¡Santiago Maldonado, presente!

Finalmente -no pasó tanto tiempo-, la política de la riqueza concentrada en su gestión macrista tuvo su primer muerto, su primer asesinado. Santiago Maldonado, pibe de rastas y tatuador, artesano y valiente: allí estuvo, cortando la ruta, con siete compañeros, con cinco pulóveres y tres pantalones por el frío, con dni randazzista, con rabia contra el latifundio y la cobardía cobani; Santiago, uno de los nuestros, defendía la tierra y le tenía miedo al agua. Estuvo en el mundo y decidió habitar el punto álgiddo de una de sus líneas de tensión: una de las líneas de conflicto que, habitada, podría mover un poco el orden de cosas y fuerzas. La gigantesca movilización de sensibilidad y justicia en torno a su desaparición tuvo como condición de posibilidad, seguramente, que Santiago era "blanco"; si hubiera sido Mapuche... Pero un blanco amapucheado, de modo evidente. Blanco por origen, mapuche por posición, por actuación. O quizá, mapuche por ocasión, dentro de una enemistad general al orden de la gran propiedad, y y autoridad política. Todo lo que él combatió viene traficado en su estampa. Santiago -reconocido por sus tatuajes- impugna al cuerpo pulcro del eficientismo, del realismo crudo empresarial; a Santiago, uno de los nuestros, lo mató el orden del capital concentrado a través de sus fuerzas estatales de dañar. Perdimos una vida, y crece un dolor amoroso más en nuestra memoria. ¡Santiago Maldonado, presente! Tu imagen acompañará nuestra superviviencia moral en este tiempo tan bajo.