Subjetividad mediática (notas).

1- El hombre vive su vida como un medio para otra cosa, dice Marx en La ideología alemana: en eso consiste la “alienación genérica”. No se limita a la desposesión que lleva a dedicar la vida para alcanzar la subsistencia; es una alienación de lo genérico, una alienación de la potencia experiencial específicamente humana que es la de inventar modos de vida. ¿Es experiencia vivir tendiendo siempre a otra cosa, vivir siempre para otra cosa? Vivir la vida como medio para otra cosa; vivir las cosas, las situaciones, los procesos, como medios para otra cosa, y otra cosa y otra cosa. Esa tendencia tiene una nutrida genealogía -digamos una genealogía divina-. Y tiene, también, una honda complejización presente, en el capitalismo de los proyectos: vivimos una monumental guerra contra la presencia, con artillería de técnicas de ahorro de experiencia y acumulación de vivencias. Hasta los deseos son vividos como medios para otra cosa, y en vez de pedir tres deseos se piden tres magritos objetos de deseo.  

2- El tecnocapitalismo es un régimen de dislocación entre cuerpos y presencia. Una vida puede estar -en cierto sentido sensible- ausente de su cuerpo; hay cuerpos ocupando espacios de modo ausente, produciendo vacío; hay cuerpos deshabitados... Por ejemplo, la escuela, aquella vieja casita de todos nosotros; la vieja escuela, edificio de comunión primigenio, mítico érase una vez inicial de todos, la escuela pedía una cosa primero que nada, en cada día, a cada cuerpo: ¡Presente!, pedía decir. Asistencia del cuerpo implicaba presencia.
Etimológicamente presente es ser ante algo, o estar ante; por eso un regalo es un presente. La presencia implica algo y alguien. Implica como mínimo un atestiguamiento. No es lo mismo que la mera asistencia -la escuela antes mostraba que sí.
Black Mirror es una excelente serie de ciencia ficción distópica y  extensos capítulos unitarios, que tienen en común a la pantalla como personaje en todas las historias. En un capítulo llamado “Be right back”, una pareja se va a vivir a una casa con diez pinos. Pero él no deja un segundo el neo-celular. Ella le habla y responde mecánicamente (presente!), entonces ella le dice incoherencias -trampitas de verificación- y él sigue con sus respuestas automáticas... La historia continúa y profundiza, de modo impactante, la escisión entre cuerpo y presencia, así como la posibilidad de un automatismo tan perfecto que cuente como presencia viva (vaya como recomendación). El uso de los artefactos entrena al cuerpo en la habilidad de estar sin estar.

3- Cada época funda sus propios parámetros de existencia, y en la nuestra existir es estar conectado. Se consumen productos para estar conectado con el flujo del que son partícula. Es muy bella una tesis de Virilio. Refiere a la implementación de la primera red de teléfragos sin hilo, y la difusión de la prensa escrita (los primeros periódicos, por cierto, de llamaban en Francia courants, “corrientes”, y en Italia gazettas, “monedas pequeñas”: puede entenderse históricamente a los periódicos, a los medios, como vector de fluidificación...). Dice que hubo un cambio en el emplazamiento experiencial: hasta cierta generación, en un mismo momento los habitantes de París por ejemplo viven efectivamente en su 1870  mientras que los de un pueblo rural aún viven en 1800 y los de una villa alpina en 1740; pero la generación siguiente, conectada por dichos dispositivos que unen los espacios en “tiempo real”, dice Virilio que las gentes pasaron a ser menos ciudadanas de sus lugares que de su tiempo. Al consumir medios de comunicación no consumían tanto informaciones como contemporaneidad. Al conectarnos a las redes no consumimos tanto cosas como a nosotros mismos como contemporáneos. Por eso el ánimo sufre media hora desconectado como media hora atrás del mundo...
Es que el sujeto mismo es un medio. Él mismo un medio por el que pasan flujos informacionales de toda índole; sujeto que vale en el mercado de las tasaciones corporales según cuánto y qué pasa a través suyo. Un cuerpo se define por las conexiones de las que es capaz y por los flujos que pasan a su través. Y hay lugares, y hay encuentros, que permiten y facilitan que pasen algunos de esos flujos, y hay lugares y encuentros que generan demoras donde esos flujos no se limitan a pasar, sino que labran efectos con los que el sujeto muta.

