De aquellas movilizaciones en Brasil (sobre la subjetividad programática)

Con Leandro Barttolotta, en De pies a cabeza, y publicado en Marcha allá cuando el Mundial estaba en el futuro.

Brasil, el estadio de las cosas

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Brasil es un equipo de fútbol en el que todos juegan pero arman un equipo horrible que juega horrible y gana. Horrible: apuestan a lo horrible, a lo mezquino, calculando que la genialidad aparecerá como emergencia mínima suficiente. Nunca apuestan a organizarse como equipo, como un nosotros orgánico, desde la premisa constante de esa genialidad. No juegan a la belleza. Su máquina, su equipo marca-Brasil, explota vilmente la belleza que portan los cuerpos que lo componen. Explota la belleza vilmente, sin soltarle la rienda ni tampoco alentarla con voluntad para que rija. Una voluntad horrible.

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El año pasado hubo agites muy fuertes en Brasil, que con menos prensa aún continúan y que pusieron al Mundial en el centro de la escena de un modo inesperado. A las plazas centrales, palacios de Gobierno, templos religiosos, embajadas extranjeras, palacios de Justicia, viviendas particulares de algunos funcionarios, a las comisarías y destacamentos militares, se hacen las manifestaciones políticas desde centurias. Los brasileños no: ellos agregaron, como sitio de concentración de libido política, los estadios de fútbol. Pasó a ser a los estadios donde hay que llevar los cuerpos y las palabras de la disidencia.
Estas movilizaciones nacieron esencialmente improgramadas, y por tanto exentas de tradición militante. No heredaban consignas, proclamas y cánticos de manera obvia y lineal. Había que inventarlas. En una postal conmovedora, entonces, los gritos del nosotros brasileño usaron, para marchar a los estadios a protestar contra el Mundial, la melodía inconfundible y la entonación palmaria de las canciones de cancha.

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Es interesante que el disparador del estallido haya sido el boleto del colectivo. O, digamos, el transporte como problema.
La jornada laboral no es ya el ámbito por excelencia del conflicto. Porque es la vida misma, entera, sin “afuera”, la que está puesta al servicio de la valorización mercantil. Un extractivismo que no es solo de los recursos de la naturaleza, sino de la vida humana urbana misma como fuente de valor. Toda la vida como insumo de la maquinaria mercantil. Es la vida, por lo tanto (y no solo el trabajo), el problema político fundamental.
Hay muchos que viven al fútbol como –o evitan vivirlo por considerarlo un- operador del extractivismo vital. El fútbol es visto, en Brasil, pero también en AFA plus para todos, como argumento para que se modernice la dominación. Pero amamos el fútbol no sólo porque la bocha no se mancha, sino porque permite visibilizar las operaciones de mercantilización y de control.
No es contra el fútbol que se agitó en la red metropolitana brasileña; no: es desde el fútbol. Como ejemplo, un mail enviado desde Brasil en los días más fuertes de las movilizaciones (y la Copa Confederaciones):  “Un amigo fue hace unos días a ver un partido al Maracaná recién reformado, y volvió con el corazón en la mano. A partir de ahora, decía, una marcha como la de ayer iba a ser de las pocas ocasiones en las que se iba a poder sentir la vibración que se sentía en el viejo estadio cuando gritaban los hinchas de tu equipo y del otro, porque al nuevo Maracaná, por convenio con la FIFA, le metieron una acústica que deja todo en un cono de silencio.”
Sentir la vibración de los otros; ser informado por la vibración de los otros. Una experiencia de la igualdad. Se ve, en ese testimonio, al fútbol como experiencia de tierra propia, tierra materna (tan masculino) que provee los parámetros y las imágenes con las que medir también las intensidades de la pasión política. El fulbo señala y activa preguntas: ¿En qué ciudad queremos vivir? ¿Para qué vidas están haciéndose las ciudades?

