Friday, February 24, 2017

Ricos Divinos


Triangulitos, globos y pesos

El triangulito de “play” es el logo de iniciático del riquismo actual: acción hacia adelante con un click. Sin rostros, ni escudos ni banderas, sin historia ni sellos singulares, ese triangulito fue desde el vamos la síntesis de una estética corporativo-moderna, con camisas de colores y sin corbatas, con elegantes arrugas de after office, con blancas caras sonrientes y tersas, con sentido claro e inequívoco: para delante. Una estética que podría ser extraída y reubicada en cualquier lugar del planeta (en un click), estética de actualización sin marcas de argentinidad, porque lo argentino como tal fue desde su inicio algo externo: materia a ser gestionada.
Ni bien empezó a ganar, a creerse su fortaleza, el riquismo se munió de globos. Muchos globos: entronización de lo ingrávido. Cuerpos de pura superficie, lisa, tersa y pujante. Colores inequívocos y llenos de un aire mas liviano que el aire. Símbolo de la algarabía riquista, de su modelo de felicidad, son cuerpos brillantes, simples y monocrómicos que se elevan por las simples leyes de su naturaleza.

Esa estética incorpórea no es inocente: se opone a la densidad característica del peronismo, al peso característico del peronismo. El peronismo es la masa. Por cierto, es por su esencial pesadez que resultó un orgullo meritorio ser un movimiento.

No solo respecto del peronismo se efectúa esta “liberación de lo pesado”, claro está. También se ofrece como superación generacional del partido militar. Hecho de fierros, botas estruendosas y duros galardones, el modelo de orden del partido militar estaba centrado en lo corporal (centraba en los cuerpos justamente en la misma medida en que los odiaba por ser anteriores, por naturaleza, a la disciplina y guardar siempre la amenaza de una memoria de esa salvajía).
El radicalismo, por su parte, visto desde este “cambio”, también queda asociado a la necesidad de masas: por supuesto Yrigoyen, y en la edad contemporánea Alfonsín ganó y fue importante porque alcanzó nivel de masa (y su hora más entrañable, aquel discurso en la Sociedad Rural, fue la de un cuerpo con aguante). Pero la masa no era parte de la esencia radical; su esencia era la razón legalista y republicana. Por eso pueden guardar orgullo por Illia, el presidente de la masa proscrita; por eso, también, Alfonsín ante los carapintadas apeló al dialoguismo y mandó la masa a la casa. Y esa abstracción, la razón legalista y republicana, es más afín a la ingravidez del nuevo riquismo: por eso resultaron aliables.
Pero lo pesado, lo rebosante de masa, es sobre todo el peronismo. No sólo el del 45, también su paisaje reciente, desde los “gordos” hasta Néstor, qué lindo Néstor cuando inauguró su investidura rompiéndose la frente porque la asunción debía consumarse en el tumulto corporal. Néstor del desaliño, de la “fealdad” afirmada: rechazo al canon del Espectáculo... También, antes, el Turco con su cara peluda -que no le duró mucho-. Carlitos Jr, dicho sea de paso, se jugaba la vida en “deportes” de alto riesgo (máquinas sin más), cuyo sentido precisamente es conjurar la pesadez del cuerpo.
(¿Y será por esta inherente pesadez que la CGT logra, a un año del gobierno que operó una escandalosa transferencia de recursos de los trabajadores a los propietarios, evitar la huelga general, amparada en parte en lo complejo de movilizar el aparato, mientras que, en contraste, el movimiento Evita, íntimo del Espíritu católico, tiene un dinamismo incomparablemente mayor?)
El último y más estrepitoso peso peronista fue el pobre (es un decir) José López, luchando contra bolsos henchidas de billetes tan abultados que debían pesar como madera (los “palos”)... hasta de la liquidez hacen algo sólido los peronistas, pobre López con sus brazos y cintura estallados, apurado para deshacerse de ese peso muerto, arrojándolo a la égida monacal, a zona de Dios, de espíritu: allí donde el cuerpo se disimula, considerado efímera fatalidad...
Pero la inteligencia se llama así porque opera en el terreno de los cuerpos borrando el suyo propio. La inteligencia es una interface entre la política abstracta y la ineludible corporalidad. Y sonó López, como buen peso macizo que es. Un globo, en cambio, si suena hace ¡pam!, pero dura un tris (un click), y no deja cadáver casi: parece mentira que ocupaba espacio.



Adiós a las plazas

Con sus globos y sus millones de dólares virtuales off-shore, ingrávidos e higiénicos, el riquismo vuela por encima de este pesado barro de pesos argentinos.
Porque no es que no llena plazas, sino que no necesita llenar plazas; ni te pide que vayas a una plaza: te ofrecen política sin plazas (esto se lo escuché señalar a Ariel Pennisi). Sin plazas, sin ni gritos, sin papeles (ni boletas siquiera, para votar sin ensuciarse, sin perder tiempo contando papeles como López), sin banderas...
Al cuerpo cansado de que la política implique cuerpo y que el cuerpo implique política, interpeló la inteligencia riquista.
Por supuesto que el Pro opera en la materia y aprendió pragmatismo territorial del peronismo y hay que poder señalar las tramas territoriales de sus negocios y dominación... Pero su paisaje imaginal (que cumple la función del “relato”) ofrece esta emancipación del cuerpo pesado.
Supo leer el tono de los cuerpos -un tono en cierto sentido anticorporalista de los cuerpos, cuerpos mediatizados, que se conciben a sí mismos como un medio para otra cosa: algo que vendrá después del play.
Cuerpos mediatizados, que se conciben a sí mismos como medios para otra cosa; como, por poner un ejemplo de muchos posibles, las tetas de silicona por motivos estéticos: meterse a un quirófano y lacerar al cuerpo para que rinda mejor en el mercado del deseo, perdiendo sensibilidad erógena incluso, para que se ajuste a un ideal abstracto, en relación al cual es deficitario, para que presente otras leyes que las suyas propias -Basta imaginar los implantes ahí, solitos, permaneciendo durante siglos en la tierra con la que el cuerpo hace rato se asimiló.

La mediatización de los cuerpos, de las vidas (de genealogía larga y compleja, entre el cielo, el dinero, el Espectáculo, las TICs...), también es causa del triunfo -preelectoral- macrista. Las cosas valoradas por su capacidad de cambiarse por otras (las cosas como un medio), los cuerpos sentidos como obstáculo para la plenitud tersa y brillante, obstáculo para que la vida sea como parece que es más allá (un más allá que ahora parece estar acá nomás, a un click). Plenitud en la que ni siquiera hace falta “creer” -discursiva, ideológicamente- para que valga la pena y traccione. Vale sacrificios. De una vida ajena, del tiempo propio, del gusto... sobre todo de la vida como potencia genérica, es decir, como potencia de inventar modos del valor experiencial -que la experiencia funde valores.
Cuanto más sacrificio, más cumplimos el deber; el deber, la condición deudora, también mediatiza al cuerpo: lo somete a ser medio de cumplimento de lo debido.

