El Estado de las cosas


Compañeros enemigos
Néstor es Néstor, es así, aguante Néstor, ¿no?: se fue un compañero. Compañero de qué, difícil saber. En todo caso, estas horas dan la sensación de que Néstor –más que Kirchner, Néstor- reactivaba la posibilidad de pensar en términos de compañerismo; o de que alguien en posición jerárquica del Estado pueda detentar el nombre de compañero; o de que, al menos, alguien en tal posición legitime y habilite el fortalecimiento de la semántica compañerista entre los verdaderos compañeros. Un compañero porque se montó en un proceso donde nos encontramos con los compañeros genéricos, como los encuentros del miércoles en la plaza: compañeros de antiguas luchas, colegas de investigación entre pibes becarios, compañeros tácitos de prácticas autonomistas diversas, colegas de incertidumbre, co-problemáticos, vecinos de cumpleaños, amigos de amigos, muchas clases de “otros yo”: nosotros. Es decir que Néstor era una especie de compañero aún si lo consideramos, en algunos puntos, enemigo: Compañero por compartir un juego histórico donde se afirma el compañerismo, aunque no todos jueguen el mismo juego. Néstor, está claro, jugaba un juego que venía e iba más allá de él. Y su muerte agita ese juego: ¿hasta dónde puede llegar, el juego histórico abierto, rodeado de amenazas de cierre?

Peronización y dosmilunización.
Alguna fibra toca, Néstor. Este país es peronista, no hay nada que hacerle: ¿será eso? Es dudable, considerando que Néstor es Néstor fundamentalmente por cuánto y cómo se montó a un proceso de movilización social –que no es lo mismo que un movimiento pero está cerca- que no era peronista, que se había ido caldeando como oposición a un gobierno presunta y oficialmente peronista, aunque explotó contra un gobierno radical; en fin, Néstor supo, en todo caso, peronizar el dosmilunismo, dosmilunizar el peronismo. Pero queda una –tantas…- pregunta: ¿Hay brecha entre peronismo y kirchnerismo?

Estado sensible
Con Néstor nuestra generación sintió un Estado, si podemos pensar esto más allá, o más acá, del relleno que pongamos en la noción de Estado: que hay algo ahí, general, explícito, moviéndose, ocupándose de algo. Sí se sentía, algunos sentíamos, al Estado menemista: la presencia activa del Estado destruyendo sus alcances. El Estado como botones de los capitales. Y esto desemboca en que de pronto, durante horas y horas, la gente, o perdón, “la gente”, tiene un motivo muy hondo para entrar en la Casa de Gobierno (despedir al líder, saludar a la viuda y heredera), las masas finalmente inundando la casa Rosada, pero invitaditas, no invadiéndola.

Ha muerto un hombre.
Al fin y al cabo, ha muerto un hombre, con dolor en el pecho, con latidos y pulsaciones, con aprehensión y agite, con su definitivo estertor. Con sus deudos, sus herederos, intérpretes. Y su luto.
Al día siguiente de la muerte, jueves, atravesé el centro de la ciudad a la mañana, a pie. Venían y venían gentes a hacer presencia en la despedida, en la bienvenida a este nuevo momento; venían gentes sueltas y gentes asociadas, muchas agremiadas. Por ejemplo, cuando cruzaba la nueve de Julio, pasaron por nuestra avenida récord dos o tres camiones con la caja trasera descubierta, tipo los que transportan gaseosas, llenos, allí atrás, de “trabajadores” (asalariados, representados por el imaginario kirchnerista, defendidos en su indexado sueldo por la denominada burocracia sindical) con sus pilchas y hasta sus cascos: impresionante, venían como de fiesta, haciéndose chanzas entre ellos, y arengando a la gente en la calle, gritando, agitados; daba una especie de alegría verlos transitar la calle con su eufórica presencia, con la adrenalina de estar apropiándose por un rato de zonas cotidianamente dominadas por el universo de saco y corbata (y multitud lateral de cadetes). Es que claro: la movilización, en tanto que movilización, excita, alegra, festeja. Reunirse, hacer fuerza juntos, provoca un ímpetu de confianza respecto de los efectos de estar nosotros en el mundo. O es como dice un amigo, gorila por fina izquierda: es así el peronismo, tiene un fiambre y hace una fiesta, sabe que así hace historia… ¿Nos quedaremos fuera, por exquisitos, de la historia? ¿Y ese afuera sería impoliticidad o sostener líneas de fuga?