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El Mundial es un escenario de guerra. Objetiva, estratégicamente, el mundial, que llegó hace rato, es un escenario de guerra: “Brasil usa aviones no tripulados que pueden atacar sin orden de Dilma. Podrán derribar aeronaves sospechosas. Sin permiso presidencial. Pero temen que los usen para controlar manifestaciones. Son drones que ya vigilan la Copa Confederaciones, y los utilizarán en la visita del Papa y en el Mundial.”
En las movilizaciones del año pasado hubo algunos episodios de represión. Pero hubo un tipo de movilización especialmente que produjo represión de la más alta violencia: la que intentaba acercarse a los estadios durante los partidos de la Copa Confederaciones. 
Un axioma reza que “si el poder reprime algunos movimientos, aquellos que no son reprimidos no amenazaban entonces al poder”. Las movilizaciones que imponen la presencia de la multitud en las ciudades parecen ser tolerables, mal que mal, para el orden. El imperio de lo obvio es flexible, aprende. En cambio, las que imponían esa presencia atacando de modo directo los partidos de la Copa, debían ser impedidas, con la violencia que fuese necesaria.
Parece que incluso el Palacio Legislativo tiene menos valor para la constelación de poder gubernamental que los estadios que alojan la Copa. La realización de los partidos de Copa era cuestión de Estado, parte del orden de la Nueva Roma con colmillos policiales.

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No miro fútbol. El fútbol es una mierda. Tal es la verdad de muchas vidas sensibles. Muchos amigos y compañeros lo afirman, se afirman en esa perspectiva, y, vamos coartadas les sobran. Básicamente, el dominio de las mafias. Corrupciones arbitrales; raciocinio millonarista de los jugadores; periodismo oportunista y advenedizo; negociados de emporios capitalistas euro-petroleros y fuga de talentos; explotación de niños indios para el endiosamiento global de la marca equis; acomodos gubernamentales; arreglo permanente entre poderes: etcétera.
Escenario visible tras el cual se traman tamañas empresas, el fútbol es una mierda, una mentira, dicen y sienten tantos amigos. Amigos a los que -y éste es el problema- les encanta el fútbol.
Su renuncia busca sustraer su torrente pasional de la gran maquinaria mercantil, publicitaria, securitista. La pasión por hinchar, la pasión por el juego de la pelota al pie y por el toque, la pasión arbitraria que signa el color de una cara de la vida, esa pasión secuestrada, activa pero al servicio de designios ajenos; la pasión zombi de las mafias blancas.

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Brasil es un gran ejemplo. Con miles de millones invertidos en la cita internacional (este mundial cuesta mas que los dos anteriores juntos), muestra un paquete de  “pacificación” de favelas, despliegue de nuevas tecnologías de control poblacional, auge de ciudades-marca con transformaciones urbanísticas traumáticas para muchos (estadio, shopping, autopista, torres: una red de exclusividad pública que tajea la superficie de lo común, y miles de personas desplazadas por la gentrificación capitalista).
Pero no es posible –es indeseable y por eso inválido- desactivar nuestra pasion de vidas futbolizadas.
Es necesario pensar para proteger el aliento –el aliento, perseguido como cuántium calórico que insufla valor a las redes de degenerada reproducción del capital. El aliento, fuente de plusvalía pasional.
Los encuentros callejeros que agitaron la red metropolitana brasileña fueron mayormente leídos como critica al futbol en los viejos términos del opio de los pueblos (manto a corrupciones varias, entretenimiento popular que desvía valores de las verdaderas necesidades, etc). Sin embargo, rápidamente esas movidas bastaron para que el circo que rodea el fútbol retirara, por un momento, su investidura celestial de imágenes grandiosas, y dejara ver el oscuro cinismo que lo motoriza. El deseo de las mafias blancas no es un deseo futbolero. Es voracidad del capital. Y el amor al fútbol puede mostrarlo.