Es clave lo que dijo el intelectual estrella del riquismo (supuesto seguidor, por cierto, del filósofo que fustigó al “espíritu de la pesadez”): “no haremos grandes festejos por el bicentenario de la independencia porque no hay que excitar moralmente en exceso a la sociedad”. No hay que encender algo imprevisible en los cuerpos, ni siquiera en una fiesta consumible; no ponerlos en estado de masa. Mejor así: globos, pantallas y virtualidad; hacé zapping, navegá, charlá en forma constante, trabajá, comprá, emprendé o bancá la que te toca, sé feliz con tu vida como es, cumpliendo tu parte, respirá, quedate tranquilo...
Si aguien te roba, matalo y quedate tranquilo en tu casa. Ningún cuerpo debe molestar.


Hacer obvio

Ni te piden que vayas a una plaza y de las plazas importantes se ocupan ellos. Arman “equipo” para Hacer -hay que recordar que la H de “hacer” fue también logo primordial del Gobierno porteño. Hacer, hacer, hacer en sí. Hacer como bandera, como si “hacer” fuera algo abstraído de los qués y por lo tanto de los por qués, de los motivos, de los sentidos; en fin, de la política. Hacendosismo abstraído de los criterios cualitativos de valoración.

El Hacer de la política mediatizada es obvio.

Por eso el ideal de democracia participativa del riquismo se limita a las votaciones ciudadanas por internet: se llega al “momento democrático” cuando solo restan clicks opinadores (esto se lo sentí a Rubén Mira). Por eso, también, insisten en “dejar los discursos y dedicarse a la acción”, y Macri ni necesita saber hablar (ni Macri ni Marcos Peña... quizá un poquito más Vidal: monja secular). Por eso, también, Macri the cat baila de manera tan aparatosa, tan trillada (es al baile lo que un emoticón a las emociones), como animador voluntarioso de fiesta programada, espanto de baile, toda idea de improvisación reducida a copia de coreografías enlatadas, un baile que consume formatos. No baila, hace un bailecito, un bailecito aparato cuya naturaleza es la imitabilidad, un bailecito propio del voluntarismo buenaondista emprendedor para el que ser feliz es llanamente cuestión de decisión.

Y es también porque el hacendosismo es obvio, y prescinde de la experiencia sensible, que tiene pleno sentido que el gobierno tenga muchos funcionarios que no tienen procedencia alguna del área que gestionan; no solo el rabi Bergman: muchos CEOs que, por caso, vienen de una tabacalera y ahora gestionan una subsecretaria de la Dirección de Escuela Secundaria: gente capaz de hacer, gente que sabe gerenciar.

El nuevo riquismo mediatista consiente la existencia de los cuerpos como agentes ejecutores (cada uno su parte para hacer la empanada), pero los fustiga como entes de experiencia, es decir, como creadores de valores y de verdad en el interior de sus prácticas. Los niega como creadores ignorantes y refutadores de toda moral programática. Fustiga los cuerpos, pues, en tanto habitantes plenos del presente: deben Hacer, no detenerse a pensar, sentir, decidir...
En tanto habitantes del presente (del mientras tanto), los cuerpos tienen futuro porque lo emanan, lo secretan; pero no corren para “avanzar” hacia al un futuro al que deban “llegar”. No hay donde llegar, hermanos, lo sabemos: y ese saber funda un régimen de ignorancia vital. Los cuerpos en su perfección, ignorantes -insisto- del paisaje espectacular del deber ser, son, para la política mediatizada, una existencia vergonzante y enemiga.
En el orden riquista los cuerpos se dedican a lo obvio, a que el presente -se- rinda a lo mediato.
Y nada tienen que ver con lo político: su potencia crítica -en el sentido de elaborar y decidir criterios- queda mediatizada: los que saben son otros.

A esos cuerpos que tienen su pensamiento y politicidad mediatizada es a los que en la ciudad capital se les dice (imperativamente) “terraceá, jugá, morfá, disfrutá”. Por supuesto, en la preparación de esta mediatización jugó un rol muy importante el kirchnerismo, con un modelo donde politizarse era “militar” como “soldado” de “la jefa”. Y sobre todo, con la inversión por la cual la multitud cuya revuelta había puesto las condiciones que luego fueron bien leídas y convertidas en agenda de gobierno, se convirtió en “empoderada” (partícipe pasiva) por la instancia gubernamental. (Esto, por supuesto, aparte de su histórica contribución a la subjetividad neoliberal del consumidor con derechos, sin obligaciones, sin garantías tampoco, quejoso y asustado, que fue el que finalmente lo derrotó en las urnas...). Un modelo de politización donde se asume que la política la deciden otros y la masa acompaña, ejecuta, sostiene, es comprensible que termine vencido por una muchedumbre que, cansada de la verba enaltecida de la militancia, prefiera darle click a un cambio de pantalla.


Saber de Ceos, razón neutral

Pero volviendo -porque algo cambió-: el riquismo presenta su práctica como un Hacer obvio (negando así la idea de discusión y de conflicto), que al menos sí hacía explícita el kirchnerismo). Las únicas cualidades son la cantidad y la velocidad. Para criterios y decisiones, los que saben son otros, que no saben en tanto cuerpos, saben porque poseen un saber de otro orden -el saber gerencial.
El saber gerencial ha conquistado la neutralidad de nuestro tiempo, la razón pura del neocapitalismo, y se presenta como mediador entre la impureza actual (que tiene grasosa masa por todos lados) y la “desigualdad segura” que ofrece como orden luminoso.

Si un siglo y pico atrás la totalidad del gabinete de ministros pudo componerse de médicos, porque -ante el terror de las pestes- la racionalidad neutra era biológico-médica; si en el comienzo de la independencia argentina el pensamiento ordenador/constituyente por excelencia era el marcial; si más tarde para todo puesto estaba bien un doctor en Leyes, hoy la racionalidad suprema, obvia, es la gerencial. Una razón superior a -y por tanto exenta de- la conflictividad inherente a la experiencia.

Esto comienza por supuesto (constantemente comienza) con la empresarialización de la subjetividad (los lectores de Foucault son imprescindibles acá), y su sujeto ideal es el “emprendedor”, promovido por el riquismo mediatista. El emprendedor es la figura perfecta para la naturalización de la desigualdad: el que no progresa es porque no tuvo iniciativa, no se lanzó al éxito. Los que no “emprenden” se definen por ser no-emprendedores... (Esto se lo escuché señalar a Diego Caramés).

