Hambre de hambres


1- ¡Déjenme decir mi hambre! Déjenme decir mi hambre con el mayor arbitrio en la necesidad, mi hambre que se dice con la contingencia fatalmente propia de la fatalidad; mi hambre, arrojo perdido en una gravedad mundial. Quiero decir mi hambre que es hambre de hambres, fuego de cielo, mi querida, mi dios mi íntima microscopia gigante, mi hambre sueño de tonto pero tanto.

El hambre no quiere comida, quiere comer: quiere alimentarse hambre. No quiere desaparecer, quiere comer para probar, probarse y ampliarse hambre. “Satisfecho” no designa mas que un momento donde el hambre se redefine, aprende el hambre, incorpora datos de hambre, hambre de ligarse con buenos hambres.

2- El hambre es el punto donde la necesidad y las ganas se muestran inseparables. El punto donde la necesidad se salva de ser carencia, y las ganas, de ser capricho.

Una pregunta de neurosis clasista (o de spinocianismo guevarista): ¿pueden los pobres pensar la necesidad como patrimonio de las ganas? O, mejor, la necesidad como terreno propio de las ganas. Caso contrario, consentiríamos con el triunfo de la asociación de ganas con lujo, el deseo como lo innecesario, las ganas como lo superfluo. Tal vez, bajo régimen de fatalidad, la dimensión ganosa de la necesidad consiste en una modulación propia del padecimiento. O sea, como relato autónomo de la felonía y la explotación de uno por lo otro. La lectura del infierno, su enunciación, seria la dimensión donde las ganas expresan la necesidad, donde la necesidad es el campo -de juego o de batalla- de las ganas. (El garrón se dice –y no es lo mismo que el garrón sea dicho a que el garrón diga. Comerse un garrón, que te pase algo malo, es comerse la parte dura del ternero, que viene a ser el gemelo. La lectura de la vida común también se cocina y se come.)

Tal vez las ganas necesarias de todos se dividan entre, por un lado, hambres efectivamente alimenticios –regimenes- y, por otro, hambres articuladas como comprensiones de la impotencia y la fatalidad. Cuan cocinado nos llega el morfi, quien sirve la mesa, o si somos nosotros mantenidos como morfi. ¿En que punto, me queda la pregunta, en que punto el cambio de grado comporta ya alteración de cualidad, y hace en este plano al rico rico y al pobre pobre? ¿Y hay algún hambre “efectivamente alimenticio” que no tenga algo de conjuro hacia la fatalidad, hacia los fantasmas, hacia lo presente como ausente, y hay, a la inversa, algún hambre organizado como “lectura de la impotencia” que no tenga algo de efectivamente alimenticio? Que la necesidad no se experimente condena.

3- ¿Existe el hambre tornado necesidad pura? Cuando hay hambre, no hay pan duro: eso supone que el hambre suprime la sensibilidad gustativa. El hambre, condición biológica básica, reduciría la complejidad de nuestra biología a su pura reproducción, reproducción para la que todo da lo mismo: nutrición, sofocamiento del fuego estomacal. Si cuando hay hambre no hay pan duro, entonces la existencia de población en estado estructural de hambre, población definida por el hambre, naturaliza el dis-gusto, naturaliza el aplanamiento de la materia del mundo en una igualdad que atropella su riqueza, su ricura. Toda la maravilla natural mundana, su infinita potencialidad, pasarían a ser lujos degenerados, ante el valor verdaderamente importante de cualquier cosa, su capacidad cuantitativa de eliminar hambre. Así, el discurso del hambre se impone como lógica de rendimiento cuantitativo, donde el valor de todas las cosas se aplana en un código que las traduce en equivalencia; esto es, por ejemplo, el monocultivo sojero en Argentina (carne de chanchos de la China). Hay ciertos reclamos de solución que consolidan la perversidad del problema. El problema no es como se satisface una necesidad, sino como se amplia lo que hay; hay hambre y el hambre es una potencia.

Pero el refrán también supone que el pan fresco es propio de quienes no tienen hambre. O sea que los que tienen hambre no saben comer –solo saciarse- y el gusto solo existe para quienes no tienen hambre, saciados estructuralmente: carentes de hambre. Lo rico solo existe para los ricos. Pero como lo consumen carentes de necesidad, la experiencia e incorporación se vería reducida al capricho. Es una relación histérica con el alimento, me dice mi amigo O., porque es un deseo sin compromiso, en tanto niega el carácter constitutivo de aquello que se come; no constituye, no altera, no toca. Así, finalmente, en la diferencia infinita habilitada por el reino de la riqueza, todo da lo mismo –que pobreza.

Así las cosas, siempre, ante la riqueza, ante la pobreza, la consigna apunta a sacarse las ganas. En un caso saciarlas, en otro gastarlas. Cuando en realidad podría decirse, en vez de sacarse las ganas, entrenar las ganas, o concretarlas, o muchas otras. Se afinan las ganas, se repiten como modo de la potencia, etcétera. Pero no, lo que se dice es sacarse las ganas, como si las ganas amenazaran la vida; acaso amenazan la vida, lo constituido de la vida, pero expresan el querer vivir (López Petit).

Tambien la consigna-imperativo de conquista tus deseos muestra como se ubica a los deseos en un estado siempre de ausencia, de ajenidad que hay que someter. Se lo ve asimismo en situaciones mas amigables, cuando se insta a alguien a que pida deseos, porque cumple años o pasa debajo de un tren: todos suponemos que lo que le corresponde hacer es pedir cosas, sucesos, es decir, objetivación de deseos, cuando, en realidad, lo que se le pide es que pida deseos, tener deseos. No saciamientos. Enriquecer el hambre, y no acabar con el.

4- Esas cosas las aprendemos desde chicos, y está visto que, para los chicos, y su decir verdad, el hambre es la mentira –¡hambre, mmmm, qué hambre! Hambre tiene el que inventa, el que quiere decir y como no sabe inventa: tiene ganas de dar lo que no tiene. Ese hambre es un exceso; es una cosa que, si bien ya es, para existir, necesita. Es, pero tiene necesidades para existir: porque el hambre es una falta abundante, es la abundancia presentándose como falta; es la necesidad en su naturaleza de abundancia. Quiero ir mas allá de mi existencia actual en el mundo porque ya presiento que es rico, porque siento que algo hay, ahí nomás, y ya me amoldo a su presencia haciendo como si lo tuviera -lo huelo y se me acuchilla el estomago-. Como lo presentido no está, lo prefiguro: invento lo desconocido, pero lo invento porque lo ya conocido toma forma de borde anhelante, lo conocido se hace boca. El hambre es la mentira porque es la necesidad de inventar.

Y sin embargo para los chicos hay cierto régimen de mentira que, en su seriedad, es la forma más alta de verdad: el juego. Recuerdo -los recuerdos se presentan en efecto dominó- como me angustiaba, de chico, la perspectiva de jugar con mis juguetes. Tenía juguetes de muchas clases, era de la clase de nenes rico en juguetes. Pero recuerdo esa angustia, la oferta de juguetes ante mí y una desazón que me alejaba. Porque los juguetes -ahora entiendo-, mas que una invitación al juego, son una veda: “estos son tus juguetes” significa que todo lo demás queda como sustraído de la condicion ludica. Era hambre esa angustia, mas hambre que el que los juguetes pueden saciar, hambre de inventar juegos y zonas de juego, hambre de nunca dar por sabida la riqueza del mundo.