Reseña de Madrid, de Daniel Krupa (ed Santiago Arcos).


En esta nouvelle al cuerpo le pasa de todo, pero como está contada en general con tono suave, con cierta distancia narrativa protectora, disimula los sobresaltos y permite que desfilen como si tal cosa eventos corporales no menos que tremendos. Es como si Krupa tomara de lo intolerable de las imágenes la sustancia que permite narrarlas –y leerlas- sin deshacerse psíquicamente. O como si la voz batuta del relato estuviera bajo efecto de alguna de las pastillas de droga psiquiátrica que Madrid, el protagonista, empieza a tomar encerrado en el manicomio provincial, donde permanece un par de meses, suficientes para incendiar un ombú y arrojar a una gorda que apoda Hereford contra un ventanal (“...zamarreándola como si las venas de sus brazos fueran cables de luz en pleno cortocircuito...”). Sale cuando su suegra le levanta la denuncia -en absoluto falsa sino porque lo perdona- por haber copulado con su hija recién muerta, o, si se prefiere, con el cadáver de su hija (mujer de él), acontecimiento sexual ilícito con que abre la novela (punto en que se toca con Era el cielo, se Sergio Bizzio).
¿Cuándo el cuerpo deja de ser propiedad de la especie para comenzar a desagregarse sus partes en un retorno al todo físico del cosmos? Sobre ese borde en que la materia orgánica de la que estamos hechos deja de estar organizada por “lo humano”, trabaja esta novela, chisporroteada por humor sardónico y apoltronado: cuenta con calma su historia de trasfondo desesperado.
También el rock aparece fatídicamente, desde el cristal que ve pérdida y muerte agazapada por doquier (cristal con una sola fisura en la figura mágica de una mujer embarazada): la muerta cogida tiene a Kurt Cobain en la remera; el necrófilo, en brillante escena, cuando es apurado por la policía se arroja por la ventana; luego sueña que está con ella en un recital de estadio y no puede evitar que muera asfixiada bajo el plástico que protege al pasto.
Aquella distancia de la narración (en parte afín a Ida, última novela de su congénere Oliverio Coelho) es la propia del relato de un personaje en el que, cuando empieza la historia, la catástrofe ya sucedió. Luego, cuando encuentra que le surgen mínimos entusiasmos creativos, los contempla con la misma extrañeza que el exabrupto necrofílico, como si el deseo en general gozara independencia del sujeto.
[Publicada en Rolling Stone de enero]

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