Ante el gran conflicto del mundo, saber de CEOS. Saber de otros. Lo que se redobla es la asunción general, multitudinaria, de que hay una clase de especialistas en organizar la cosa -que la cosa se gestiona, y no que la gestamos.
Es un saber que no abreva en una ligadura orgánica con las cosas, sino en la posesión de un saber abastracto, igualmente válido para la materia que sea. Es por eso que pueden decir perfectamente “mala mía” o “estamos aprendiendo”: la materia no es lo suyo. Lo suyo es un saber que presume saber en general sobre la materia y la vida más que la materia y la vida (sucias, conflictivas...). Al gerente le toma un tiempo, tan solo, optimizar su gestión en la materia que le asignan.
Porque la materia misma, la cosa misma, necesita el tamiz resignificante del gerenciamiento. Terso y de colores francamente embobantes, un saber sintético viene a ordenar el barullo de las cosas.


Orden divino contra la corrupción

Esos hacedores habitan en un lugar brillante y e ingrávido; por eso Gustavo Varela vio -al toque- que “el macrismo es una app”: es en sí mismo una des-carga, y una entidad de puras soluciones.

Los problemas deben ser eliminados, y los problemáticos son cuerpos de voluntad problemática -les gusta el quilombo... Los problemas, como algo presente que demora (hace durar...), para la subjetividad mediática son motivo de odio: obstáculo para el sagrado designio de a-tender siempre a lo mediato. Subjetividad mediática es solucionista. No me traigas quilombo, como traían los peronistas: pesados, pesada su herencia, pesada su voz...
El riquismo niega el conflicto como inherente a lo social, y por tanto demoniza a los “conflictivos” (por eso matarlos no te convierte en asesino). Y a la “inseguridad” (existencial) busca aplacarla ofreciendo una desigualdad segura: desigualdad certera, naturalizada, tranquila.

Etéreo, brillante, incorpóreo, brillante y compulsivamente feliz: el orden riquista y mediatizado ofrece un plano rigurosamente divino.

Así, este gobierno (y gobiernan también los ánimos que regulan -reglan- la calle, los laburos, las vidas) es un vector de eternización de la diferencia de clases en la especie.

Este saber divino ofrece garantizar un orden divino; este modelo de riqueza y felicidad incorpórea, jerárquica, lisa y radiante, tiene su sinceramiento máximo en la figura que elige como enemiga principal, como némesis: es decir, la “corrupción”.

La corrupción es el atributo que distingue la bajeza de lo terrenal. La crítica a la corrupción como la pesada herencia es una forma de que la razón gerencial y su política se diferencie del barro que habitan los cuerpos entregados a la experiencia, sometidos a duración y mutaciones, encuentros, degradaciones, asociaciones, desconfiguraciones...
Al elegir ese “mal” en contraposición al cual afirmarse, la política riquista se ofrece como un orden divino que, en tanto tal, justifica sacrificios, naturaliza las diferencias de clase, amenaza con un castigo implacable al díscolo; todo bajo la extorsión feroz de que esta, y no otra, es la realidad.


Coda

La mayor refutación a la pax macrista en su primer año y pico de gobierno vino de un sujeto definido corporalmente, las mujeres. Porque en las mujeres es donde se ejerce más radicalmente la valoración del cuerpo como medio para otra cosa (para alcanzar un goce de modelo abstracto), y el consiguiente despojo de su criterio (“dale, si querés, qué no vas a querer...”). Es decir, la vida integralmente concebida, la potencia de vida atacada en la soberanía de sí. Mujeres: como también Milagro Sala (cuya detención fue estratégicamente simbólica, a juzgar por lo pronta que fue); como Hebe, la Madre que mandaron detener y no pudieron: cuerpo cuyo deseo está investido y guardado por un amplio entramado político que lo sostiene como inalienable.
A la rotunda evidencia de la fuerza de este movimiento (palmario en su alegría y también en las perversas reacciones del poder al que combate), quiero añadir un mínimo señalamiento más.
En la descomunal marcha femenina de octubre'16, cuentan las amigas, había canciones, pero sobre todo, más que canciones hechas con frases, consignas, había un grito colectivo, un poderoso grito que salía de los cuerpos pero más bien parecía hilvanarlos: grito sin palabra, presencia pura, “para” nada. Y la consigna aglutinante, vivas nos queremos, también, puro presente anti-programático. Liberado de tener que saber para-qué. Las mujeres, quizá el paradigma de los cuerpos vueltos medio, desde los orígenes tribales de la jerarquía y pasando por la negación cristiana de su condición sensible (bajo superioridad de Espíritu varón), guardan -y ofrecen- hoy el más vital ejemplo de una política de presentificación, de una intensificación de la presencia que recupera su soberanía sin tener que pagarla con “proyectos”.












Tuesday, February 14, 2017

Taller de pensamiento y escritura

Investigar lo que porta el cuerpo

Se escribe para saborear con alegría, o bien triturar con minucia, lo que nos toca.

Se escribe para enterarse de lo que se piensa, entenderlo mejor.

Para no ser escrito, se escribe. Para que el cuerpo, el alma, defina su criterio -critique-, decida lo lindo y lo feo, lo bueno y lo malo, lo verdadero y lo falso, instaure su tono ante el viento de lo dado.

Se escribe como actividad física que da materialidad al pensamiento; es también un antídoto contra la neurosis. Pensar es dar sentido. Y escribir explora tanto las intuiciones como los fantasmas, y abre una zona de libertad -acaso discreta libertad, visible solo para quien la labra-.

El plan es trabajar el pensamiento mediante la escritura y viceversa. Desde lo que cada uno tenga en la cabeza y en las manos: artículos temáticos, ideas sueltas, crítica de obras teóricas o artísticas, memorias, loas o diatribas , diarios, crónicas urbanas, máximas, relatos y mundos en general... Y leer textos ajenos, para practicar el entendimiento de la vida en las letras. No hace falta tener materiales en proceso, ni estar seguro de nada.

Empieza en marzo con frecuencia quincenal; hay modalidad a distancia; consultas e inscripciones, agustinjvalle@gmail.com

Wednesday, December 14, 2016

Si nada me conmueve (linchamientos al gobierno)

Texto escrito en marzo de 2014, en un estado de conversación con Bruno Nápoli, Juan Sodo, Andrés Pezzola, Sebastián Stavisky, Pablo Hupert y Damián Huergo. Publicado en el libro "Linchamientos, la policía que llevamos dentro", organizado por Ariel Pennisi (Ed. Quadrata - Pie de los hechos).

