Tuesday, March 03, 2015

Gracias Román. Belleza y disidencia.



Lujo Riquelmeano 
 
Es una historia de amor de punta a punta. De amor, de belleza y de pensamiento, de inteligencia sostenida con fuerza ante la estupidez ambiente. Una historia, también, de justicia, de violenta, disputada justicia. Gracias Román, gracias por tanta hermosura, gracias eternas por tu gracia eterna. Acaso el primer crack del fútbol argentino en retirarse con una carrera íntegramente observable en internet. Sea. Es mirarte y mirarte y mirarte y no poder parar de llorar, no querer parar de llorar porque este llanto es signo de un querer tan intenso, un querer que empezó cuando entraste por primera vez a la Bombonera repleta y que desde entonces cocinaste con tu juego al punto de lograr que convivieran en este querer tanto una expectativa constante, suprema, elevada, como una sorpresa anonadada una y otra vez. Expectativa y sorpresa; gracias a acostumbrarnos a que lo esperable a esperar sea lo inesperable; gracias, Román, maestro -desde el fútbol- de la vida.
No hay otro jugador en la historia de este juego que en su partido debut, adolescente entre monstruos, haya sido ovacionado, su apellido coreado por sesenta mil personas, dos veces, durante y al terminar el partido: es evidente, el pibe plantó una diferencia sustancial, una verdad distinta e indiscutible, un modo de ser en el campo que elevaba al propio campo a una versión mejor. Entró con diez compañeros y once rivales, entró con sesenta mil hinchas y él veía más que todos e imponía su lucidez. Qué calidad. Toda la vida para extrañarte. Para seguir encantándonos con tu juego, tu enorme tacto, tu magia y tu superioridad ética, hecha de cuidado, respeto, honestidad, generosidad y, quizá sobre todo, lujo, esa decidida atribución.
El lujo riquelmeano no es, como el lujo capitalista, el accesorio innecesario y ostentoso de algo que está aunque -o para demostrar que- sobra; no, es un lujo dado por asumir que las cosas, dentro del juego que planta reglas, valores y necesidades, pueden hacerse de cualquier manera, cualquier manera que se logre cumplir físicamente; un lujo donde el cuerpo es vector de liberación al interior del régimen reglado. El lujo de Román es hacer lo más simple, que no solo no es en absoluto lo más fácil, sino que suele ser invisible tras el barullo de los cálculos y la programática. Con la mano nada, con el pie y la cabeza, cualquier cosa. La ética lujosa de Román reivindica a las reglas como promotoras lúdicas, y no como versión simpática de la ley que monta un imperio de lo posible. En sus antípodas está el objetivismo futbolero, donde las reglas determinan un repertorio de conveniencias corporales calculables, dando lugar a un aburrido rendimentismo calculable y matrizado, del que un ejemplo era la concepción del juego ejercida por el loco Bielsa hasta su rotundo fracaso en 2002, o el estilo de Juan Sebastián Verón, que hacía todo bien sin sorprenderte jamás.
El lujo abre espacios, ensancha el propio tiempo, corta bloqueos con atajos. Román es un habilidoso que siempre piensa en el otro, siempre ve al compañero en su potencia antes de que lo perciban los contrarios. Piensa también en el arco, en culminar, y por supuesto, en defenderse. Porque es mentira que Román no defiende, defiende con la pelota en los pies: ese es su modo de pensar en los contrarios. (Esto es lo que no entendió Pekerman cuando lo sacó de la cancha mientras le ganábamos a Alemania en el mundial 2006, para poner al eficiente y predecible Cambiasso)


Alegría del cuerpo común (contra la felicidad jetona)

Bajador de línea, Román: un tipo que, en ese nivel de exposición, de llegada, habla una y otra vez de disfrutar, de sentirse feliz durante el partido, de hacer las cosas bien. Poner la felicidad como valor público, y a la vez mostrar, claro, que la felicidad no es un jovialismo tontolón, no es una imagen de superficie plena; es jugar mucho y lo mejor posible. La buena felicidad no se nota porque es una dimensión de la práctica, en nada vinculada con los códigos establecidos de la gestualidad. Román es feliz jugando y sale en las fotos con cara de orto: porque se expande haciendo lo suyo y en el momento capturable está incómodo.

Nadie mostró más que Román toda la belleza y la fuerza de la pelota, después del Diego -otro juvenil del Bicho, campeón con las camisetas de Boca y de Argentina, otro muchacho de clase trabajadora del conurbano y que llevó a un equipo europeo subalterno al momento más importante de su historia-, ambos hombres que resultan problemáticos para las leyes de los campos que habitan, tanto el del verde césped como el de la interacción social general; hombres-problema, no simples “incluidos”. Es que el esplendor con la redonda, esa sabiduría intuitiva del cuerpo, esa danza con pelota y rivales (muchos juegan al fulbo como un combate con pelota), que es la que produce esta emoción estética inmensurable (lágrimas de alegría en un ojo y de tristeza en el otro, por Román y su retiro), toda esa irreverencia y autoafirmación y libertad del cuerpo, no es algo que se activa maquinalmente en el campo y se apaga afuera, no son aptitudes profesionales: son modos de vivir. Que enamoran.
Amor, porque ver el movimiento de su cuerpo llena de alegría al mío. No sólo por ser de Boca -de hecho, es el jugador del fútbol argentino, nuevamente después del Diego, más apreciado por hinchas de clubes ajenos al suyo, y que, dicho sea de paso, con su exquisito materialismo pedestre demuele ideales respecto de las idiosincracias lúdicas de cada equipo1. Juan Román Riquelme: un tiempista en el vértigo, un omnisciente de la cancha, un pie con más tacto que muchas manos. Un espacialista, también, que, como dice Gustavo Varela, produce un agujero en el campo, ahí donde está él y cuida la bocha. Su juego excelso y eterno no es producto de una superfuerza física ni de una supervelocidad, tampoco de una supercorrección técnica o táctica. Es simplemente la tozuda investigación a fondo de lo que puede su propio cuerpo. Un cuerpo de hombre común, es decir un cuerpo único e irrepetible, a diferencia de los repetitivos cuerpos de superhombre que -vimos en el Mundial- son el horizonte actual de la industria del fútbol. Cuerpo grande, que ocupa bastante espacio y por tanto se preocupa y ocupa de tener el espacio que necesita, cuerpo cansino que usa su máxima velocidad sólo cuando es imprescindible, que como no le gusta correr por correr, logra insuperable precisión para dar el pase, y que como no vencerá en cantidad de movimientos a cuerpos más cortos y crispados, tiene entrenadísima la inteligencia de la adivinación. 
La pelota se alegra cuando llega a sus pies.
A lo que voy: todo lo que hace Román es entendible por nosotros, a diferencia del Diego que es de otro planeta, de Messi que es más rápido que el entendimiento, de Bati que es más fuerte que lo que podemos imaginar; lo que hace Román es entendible para cualquiera de nosotros, y por eso nos alegra: nuestro cuerpo puede sentir la inteligencia de él. Y, así, sin enunciarlo, Riquelme moviliza la cualidad más cara de las condiciones comunitarias: sentir la existencia del otro y disponer al pensamiento para entenderla.
Esa es la escuela de Román. De mirada seria. Así se templó su juego: “a mi viejo le gusta mucho el fútbol y siempre me iba a ver. Es mi mayor crítico, siempre me decía qué cosa podía hacer mejor”. Mirado, observado por un padre tan amante como no condescendiente, amorosa mirada exigente y honesta, que lo deja hacer con lo suyo -el balón- para luego compartir su alegría sin dejar de decirle, cada vez que le parece pertinente, “podés mejor”.
“Mi familia me hizo bostero y los hinchas de Boca me hicieron mucho más bostero”. Una historia de amor de punta a punta.