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Las  críticas al mundial por “despilfarro de dinero” o “irracionalidad estatal en la administración de recursos públicos” expresan criterios utilitaristas y economicistas. Lo que se trafica y se gestiona en torno a un mundial en Brasil es otra cosa. Una economía, sí, pero también libidinal. De gastos y derroches pasionales, no únicamente mercantiles. Cuando se pregunta qué le queda a la población brasilera además de la recaudación extra de unas buenas semanas para la economía domestica, se pifia: el derrame de dinero es secundario. El “saldo” –energético– incluye un nivel mucho más amplio que las infraestructuras y novedades materiales.
Parece que el gobierno (todo el entramado de  entes y prácticas que gobiernan las relaciones sociales, entramado con parte estatal y parte privada) ve en mayor plazo que estas críticas. Porque lo que se construye es una valorización, un salto cualitativo del valor de la marca-país. El valor de la marca, o mejor, del mundo-Brasil, viene primero; las ganancias vienen después.
Con una miríada de intereses -de naturaleza diversísima y más o muy menos coordinados- confluyendo en “el proceso brasileño”, el país hermano, otrora imperio, protagoniza el proyecto más radical que se recuerde de salto de estatus de un país. Las objeciones podemos discutirlas. Pero el aumento de la población enganchada a los parámetros de consumo y producción del globo occidental (vida pensada como fuente de productividad, tarjeta de crédito para electrodomésticos, plan de salud, turismo y entretenimiento, etc), la alianza con simios del tamaño de Rusia, India y China, el empoderamiento militar (con propuestas de producir armas atómicas), la carretera interoceánica que le da salida por el Pacífico, y tantas cosas que pululan como datos por doquier, son un experimento histórico monumental, que contiene a la vez poder y resistencia, y que busca coronarse, valga Dios, con la organización de las Olimpíadas y, primero y ante todo, el Mundial.

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Pero las movilizaciones instauran su verdad: la valorización de la marca-Brasil no coincide con la valorización de la vida-Brasil.
El crecimiento económico puede pasar por afuera de la vida. O, mejor, por afuera de la experiencia. Es lo que sucede cuando la economía es puro programa.
(Una anécdota grafica la no determinación entre economía y calidad de la experiencia: cuando Tom Jobim volvió a vivir a Brasil después de varios años en Estados Unidos, le pidieron que comparara cómo se vivía en ambos países, y dijo: “allá está bueno, pero es una mierda; acá es una mierda, pero está bueno”).
Y aquí cabe una digresión: una digresión a lo que quizá sea el centro del problema.
El programa: es un modo de pensar, un mandato, un formato de concepción del existir, que prediseña la vida. Por eso la niega como experiencia.

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El Mundial, por ahora, es un acontecimiento programático; ojalá el fútbol haga que pase algo. La economía programática es una economía (contaba el historiador Ignacio Lewkowicz que Mao se peleaba con Stalin por la planificación centralizada: si bajaba programada desde el Estado, o si se elaboraba tomando como data base el vivir improgramado del pueblo… Los chinos hacían grandes parques sin caminos, y solo al par de años el Estado “construía” los caminos que la gente había marcado).
Ahora, programa y capital tienen afinidad electiva. El programa prediseña la vida; es vida ya-vivida, vida sin sorpresa, sin no-saber. Y el  capital por su parte es trabajo muerto acumulado: es decir, también, vida ya vivida, que se invierte para que proyecte vida futura. El capital, trabajo muerto, ya hecho, se invierte, y produce vida ya hecha.
Programa y capital, además, implican fetichismo. Fetiche de la concentración del tiempo de trabajo ajeno (capital), y fetiche de la imagen de vida que existe –como mágicamente- antes de la experiencia (programática).
Es desde aquí que hay que comprender las movilizaciones sin programa. Con vindicaciones, sin programa. Sin un saber pre-hecho sobre a dónde quieren ir.
Esto habilita confusiones, por supuesto (si las movilizaciones “son de derecha o de izquierda”); habilita la ambivalencia de la multitud.
Pero hay que comprenderlas desde aquí porque desde aquí puede vérselas como un arrebato neto contra el capitalismo, contra la subjetividad que el capitalismo produce y requiere: la subjetividad programática.

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Son movilizaciones contra la succión que traduce el valor de la vida-experiencia al código vida-valor, es decir al capital, y que lo proyecta como programa traduciéndolo al código de vida-imagen.
Son una presencia prepotente contra programa sabiondo. Un nosotros-ahora-acá que vale más que el gran relato del primer mundo.
Tuvo que aparecer el fútbol para que los brasileños hicieran intolerable esta concepción de su vida.
Fue sólo cuando se puso al fútbol como convertor de la vida-Brasil en marca de jerarquización nacional en el concierto de la fluidez de negocio global, que se dijo ya basta.
¿Dónde está la vida?, dónde está en juego la vida, aparece como una pregunta-disputa, una pregunta grito de combate. Grito del pasado, el presente y el futuro hacia el presente. Gestas multitudinales que arrebatan la vida-Brasil del altar donde manda el estatus de la marca Brasil.






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