Toda la carne al matador
La pobreza, la pobreza, se habla de la pobreza, pero el problema a pensar en la Argentina es la riqueza (y la pobreza, un subtérmino de la riqueza).
Diciembre permite pensar marzo. Si algo muestra nuestro decembrismo es la cercanía íntima entre fiesta y quilombo. En diciembre hay agite, y el agite, una vez que pasó, deja corridos los ejes de gravedad, o cuanto menos los exhibe. La vida común es regida por el imperio de lo obvio, y diciembre corre el núcleo de la obviedad. En el de 2013 sucedió que la prensa, sin producir escándalo, informó que en un country de Don Torcuato la empresa encargada de la seguridad privada dicta cursos de tiro para los vecinos, y les vende armas con munición e goma. Amas de casa y empleados corporativos se adiestrancon rifles en el arte de tirar. La realidad última de la riqueza es líquida, y es necesaria violencia para impedir su derrame o evaporación, la natural tendencia de la humedad a emparejarse. Fuego para cuidar la liquidez.
Diciembre de 2013, entonces, fue fiesta de saquear (recordemos la huelga policial) y fiesta de matar: hubo linchamientos, pero no fueron fatales y no llegó a noticia; en marzo, en cambio, los linchamientos se imponen como tema de agenda: porque diciembre es el desmadre y se lo acepta como tal, mientras que marzo muestra la actualización de la normalidad. “¿Qué hay que hacer si atestiguás un linchamiento?”, fue una pregunta que motivó debate en redes sociales en este marzo; la pregunta misma muestra que el dispositivo-linchamiento –dispositivo político y en cierto sentido estatal- es percibido dentro de la nueva normalidad, y por eso espanta más ahora que en diciembre.
Los linchamientos plantan un código penal en Argentina.
La historia, no como relato de la esfera política sino como fatalidad de armados y roturas, enlaces y capturas, se escribe con los cadáveres públicos; los muertos del conflicto social son las verdaderas letras de la historia. Pero los muertos no pueden contar su versión ("En lo tocante al sacrificio y al espíritu de sacrificio, las víctimas no piensan lo mismo que los espectadores; pero en ninguna época se las ha dejado hablar", Gaya Ciencia), y a algunos se los sacraliza, a otros se los hace hablar cual chirolita, otros quedan mudos. Los muertos sin voz son puro cadáver, reconocidos como muertos políticos pero no como portadores de vidas políticas; carne silenciada, aceptada en su politicidad solo en la muerte, negada la politicidad de su vida. Por eso esas vidas, obturadas como puntos de vista políticos, son las que deben escribir la historia política de la riqueza.
Ahora, ¿solo queda el cinismo entre el fascismo y la moral bienpensante ante la epidemia de linchamientos? ¿Vale de algo hablar, juntarse a estar de acuerdo, indignarse con más o menos altura? Pero el dolor mueve a pensar y pensar a entender y entender a conocer, al menos: lo menos que puede hacerse por un acontecimiento es comprenderlo, dice Ortega.
En diciembre se corre la gravedad y alguna sangre –porque se segmenta la sangre- queda más cerca del suelo. Hay mucha historia disponible para naturalizar que la sangre de los indios, cabecitas, negros, chorros, se vierta en la tierra, para sostener la consustancialidad entre esta tierra y esa –determinada como esa- sangre, la sangre oscura. Una comprensión macabra e invertida del ideologema “la sangre de esta tierra”, la más infeliz versión de la ofrenda líquida a la Pachamama.
Comer carne humana no es tan raro en la historia, en la historia humana, en la historia nuestra; y el entusiasmo multiplicado por linchar que difunde la tele (salve Rey) se entiende más hondamente leyendo la ontología caníbal de El entenado que leyendo el linchamiento con que nace la literatura argentina en El matadero. Echeverría denuncia la vileza (y el que denuncia se exime, higiénico), mientras que Saer describe el fragor, la ebriedad de la fiesta de poseer radicalmente un cuerpo ajeno. Un ritual que cumple una función: reconfirma que, ante la potencial igualdad, nosotros somos los que estamos en el lugar actual de sujeto humano, y conjura, a la vez, la adherencia indistinta que tenemos con el mundo todo, y que nos hace, por tanto, insignificantes.
Comprendido como una función subjetivante específica, el canibalismo puede verse actuando aún sin gastronomía, y es la escena de veinte tipos peleándose para llegar a la primera fila de darle a uno tirado en el piso, dejame que vos ya le pegaste bastante; la disposición total del cuerpo ajeno.


Economía política y lucha de clases
La violencia es inherente a la existencia, pero las formas de la violencia trafican afirmaciones sobre las relaciones sociales.
El linchamiento es un artefacto político de producción de desemejanza. Producción efectiva, performativa, de desemejanza.
Los saqueos expresaban que hay muchos que quieren consumir como todos; los linchamientos expresan que hay muchos que niegan que todos somos todos.
El robo es un movimiento económico. Una mercancía pasa de un lugar a otro. El valor –de cambio- es inalterado. El linchamiento es un movimiento político: se apropia del cuerpo ajeno –esa mercancía- y lo usa para producir la desemejanza, para producirse como un estamento distinto casi antropológicamente, es decir como clase diferenciada.
Lejos por supuesto del valor del producto robado, el choreo enfurece porque impugna un modo de vida: “yo, que me rompo el orto laburando”… El trabajo cumple una función política; organiza un cierto orden de los cuerpos y sus acciones. Cuando el ánimo vital que mantiene ese orden –ánimo moral- se ve burlado, responde ya no con la racionalidad económica que presuntamente lo rige, sino con la racionalidad política que lo subyace. Linchar, así, es ante todo la declaración efectiva de que nosotros podemos tener un cuerpo a disposición. Acaso haya que pensar que Marx definía la clase por la relación con los medios de producción pero porque a través de esa relación –propietaria o no- con los medios de producción, se establece una potestad sobre cuerpos ajenos.
Los que asumen natural tener cuerpos a su disposición, esos no linchan, tienen garita en la esquina; o tienen mucama (en blanco, con aportes!) y el salvajismo les parece mal. No cuenten conmigo…
Los que precisan devenir horda asesina para tener cuerpos a disposición, muestran la fuerza de la aspiración burguesa -aspiración que es la subjetividad del acto, no estructural de los ejecutores, y burguesa en su condición guerrera, y no de sillón….
El choreo en cambio alimenta mercantilmente mi mismo lugar en el orden social, me reconfirma como consumidor. Huelga decir que abundan chorros crueles que gozan el poder de matar, pero no sólo es, por eso mismo, como mínimo impreciso llamarlos chorros, sino que hay una distinción sustancial entre matar y linchar: el linchamiento instaura un nosotros y una legitimidad pública de esa potestad de nosotros. Nadie es asesino, no se sabe qué patada lo mató –muy, pero muy parecido al pelotón de fusilamiento, inventado para que nadie cargue en su conciencia la certeza de haber disparado la bala asesina-. Hay chorros hace rato re zarpados, pero en ese zarpe hay un goce del poder (como la yuta) y no del robo; e incluso un deleznable Baby Etchecopar es políticamente más democrático que el fascismo que vemos hoy: el tipo estaba preparado para defenderse y atacar y matar él, de nombre a nombre, de Baby a malvivientes que morirían de pie. El asesinato es una forma del vínculo a fin y al cabo; el linchador no es ni siquiera un asesino.
Por eso es insensato decir que “debieran llevarlo a la comisaría”. Por un lado porque el linchamiento declara una anunciada actualización de la economía del poder donde la cárcel se desvaloriza como bono tercermundista. Pero básicamente porque todo horizonte de castigo –entendido en su etimología de hacer casto, de limpiar- implica una conversión del rol político del capturado, y el linchamiento lo que hace, precisamente, es reconfirmar su lugar político de otredad.
No vi a nadie linchando a Cavallo…” Claro que no: se le hizo un escrache. Que es políticamente mucho más alterador. Hay una escena maravillosa en el film 1900: los combatientes populares vencieron al fascismo y a la oligarquía, y en el pueblito donde transcurre la historia, un grupo de partisanos amateurs (amadores) rodea al patrón, al terrateniente, lo tienen tirado en el piso y se debaten si matarlo. “¡Hay que matar al patrón!” es la consigna obvia, pero el líder emergente de los luchadores corta en seco y dice: “No: el patrón ya está muerto”. Habían suprimido el lugar político “patrón”; quedaba el cuerpo que lo había ocupado, no tenía sentido matarlo. El escrache, entre nosotros, buscaba también suprimir un lugar político: el lugar de “buen vecino” que gozaba el torturador, el lugar de “gurú económico” que tenía el ejecutor del empresariado neoliberal… El escrache suprime una investidura política, y necesita que el escrachado viva para exhibir su desmentida; el linchamiento, en cambio, reconfirma una investidura política en el cadáver del antónimo. Es un movimiento propio de la lucha de clases, que extrae plusvalía de cuerpos ajenizados. (Neoliberalismo como economía política existencial).