Espacio propio (campo y habla) 

Un agujero en el campo de juego, dice Varela, un agujero donde la pelota desaparece para el rival y reaparece en el lugar que, durante el azoro y desorden de los contrarios ante esta exclusión de la pelota, devino el mejor para la ofensiva del equipo de Román. Mata el tiempo para que su cómplice -un compañero o la misma pelota-, exento de la detención, logre un plus de espacio. Un agujero en el campo, un espacio excluido, un espacio privado para los contrarios, eso arma Román. Más que ser él la continuidad del campo de juego, convierte una zona del campo en la continuidad del espacio privado de su cuerpo. De ahí su gesto típico de cuidar la pelota, de rodearla de un campo energético donde no entra nadie. Porque nadie sabe tratarla como él. Su gesto eminente no es -como Messi- de llevarse la pelota a otra parte, de escabullirse y escapar con la pelota, es de hacer patinar a los contrarios en torno al espacio que él está protegiendo, donde dejar en paz a la pelota para que pueda ella misma mostrar la línea de su óptimo devenir. Messi, como dice Ezequiel Gatto, arranca directamente en su máxima velocidad; Román dice “pará, pará”. Pará que vi algo… Incluso su festejo ha consistido muchas veces en ese gesto excluyente, cuando decidió con quién o cómo quiere festejarlo y entonces corre poniendo la palma de la mano hacia adelante, diciéndole a los compañeros “pará”, impidiendo que lleguen a su cuerpo hasta que él haga lo que quiere hacer. Salva un espacio de la inercia general de las fuerzas. Así juega; así, también, habla.

Y cómo habla Román. Como juega: dejando pasar, con esfuerzo mínimo de su parte, a los que vienen con una idea tarada, dejándolos pasar al vacío que los tracciona. Román habla, habló mucho durante su carrera; el lugar que ocupó durante dieciocho años (el jugador con más partidos en cancha de Boca, por cierto que en tiempos de fugas y fugacidades) lo hizo tener que hablar mucho. Ahora bien, supo forjar una destreza lingüística para hablar sin hablar de lo que no quiere, para hablar cuidando el espacio propio (pará, pará), el espacio de salud de la vida íntima -personal, familiar, amistosa, del plantel- del mismo modo que cuida jugando el espacio de salud de la bocha.
“Para ser el diez de Boca hay que estar un poco loco”, explicó una vez ante la sonsera (cuando volvió a Boca después de haber declarado que no volvía más). Lógicamente, ser el diez e ídolo del club más grande del país más futbolero del mundo, inevitablemente implica la creación de una subjetividad por así decirlo experimental, una psique que no será normalita. Mucho tuvo que explicar ante la sonsera. El habla periodística, sobre todo pero no únicamente en el fútbol, es una máquina de hiper-expresión, una máquina de saturación del espacio, que produce, a la vez, un silencio, en tanto impide que consistan palabras sensibles, palabras que digan cosas amarradas efectivamente a los cuerpos. Es el pacto de la palabra vacía, que permite ver horas de tele e internet y no escuchar ni leer ninguna declaración que realmente mueva algo, donde decir sea un acto y no mera actuación. En cambio, muy en cambio, Román sostuvo una manera de hablar que, diciendo menos, eludiendo preguntas desubicadas, etc, mueve más, ubica más. Aferrado a la literalidad de las palabras -una inocencia-, emplazado siempre en el lugar que habita, Román contesta dejando en orsai a la compulsión mediática; con simple sensatez y ubicación, deja en evidencia la estupidez ajena. “Román, ¿habrá vuelta olímpica el domingo”, le pregunta Tití Fernández después de que Argentina ganara la semifinal de la Copa América; “Y, alguno de los dos va a ganar”. Ya en su debut en primera, un Periodista se acercó a entrevistarlo al terminar el partido porque había sido ovacionado por la hinchada: “Riquelme, qué se siente, es la primera vez que jugás en esta cancha…” – “No, jugué un montón de partidos en reserva”. O al final de su tiempo en Boca, apenas terminó con triunfo un partido -contra Quilmes, creo-, Mario Cordon se le acercó en el pasto y le preguntó “¿Qué vas a hacer después de junio?”, refiriéndose a si renovaría o no su contrato, a lo que Román contesta “A vos no te gusta hablar de fútbol, ¿no?”. O bien cuando el horrísono y maligno Fernando Miembro le dice (también en la antesala de la renovación de su contrato con Boca): “Yo quiero preguntarte si tu futuro contrato es por dinero”. “¿Y qué querés que pida, dos bolsas de papas?”, contesta Román. Es realmente difícil mantener una cordura, una sensatez tan firme ante la catarata incesante de estupidez.
Sabe y enseña, Román, que el nivel de mega-exhibición es desquiciante, y que también resulta un campo de combate -contra la palabra vacía, contra la indistinción de los espacios, contra la espectacularización de la intimidad, contra la estupidez, en fin, contra las fuerzas que separan las palabras de las cosas y montan el enorme show semiótico que vela lo real; Román contra las fuerzas de abstracción de la vida, realismo pelotero contra realidad mediática. Román hace un mundo mejor.


Siempre jugar

Repasaba Gonzalo Sarrais Alier qué quieren los que no quieren a Román, y en efecto el negativo de Román es un mundo horrible, sin amigos, falso y obediente. Se le ha reprochado que no le gusta entrenar… Román lo dice explícitamente, que no le gusta “entrenar todos los días” (ver el extraordinario documental Román x Román, minuto 1’35”). “Tomé mate todos los días y jugué bien el año y medio”. El mate, que mide las horas vanas según Borges, el mate es artefacto de producción de una demora -como el asado, otro enorme placer de Román, héroe de la ralentización de los flujos de un juego que ha canonizado a la maximización de velocidad, como decía Juan Sodo-. No le gusta entrenar todos los días; “Nos gusta jugar a la pelota”, explica. Es un jugador, no un trabajador, y el jugador trabaja de jugador, como todos realizamos nuestra práctica en el mercado, que la modula como valor mercantil (dinero, imagen, status, poder; actividades cuya inconmensurabilidad es disuelta en la igualdad ontológica del dinero y la imagen). Pero Román nos recuerda que se puede simular la simulación, es decir, que se puede jugar a que se trabaja de jugador, sin dejar de ser eminentemente un jugador.
Una vez sin embargo Román sí apeló a la figura del trabajador. Discutiendo con la razón mediática, en los días en que los periodistas llenaban el gigantesco espacio que se ven forzados a llenar constantemente con presuntas noticias, con presuntos acontecimientos, con el relato de una pelea entre Román y Julio César Cáceres, compañero en Boca. “Yo si tengo que hablar con él lo haré, y, si lo hago, voy a venir la semana que viene y me voy a sentar acá -era una conferencia de prensa- y no te voy a contar nada a vos, ni a vos, ni a nadie, como no les voy a andar pidiendo a ustedes que me cuenten sobre las conversaciones personales que tienen en su trabajo”. Lo que decía de fondo Román era: acá en el equipo somos un grupo y nuestras cosas las tramitamos entre nosotros, es ridículo pretender publicarlas, lo público son los partidos, el juego… Es decir, intimidad y tarea afectiva, situación concreta vs. Espectacularización, respeto por las diferencias de naturaleza entre las situaciones.
Emplea la semántica del trabajo, que es la semántica oficial, porque es lo que la razón mediática (los periodistas como emergentes de una onda que los excede) puede entender. Las palabras de Román pueden ser palabras-palos (como por ejemplo cuando dijo y repitió que no quería festejar ante la barra), pueden ser palabras mimos (“no me voy a cansar de decirles que están relocos, que nunca podré devolverles el cariño que me dan y que este día no me lo voy a olvidar nunca”, cuando se inauguró su estatua), también palabras-celosías. La mayoría de las cosas que dice en respuesta a preguntas periodísticas son obviedades (estoy contento porque ganamos, porque pude ayudar a mi equipo, toca pensar en el próximo partido, el entrenador tomará las decisiones, etc), pero obviedades que la razón mediática hace no-evidentes. De vuelta, Román, inmune al barullo, recuperador de una inocencia.
Es desde acá también que se entiende que renunciara a la selección cuidando a su vieja, y, especialmente, que se peleara con el Diego, primer homo sapiens-sapiens subjetivado integralmente como espectáculo, toda su intimidad como materia pública, justamente por diferencias sensibles en cuanto a lo que se dice a las cámaras y lo que se reserva para el vestuario.

