El llanto y el órgano del liderazgo


Leo un texto de Lewkowicz, elegido al azar. Copipasteo aquí dos frasecitas que en el original no son consecutivas pero sí cercanas:

“Una época, una sociedad, no se define por las tendencias que la condicionan. Por el contrario, se define por las estrategias que adopta ante las tendencias. (Someterse integralmente a las tendencias, aunque quizá la más pobre, es también una estrategia).”

“El curso efectivo de los acontecimientos está condicionado por las tendencias pero determinado por las estrategias para aprovechar, desviar, resistir o multiplicar los efectos de las tendencias.”

Y después habla de que el líder -es decir, la posición que empuja al curso efectivo de los acontecimientos articulando su deseo con sus condiciones-, depende de la capacidad de diagnosticar la situación, inventariar recursos, trazar una meta e inventar técnicas de realización.
Esta lectura me evocó una imagen y una sensación. La imagen de Ignacio, hablando, lento y sereno pero poseído por el peso de la verdad de sus palabras –es decir el peso de su efectividad-, hablando admirado por los hallazgos que salen cristalinamente de su boca aunque al mismo tiempo le resulta obvio y natural ser él el emisor, como a sabiendas de que lo obvio y natural podría no suceder. Y la sensación, la sensación que me produjo esa pequeña lectura junto con la imagen de Ignacio hablando, entre la mesa y el pizarrón de la habitación principal del estudio, la sensación evocada es una sensación de poder.
Porque el liderazgo, ese liderazgo del que habla el texto hasta donde leí, no es solamente una posición individualmente ocupable. El liderazgo es una operación. Es el punto de diagnóstico, inventario, plan y proyección. Por eso muchas veces las instancias líderes de la vida son las amistades: los amigos te ayudan a verte. (Por eso también los genios te ponen a la altura de tus deseos, como
dice Federico, porque te iluminan un objetivo y sus condiciones de factibilidad).
Una vida que puede pensarse, que puede darse un diagnóstico de situación, contar sus recursos, proponerse un camino, o mejor, un sentido: una vida con operación de liderazgo. Es la lucidez, es ver qué pasa y qué puede pasar. Lucidez apropiacionista porque nada más se acerca a ser dueño de una situación que poder intervenir efectivamente en ella. Lucidez libertaria porque ilumina los resquicios donde podemos inventarnos, inventarnos fundados en nosotros; lucidez libertaria porque, en primera, muestra las sujeciones. Lucidez fecunda porque desamarra la fantasía de la percepción limitada del presente. ¡Lucidez es poder! Y sensación de poder.
Cuánta nostalgia de la sensación de poder. Esa sensación de poder. Pero si una sensación provoca nostalgia (no una persona o un momento, una sensación), si se la siente, aunque se la sienta como perdida, como extrañándola, es porque se la comprende, es decir, porque se la contiene.
Lo que me llevó –creo, porque después de que me pasaron todas estas cosas, me decidí a escribir y una vez haciéndolo empiezan a pasar otras nuevas y todo se entremezcla-, a una antigua, creo, pregunta: ¿es que acaso sirve el dolor? Ya no meramente como alerta, sino el dolor como presencia corrida de la virtud, como presencia desenfocada, tal vez, de la virtud. El dolor como presencia en minoría de una virtud que clama por fortalecerse. Tal vez, pues, sí cierta alerta (“clama”); pero no, porque no se trata del aviso de que algo anda mal. Se trata de una presencia de la virtud suficiente como para poder concebir un dominio más pleno de la virtud.
El balón es tu amigo, hacete amigo del dolor. El dolor es tu amigo. Esto va en contra de lo que hace años intento pensar: que todo esquema donde alguien se convence de que debe sufrir es un esquema perverso. Pero podría ser que la retención de un recuerdo doloroso sirva para un destilado presente y futurista –excreta futuro- del valor vivo que por perdido duele. Me duele, en este caso, el órgano del liderazgo.

