El Síndrome de Rasputín


A veces la literatura nos hace decir gracias, bravo, otra: cuando su capacidad de no meramente dialogar con su propia tradición, construir un autor o registrar modismos, sino de servir a la vida, muestra tener, como los protagonistas de este policial, el tic de sobrevivir.
Romero (Paraná, 1976) aprovecha la consigna de la colección dirigida por Juan Sasturain (escriben también Leonardo Oyola, Elvio Gandolfo junto a Gabriel Sosa, Osvaldo Aguirre, Juan Terranova y Federico Levín): que los detectives no sean profesionales sino improvisados y los casos se sitúen en distintos momentos de la historia argentina. Ubicó en un oscuro futuro cercano a tres amigos unidos en principio por padecer el síndrome de Tourette, tics nerviosos incontrolables cuya repetición, si bien complica la existencia, no deja de ser un pulso de la reproducción vital.
Sucede que alguien intenta matar a uno para luego culparlo de otro asesinato; pero sobrevive y queda en peligro inminente. Desfila por la trama macabra y divertida un grotesco repertorio de personajes entrañables, como el gigante ruso Ragojine, camarógrafo que trabajó con Sokurov y terminó en estas pampas filmando “películas porno con un manejo sublime del silencio”.

Con una creatividad descriptiva y lucidez emocional muy inusuales, la persecución moviliza la historia paseándola por climas increíbles, escenarios fílmicos: el barrio de Constitución en ruinas, destruido por el fuego de las bombas de los Nacionalistas del Bicentenario y cerrado con chapas, como un miembro que la ciudad resignó pero donde sin embargo el tic de sobrevivir persevera como fatalidad biológica; o los túneles y pasadizos abandonados de la extensión de la línea A, donde el Murciélago Rojo y su séquito hacen fiestas electrónicas para bailarle las entrañas a Buenos Aires, hechizados de oscuridad. Los lugares fallidos de la urbe resultan, apenas después de muertos, los terrenos más fértiles para la generación espontánea de formas de vida.
Aunque demuestra erudición cinematográfica, se nota la licenciatura literaria del autor anunciada en la solapa. Pero también una inmediatez desprejuiciada respecto de lo real, una no jerarquización a priori de las infinitas manifestaciones precipitadas de la vida, un cuestionamiento de los prestigios socialmente investidos. El trato dado a la enfermedad de los personajes, por ejemplo, es de un admirable respeto por la potente fragilidad de cada modo de existir. Igual que en los cuentos de Tantas noches como sean necesarias, en la literatura de Romero el mundo crece desde un imperativo ético: juzgar a cada cosa desde lo que le tocó ser.
Publicado en Rolling Stone de Julio

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