Disidencia riquelmista y debate tribunero

Román sostuvo la resistencia contra la onda encabezada por Mauricio Macri, el espantoso. Riquelme le espetó el Topo Gigo; Riquelme mostró que los “éxitos” son alegrías solo en la medida en que no se desligan de la materia orgánica que expresan, que coronan; que los éxitos son imagen vacía si el modo de vida que quieren representar ve ofendida su sensibilidad. Obviamente no se trata de un militante. Es más: su resistencia consistió en un gesto. Un gesto, nomás, pero un gesto que nos devolvía a todos los hinchas la verdad de que si él era fuerte y podía plantarse ante el millonario, era solo como canal transmisor, condensador de flujos de una fuerza multitudinal, de la fuerza festiva de los muchos. Esas palmas detrás de las orejas sinceran la fuente común y anónima de la energía del astro. Román desestima a los dirigentes y a la barra mercenaria; enaltece siempre al hincha y al jugador. A los simples locos.
Esas mismas tribunas vivieron un debate explícito, con Román como cuerpo que encarna una disputa de valores, durante el primer semestre de 2014. Boca dirigido por Carlos Bianchi, tercer cuatrimestre al hilo con malos resultados, sin calamidades ni catástrofes, pero sin dar con una propuesta de juego consistente. Román jugando partidos salteados, perseguido por lesiones propias de una carrera larga, de miles de patadas recibidas… Román lejos de su mejor nivel, pero aún regalando lujos, aún elevando al campo de juego, aún haciendo jugar a su equipo mejor que en su ausencia. Partido tras partido, en la mítica Bombonera se vivió un debate, un debate propiamente tribunero, con modalidades propiamente tribuneras, entre los que rumoreaban cuando Román perdía una pelota, y los que los callaban y alentaban al maestro. Fue arduo; para los más xeneizes, increíble realidad encontrar auriazules criticándolo. La disputa se traducía también como Riquelme, el ídolo, contra Angelici, otro presidente millonario y nada futbolero, que era el primero en poner en duda a Román. Boca no ganaba, Boca perdía, malos resultados; y, partido a partido, domingo por medio, una tensa situación en la cancha, un enfrentamiento entre partidarios del rendimiento, del resultadismo, y los leales defensores de la belleza agradecidos por siempre con Román; durante varios partidos fue un debate, un desacuerdo entre miles, llamado “Cabildo abierto” por el comentarista Alejo Levandoski en el partido en Boca contra Arsenal, fecha 16, cuando ya era claramente irreversible la mayoría riquelmeana, consagrada triunfante, emotivamente unánime, en el partido final, fecha 18, contra Lanús. Llovía, y Román fue, como siempre, un placer: pisadas y amase, visión dinamizante del campo, amagues y precisión. La Bombonera llena aunque no jugábamos por nada, salvo por la disputa sobre si seguía o no seguía Román. Era mayo y se cantó el himno; Román, parado muy serio, oyó como al canto popular de “¡juremos con gloria morir!” se añadió inmediatamente el corolario “¡Riqueeeelme, Riqueeelme, Riqueeelme!”. Todo el partido fue protagonizado por esa onda de amor y agradecimiento: Riquelme es de Boca, de Boca no se va; y Angelici botón, sos un hijo de puta, la puta madre que te parió.

Su última pelota fue un pase hermoso que dejó a Riaño solísimo en mano a mano: no fue gol, pero fue mejor que muchos goles. Salió en el minuto 89, saludando y envuelto en lluvia y cariño. Finalmente sufrimos: la dirigencia millonaria no renovó el contrato de Román, y jugó sus últimos partidos oficiales en otro club. El pueblo xeneize empezó el torneo post-Román con masivo insulto a Angelici y masivo canto de amor al ídolo. Fuimos vencidos pero no convencidos (ahora el Vasco mandó traer a un enganche de calidad, que escasean, ¿efecto del acontecimiento-Román?, y aún con la millonaria compra de estrellas, juegan en boca muchos pibes y sobre todo, hinchas de Boca). Y triunfó en la cancha la sensibilidad que defiende el lujo popular y afirma que hay cosas más importantes que ganar -o mejor, un entendimiento superior, experiencial y no resultadista, de lo que es ganancia. Riquelme no se va.



Notas
1. Al respecto, hay una clave en el documental Román x Román, donde él cuenta cómo fueron sus primeros días en Boca, aún juvenil, rodeado de grandes jugadores que admiraba. Entre ellos, el emblemático Blas Giunta: “Giunta me llamaba y me hacía sentar atrás suyo cuando jugaban al truco, para enseñarme; y después de los entrenamientos, todos se iban y él se ponía los guantes para que yo le tirara tiros libres”. Ese engarce, ese encuentro, ese entendimiento, esa coherencia, eso es Boca

Saturday, August 02, 2014

Nos tienen adentro (impresiones de Porto Alegre)

Notas del argentinazo en Brasil 2014, para De Pies a Cabeza Mundial 
1. La marea argentina.

Los portoalegrinos no la pueden creer, atónitos por la invasión de “los hermanos argentinos”, Porto Alegre capital argentina de Rio grande do sul, tapa de todos los diarios y centro de los noticieros, habla generalizada y ansiedad curiosa de los transeúntes: el efluvio celeste y blanco se hizo protagonista absoluto de la ciudad que, esta semana, tiene dos feriados (el partido acá de Argentina y el de Brasil emitido desde Brasilia). Y le cambió el tono al Mundial en esta sede por unos días. El lunes que jugó Brasil –y ganó- contra Camerún, la zona nocturna destinada a la sociabilidad mundialera (porque, sí: hay una zona nocturna destinada a la sociabilidad mundialera), consistente en una calle llena de bares que se cierra a los autos, estaba repleta de jóvenes brasileños, argentinos, holandeses, australianos, de clase cómoda, medio en plan viaje de egresados madurón, escabio, banalidad y algún levante, una escena apenas menos pedorra que el festejo de San Patricio. ¿Tanta historia para una especie de clima de hostel ampliado? Al día siguiente, martes, llegó el grueso de la marea maradoniana (sus miembros acaso individuamente no lo sean, por supuesto), y la cosa empezó a cambiar: por la noche (ya víspera de Nigeria), en esa misma calle, con lluvia incesante, el tránsito automotor también estaba cortado pero por una gran banda no de buscadores de limitada conquista genital, sino de hinchas enfiestados, contentados en sí mismos. Hay también predecibles buscadores de lo obvio (las minitas, el bardo), pero quedan desplazados a la periferia de la situación; en el centro, ahora, está este montón de argentos (no albicelestes, estrictamente, ya que muchos tienen las camisetas de sus equipos de acá; afirmados portoalegrinamente en su hermandad) que festejan la presencia, que dejan anonadados a los locales con su cántico colectivo, saltando, arengando; la celebración –autosuficiencia corporal-colectiva– mandó al consumo preformateado.

Bajo la lluvia que no para caer, saltando al grito común de que Maradona es más grande que Pelé, y de que el que no salta es de Brasil, en medio de la tribu distingo un grupo de cuatro o cinco pibitos agitando chochos, que saltan, cantan y también ríen: son brasileños. No son los únicos: prestamos atención y en la masa de carnaval argentino hay, apenas disimulados, unos cuantos brasileños. Vinieron a disfrutar nuestra fiesta, se meten en el pogo que se mueve para acá, se mueve para allá, y tienen una alegría que no se puede creer. La hinchada argentina (que no es “los argentinos”: es esto que les pasa a los-estos argentinos) brinda un oásis orgánico, festivo y de alegre desborde en medio de este maquetado escenario de consumo y ánimo programado. Durante el día, charlando con pibes militantes, nos habían dicho que el piberío portoalegrino anda refugiado en unos pocos lugares de encuentro nocturno, ante el aplastante avance de la infraestructura del mundial sobre la vida común de la ciudad; y resulta que la irrupción de estos miles de argentos, que vinieron sin entradas para el estadio, que vinieron al Mundial pero no al programa de la FIFA, abre una zona temporaria de alteridad afectiva donde los habitantes locales que quedan fuera de la afectividad oficial de la Copa, encuentran lugar de jolgorio jugando a la argentinidad. Todos los argentos que nos damos cuenta -que los oímos cantar en marrado castellano- nos alegramos mucho.

