a la japonesa NEC, gigante que, cuando anunció la compra, ponderó desde Tokio que “Global View S.A. tiene una fuerte base de clientes en servicios de vigilancia, particularmente gobiernos municipales, y su negocio está basado en un modelo de cuota mensual”. Provee por ejemplo a Tigre, Rosario, Lomas de Zamora; acaba de ganar la licitación en Mar del plata, por seis millones de pesos por 65 cámaras durante treinta y seis meses: fue la única empresa en presentarse. “Los municipios ya lo toman como un ítem más de la política que tienen que hacer: construir una calle, poner cámaras”, afirma desde Big Dipper Pamela Carrizo. Al respecto, Eduardo Casarino dice: “El futuro del control de la seguridad en los municipios tiende a utilizar aún más las tecnologías de los sistemas de video-vigilancia, al igual que en los países de más alto desarrollo. El único escollo que tienen los municipios es la inversión que tienen que realizar para que un sistema sea eficaz, ya que lo que realmente sirve suma un monto muy importante y lo que se instala a un costo más bajo resulta en un sistema de prestación defectuosa y poco eficaz”.


La Metropolitana –sintetiza Pérez Esquivel- no quiere inscribir sus cámaras en la Defensoría del Pueblo y en ningún control externo, y ha sido intimada por la propia Defensoría, por la Auditoría, por la Legislatura y por la Justicia. Se trata de un negocio y de una puja de poder entre fuerzas policiales: la Metropolitana tiene tres comisarías, patrulla cinco comunas, pero tiene cámaras en todos lados”.


Las dos mil cámaras de la Metropolitana envían sus capturas al Centro de Monitoreo Urbano. Uno de sus operarios-espectadores, que pide no dar su nombre, cuenta que “son 2030 cámaras y en cada turno hay quince o dieciséis operadores monitoreando: ciento treinta, ciento cuarenta cámaras para cada uno. Cuando vienen los medios, como vino La Nación, o cuando viene algún diplomático extranjero, llaman a los operarios de los otros turnos, llaman hasta al portero y le ponen uniforme y los hacen actuar que laburan, para mostrar que hay treinta personas monitoreando. La ciudad tiene trece mil cruces (de calles), inabarcable. Donde sí sirve es en la Comuna 1 (Retiro, centro, Constitución), zonas de mucho asalto callejero, y donde ahora los chorros saben que están las cámaras –en esa zona hay muchas- y se corren a otros lados. Las que están en el Obelisco ahora son visibles porque están afuera de las ventanitas, pero ya estaban, solo que adentro. Podemos moverlas para mirar en cualquier rango, y tienen, como todas las de la Metro, un alcance de 1600 metros. Lo que se dice mucho y es falso es que violan la privacidad. Están programadas para que si hacen zoom a una casa, por ejemplo, donde está la ventana se bloquee, se pone negro; cada cámara se programa específicamente. Y también es falso que se usen para hacer espionaje, para espiar militantes o activistas. Salvo en el Borda, ahí sí les pusieron una cámara, dentro del Borda, para vigilar a los agitadores.”


Igual, el sistema es obsoleto. Londres tiene veinte mil cámaras municipales, y ni un solo operador: son cámaras de una inteligencia tal que están programadas para registrar anomalías de píxeles. Si una puerta se abre en un horario en que debería está cerrada, o si en un pasillo de subte una sola persona camina en dirección opuesta a la masa, el sistema lee la anomalía en píxeles, y larga una alarma para que, ahí sí, venga un operador”.


Homo-occidentalis


Es que las cámaras se usan para no estar. No se trata solamente del control, no; aquí el control participa de un atributo genérico de la subjetividad mediática: la multiplicación de instancias de la presencia simultánea. Estar sin estar. Poner camaritas en el cuarto del niño o el bebé sirve para poder estar tranquilo en otro lado. Así es que NEC, que en su web cuenta su larga y expansiva cronología, hito por hito, salto por salto, cuando llega a 2003 exalta el momento bisagra como ningún otro: La era de la omnipresencia. ¡El futuro es ahora! ¡El sueño se convierte en realidad! La gente ya ha comenzado a experimentar los beneficios y el confort que les ofrece la sociedad omnipresente.