Mucha tropa riendo
La increíble pobreza de la consigna No cuenten conmigo (iniciada por Javier Núñez en Rosario/12) da cuenta de la profunda derrota popular de la moral progresista. ¿Salió del mismo horno que inventó la expresión auto-exculpatoria de “los dos demonios”?, onanismo auto-salubre que declara que el mundo es feo pero a él no le gusta; resulta enemiga, así, la moral progre, a la pregunta por una ética interna al conflicto. Pegarle a uno que arrebata a una piba con un bebé; pegarle a los que lo linchan; no sabemos cuál es la conducta ética: es una pregunta. (Pero sí sabemos que la ética solo está en juego en situaciones apretadas, de apremio, en caliente). Es una pregunta y no una certeza de estar eximido: ese extremo repliegue en la bondad individual muestra la raigambre liberal del progresismo (yo, yo, yo), su idealismo apocado, su actual divorcio de la calle. Tanto más efectiva es la consigna del fascismo vecinal: uno menos. Una consigna activa, para el que lo mira por tevé…
Y mientras, hubo uno, uno, que actuó como es lícito conjeturar que actuaría Cristo: se tiró encima del cuerpo pecador para interrumpir la saña cruel.
Hay una disputa moral porque hay una moral linchadora; por eso es grave, porque tiene fuerza de gravedad.
Si el trabajo es lo que en principio establece la propiedad del nosotros linchador (ser trabajador es ser decente), luego, cuando se pudre la cosa, el rasgo de pertenencia cambia; la gente decente es la trabajadora en principio. Los efectos siempre exceden a sus causas, y, en el arrebato caníbal, aquel que se oponga, aquel incluso que simplemente no se sume al festín, pasa a ser enemigo, está del otro lado. Es notoria la demanda –por ejemplo en los comentarios de las primeras notas sobre el asesinato de David Moreira- a que, en casos así –de golpiza y linchamiento- “salgan todos eh, no sean cobardes”, “si no se comprometen, no se quejen después”.
De ser trabajador –lugar político revestido de destino económico-, el nosotros vecinal, en el conflicto donde su modo de vida se ve burlado y pasa a actuar desde su rol político desnudo, mueve su eje a la disposición asesina: el que no está dispuesto a mojar sus manos con la sangre de los negros, no es nosotros. Trabajador como definición económica; linchador como definición política. Pero después se vuelve a la llana buena gente. Entrar a los perfiles de facebook –es decir a las presentaciones públicas- de los comentadores pro-linchamientos (gran mayoría por ejemplo en las notas del diario La Capital de Rosario sobre Moreira) es ver fotos de buena gente, que le gusta la música y ama a su familia, que sonríe y va a las cataratas. Como dice Andrés Pezzola, la bipolaridad no es una patología, es una adaptación al medio: salgo a la calle-puteo-te paso por arriba-me cago a piñas-lincho / llego a mi casa-juego con mis niños-me saco fotos-las subo a facebook-me pago un asado para mis once mejores amigos. La experiencia permanente en la vida chota y la exigencia de buenaondismo, entre la puteada rajada como forma de estar en la calle y el ser copado que impera en la sociabilidad privada. Riendo en las calles, mucha tropa de civil.


Inclusión en tanto qué
Que a la inseguridad se la combate con inclusión es una consigna profundamente racista, dice Bruno Nápoli (¿políticas de inclusión para el banquero ladrón, para el comerciante evasor, para… o sólo es por los pobres la inseguridad?).
Pero además, entre diciembre y marzo (la fiesta de saquear, la fiesta de matar; ahí están las mercancías, ahí están los cuerpos: vi luz y entré…) se ven los límites del modelo de inclusión de la década. Porque no existe la inclusión “a secas”. Los saqueos como delirio deseante realista (instauran realidad), y los linchamientos como ajuste de las capas de inclusión, mostraron el horizonte de inclusión como inclusión en el consumo y en la vida puesta a laburar; o más puntualmente: hay capas poblacionales a las que se las incluye en tanto que pobres. Inferiores incluidos, pobres con consumo, reconfirmados en su rol de pobres. (Y hay que pensar además la violencia que les toca a los excluidos ya no de un modelo que asume la exclusión –a los que el Colectivo Situaciones definía como “incluidos como excluidos”- sino a los excluidos de un relato de inclusión: suprimidos incluso del imaginario).
Una masa de gente integrada al consumo pero consolidada en una posición de inferioridad, de menos, y de movilidad absoluta pero inmovilidad relativa; aumenta la inclusión, y el consumo, mientras se refuerza la diferenciación de estamentos (y la extranjerización): “Las diferencias sociales se han agravado, porque tenés una capa integrada en la dependencia de la ayuda social, que participa siempre pero viendo la riqueza ajena, y en torno a la cual se genera resentimiento de los sectores de pequeños comerciantes y trabajadores con autos y chalets…”. El que lo dijo fue Felipe Solá, en diciembre; sabe Solá que los saqueos consuman el modelo de la década (modelo libidinal-mercantil) porque consagran la mercancía, pero, al impugnar al mercado (quiero el producto y rompo el almacén), tambalea la gobernabilidad. Massa justificó los linchamientos porque lo que más le importa es conectar con la emocionalidad popular opositora, pero no lo haría, el mismo Massa, desde el sillón presidencial; por eso Solá –que sabe más por viejo-, massista hoy, condena sin matices el linchillo-fácil.