1’. Un rato más tarde buscamos dónde morfar. Somos cuatro: uno, Simón, es chileno. (En realidad, de madre chilena exiliada y padre argentino y vueltos a exiliar, es plurinacional, vivió en México, Chile, Argentina, Chile, España, hasta que eligió vivir en Argentina. Más que plurinacional, apátrida, y, por elección, Bielsista. Hincha decididamente por la roja por cómo juega: bielsistamente. Es, entonces, el chileno.) Buscamos dónde morfar; llueve en la noche de la ciudad invadida, remeras blanca y celeste por todos lados, autos de chapas nacionales, carpas hechas en las veredas, comederos llenos… Encontramos uno: dos cuadras antes ya se oyen los cánticos argentinos adentro. Es un lugar enorme; la entrada está en el medio, da al medio del salón. Muertos de hambre entramos, a la cabeza Simón: tan rotundo que parece adrede, nomás entramos todo el lugar trona un “¡Che chileno che chileno, qué amargado se te ve, si te agarra un tsunami, que te ayude un inglés!”, y continuadamente –con nosotros recibiéndolo en el medio del enorme salón- “¡Chile, compadre, la concha de tu madre!”. Por supuesto, es fútbol, y Simón sabe bancársela; pero su cara me parece no es tanto de odio, ni de sorpresa, sino de inevitables ganas de llorar. No es inimaginable esta tropa argenta aplastándole la cabeza a uno que esté en el piso. Días después todos hinchando por Chile contra Brasil…

1’’. El turismo futbolero tiene mucho de congreso de pícaros de plata y la hinchada argentina tiene momentos nítidos de proto fascismo, pero esto, más que desmentir, revaloriza aún más las fuerzas de hinchismo festivo y fraternal. Porque son fuerzas que alteran a las disposiciones.

Se vieron al día siguiente de nuevo, durante la escena ampliada del partido contra Nigeria, en el llamado Fan Fest. El Fan fest es el perímetro y escenario (en la orilla del mismo lago que el estadio Beira Rio) de una suerte de festival permanente con que la FIFA consagra al Mundial como evento de entretenimiento general que tiene al fútbol como ingrediente. Pero que hoy, acá, se vio desbordado por el río más ancho del mundo, el de la patria futbolera que lo rebalsó con sus banderas, sus remeras, sus payasadas (las pelucas de brillante blanco y celeste), la emoción de su encuentro imposible, tan grande que forzó la colocación de una segunda pantalla gigante, fuera del predio propiamente dicho, para ver el partido; hay treinta mil argentinos dentro del estadio, setenta mil afuera: ¡¿qué carajo hacemos acá, mirá todos los que somos?!, dicen las caras, pero nadie lo dice, porque es un hecho, estamos acá, esto, ahora, es nuestro. Donde mirás, celeste y blanco, caras con gestualidad conocida, pibes tomando fernet, remeras de Patricio Rey, un ligue con esa pelota que tiene Messi, pasa para Di María… “Brasil, decime que se siente/ tener en casa a tu papá” es un enunciado no tanto tierno –en tanto olvida la primacía macaca en el fútbol mundial- sino pragmáticamente performativo: cantar esto acá nos hacer padres, irmaos queridos. Para ellos es una buena noticia nuestra presencia exuberante en medio de este megaevento programático: por las calles (porque la calle deja de ser lugar de tránsito y pasa a ser de habitación), de noche y de día, buscan la charla, el encuentro, preguntan cosas, de todo, no la pueden creer y quieren saber, quieren constatar que sí, que los hermanos argentinos están acá. Y sobre todo, hablan entre ellos, se avisan en las redes sociales, no sabían, se sorprenden y lo difunden, nos paran en la calle (¡nos invitan cerveza, carne asada!) para preguntar, para confirmar y aceptan sin drama, aprenden, se hinchan: Pelé debutó con un pibe.

2. Pelotas y balas 

En la escena del Fan Fest copado, mientras veíamos el partido, un argentino me vio que interactuaba con un grupo de pibes brasileños, de los que aprovechan a la banda maradoniana para experimentar esta alegría, y me dijo “ojo que esos vienen a armar quilombo”. Ciego: los pibitos (diecisiete, dieciocho años) me habían convidado puchos, me regalaron una birra, estaban viviendo un momento especial. Nuestra voluntad festiva produce hermandad aún a pesar del chauvinismo, del resentimiento, del miedo, que no dejan de estar. Ahora bien, esto no debe eclipsar que el enorme dispositivo de seguridad cala hondo en los cuerpos, y, si bien hay algunos quilombetes desmadrados, en general todo mundo, nosotros también, nos sentimos seguros, seguros “de lo que somos” (un efecto identitario innegable y que solo puede durar un rato; identidad de utilidad situacional, apego provisorio), pero también “tranquilos” de que puede abordarte cualquiera y no hay temor alguno; en parte, claro, por la fuerza que implica estar en posición activa, pero también porque sabés que hay una terrible fuerza dura puesta en abortar cualquier bardo dañino apenas empiece: pensemos lo que pensemos del control securitista, incluso aunque le temamos, en principio lo entendemos físicamente, y si no aceptamos esto, no podemos leer nada y la violencia del despliegue represivo se vuelve incomprensible.

Es muy visible la tutela policial de la fiesta programada. Pero la contradicción estética (pelota-balas) parece no arruinar la fiesta de los que la consumen. Luces de espectáculo, calles amplias para la muchedumbre, carteles de algarabía mundialera por doquier, el estadio como enorme cúspide arquitectónica de la condensación de libido colectiva, de la modernidad andante impulsada por el juego, las nacionalidades conviviendo (mucha promoción de la igualdad entre parcialidades nacionales, el mundial como lavado encuentro fraterno multicolor), todo abrochado por milicos armadísimos de estirpes varias, policía militar, policía federal, policía especial, drogocops con el cuerpo más o menos oculto tras los armazones de matar. Pero de alguna manera un consenso logra que las visibles balas no desmientan esta candidez sórdida, esta mueca del placer. Vamos a una manifestación rebelde, pequeñísima; la sostenida y dura represión que sufren las movilizaciones desde el año pasado (no solo en las marchas, sino recrudeciendo en las favelas, y con invasiones policiales en las casas de los militantes), aumentada en la inminencia de la Copa, amedrentó, y por eso hay mucha menos gente en las movilizaciones. Pero también es evidente que el torneo atrae libido general, que es hasta impostado pelear contra la Copa durante la Copa, que no se puede afirmar la intolerancia de un dolor oponiéndose a un placer. Las “protestas” funcionaron con la copa como objetivo mientras estaba siendo preparada, pero una vez en ruedo la pelota, patinan, rebotan, el campo de juego es indemne; las exigencias se reacomodan bajo la premisa de que el problema no es la Copa, sino el capitalismo actual, y aprovechan incluso la Copa como instancia de visibilización de discusiones y vejámenes: en Porto Alegre, el Bloque de Luchas, que articula diversos colectivos políticos, emplea una táctica conversacional, la manifestación a la que vamos se dispersa activamente, en parejas, para interpelar a los transeúntes y hablar. Parece abierto el panorama, con un ánimo general hacia la Copa que, nos cuentan, es mucho menos intenso que en mundiales anteriores (94 por ejemplo), en buena medida porque las críticas al modelo FIFA de desarrollo se incorporaron como sentido común. Si con la Copa la dirigencia brasileña quería instalar al país como potencia, lo que se instaló con las movilizaciones (desde el estallido de junio 2013 hasta su sostén restringido actual) son los dolores que vive buena parte de su población, y la escisión entre los granes tratos del estado mercantil y la vida como experiencia popular. Los planes de asistencia social y la inclusión de millones de pobres en niveles más potentados del mercado de consumo y trabajo oscilan, en la percepción de la gente con la que charlamos, entre ser el corazón de la política del PT, y ser un ingrediente que ayuda a sostener un modelo de capitalismo donde los sectores de riqueza concentrada se bancan cierto desprestigio retórico mientras son los más beneficiados económicamente (los bancos, los terratenientes, las constructoras).