Y sin embargo, todavía no llego a lo que quería escribir. (Aprovecho el intermezzo para apuntar que recién noto que la frase entre paréntesis del texto lewkowicziano transcrito dialoga, asemejándose aunque acaso discutiendo, con
esta pequeña nota, que dicho sea de paso es parte del texto que esta noche iba corregir hasta que se interpusieron los devaneos webísticos que derivaron en la lectura que derivó en esta escritura).

Ah, lo que quería escribir. En algún momento pensé que este blog debería llamarse, o tener como lema la frase “Había algo más”. Es muy común que –también- en la escritura avance como gran sombra un dolor por la idea que pasó y solo rastro –es decir sensación- dejó.

Pero ahora voy a intentarlo, y para hacerlo no me queda otra que profundizar este género horrible que es el de la confesión blogger. O sencillamente autobiografía online, aunque por algún motivo contar cosas de la propia vida, cualesquiera, suele ser catalogado en el orden de lo confesional. Lo cual es interesante porque confesar puede ser definido como decir lo que otros quieren que digas. Entonces, tendríamos que en esta onda “confesional”, lo que se supone es la materia más personal, más propia, más singular de mi querido e irrepetible pedazo de yo en el mundo, resulta ser materia que responde sin rozamiento al impulso de los otros, de la racionalidad ambiente conformada por “lo otro” (demasiadas comillas). Triste ver cómo toda la rareza que puede haber en una vida se entrega al mandato, repetido masivamente en serie, de ser, tener, mostrar una vida llena de distintivos. El contenido singular de una vida subordinado a la operación obvia y repitente de ser Alguien... En fin.
En fin. Una crítica que se sustrae higiénicamente de aquello criticado es pura diatriba moral, dice Sztulwark. Así que aquí están siendo criticados segmentos de la lógica que nos constituye incluso en nuestra misma posibilidad de criticar. Al menos lo consigno.

En fin: la sensación de poder, la lucidez para diagnosticar una situación, un problema, sus obstáculos, los recursos, los aliados, las posibilidades, los deseos, las vidas que pueden abrirse paso entre la vida, la sensación de poder. La nostalgia por el territorio, tan pero tan pero tan vivo, el territorio donde esa sensación era vigencia pura, emanación pura y efectividad pura, porque se imponía contra su previa ausencia. Ahora muerto, ese territorio, pero vivo, sin embargo, el órgano correspondiente a esa sensación operativa. Vivo con un vivir que es un doler; un estar al fin y, como en general lo que está, dueño de una riquísima eventualidad, potencialidad. Al fin, en fin: esa lectura me evocaba esa imagen y esa sensación. Fuertemente. Traccionante, envolviente, progresivamente. Quise llorar. Dije, ya que estamos en el baile, bailemos, recordemos más y suframos más y lloremos lo que haiga que llorar.
Pero, me dije, me percaté, ayer ya lloré. Por otra cosa, claramente, que igual de claramente no viene al caso, de hecho ya demasiado es que consigne mi llanto solitario, manchándolo de una puesta en serie con otros miles de llantos solitarios sustraídos, en relatos webs, del pudor. Ayer ya lloré y no se puede llorar todos los días, che. O mejor: no es preciso llorar todos los días. ¿Es que acaso hace falta verter lágrimas para constatar que los sentimientos se están sintiendo de verdad, para poder marcar en el derrotero de los días un suceso emocional?
Me preocupé, y esto es lo que quería escribir. Creo que es tan raro todo que no sería imposible llegar a reducir al llanto las escenas posibles de afectación triste –reducirlas al llano. Cuando digo que tan raro es todo me refiero básicamente a dos grandes campos de realidades. Por un lado, la inconmensurabilidad de las cosas que nos afectan y la consiguiente confusión que eso suscita (variable pero casi permanente certeza de confusión). Y por otro, al destino de insensibilización sobre los cuerpos en la era de Abu Graib y de los niños que compiten por quién se hace manar más sangre de la palma de la mano con su lápiz escolar. Sólo confiar en las lágrimas es posible si se ha desacreditado el emocionario. Sería una degradación de la capacidad de sentir. Una radical mutilación de los filamentos del sentir, de la complejidad de los modos posibles de sufrir. Hay que poder confiar en el dolor, es decir, extraer de él información, aún sin la clarificación del llanto. En fin.

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