La pasión por mirar es conocida. Con una larga preparación del sentido de la vista, los homo-occidentalis nos conformamos como espectadores. ¿Cómo pensar, cómo nombrar, a esto que somos ahora, personas filmables? ¿Actores? Los quince minutos de fama para todos preconizados en los sesentas, ¿es descabellado verlos como preparación para esta visibilidad permanente? También es cabellado pensar que la pulsión por exhibir la propia vida (desde facebook hasta el “giro autobiográfico de la literatura argentina”) es consustancial al reputado fin de los grandes relatos: ante el vacío de una entidad magnamente inclusora, integradora, que nos oprime pero nos cuenta y proyecta, el yo narcisista se cuenta a sí mismo y gestiona ser captado. Sobre el fondo anímico de irrelevancia individual se apoya la aceptación social de la omnipresencia de las cámaras: me filman, soy alguien.


Este engarce entre control y subjetivación vía imagen es bien entendido por ejemplo en Nueva York: hay un bar, subsuelo del clásico edificio Seagram, un bar restorán muy a la última onda, que tiene arriba de la barra, como principal presencia estética del salón, un largo panel de pantallas unidas: muestran, con un leve efecto de espasmo y repetición en loop, las imágenes de la gente que entra, tomadas por las cámaras del ingreso; el recién llegado puede verse, por unos minutos, hasta que su imagen pasa a retiro y sigue viendo a los nuevos ingresantes.


Pero si las cámaras son omnipresentes, ya no pueden pedir sonrisas. La webcam para ejercer el "yow 2.0" puede ser el mismo aparatito que me filma en el kiosco, pero una es vía de subjetivación espectacular, la otra de objetivación por control.


Y del ser filmado como excepción a ser filmado como la nueva naturaleza hay un cambio cualitativo; ya no puede existir la cámara "oculta": el punto de partida en cualquier parte es la como mínimo posibilidad de estar siendo capturado como imagen (por eso los recientes casos de “éxito” de videovigilancia es con tipos de sanidad mellada: el asesino de la estudiante chilena, el pirómano de Caballito). ¿Qué subjetividad genera esta mirada inerte omnipresente, qué verdad queda naturalizada, qué asume el cuerpo? ¿Hasta dónde llega, o llegará, el efecto de las camaritas sobre la conducta común? ¿Es la punta que más lejos llegó para subsumir todo rastro o expresión de salvajía, todo impulso de espontaneidad?


La cámara no solo te ve: te guarda. O mejor, con ese órgano nuestro que es la cámara, nos guardamos. Nos registramos, como una marca; nos enmarcamos, nos hacemos marca. Nos objetiva como imagen visible, donde lo invisible no existe. Son un órgano sin cuerpo, las cámaras, ojo puro, una pura función: un ojo sin cuerpo que nos embalsama: salva nuestra imagen para la eternidad, y nos llena de nada.


Si algo le duele a las cámaras, es ser ellas mismas visibles. Su anhelo es ser un ojo sin cuerpo. Ojos que alteran el estatuto mismo del suelo, de la materia urbana: ahora está siendo filmada, las cámaras la captan y le devuelven el dato de que es imagen. ¿Succión del alma citadina? Toda la realidad, duplicada. Guardada por sesenta o noventa días y eliminada si no hay nada que verificar. ¿Qué decir de este back-up de la realidad, de esta "memoria externa" de la realidad?, que, por otra parte, en vez de "inocente hasta probar lo contrario", dice "amenaza pero irrelevante y eliminable salvo que suceda delito". ¿Vigilancia de la normalidad de lo no-acontecimental? No somos nada, hasta que resultamos anomalía de píxeles.


Christian Ferrer, miembro editor de la revista Artefacto, autor de El entramado. El apuntalamiento técnico del mundo (además otras obras como su flamante biografía-ensayo sobre Martínez Estrada), consultado para esta nota, dice: “Hemos sido integrados a un inmenso campo de maniobras, un entrenamiento gigantesco para la subjetividad del que a nadie le está permitido salir, sin mayor conciencia de qué estamos haciendo y sin que aquellos que lo instalaron sepan todavía qué van a hacer con los resultados”.