3. Suárez y el Imperio Pantallista

Luis Suárez, heredero de la larga tradición de sesuda antropofagia charrúa; Chiellini la sacó más barata que Solís, pero al marino aunque sea tuvieron la deferencia de matarlo antes de hincarle el diente. Suárez, desde aquella mano en 2010 contra Ghana, prócer; primero Suárez, después Artigas. Igualmente, la devoción argentina por la celeste es muy sintomática: ponderamos las virtudes con las que no toleraríamos contentarnos nosotros (pegar, ser ascéticos, pobres pero serenos, etc). A Inglaterra y a Italia, Uruguay, es cierto, les ganó con el alma. Potencias económicas, potencias militares, el paisito se plantó como potencia anímica. Pero Colombia aguantó las patadas, los pisotones, el resentimiento violento oculto tras la modestia nacional, y les ganó con puro fútbol, con fantasía y magia futbolera; su propuesta no sólo excede la fortaleza física y el cálculo táctico, sino que hasta la sutileza técnica es poco para referirse al fútbol que apuesta decididamente al talento, a la inventiva de cuerpos educados en bailar. Pero volvamos a Suárez, el gran escándalo. Suárez, parece, le pasa algo, no puede aguantarse, le cabe morder, le tira el diente, el cuerpo del otro como instancia de bocado… No es ni venganza, como el sublime cabezazo de Zidane, ni provocación (como aquel dedo en el orto a Román), es incontención: y, en efecto, eso es festejable, acaso no tanto él como atrevido, como el juego en su capacidad de producir desmesura, la pelota llevando los cuerpos a sus extremos. Ahora bien, la mordida pasó a un segundo plano, y más información hay en la sanción. Crueldad de separarlo de los compañeros; la FIFA criminalizó, embargó, y psiquiatrizó. Cuerpo, billete, cerebro… Pero, ¿por qué tamaña sanción? ¿Cuál es la ofensa, dónde está la proporción? No en el hombro de Chiellini, que sigue cumpliendo su función y a esta altura no debe ni dolerle (nada comparado con quedar afuera en primera ronda…). La dinámica estrictamente “deportiva” del juego daña mucho más los cuerpos que esa mordida (por las patadas, pero también por la autoexplotación rendimientista; Medel contra Brasil, por caso). No: lo que la FIFA sanciona es que alguien actúe desoyendo la visibilidad permanente en la que ella manda. Suárez sustrajo su cuerpo (y el de Chiellini) del imperio pantallista: eso pagó tan caro.

4. Destribunización

Antaño para hacer un Mundial había que aumentar la capacidad de los estadios, construirles tribunas nuevas, producir espacio; ahora, para estar a la altura de hacer un mundial, Brasil tuvo que achicar sus estadios para que sean mundialistas. Lo que anticipó Bilardo –hay que aceptarlo- hace vaya saber cuántos años, “vamos hacia estadios de treinta o cuarenta mil personas y todo centralizado en la transmisión televisiva”, es una de las grandes consagraciones de este Mundial. Una destribunización del fútbol. Hoy –Argentina vs Nigeria- se vio desbordada, esa destribunización, y el “Fan Fest”, kermese de divertimento programado, fue una gigantesca tribuna (rebalsado, con una enorme ranchada afuera que forzó pantalla adicional). A la pantalla los argentinos le gritan, la putean, la alientan, la aplauden, todo como si estuvieran en la cancha, y se abrazan entre sí, y comentan jugadas entre desconocidos… La pantalla es un puro medio; se la niega: la usamos para estar en la cancha. Y en reverso, en la cancha la pantalla tiene un lugar supremo: muestra el partido, pero cada vez que muestra hinchas, los mostrados se ven y festejan a lo más. Acá dice el compa Leandro Barttolotta: ¿hay ser humano más abyecto que el que festeja cuando lo enfoca la cámara mientras se está quedando fuera del mundial? Esos hinchas cumplen su rol, se ponen a la altura de la representación. Festejan, saludan, felices, agradecidos. Antes (y antes es una dimensión del presente, minoritaria) la cancha era el lugar de realidad suprema, y la tele una representación subsidiaria; ahora (la faz dominante del ahora), ir a la cancha permite acceder a la superficie de realidad suprema que es la pantalla. En la transmisión de los partidos –esto también se viene comentando bastante-, presentan las formaciones de los equipos mostrando cada jugador haciendo el mismo gesto: parados de perfil giran para mirar a la cámara cruzando los brazos: es como la play station, o es la play station en su cúspide. Las cámaras hiper lentas, maravillosa tecnología de visibilidad, también emulan el control total sobre el acontecimiento imaginalizado (hecho imagen, Pablo Hupert dixit) que es concebible desde la consola de juegos, desde la realidad virtual. La carne sirve para su representación. Por eso los seudo hinchas festejan, porque cristalizar su participación en el simulacro, que es su verdadero acontecimiento (superando a Debord, lo falso es un momento de lo verdadero); ser apantallados es el mayor rendimiento que puede darles la cancha. Simuladores, viven de nosotros, de nuestra pasión; son hinchas anodinos, sin dolor.

4’. Arbitros conitos. El imperio pantallista tiene otro efecto: los árbitros, en este mundial, obstaculizan con su cuerpo las jugadas, como nunca. Es muy notable, quedan en la línea de pase, les pega la bocha, obstruyen la visión de los jugadores, en casi todos los partidos. En el régimen de visibilidad total, su labor queda expuestísima, entonces los tipos quieren estar al lado de la pelota, en el núcleo de la jugada. Hace poco un amigo viajó en bondi de larga distancia con una terna arbitral, y le sorprendió que hablaban de que iban “a jugar”: es que el referí es parte del juego (aquel, acaso, que ama tanto pero tanto la pelota que se banca no tocarla y que lo insulte la masa con tal de estar ahí cerca), y ahora les ponen máquinas para que hagan parte de su tarea -otra consagración de este mundial-, máquinas que pasan a ser su parámetro de medida, máquinas que los empujan a estar tan cerca de la pelota que interrumpen el juego.

5. Congreso de hichas 

Nunca hubo una localía argentina como esta. “Argentina juega de local en el Bela Río”, dice la tele gaúcha, y es aún más fuerte que eso: acá, en Porto Alegre, se arma un suelo argentino futbolero que no existe nunca en otro lado. El fútbol argentino rivaliza las regiones; incluso cuando juega en Buenos Aires la selección, si aburre, hay cánticos entre bosteros y gayinas. Pero cuando “une”, cuando estamos todos contentos con la selección, es cada uno en su lugar, y ver a los compatriotas por tele. Acá en Porto Alegre llegaron autos, combis, motos, aviones llenos, camionetas, bondis repletos, grupos de amigos, pibes y ex pibes futboleros, de Santa Fé, de Córdoba, de Mendoza, de Jujuy, de Quilmes, Paternal, Lanús, Mar del Plata, Río Cuarto, Formosa, Rosario, de La Pampa… Las camisetas de los clubes, que hay muchas, funcionan para eso: no tanto para distinguirse opositivamente dentro de los argentinos, como para nutrir a la marea albiceleste de anclajes situados. Unión, Instituto, Gimnasia de La Plata y de Jujuy, Defensa y Justicia, Central, Aldosivi, etcétera. El fútbol argentino es esto: multitudes de tribus que se autoorganizan y salen y vienen y van, que arman su campamento con ferné, morfi, carpas que se ponen en los parques, en los estacionamientos, bajo la lluvia… Esto es el fútbol argentino, esta es la energía que lo hace existir. Y este es el sustrato que insufla las canchas brasileñas con un soplo monumental y empuja, empuja a ese equipo de argentinos jugadores –pibes que tan pronto se fueron a tierras más ricas- a jugar mejor. Los jugadores son millonarios, pero son solo eso, son pibes millonarios, y el ambiente aquí enfatiza su pibismo, y los argentiniza, entonces los vemos protagonizando mesas de asado compartido y cantos de hinchada (de hinchas) que los enfervorizan: ídolos del neocapitalismo, tomados por fuerzas plebeyas.

6. Táctica y actitud; el efecto de la hinchada.

En el primer partido, con Bosnia, Sabella puso cinco defensores con la idea de que los laterales ataquen. Subían cada vez que teníamos la pelota, entonces Mascherano, siempre pensando más en nuestro arco que en el contrario (aunque hoy contra Nigeria le puso gran pase a Di María para el primer gol), se metía atrás entre los centrales, de manera que quedábamos sin referencia clara de salida por el medio del campo, y Maxi y Di María quedaban amontonados con Zabaleta y Rojo, Messi tenía que abajar hasta el círculo a buscarla… Sabella apostó por el desborde y no por la creación.