El Estado es cualquiera
Linchamientos hubo “siempre”, pero no se llamaban linchamiento. El nombre es herencia de cuando un juez yanqui (Charles Lynch, en 1780) instó al pueblo a matar con mano propia a unos acusados de monárquicos (es más: a unos acusados absueltos por el jurado). Nótese entonces que esta práctica que se supone tiene su esencia en la ilegalidad, y antigua cuanto menos como María Magdalena, acuñó su nombre definitivo cuando fue validada por un juez.
El linchamiento tiene implícita la legitimidad del Estado.
Otro señalamiento de Nápoli: que en Argentina esté lleno de tipos sosteniendo que “hay que matarlos a todos [para sostener nuestro modo de vida]” sólo es posible porque –o no puede desligarse de que- hace treinta y cinco años –y hace ciento treinta y cinco- lo dijo el Estado explícitamente (tanto Roca como Perón como Videla como…). Como enunciado, porta la legitimidad estatal. Sólo que ejercida por grupos barriales autónomos.
Volvió la política, también, por derecha. No debería extrañar que durante una década de insistencia oficial en que la política volvió desde arriba y en que los derechos humanos consisten en la justicia en crímenes cometidos hace décadas, la herencia de la politización de 2001 creciera justamente en el terreno no alcanzado por la pragmática gobernante.
Por cierto, en 2010 pensamos que la 9 de julio del bicentenario era el cierre de 2001 (lo decía el músico Pato Suárez); pero esto, este nosotros vecinal de fiesta fascista, y esta estigmatización tan pero tan nítida de las motos, que en 2001 fueron estampa de la resistencia en el centro porteño, constituye ya no el cierre, sino la reversión de 2001.
Y el reverso, porque 2001 instituía situación al declarar la destitución del Estado como entidad subjetivante, y, ahora, los linchamientos muestran cómo el Estado volvió “en forma de fichas”, cómo el Estado es una racionalidad dispersa, atomizada. Del agotamiento a la cualquierización del Estado.
La caída del monopolio de la soberanía estatal no es, parece, el fin de la soberanía, sino su atomización. Si la soberanía es la potestad de declarar la exclusión de un cuerpo del manto de garantías legales, es decir, desinvestir un cuerpo o un territorio del estatuto político normal, o, aún de otro modo, establecer el famoso estado de excepción (el que pone la ley se prueba en su rol al poder suspender la ley), vivimos una política de dispersión atomizada de la soberanía, donde cualquiera es soberano, donde la potestad para suspender la condición legal de un cuerpo ajeno, de manera legítima (pública, sin pudor, etc.), está disponible, rondando… una post-soberanía, dice Pablo Hupert, donde en los sitios sin “agentes del Estado”, como se llama a la Policía, sí hay en cambio operatoria de Estado.
Autorrepresentados como trabajadores, son consumidores, ante todo, los que sostienen la bondad del linchamiento. (Que ante la “acusación” de “fachos”, no contestan negando, sino retrucando que “se nota que a vos no te encañonaron a tu jermu”). Como señalaba Lewkowicz, el ciudadano –soporte subjetivo del Estado-Nación- tenía derechos y obligaciones; el consumidor, en cambio –soporte subjetivo de la era del mercado y el Estado posnacional-, tiene sólo derechos, sólo que ninguna garantía. De ahí sus innatas características de quejoso, demandón y, también, miedoso. “Nos tenemos que cuidar entre nosotros, es una vergüenza”, decía una vecina cordobesa a la tele, una noche decembrista. Una vergüenza. La autogestión del cuidado es un imposible para la subjetividad consumidora. (Para eso, se ha dicho, tiene que venir el Estado, y dejar en cambio de subsidiar chorros…). Al no vivir con una política vital de cuidados, si no nos proveen cuidado, no se concibe la posibilidad de organizar una forma de lidiar con los peligros, de organizar un cuidado desde nuestra potencia vital; la única posibilidad es suprimir de raíz la amenaza. No se puede vivir con riesgo porque no sabemos cuidarnos, hay que matar al riesgo y que escarmienten sus amigos. La ausencia de auto-cuidado del vecino consumidor tiene como envés la crueldad. El peso de tener que cuidarnos nosotros se convierte inmediatamente en derecho de matar, derecho de linchar.






Wednesday, November 30, 2016

Cómo conseguir chicxs (sobre las redes de citas)

 
 Por Juan Manuel Sodo y Agustín Jerónimo Valle; publicado en Revista Crisis.

Fuimos siempre imágenes, cuando menos desde el charco reflejante, que, acaso, haya sido el mismo que el verbo onduló dando comienzo.

1.
Marcos 33, diseñador y baterista; Jimena 29, repositora en Easy; Facundo 37, empresario de software; Sandra 38, ejecutiva de cuentas; Diana 35, profesora de educación física. Cada cual su divisa: “Amo los asados, el vino y lo simple de la vida”, “Sé reírme de mí si vos también”, “No tengo jefes y no quiero que nadie me diga cómo vivir”, “No confundas mi personalidad con mi actitud”. Y las fotos. Una mirando hacia arriba con trompita a la camarita que ella misma sostiene. Otra parada sobre una roca en un lago del sur. O con la torre Eiffel detrás. Uno, muchos, con torso desnudo ostentando músculos criados a conciencia. En la playa, en una pileta, manejando, en el baño, en el Machupichu. Otro con lentes oscuros y la guitarra, siempre la guitarra, de repente los chabones son todos músicos. Otra vestida de entrecasa con su gatito y gatito es para quilombo…
La pantallita, en principio, muestra un mosaico de fotos con nombre-edad-trabajo. Pero ingresando en cada persona hay más fotos y alguna frase (“Acerca de mí”). Bueno, “persona”: está claro que nosotros no somos eso, esas poses, frases de cabecera, no somos nosotros pero también sí. Somos lo que fingimos y por tanto debemos ser muy cuidadosos con lo que fingimos, dice Vonnegut (si un sinónimo habitual para “simular” es el giro “hacerse el/la”, ese hacer produce lo que simula, como quien se hace mucho el boludo, se hace el boludo, se hace y se hizo boludo nomás). Después te encontrás y te encontrás con la persona. ¿O sea que esos datos, lemas (“tengamos una charla copada, no una entrevista”), gustos (“viajar y ver series”), fotos de perfil, no eran la persona? Y viceversa, sabemos que el otro se encontrará, ahora sí, de frente, con nosotros.