Sentido común por diluvio
Al igual que en los festejos del bicentenario, la masividad de la afluencia fue tan y tan creciente que los medios netamente anti oficialistas debieron plegarse a la noticia… pero todavía más que aquella vez, Clarín se ve imposibilitado de negar la masividad –masividad cromáticamente albiceleste, más que albiazul-, debe rendirse, es decir, plegarse, sumarse. Había pasado en los festejos del bicentenario: con el paso de las horas y los días, la increíble afluencia de público impidió que los grandes diarios hicieran otra cosa que sacarse el sombrero opositor……
Pero ahora, esta vez, Clarín aprovecha que no puede no montarse en el reconocimiento de esta masividad, de este triunfo, al fin y al cabo, de esta triunfante y exitosa muerte de Néstor Kirchner, parar salirse de ese lugar ideologizado, parcializado, en que se convirtió (o desnudó, da igual) en estos años, y volver a encarnar el sentido común, encarnación que fue su mayor logro post-dictadura. Reconocen la muerte patria, entonces, y anuncian que empieza otro tiempo político, la muerte del kirchnerismo…

Lo que viene lo que viene…
Muchos fuimos a la Plaza por miedo. Bah: yo no fui a la Plaza, que se sepa, pero muchos de los míos, de aquellos de quienes soy suyo, fueron, creo, por miedo. Por consagrar a Néstor como preservador de unos logros ante fuerzas que, en su ausencia, amenazan hasta no sé sabe dónde. Y en parte, creo, ese miedo, que deriva en un apoyo al kirchnerismo, en realidad se basa en una crítica, implícita: el sentimiento íntimo de que el kirchnerismo adoptó la agenda del progresismo, al menos en algunos puntos, pero transitó esos puntos sin ser minucioso técnicamente, ni estratégico políticamente, y, sobre todo, sin cuidar la basamenta de movilización social que empuje esa agenda, de manera que, quizá, se hicieron un montón de cosas, algunas bastante bien (la Corte…), otras más improvisadamente (la presunta redistribución), cosas que crispan a la derecha, que, así, cuando venga por revancha no encontrará una sociedad organizada para resistirla, y, entonces, ahora podría pasar cualquier cosa.
Pero no sólo del lado de los enemigos del proceso podría venir el retroceso, sino también de los integrantes reaccionarios del proceso mismo. Y este punto también abreva en la tradición peronista. Ya se venía viendo: en el asesinato patotero del pibe Mariano Ferreyra.
En ese choque se vieron dos líneas abiertas, fomentadas por el mismo proceso (la reivindicación de derechos de un lado; el negocio empersarial y la potestad sindical –propietarista al fin- por otros), que devienen enemigas entre sí. Y el conflicto se dirime por parte del sector más apoderado, con un uso cada vez más oficial de la violencia informal, como dice también mi rojo amigo. Ese asesinato fue absolutamente lógico respecto del modelo de acumulación del kirchnerismo, acumulación tanto económica como, sobre todo, política. Dicen que esa exacerbación de las contradicciones efectuadas por su política alteró la salud del millonario patriarca Néstor, que, al morirse, casi que lo terminó de matar a Ferreyra.