Mejoramos apenas con Irán, con Gago hay más salida y con Higuaín, si Messi baja tiene más terreno por la opción de pase a los dos puntas. Y mejoramos más hoy con Nigeria: con Irán Mascherano y Gago se quedaban como “últimos hombres del ataque”, sin avanzar ellos como opción de receptores, lo que tornaba al equipo predecible y estático, mientras hoy Gago se movió un poco más yendo a buscar devoluciones, y, sobre todo, Di María anduvo bien suelto para no solo ir al fondo contra la banda izquierda sino encarar la cancha de frente por el medio con la pelota al pie; incluso hizo fantasías con Lavezzi por derecha. Se supone que el equipo que no tiene la pelota se cansa más; pero como plantea el partido el equipo de Lionel, los delanteros nuestros, así como los “mediocampistas” (que en realidad no tenemos, porque Mascherano y Gago son contenedores, y Di María es un atacante jugando veinte metros atrás), tienen que moverse permanentemente para dar opción de pase y movilizar la estructura defensiva del rival, llena de hombres, para que muestre grietas por donde colarse. Agüero no lo viene entendiendo (tuvo dos jugadas buenaws, a lo más, en tres partidos), lo que es raro; Higuaín hoy jugó para el equipo. Como sea, a lo que voy es a que el cambio del planteo táctico, de Bosnia a Irán, modificó menos la creación de volumen de juego que el cambio actitudinal visto hoy ante Nigeria, el cambio modal: moverse, buscar, agitar para provocar posibles donde no los hay. Pasar la pelota pero no solo entre las posiciones programadas por la táctica; ya con Bielsa nos fracasó la ofensiva programática (de cuyo fracaso aprendió Pekerman). Pasar la pelota para tantear la defensa rival, sus líneas de ensamble, para que insinúe sus inconsistencias, lugares desde donde pegarle, puntos donde meter un sombrero o un pase en cortada, un pique corto… Todo esto no depende de dónde están parados los jugadores en el planteo, sino de cómo están donde están. Del ánimo. Confianza en la creación inmanente y atrevida por sobre la planificación calculada. Y esto solo se explica por el aliento que baja de las tribunas, esas tribunas que, a diferencia de lo que pensábamos hasta no muchos día atrás, no se limitan a gerentes, barrabravas y algún sacrificado que tuvo suerte en el sorteo (el sorteo, esa radical rotura del código futbolero de acceso al estadio operada por la FIFA), tribunas esas que no son solo las tribunas, sino el aliento traficado de manera complejísima por los cuerpos en complicidad, que envuelve la situación: estos pibes, nuestros jugadores, representantes de la patria futbolera, no lo viven en Europa; el Mundial les da eso, y nos los da a ellos hinchados.

Friday, April 04, 2014

Ignacio Lewkowicz


Hoy se cumplen diez años de la muerte trágica de Ignacio Lewkowicz y Cristina Corea, y no hay nada que pueda decirse, pero tampoco puede decirse nada. No hay nada que pueda hacerse ni decirse desde el momento mismo en que lo real mostró sus garras, la radical ausencia de cualquier justicia humana en el ser de las cosas. La lista de todo lo que quedó trunco –libros impresionantes, asados, caminatas…- no puede hacerse. Es una vida, es un mundo, es un infinito que no está. A la vez, es el destino que nos constituye, a los afectados. Personalmente, hoy creo que todo lo que hago, todo lo que hice estos años, no podría ser sin Ignacio; que todo porta un íntimo y absoluto agradecimiento. Lo que hoy es notorio en cada “lewkowicziano” que tuvo una relación personal con él, ya lo era con Nacho vivo: todos sentimos no sólo que teníamos un vínculo, sino que éramos especiales para él, con él. Y en todos o en muchos casos es cierto. Nacho nos hacía especiales, porque su mirada devolvía intensidad, hondura de verdad; su mirada te veía –nos veía- viviendo infinitas veces, retornando eternamente. Nacho hacía que el mundo mismo fuese más importante. ¡A seguir! Y olvidemos, porque es imposible olvidar.

Artículo publicado en Campo Grupal:

Inconmensurable
A diez años de la muerte de Ignacio Lewkowicz; Homenaje mínimo

1
Diez años sin Ignacio Lewkowicz no es una formulación correcta estrictamente; más bien, van diez años con Ignacio muerto. Su sombra, su estela, su fantasma está presente porque tiene efectos que lo tienen como causa. Ignacio se metió en las cosas, y mientras algo de las cosas guarde la forma adquirida en diálogo con Ignacio, él está presente. En modo potencial: lo que Nacho pensaría, lo que Nacho vería, lo que Nacho diría (y lo que le diríamos y…). Es, Nacho Lewkowicz, más que un autor que dejó textos, un lugar del pensamiento, de muchos pensamientos que se elaboran contando con su mirada imaginaria.
Escribir y sostener conversaciones (extensas, consecuentes, rigurosas, múltiples y paralelas, atentas, entusiastas, etcétera), fueron el portal metódico por el que Nacho se introdujo en las cosas. Acaso no se trata entonces de buscar efectos directos, más o menos miméticos, del pensamiento expresado de Ignacio (muchos están a un click), sino de percibir la frecuencia en que afecta escenas íntimas de pensamiento. Imaginada, la cara del maestro habilita pensamientos que por supuesto no son suyos. Su cara -robada a lo real, reproducida por la energía eléctrica neuronal en que transformamos la comida que consumimos, imagen mental guardada bajo bombardeo incesante de imágenes en la ciudad y la mediósfera; su cara eterna- es un lugar productivo. Atribuyendo a su mirada la potencia pensante, la misma que se lee en sus escritos: porque al leer sus obras, se lee lo que dice y se lee su potencia de decir. Cada afirmación, cada análisis, cada expresión dice lo que está diciendo y a la vez afirma una operatoria de pensar; el pensamiento como actividad implacable y única arma imprescindible para la vida. Imprescindible, no garante.

2
Lo que Ignacio llamaba el pensamiento puede reducirse a un gesto básico: no aceptar verdades previas sin probar los términos de su articulación enunciativa. No hay escena en que la verdad sea tal sin atañir a alguien. Digamos, la verdad implica un concernimiento subjetivo, con perdón del término (porque desde Ignacio, hay que tratar de no decir “subjetividad” ni “subjetivación” salvo que sea insoslayable, ya que se corre alto riesgo de enjergamiento). No hay verdad sin sujeto (aunque puede operar como verdad trascendente, pre-subjetiva, o bien con el sujeto atañido en lugar de causa). Ese sujeto, cuyo concernimiento práctico es consustancial a esa verdad, debe hacer la experiencia de enunciarla –que al fin y al cabo la verdad es afirmación y la afirmación es traducible a enunciados; así trabaja el entendimiento. En esa experiencia enunciativa se detecta lo activo y lo obsoleto.
Así asume una extrema y permanente inseguridad, que es el garante de su potencia y autonomía. La inseguridad fértil del que siempre se guarda la pregunta “¿estás seguro?” Pensar: hacer la experiencia –mediante el lenguaje- de la donación de sentido. Mediante el lenguaje en tanto el lenguaje es una dimensión material –sonido, tinta, bits…- de la comunicación sensible; a través de la consistencia del lenguaje, de las palabras como materialidad del pensamiento, se vuelve palmario si los cuerpos reales aludidos están ahí o lo único que hay es palabras volátiles, multiplicadas cual finanza, palabras desligadas de todo valor carnal. Hay una verificación estética -del tino de lo dicho- y también una verificación corporalista: en tanto moviliza cuerpos (produce encuentros…), lo dicho se muestra cierto.
Por eso el pensamiento es una actividad historiadora: se releva qué partes de una situación están vivas, tienen efectos, y qué partes que se muestran presentes no son sino lastres, obsolescencias que todavía están pero no arman tendencia (en ese sentido, no arman sentido). Las mutaciones de las cosas bajo la apariencia de mismidad esencial dada por la permanencia de las palabras que las nombran; o las mutaciones de las racionalidades ambientales que traman a las cosas –incluso a los mismos elementos- con otra lógica de sentido. El pensamiento es la actividad de enunciar el mundo –pero nunca “el mundo”, sino situaciones, problemas, cosas, mundos puntuales, o sea el mundo desde un punto equis- prescindiendo de todas las palabras ligadas a lastres, solo hablando con palabras en las que las cosas se iluminan. Es ahí donde Ignacio funda una confluencia entre estilo e historiografía. (Los ejemplos son muchos; el acaso cúlmine haya sido la semántica de la fluidez. O el sintagma “pensar sin Estado”, que entre otras cosas invita a pensar sin Estado que hay Estado. O la figura del nosotros, “nombre propio de la fiesta” y principio de toda acción reivindicativa. O…)