2.
Personas-producto en la pantallita del amor: hay cantidad. ¿Cómo no excitarse, ante tamaña oferta de carne? ¡¡¿Todos estos quieren garchar?!! Oferta semiótico-luminosa de carne erotizada; pasar y pasar personas que se ofrecen; que, si están ahí, están dispuestas. Solamente Happn, la segunda red más grande detrás de Tinder, tiene 950 mil usuarios en Argentina, 690 mil en Buenos Aires (segunda en el ranking mundial de ciudades). A diferencia de un boliche o un bar, donde puede pretenderse que la presencia responde a otros deseos (escuchar música, reunirse con amigxs) y solo quizá surjan ganas de ligar, estar en las “redes de citas” (parece pero no es el nombre de la producción de tesis doctorales contemporánea), o redecitas, es para ofrecerse y solicitar.
Y en la guerra por la atención, cada quien con su estrategia: boquita felante (¿no es acaso el sexo oral -el sexo que se dice- el propio de las subjetividades habituadas a la conversación permanente y las fábricas de la charla?); gancho humorístico; cara seria y cool de “hay más en mí que lo que una foto puede mostrar”; primerísimo primer plano de las tetas. El paseo por la oferta es un estímulo fenomenal para el cuerpo sedentario. Cuerpo exprimido de la urbe mediática 24/7, que pasa pocos ratos lejos de pantallas (un viaje largo en colectivo sin el celu es... ¿Hay alguien al que no le guste el celular? ¿Cuántas cosas como ese gusto son tan comunes en conjunto social?). Cuerpos que van en el bondi elevando sus pulsaciones fotosensibles con la góndola de gente enmarcada en el rectangulito del celular, pasando ofertas a pura yema.
Al fin y al cabo cada persona es un mundo y detrás de ese Germán 34, de rulos y electricista, puede haber mucha carcajada limpia, o esa Paola 29 esconder una vibra sexual para el recuerdo, o Johana 39 estilista ser, incluso, capaz de mirarnos como nadie nos ha mirado. El potencial es infinito. Y, encima, brilla. Si ya acariciamos la pantallita porque sí (cada día alguna dedeadita sin motivo se le da...) ¿cómo no sumarle la representación de personas que auguran emociones sudorosas? La pantallita embellece, da rozagancia, nos mejora. Sujetos editados, de mil fotos elegimos cuatro, sujetos que son todo promesa pero con efectos inmediatos: no hace falta querer coger o conocer a alguien para entrar un rato a la red, estar en ella produce el ansia. Catálogo de personas al por mayor y puedo elegir la que más se ajusta a lo que me gusta; después, veremos. Tinder es Zonaprop: verte con tipos, ver departamentos… Mientras tanto (y, Saer dixit, somos ciudadanos del mientras tanto), la emoción de ver, la emoción del megustear, la emoción del crush (o “match”, es cuando dos usuarios declaran gustarse, y ahí se abre el chat...), no precisa más que esta fabulosa galería de homo sapiens en oferta. La tan mentada objetualización de los cuerpos ha alcanzado el sumum en la incorpórea virtualidad. 
 

3.
“Estar sentado en el inodoro, pasando minas en el tinder, y a los dos días estoy sentado en un bar y aparece una chica y me dice hola qué tal, soy Lis y estoy más buena que las vacaciones”. Salvo para quienes maquinizan con la educación sentimental yanqui (un mundo de película doblada de sábado a la tarde en el que la gente tiene hobbies, tiene citas y primero quiere conocerse, un mundo en el que la concepción de género dispone que el hombre es el activo y es el que propone); exceptuando a esos, hoy coger está para cualquiera al alcance de la mano. Mientras se está en el laburo, aburrido en el futón del monoambiente o esperando el tren. Levante multitasking de los que aprendieron a escindirse, training en respuesta automática, entrenamiento en estar sin estar, estando de un lado a otro en trabajos precarios. “Estoy usando el dedo a full”. Dáctilo-pornografía. La yema con la que ingresamos al mercado garchístico de los cuerpos, la que en los trámites de registros y migraciones nos hace ciudadanos.

4.
Por otra parte está la benemérita cuestión del control. Para entrar a la aplicación tenés que hacerlo vía tu cuenta de facebook (y hasta podes entregar los perfiles de facebook de tus amigos a cambio de más saludos gratis, chantaje emocional mediante, una noche de calenturismo que te copeteaste). El dispositivo geolocalizador de tu teléfono, tobillera electrónica, te va mostrando el punto del mapa en el que te cruzaste con tales y tales personas, la cantidad de veces y a qué horas; y si, megusteando, resulta que ambos os gustáis (“¡tienes un crush!”), se abre la posibilidad del chat (“hablar”). Para empezar, esto se inscribe en un marco de época en el que nuestra trayectoria urbana, el derrotero de la presencia corporal toda, es convertido en información. Dónde estamos en cada momento, qué movimientos son rutinas habituales, cuáles son ocasionales, a qué espectáculos vamos, cuánto tiempo en el shopping y qué fechas, etcétera, etcétera. La existencia extensa es trazada en un mapa, como si fuésemos potencialmente para alguien(es) cosa parecida a un ente enemigo cuyos movimientos analiza (¿O no hay una guerra para captar la vida? La guerra por la atención tiene al sujeto como fuente de información sobre sí constante, y captura cautivando). Niveles y tipos de actividad y todo combinado: ese día mandaste muchos saludos, entrás a mirar gente a la tarde, chateás en la oficina más que en tu casa y un largo etcétera de bytes acaso útiles mercantil y securitariamente: el erotismo como proveedor de información biopolítica. “Los argentinos se van a la cama tarde. Su utilización de happn aumenta con regularidad a lo largo del día. Entre las 20 y las 00hs se da el pico de likes. Las argentinas son las segundas más proactivas, después de las brasileñas”: información provista por la agencia de comunicación argentina de Happn.
Aunque el narcisismo (Narciso, el que se fascinó con su reflecta imagen plana) alimenta el control, el usuario puede descreer que exista o vaya a existir voluntad interesada y capaz de usar sus datos personales para algo. Lo que no puede es evitar verse reflejado en la vitrina de personas producto, personas paquetitos. No son datos personales, es la persona hecha datos. Los propios cuerpos se conciben a sí como conjunto de información tipificable. Seguramente nadie esté ni cerca de identificarse en pleno con la imagen que emite (aunque habría que ver), pero esto no modifica el hecho de que cada vez más el cultivo de sí consiste en procedimientos que implican habitar la concepción de uno mismo (y los otros) como paquete informacional que provee permanentemente sus actualizaciones. Desde ya, en la mayoría, o al menos muchos casos, quien usa las aplicaciones de citas no se come el verso y simplemente eso: las usa. Usándolas como “una herramienta más para conseguir citas”, creyendo y no creyendo al mismo tiempo, haciendo lo mismo de siempre pero de otra forma, las “redecitas” son una fuente harto útil para enriquecer la vida, vida que, Mientras Tanto, se habitúa a pasar por el procedimiento fáctico -ni más ni menos que habitual- de hacerse pasar como modesta constelación de datos.