Células dormidas
Y sin embargo, esa falta de base social capaz de movilizarse empujando el proceso hacia adelante (burocratizados los movimientos sociales, estatizadas casi las Madres, contenta en paritarias la CGT), se vio, acaso, desmentida esa noche de miércoles en la plaza.
Muchos cuerpos, cuya cotidianeidad está como separada de la manija de la historia, entraron (¿ocasionalmente?) en su cauce, revelando que tenían una politicidad latente, que, si las papas queman, allí estamos, no pasarán...
Por otro lado, las formas mediatizadas de leer la situación no alcanzan, según parece por la efervescencia de mails, textos, comentarios y conversaciones: una corriente atolondrada y lúcida que busca encontrar su verdad, no consumirla (esta observación misma me la hizo un amigo...).
Dice por ejemplo el Ruso:
Creo que no hay que hacer seguidismo bobo ni tampoco aislacionismo purista. Elaborar dispositivos autónomos de percepción y producción, que convivan con el proceso en curso, dialogando, proponiendo, señalando y no dejando morir la imaginación política radical ni el malestar con el modelo “distribucionista” que democratiza el consumo y pone la vida entera a laburar.
O sea, una disyuntiva es si defendemos el kirchnerismo como vanguardia responsable de un proceso democratizante, o si es defendido autónomamente como piso del que no queremos bajar, piso, al fin y al cabo, compuesto por las condiciones que la movilización eclosionada en 2001 instaló como exigencias a la gobernabilidad, y que Néstor, pragmático, supo leer. O sea, kirchnerismo o anti-antikirchnerismo.
Entonces –optada la segunda opción- lo que importa es, como se dice, lo que pasa por abajo. Si “la vuelta de la política” es una conversión del agite en defensoría institucional, en lo cual implícitamente se admitirían como inevitables las enormes zonas de continuidad del kirchnerismo con los “intereses creados”, sea el no otorgamiento de la personaría a la CTA, como el sostenimiento del modelo extractivista –base, en definitiva, de la caja de distribución “progresista”-, el descalabro en el INDEC, etcétera (el verdadero Macri es kirchnerista, compañeros). Pero como dice mi amigo rojo, en su casa siempre abierta: discutir política no puede agotarse en poner en la balanza aciertos y faltas (que sería la máxima corrida por izquierda que Página 12 puede hacerle al Gobierno). No, discutir política es plantearse cómo se trató el poder. Y qué se hizo respecto de los sectores que, en 2003, eran los más vivos y dinámicos políticamente de la sociedad: apoyo, reconocimiento, y burocratización, estatización, y hasta caricaturización, si pensamos en los festejos del Bicentenario, por ejemplo en aquella enorme calesita mecánica donde muñecos de Madres daban vueltas y vueltas a una pirámide de mampostería, o ese camión de Fuerza Bruta (o algo así), también con Madres encima, en sus cabezas pañuelos resplandecientes, aureola luminosa, blanca de leds: este clip me pone tieso, me voy corriendo a ver…

Comunidad organizada
Una escena del miércoles a la noche en la Plaza. Me la contaron, claro. Repleta de gente la plaza y adyacencias. Sobre un kiosco de diarios, cerrado, subido un pibe, un pibito, unos dieciocho años. Pinta la pared, despacio, aplicado, con pintura. Abajo la gente lo mira. “Muerte…” y la gente lo mira: “Muerte al Estado”, y la muchedumbre desde abajo le grita, lo insulta, lo increpa, ¡pendejo de mierda, qué ponés, qué escribís! Se trata de un funeral de Estado, carajo, y la gente no tolera el graffiti del pendejo, lo insulta cada vez más, y él como inadvertido, sigue ahí, pero un tipo toma la iniciativa, un cincuentón ágil: se trepa como el pibe, se sube al kiosco de diarios y de una lo pone, le sacude la trucha al pibe que ni reacciona, recibe un golpe y otro y otro (golpes de Estado!), cobra hasta que un par de ciudadanos piadosos suben, también, y paran al golpeador, lo agarran al pibe, la gente de abajo le sigue gritando, y el concierto de defensores del Estado lo disuade, post-golpes, de tapar su escrito, cosa que el muchacho hace, cubre con pintura roja su proclama ácrata, y parece que con eso calma las fieras, pero cuando baja, nomás llegar al piso y acá no se sabe exactamente porque la persona que me contó sólo vio que la marea de gente –de agentes, definidos fácticamente- se le fue encima al pibe y lo deglutió en su defensa activa del Estado de las cosas, de las cosas obtenidas estos años, que, parece, son del Estado.

AjV, 28 de octubre y 23 de noviembre de 2010

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