3
El efecto suculento de Ignacio, el grado en que agitó a tantos espacios, circuitos y personas, no se debe solo a lo agudo y acertado de sus diagnósticos, a su capacidad de despejar la paja de lo que pasa. No: se debe a su carga liberadora. De que no hay prestigio mayor que el de pensar, y pensar podemos hacerlo cualquiera. No importan los temas, importan los modos de pensar, decía. Marxismo, filosofía, ciencia política, psicoanálisis: insumos, no metas. Los problemas son lo que importa, problemas de la época que te toca, y que te toca por una compleja red de vasos comunicantes. La sensibilidad.
El pensamiento es una actividad, no una disciplina. Nacho era historiador y había comido mucha filosofía, mucho marxismo, psicoanálisis, antropología, borgismo, epistemología, Redondos, semiología… mucho; todo, acaso, como “rama de la historia”. Pero su insistencia en la tan general figura del pensar es un gesto divino y democrático, y prudente de no asociar el pensar –si se quiere, y para el caso, la producción de verdad- a ningún rubro, ningún espacio institucionalizado; el pensamiento no se identifica (con profesión o especialización alguna).
Es más bien gracias a dejar que el pensamiento esté al servicio de las necesidades del instinto, de que nuestra parte bicha marque la agenda, que Ignacio atinó tan fuertemente en tantos pensamientos concretos, sobre el estatuto del Estado, sobre los territorios de consistencia ontológica de la política, sobre los mecanismos del padecimiento contemporáneo, sobre los resortes efectivos de la subjetividad, y cosas (etimololgía de “etcétera”). Es decir: lo que sabía Ignacio era inconmensurable, una erudición única, pero lo más especial era que lograba que todo el saber que portaba no le impidiera pensar ágil, se diría libremente.

4
Lo que se perdió es inconmensurable; no puede medirse ni siquiera calcularse. Nacho había pensado que hay un sujeto [activo, vital] del morir. Pero no en la tragedia, no en la pura violencia estúpida de las cosas. Lo conservan y reproducen la academia y el sistema editorial -huelga aclarar que no está mal, aún con la inevitable cosificación-. Lo que no huelga recordar es que Ignacio forjó su singularidad a distancia de la academia –incluso a distancia adentro-. Por ejemplo:  “Mi ventaja sobre mis compañeros en la carrera –decía- eran dos: tener siempre una birome de un color para lo que decía el profesor y otra de otro para lo que pensaba yo, y juntarme siempre con tres compañeros una vez por semana para pensar, ya, como historiadores, pero de los temas que fueran; nos juntábamos los lunes y hablábamos de fútbol...” De ahí, de esa ética que se arma –de herramientas y prácticas y lugares- para no incorporar sin pensar, de ahí al lugar que él armó como pensador profesional, su Estudio, hay pasos bajo la misma lógica, la misma ética, la misma inteligencia. Un lugar donde pensar implique hacerse una concepción propia de lo que es pensar.
El sitio web del estudio hace años que no está más online. También el libro en proceso La era de la fluidez, de “presentación orgánica de la teoría”, como él decía, quedó trunco. Dicho sea de paso, ese libro Nacho lo escribía, con un plan de índice elaborado, dictando la prosa de cada página. Lo decía, más que escribirlo. Sin sentarse siquiera: un pensamiento de la historia del cuerpo activo, un pensamiento del cuerpo activo de la historia, arrojado al mundo para poder pensar todo el tiempo –en todo lugar- el presente. La era de la fluidez lo escribía dictando a un grabador pero con la presencia, también, de un colaborador amigo: “Tiene que haber una cara –decía-, si no me embolo”. Siempre se piensa con alguien

5
Queda también la memoria vital: la memoria que olvida para que permanezca lo que tiene presencia porque trama actualmente al cuerpo –es decir al pensamiento-. La memoria cuya fidelidad consiste en olvidar, para que quede lo que nutrió porque se hizo máquina, se hizo cuerpo. Cuanto más nos alejamos de Ignacio, más lejos lo llevamos. El legado es incalculable. Lo que se perdió de Nacho es inconmensurable; lo que hay también.

Agustín Jerónimo Valle






Friday, November 08, 2013

El gran tren de la Madre Rusia



Texto de AjV; fotos de Julián Díaz. Publicado en revista Viva


El gran tren de la madre Rusia mece en su andar a los pasajeros de la noche. Cuando el nuevo día se forma, es fácil engañarse y sentir que no hubo tiempo, que las horas nocturnas fueron aceleradas y el tren sigue entonces en el mismo lugar y por eso la ventana muestra el mismo paisaje de estepa, árboles flacos y pastos magros, nieve tozuda de primavera y barro y lomas al infinito. La extensión de lo mismo es inconcebible.

Pero la eternidad siberiana es aparente. Una eternidad que dura, a bordo del tren, cuatro o cinco días, hasta que las profundidades de la Rusia Oriental ven nacer las montañas guardianas del magnánimo Lago Baikal, mítico reservorio del veinte por ciento de agua dulce líquida del planeta.

El Transiberiano no es tanto un tren como una vía ferroviaria que desde 1904 une San Petesburgo y Moscú con Vladivostok, ciudad-puerto en el Mar de Japón. Un tren semanal va directo de Moscú a Vladivostok; son 9288 kms, tarda siete días. En 1949 fue la revolución china y empezó la construcción del “ramal” que atraviesa Mongolia y termina en Beijing: el Transmongoliano. También un tren semanal hace el recorrido de un tirón; tarda seis días y a la homogeneidad interminable de Siberia le añade una diversidad cultural incomparable.

San Petersburgo es el inicio ideal del recorrido (puede hacerse al revés), para ver la progresiva desaparición de Occidente. Majestuosa y atravesada por canales del río Neva que desemboca en el Golfo de Finlandia, la ex Leningrado tiene su mayor orgullo en el museo Hermitage. Con 365 salas, recorrerlo entero a pie demora siete días seguidos. El Palacio de Invierno, otrora residencia de los zares y cuya toma bolchevique fue el hito de la Revolución del 17, es parte del museo y un impactante atractivo en sí mismo; parece natural que sea morada de Rembrandt, Leonardo, Manet, Van Gogh, Kandinsky, Picasso: maravillas que son la legitimación estética de la cultura occidental.

Salir del Hermitage bajo la nevisca, meterse al primer bar donde tomar calor con un poco de vodka local, sopa agria solyanka y arenques con eneldo: suficiente para sentir que empezamos a entender algo de Rusia.



El viaje nocturno a Moscú dura ocho horas y es muy simple; pero ubicar el tren indicado en la estación petersburguense requiere de ayuda. Hacer el Transmongoliano en tramos, parando en sitios del camino, es posible gracias a la universal ética de la hospitalidad. Los trenes rusos son de uso popular local y suelen ir bastante llenos. Adentro nadie habla castellano y casi nadie inglés. El ticket, por supuesto, está escrito en ruso, alfabeto cirílico; con alguna guía hay que aprender a leerlo, sobre todo el número de cucheta que nos toca.

Muchos trenes no tienen primera clase, que es un compartimiento con dos camas, sino directamente segunda (camarote con cuatro camas) y tercera, llamada plaskart: todo el vagón es un gran compartimiento, con cubículos abiertos al pasillo (solo separados por tabiques laterales) de seis cuchetas cada uno. De día, las cuchetas inferiores se usan como asientos. De noche, nada vale tanto como un buen par de tapones de oídos.

Compañeros ocasionales de plaskart: grupos de amigos jóvenes en juerga de fin de semana; grupos de kasajos o inmigrantes de otras naciones otrora soviéticas que van a Rusia a trabajar; hombres solos que viajan por negocios a ciudades distantes (“en el avión no puedo acostarme, ¡y prefiero ir por tierra!”, explica uno); señoras sexagenarias que, al entrar al vagón, se sostienen mutuamente una sábana (cada viajero recibe una colchoneta confortable y ropa de cama limpia) a modo de biombo para cambiarse y ponerse cómodas. Todo el mundo se pone pantalones cortos, pijamas, ojotas o chancletas, en esta gran intimidad compartida. 




 Moscú es una ciudad hecha con el sentimiento aspiracional de ser el centro del mundo. Todas las capas de su historia conviven como presente urbano. Las inolvidables estaciones de subte, diseñadas como palacios de la clase trabajadora a cien metros de profundidad; el Kremlin zarista y su Plaza Roja; las famosas iglesias ortodoxas de cúpulas coloridas y cebolladas; las calles con limusinas de diez metros, son formas –o estaciones- de la grandeza rusa, que nunca pierde su escala. Como la del tren: el más largo del mundo. 