5.
“Vas a un bar y ves que los flacos están todos con el celular mirando happn o tinder. Ya fue salir”. Si algo hacen estas redes es a) arrogarse un saber sobre vos (estás solo y caliente); b) infantilizarte (no podés solo); y c) facilitar: hacen mucho más fácil salir con alguien. Se alisa lo que era -y en paralelo sigue siendo- una experiencia rugosa con mayores complejidades. La lógica del aplicacionismo es esa: ahorrarte pasos, filtrarte mediaciones. De hecho el salto en relación a los chats de solos y solas que existen desde la masificación de internet, es la versión “aplicación” para el celular: ahora no es hace falta tener dificultades para conocer gente, ahora, para cualquiera, es más excitante, práctico, fácil y ahorrativo. Bañarte / Vestirte / Salir / que alguien te guste / que te vea / hablarle / llevarte el contacto para posteriormente otro día armar cita… Ahora te bañás y vestís solo cuando ya hay cita. “He tenido perfiles más claros y explícitos, con gustos de películas, diciendo que me interesa la política, y otras cosas. Restringe bastante, pero te ahorrás encontrarte con gente demasiado diferente a vos. Pero ahora lo tengo más abierto, no digo muchas cosas que restrinjan el target. La otra vez por ejemplo salí con una que trabajaba en marketing y era medio fanática del Estado de Israel; pero era una bomba. En este momento esas cosas no me las quiero perder; en otro prefiero encontrar menos pero más cercano en cuanto a gustos e intereses, que sepa quién es, no sé, Lula, Godard…”.
Ahorro sapiens somos, con aparatos para ahorrar experiencia. Y es que si algo compartimos los urbanitas contemporáneos es que no tenemos tiempo. Gente sin tiempo para experiencias carentes de utilidad prefigurada (si salimos es porque debería estar todo bien, el primer encuentro ya tiene una disposición clara). Y a la vez, paradoja, gente entrenada en el disponibilismo, en estar disponible para recibir y emitir mensajes en cualquier momento. Extraño es tener una sola ventana o chat activo por vez. Lo que fue clásicamente un problema de falta (¡cómo conseguir!) hoy es un catálogo donde hace problema la sobreabundancia. Una de las muchas redecitas existentes, Kickoff (“patada inicial”), ofrece los siguientes distintivos: “Calidad versus cantidad (mostramos solo personas que tus amigos ya conocen); Relevante (detalles que importan, tales como la escuela y el trabajo); Simple (tan solo unas pocas personas al día)”. ¿No es maravilloso? Tan solo unas pocas personas al día.

6.
Tan fácil es coger que incluso es muy fácil encontrarse a coger sin tener ganas; basta con solo la idea de que uno debería tener ganas, basta la máquina que lo supone, máquina social que coincide prácticamente con el territorio de la ciudad... “Acababa de separarme, re deprimido por la otra hija de puta que amaba como la mierda y me dejó, y de pronto estaba encima de una mina que gritaba como loca y yo la veía y pensaba quién sos, qué te pasa que gritás así, qué hago acá...”. La erotización que las redes del garche producen logra independizarse del estado erótico afectivo de los cuerpos. Se ahorra soledad. Y se ahorra también el proceso de acercamiento, que informa sobre el estado afectivo. Tan fácil es, que le ahorra al cuerpo los pasos donde podía ir indicando -enterándose- qué necesitaba. Muchos usuarios se cansan entonces del sexo fácil, del toco y me voy; cansados por la repetitividad de sus formatos, o por encontrarse actuando de deseantes, hasta pueden volverse conservadores: “Ya fue, pierdo tiempo, prefiero estar sola, y esperar algo serio. Igual, tengo el perfil. Cuando me separé, me parecía que ya todos estaban en pareja y yo me iba a quedar sola. Tinder en ese sentido fue un punto de inflexión para mí. Me hizo ver lo solos que estamos todos”. Con poco más de tres años de vida, el Tinder está presente en casi todos los países y ha alcanzado los 10 mil millones de matches: más matches que gente.

Friday, July 01, 2016

Eternos laureles

Los que criticaban la grieta o brecha sintomatizaban el tabú de la antigua, rayana en lo invariable brecha constitutiva de este suelo. De un lado los cuerpos que valen; del otro, los que a lo sumo sirven.

Que el gobierno anterior tematizara esa brecha antigua, que la tocara, era para millones de personas intolerable. No dejaba vivir en paz.

Y la vida en paz viene ofrecida por el mismo sujeto que, también, trae la reconfirmación de la brecha radical que se vivió siempre y, naturalizada, no merece alharaca... (“sujeto” histórico entendido como un viento de cosas con sentido distinguible).

Todo tranquilo. Pax neoconservadora.
La historia de esa brecha, la brecha subterránea que rompe la tierra por debajo, es la historia de la explotación económica y también la historia de la crueldad. Porque los cuerpos que valen -que se conciben a sí como los productores del alma de la sociedad-, cuando los que sirven no sirven más y encima amenazan la cuenta (amenazan el negocio, en el más amplio de los sentidos), les aplican hasta saña de la llamada “inhumana”: justamente porque lo que busca es expulsar de la humanidad.
Pero también los que solo sirven compran paz salvaje, con la violencia redoblada de que ni la aceptación de la violación sistémica de sí baste para estar seguros de algo. Todos podemos estallar de inhumanidad (productora de un tipo específico de humanidad) con la mala sangre de ser elementos de un lazo cuya esencia es un tajo de bordes necrosados (in-aunables) pero que nunca se pierden del todo de vista.

Esta invariante histórica es la que se refirma en el puro futuro ofrecido por el Pro.

Por eso en la pax macrista la condición histórica de la relación de clase es un tabú político. Todo tranquilo. El horizonte -no tan distinto- es que todos tengan un lugar: hay que ajustarse, para optimizar el espacio. Y si hay sacudones es culpa de los pobres (no hay conflicto sino sujetos conflictivos...). Al miedo, a la inseguridad, se la sosiega con la seguridad cierta de la desigualdad.