4- Nacho Lewkowicz definía a la subjetividad como el conjunto de operaciones necesarias para tolerar unas circunstancias. Varían las operaciones que es necesario realizar para habitar una circunstancia de campesinado y religiosidad, una circunstancia de exploración y viaje, unas circunstancias de encierro institucional, o el caso: unas circunstancias  mediáticas, organizadas con los artefactos de acción a distancia en tiempo real como punta maquínica. ¿O no se toca la pantalla del celular porque sí, no se acaricia esa superficie tecnoerógena como acto en sí mismo, como gesto íntimo de hallarse? Como antes se tocaba el rosario. La conectividad como garante existencial.
Operaciones que encarnan y funcionan más allá de sus escenas de origen: El multitasking, el linkeo (otra que se ve en las escuelas, pasamos por mil temas y anécdotas y quizá no quedó nada...), el zapping (esto me aburrió y pasó a otra cosa sin resto); también la opinión, la agresión (en la saturación expresiva, lastimar como garantía de producir marca); la asociación, la recombinación; el olvido; la autopromoción: ejemplos de operaciones constitutivas de la subjetividad mediática, la subjetividad signada por la acción a distancia en tiempo real -por la existencia de un más allá que está siempre envolviéndonos. El mediatismo instala un más allá íntimo, cercanísimo, casi pegado a los cuerpos...

5- Algo que media: ¿une o separa? Como el cemento a los ladrillos. Une y separa. La propuesta de distinguir mediación y mediatización no afirma que hay prácticas higiénicamente distinguibles, pero sí que hay tendencias y efectos anímicos en los modos de estar enganchados. Entonces: la mediación opera conexiones y ligaduras, mientras que la mediatización -según Virilio- es privación de las potencias inmediatas. La mediación nos hace llegar más lejos, nos acerca distancias, y la mediatización separa al sujeto y sus posibles, al sujeto y su situación, a las personas entre sí; separa vida y presencia. Todos conocemos ejemplos de mediaciones que habilitan y permiten (el héroe de nuestro tiempo bien puede ser un hacker que multiplica lo que puede un modesto grupo de agitadores de alguna democratización), y excesos de mediatización que aíslan e impiden encuentros, que taran. Pendulamos entre la mediación como ampliación de las potencias corporales (eso hacen los artefactos técnicos para Mcluhan, ampliar potencias corporales, “y la computadora potencia nuestro sistema nervioso”), y la mediatización como su amputación, transmigrada la potencia de creación hacia el objeto fetichizado. El cuerpo separado de su potencia, mediatizado, repite el gesto propio de la operación de ligadura, escindido de todo proceso de subjetivación, ya no alimentando al cuerpo de mundo sino subordinándolo a un "para" ausente: para estar al tanto, para enriquecerse, para ser visto, para avanzar en la carrera... para, para, para: ser-para, separando vida y presencia. El medio imaginario resulta fin efectivo. 