Salir de Moscú hacia el este es ingresar en lo que nunca hemos siquiera oído nunca nombrar. Pasamos por ejemplo por Nizhny Novgorod, y ahí el tren cruza el río Volga; pasamos por Kazan, capital de Tartaristán, donde se habla en tártaro y es la principal ciudad musulmana en Rusia -su hermosa mezquita, inaugurada en 2005 a mil años de la fundación de la ciudad, es la más grande del continente europeo.

Nadie diría aquí que estamos en Europa (los rusos no se dicen ni parte de Europa ni de Asia). La divisoria formal entre ambos continentes son los Montes Urales. Donde los atraviesa el tren, se reducen a conjunto de lomas y colinas. Pero al venir de la Gran Llanura Europea Oriental y tener enfrente dos mil kilómetros chatos de Siberia occidental, esas tímidas elevaciones por entre las que serpentea el tren quedan marcadas como grandes accidentes geográficos. La puerta de Asia.

Rusia es igual de grande que Sudamérica. Tiene en Asia el 75% de su suelo pero solo el 22% de su gente. Después de Ekaterimburgo (donde los bolcheviques ejecutaron a la familia entera del último zar), las poblaciones son cada vez más esporádicas. La marcha del ferrocarril pasa a ser la única marca de civilización continua. Atravesando las praderas heladas y los fantasmales bosques de taiga, en el plaskart se refuerza la atmósfera de intimidad.

La provotnista es la encargada de limpiar y mantener el orden dentro del vagón. Responsables y respetadas, generalmente frías pero siempre amables, funcionan como encarnaciones de la madre Rusia. Mantienen por ejemplo activo el samovar, del que los pasajeros se sirven una y otra vez agua caliente. La gente lleva sus petates alimenticios, sopas instantáneas, pepinos, pescado ahumado, pan negro, algunos cerveza o vodka. Pero todos pasan las horas tomando té, entre conversaciones, juegos de naipes, lecturas y mirar, y mirar, y mirar por la ventana.  

El Transiberiano es una cápsula donde las referencias temporales se disuelven, porque en tramos de veinte o treinta horas de una ciudad a otra, los husos horarios son atravesados sin que nadie sepa en cuál estamos, de manera que está el horario de la ciudad en que subimos al tren, el de la ciudad a la que vamos, y, encima, el horario oficial del tren, que es, siempre, en toda Rusia, el horario moscovita –lo mismo en los tickets que indican horarios de salida y llegada, y en las estaciones, siempre los horarios son con hora de Moscú, y hay algunos pueblos muy pequeños sin otro reloj público que el de la estación ferroviaria: pequeñas islas de horario moscovita en medio del oriente-. Si todo viaje es un viaje en el tiempo, este más bien funciona como un viaje hacia afuera del tiempo. Por eso para muchos es un viaje para contemplar la vida: mirar por la ventana y no ver nada; ponerse ante un vacío y encontrarse. Con momentos de vértigo horizontal, el Transiberiano es un abismo hacia adelante.

Pero es Rusia, una madre que abandona nunca del todo a su prole. Así es que cuando pareciéramos estar en medio de la nada, y pasamos por uno de tantos ínfimos villorrios de casas de madera, que de no ser por el tendido eléctrico sería una imagen de cualquiera de los últimos cuatro siglos, de pronto aparece detrás y rompiendo el bosque una furibunda mole de hormigón, cuarenta metros de largo y cinco pisos de alto; imposible saber su función productiva pero evidente su efecto simbólico: recordarnos a todos que este páramo también es un punto del Imperio.



Es, en efecto, un viaje imperial: Rusia, Mongolia y China fueron imperios. El más grande fue el mongol. De todos: el imperio más grande de la historia. Se nota en las caras a medida que el tren avanza y para unos minutos en estaciones minúsculas donde señoras voluminosas y afables traen cestas al andén para vender comida casera: bollos de verdura, albóndigas, blinis (panqueques), pelmenis (capelletis grandes). Se divierten ante la trabajosa comunicación de los viajeros argentinos, ríen con sus caras ajadas por la vida y de rasgos asiáticos, ojos finitos, casi ocultos, que nos ven como bichos cada vez más raros.

Nos acercamos a la tierra de Gengis Khan.

El lago Baikal fue parte del imperio mongol. Cuando el tren pasa por el extremo sur del lago estamos ante los paisajes acaso más hermosos de todo el recorrido: montañas escarpadas, con bosque y nieve, enmarcan el inmenso lago, de superficie congelada aún en primavera. Para caminar sobre sus duras aguas hay que bajar en la pintoresca Irkutsk, otrora apodada “la París de Siberia”, llena de casas de madera finamente ornamentadas, y viajar en una pequeña combi de hechura soviética con gente que aun habla ruso pero ya tiene cara mongola.

A esta altura, volver a tomar el tren en Irkutsk para seguir viaje es como volver a casa: saludar a una nueva provotnista, observar los compañeros de vagón, encontrar la cucheta y armar la cama con el meneo del tren, ponerse ojotas y sentarse a tomar té. Lo que al principio es la radical ajenidad, se hace familiar.  Pero justo ahí cambia la pantalla: entramos en Mongolia.

Un país desértico. Un tercio de sus menos de tres millones de habitantes vive en la capital, Ulan-Batoor. Otro tercio es nómade: con economía de subsistencia ganadera, viven en tradicionales carpas llamadas gers. Se ven muchas desde el tren, en medio de la inmensidad; vida organizada en torno a los caballos y camellos. Al llegar a la ciudad, encontramos que ahí también hay gers, sobre todo en la periferia. Son los habitantes que hace poco abandonaron sus antiguos terruños para venir a probar suerte a la urbe, y montan sus carpas en los baldíos.
 

Ulan-Batoor es una ciudad caótica sin mayor atractivo, pero desde allí es fácil contratar un viaje al interior, donde familias nómades tienen como changa alojar turistas. En medio de un desierto montañoso, comiendo el omnipresente mutton (carne de oveja), sin entender una sola palabra, se recibe la noche de un límpido cielo repleto de las estrellas del norte.

Para el último tramo, tomamos en Ulan-Batoor el tren que viene directo sin escalas desde Moscú hacia Beijing. Aquí sí que hay viajeros extranjeros. No tiene tercera clase, solo segunda y primera, y el restaurante (que en los trenes rusos mucho no se usa, cuando lo hay) se llena de holandeses, ingleses y alemanes, la mayoría jubilados que esperaron media vida para hacer este viaje. Toman cerveza o té y contemplan felices la enormidad naranja del desierto de Gobi.

A través de ese desierto, que es la marca identitaria de Mongolia, llegamos a China. En la frontera, el tren demora varias horas, entre otras cosas porque del lado chino separan vagón a vagón, los elevan tres metros (¡con nosotros adentro!) y ensanchan la distancia entre ruedas para adaptarlos al ancho de trocha chino.

Es medianoche cuando por fin podemos bajar a suelo chino. El contraste con la pobreza mongola es alevoso: aun con la estación casi cerrada y vacía, el largo andén al aire libre tiene una serie de mega parlantes que nos reciben con música de Gershwin, bien fuerte, bajo la noche oscura. Para ponerse a bailar.

Desde los menos de dos habitantes por kilómetro cuadrado de Mongolia y su economía primaria, entrar a China es cambiar de mundo, de era. A la mañana los pasillos del tren se llenan de pasajeros que miran por la ventana el espectáculo de un crecimiento del 10% del PBI anual sostenido, que es visible: no hay un metro cuadrado sin que algo se esté haciendo. Represas, sembrados, túneles, fábricas, centrales atómicas, poblados, autopistas en construcción, etcétera. China burbujea ante nuestros ojos. 

En la estación ferroviaria de Beijing miles de personas llegan o salen. Afuera, la ciudad, milenaria y fascinante, esta sí asumida como centro del mundo, se ofrece a nuestra hambre: todo para ver, para comer, para recorrer, para perderse en sus callejones y encontrar, siempre, algo interesante, desde la Ciudad Prohibida hasta los mercados de frutas y verduras o ancianos que juegan, con fichas y tablero, de cuclillas en un rincón callejero. La vida china. Respecto de Buenos Aires es justo el otro lado del mundo; pero ya respecto de San Petesburgo y Moscú parece otro planeta. Tanta información, tanto visto y oído y probado; miles de kilómetros que contienen miles de años de historia. El viaje termina, pero sus efectos en el viajero recién empiezan.