El mito de Patricio Rey


                                                                               Imagen (aca recortada) compuesta por Rodrigo Noya.

Un verdadero mito
Patricio Rey es un verdadero mito, no un personaje mitificado. Ensoñado inicialmente por jóvenes no tan jóvenes en la ciudad de La Plata en los años 1976/77, Patricio Rey es el mito de que alguien puede apadrinar los berretines de una libertad grupal, que se basta pequeña y efímera pero cuya intensidad puede crecer con trascendencia inmensurable. Alguien excelso, de jerarquía redoblada -patricia y monárquica-, para atizar encuentros en torno al principio ordenador del placer, con el mandato de perder la forma humana y un concepto regente de fiesta. Un personaje exento de acto inaugural; un mito que no es ejemplar sino más bien efectivo en tanto ausente, y que, lejos de prescribir conductas modelicamente, deja, con la presencia de su distancia, un espectro de sentido que debe ser adivinado arriesgando.
Los Redonditos de Ricota, pupilos de Patricio Rey en estas pampas, consiguieron su padrinazgo vía coacción: en la única vez que Patricio dio su palabra personalmente, en el único texto que se le atribuye a su voz,[1] declara que el grupo “no pidió ni imploró padrinazgo, sino que lo exigió a través de una amenaza”. La amenaza de terror si el Rey no apadrinaba la fiesta –y esa tensión, de sinergia entre calamidad y júbilo, motorizó desde entonces el espacio redondo–. A partir de allí, cada acto realizado en nombre de la estela amparadora de Patricio –cada presentación de la banda, cada disco y cada tema, cada declaración y cada acto organizativo del grupo, pero también las vidas mismas de sus miembros, y después también cada encuentro de millares o de a pocos en una esquina o un bar o en las mil situaciones de intercambio de guiños de una “forma de ser ricotera”, o en el mismo mapa que cada ricotero hace de la vida…–, va acrecentando la figura de un Rey que, desde algún lugar lejano, permite, habilita, una experiencia heterogénea, un “mecanismo diferente de organización de las voluntades” (Solari).

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Patricio secularizado, ¿corona expropiada?
La pregunta por la herencia de los Redondos puede ser una falsa pregunta. Aquella afirmación de autosuficiencia, desesperadamente jubilosa, se contagia atravesando la cultura mediante vasos comunicantes complejos. El contagio opera por apropiación, por resignificación, por digestión. En tanto los efectos de la banda son fértiles, no se remiten a su terreno de origen. No reconfirman lo que la banda ya era; por eso muta el circo de Patricio. Así las cosas, en cuanto a la “herencia” de los Redondos, hay que buscar sus efectos no sólo en el rock sino en la música en general; no sólo en la música sino en el arte en general; no sólo en el arte sino en el amplio mapa actitudinal de la vida común. La música no conecta sólo con la música; la obra de Patricio Rey y sus redonditos nutre sensibilidades extra musicales; música con efectos urbanos, música con efectos lingüísticos, música con efectos sociales, música con efectos políticos, música con efectos gubernamentales.
En los últimos años, el mito de Patricio ha sido apropiado por un relato de sentido determinista; Patricio es un mito tan potente que ha resultado objeto del armado de la nueva legitimidad construida desde el Gobierno. Despojado de misterio, es usado como mito predicativo, despojado así de su naturaleza experimental. Difícil saber si esto signa la muerte del mito o si la apropiación –¿que es o no es mutación?– sintomatiza la potencia que todavía guarda (va de suyo que sintomatiza la potencia que tuvo). De todas formas, tampoco es posible cerrar la operación al determinarla de “apropiación”; porque también hay “traducción”, incluso “entrega” (cual “Plan desarme”) de imágenes, símbolos, estéticas, para un “uso” otro, a una lógica no compatible, en principio, con los axiomas del mito y de la producción mítica que hemos descrito. Es evidente el uso que subordina la corona a otra corona… Pero no es tan facil sentenciar si la corona ricotera es apropiada, secuestrada, entregada, si estaba disponible, si la usan como puro anzuelo… Simultaneidad de operaciones, complejidad habilitada, de vuelta, por la potencia del mito.
En todo caso, al situar los fragmentos redonditos –los mitemas– en enunciados que cierran su sentido, como mínimo se le despoja el misterio, es decir su potencia de generar nuevos posibles. Los misterios no pueden resolverse –sí pueden transformarse en misterios mejores–; un mito sin misterio es un mito poco interesante, y las verdades que dejan de ser interesantes se convierten en mentira. Que podría ser peor, eso no me arregla....


El texto, escrito con Ignacio Gago y publicado en la revista de la Biblioteca Nacional, puede leerse entero

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