6- La subjetividad también es mediática porque lo mediático actual vendría a maquinizar, a actualizar precisamente, el viejo medioparismo marxiano. La subjetividad mediática, amén de sus rasgos por así decirlo idiosincráticos, actualiza al viejo finalismo trascendente, donde la vida está sometida a un mítico punto de valorización siempre separado de la corporalidad. Esta actualización procede al menos por dos vías.
Una, la mediósfera, como teatro del Espectáculo, hace que los ídolos proliferen. Ídolos divinos de palabras megapotenciadas, brillantes, tersos, luminosos, ingrávidos y fuertes... Pero ídolos que son hasta tapas de empanadas y líquidos limpiavidrios. Proliferan los objetos de deseo -que escualidan el deseo de desear, el deseo de explorar-, y también las imágenes de vida plena. Tomar cerveza con amigos, trabajar, pasear: las prácticas se ven asediadas por imágenes -cercanísimas- que las remodulan con plenitud, lisura, cristalización dura-dera, goce sin estorbos, tocar sin ser tocado, etcétera.
La sociedad misma pasa a través de circuitos magnéticos, y la pantalla es la superficie mítica de nuestra subjetividad. La ventana luminosa que promete la existencia de una versión en todo punto un poco mejor que nuestro barro concreto. Mejor, y, extrañamente, más verdadera, a juzgar por su función modélica. Hace poco que nos da la realidad a todos (verdaderamente a casi casi todos) de vernos representados, o, como dice el historiador del presente Pablo Hupert, vernos imaginalizados.
La segunda vía es la maquinización del acceso global, la organización técnica de la dislocación del presente. Técnicamente podemos estar siempre en otro lado y conectados con otro más allá (en una afluencia por naturaleza excesiva respecto de las formas de procesamiento del cuerpo, según Bifo; también Lewkowicz y Corea dicen que el saber tiene como problema constitutivo la escasez, y la información, la sobreabundancia). Las redes herederas de la revolución telegráfica permiten, organizan, nominan, promueven, venden, etcétera, la posibilidad de que cualquier cosa esté acá, y de estar -efectivamente, o sea efectos nuestros- en cualquier lado.
Este sometimiento de la vida a un punto de consagración divino, a un paraíso de todoposible, también está habilitado por la primera gran tecnología de mediación: el dinero como mediador universal. Entre todo, entre cualquier cosa y yo hay solo dinero, un líquido... Ambas, por cierto, formas de salvación. Hay una desesperación ubicua por salvarse.

7- Los modos de expresión son un campo de batalla, porque los lenguajes normalizados, preformateados, desafectan las palabras de las cosas, escinden las palabras del cuerpo, de lo vivo, de la experiencia. Es el sujeto hablado y no hablando, los lenguajes que separan al sujeto de sus potencias expresivas genéricas, reduciéndolas de médula creadora a puro medio de comunicación, a puro instrumento. Lenguajes mediáticos. Los lenguajes televisivos, los lenguajes institucionales, los académicos, los periodísticos, los de la Política, etceterá. La mediatización, en tanto deprime a los cuerpos -aún euforizándolos-, en tanto distrae a la presencia del presente, en tanto fetichiza míticamente lo que es potencia de creación común, es un operador biopolítico. Un desvalorizador de la experiencia como soberana, que inhibe la potencia de constitución -aquí y allá- del nosotros, la capacidad de fundar el valor en espacio-tiempos cuyo eje sea ahora-acá.

8. Sujeto mediático, en red, puede ser un puro punto de pasaje, un puro medio, sin remanso, sin demora, sin que su presencia sea morada. La mediósfera difunde operaciones de ahorro de presencia. Las del googleo permanente (ahorro de experiencia de la duda, de la experiencia de no saber), las del copypasteo (ahorro de creación), las del password (saberse dos palabras con las que atravesar una situación sin tocarla, como por una autopista -por cierto, urbanidad mediática).
Ahorro luego existo; el rendimiento máximo, ética del capital, pegada históricamente a esta fase de los modos productivos, donde la presencia corporal cada vez más es obstáculo, carga, olor, mugre, aunque necesaria por doquier. Se ahorra experiencia para existir más pleno en la temporalidad del instante sometido sísifamente a sucederse sin cesar. El encuentro, en cambio, abre una duración que existe oblicuamente. Una suerte de impresente, de presente fugado del imperio de lo contemporáneo.

9. La maximización es la inercia de la subjetividad mediática. Máximo de consumo, máximo de contactos, máximo de rendimiento, máximo. Automatismo inercial. Ahora bien, cuando, en la red, se produce un encuentro -con otra persona o varias, con un lugar, con una idea...-, el encuentro puede instalar sus propios parámetros de valor, e inaugurar así una trayectoria propia que no reproduce la inercia mediática; se abre una subjetivación. Pero el encuentro requiere una atención más sensible que la funcional cotidiana, requiere una insistencia, una tozudez contra lo obvio... El encuentro abre su itinerario, que deviene su tarea (su “fidelidad”), tarea que es la disciplina de la presencia y de la atención para devenir experiencia. Ya no todo suma, sumar puede no sumar; apertura de lo cualitativo. Los medios pasan a valer como mediadores (y no mediatizadores), y se disuelve su fetiche. La permanencia mediática cede; restituir a los medios su condición de medios es una operación alegrante para la subjetividad mediática.

[Publicado en revista Campo Grupal, abril 2015]

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