Tuesday, March 25, 2008
La primera como tragedia y la segunda...
¿Vale también el "dime quién te odia y te diré quién eres"? No me hagan cristinista.
Sunday, March 23, 2008
Zooledad
Van a las plazas. Se sientan sol@s en bancos abandonados y se ponen a alimentar palomas.
Suelen planificarlo desde su casa y llevan pan para atraerlas. Arrojan trozos alrededor y esperan. Pero no es una espera cualquiera: es extremadamente espera.
Porque tiene una obligación, un requerimiento ineludible para ser exitosa: estas personas deben quedarse duras, quietas como estatuas.
Una espera que somete al cuerpo: para que las palomas se acerquen a comer, tienen que suprimir todos sus movimientos y sólo mantener activos los órganos de ver. El resto del cuerpo debe estar inactivo, pasivo, como muerto.
Tienen que casi desaparecer para que se acerquen las palomas, quienes claro, cómo no van a ir si les regalan la comida. Lejos de ser una compañía, son lo que redunda en la calle, son tan compañía como la lluvia. Van solamente cuando la escena puede transformarse en su escena, cuando mandan ellas y el humano está suprimido, inmerso en su ilusión de compañía. Bordean lo carroñero. Lejos están, muy lejos, de la dignidad de las serpientes que deben matar ellas mismas a su presa para que devenga alimento; las palomas son la plaga y la plaga no tiene valores, la plaga es la estúpida violencia de la reproducción infinita -punto en el cual las palomas se asemejan bastante a la lógica del capital: la estúpida violencia de la reproducción infinita.
Alimentar palomas es engancharse a lo dado para no estar solo, olvidando que lo dado es precisamente lo dado sin uno, lo que no nos necesita. Esa ilusión de compañía encubre una complicidad con la expoliación ajena de sí mismos, encubre la soledad de quien entrega su cuerpo a la compañía del invasor, aquel para quien uno es puro objeto. Como una rata que, huyendo del dolor de la soledad, se regala al hambre de una serpiente, sintiendo segundos al menos una ilusión de compañía.
A Federico Levín
Suelen planificarlo desde su casa y llevan pan para atraerlas. Arrojan trozos alrededor y esperan. Pero no es una espera cualquiera: es extremadamente espera.
Porque tiene una obligación, un requerimiento ineludible para ser exitosa: estas personas deben quedarse duras, quietas como estatuas.
Una espera que somete al cuerpo: para que las palomas se acerquen a comer, tienen que suprimir todos sus movimientos y sólo mantener activos los órganos de ver. El resto del cuerpo debe estar inactivo, pasivo, como muerto.
Tienen que casi desaparecer para que se acerquen las palomas, quienes claro, cómo no van a ir si les regalan la comida. Lejos de ser una compañía, son lo que redunda en la calle, son tan compañía como la lluvia. Van solamente cuando la escena puede transformarse en su escena, cuando mandan ellas y el humano está suprimido, inmerso en su ilusión de compañía. Bordean lo carroñero. Lejos están, muy lejos, de la dignidad de las serpientes que deben matar ellas mismas a su presa para que devenga alimento; las palomas son la plaga y la plaga no tiene valores, la plaga es la estúpida violencia de la reproducción infinita -punto en el cual las palomas se asemejan bastante a la lógica del capital: la estúpida violencia de la reproducción infinita.
Alimentar palomas es engancharse a lo dado para no estar solo, olvidando que lo dado es precisamente lo dado sin uno, lo que no nos necesita. Esa ilusión de compañía encubre una complicidad con la expoliación ajena de sí mismos, encubre la soledad de quien entrega su cuerpo a la compañía del invasor, aquel para quien uno es puro objeto. Como una rata que, huyendo del dolor de la soledad, se regala al hambre de una serpiente, sintiendo segundos al menos una ilusión de compañía.
A Federico Levín
Tuesday, March 18, 2008
Ya nadie va a escuchar tu remera
Esta escritura es una muy interesante lectura de otra escritura. Lo que sirve para pensar la vida...
Wednesday, March 12, 2008
Tuesday, March 04, 2008
Ensayo ricotero no redondo
"¿De qué año es una banda, de qué año es un disco? Oktubre, por ejemplo, debe sonar muchas más veces por día hoy que en 1986; y “hoy” se anima a referirse tanto al presente de escritura como al que sea de lectura. Criterio: lo que sirve para pensar la vida está vivo.
Patricio Rey sirve porque es una experiencia que -como define Casas a los clásicos- instaura ella misma los parámetros desde los que puede pensársela. Una experiencia como esta, singular –es decir que se manda sin saber nunca del todo qué carajo está haciendo-, para ser, inventa. Esos inventos sedimentan en el entorno; nutren el campo de representaciones extendiendo la frontera de lo posible. Sirven. Como si segregaran un principio activo, Los Redondos, que este ensayo intenta sintetizar..."

Thursday, February 21, 2008
Meta, meta
"Tal vez la vida era esto, y no está nada mal. Amigos que uno ama, amores que uno ama y un amor al amor. Proyectos que uno ama y sueños... sueñitos. Y amor al sueño de soñar."
(Para la Luna sacafichas)
(Para la Luna sacafichas)
Tuesday, February 05, 2008
Lecturas
"Es uno de esos libros donde el autocastigo y el sufrimiento redimen, ya no a la manera cristiana, pero sí ante la vista de los otros: en esta cultura de la autopromoción, despreciarse otorga credibilidad."
"...precisamente por ser las verdades de siempre, como dice Alonso, deben ser revisadas, reformuladas, transitadas de nuevo (sobre todo por lo de nuevo), cualquier cosa salvo dadas por obvias."
[Sobre El discurso Vacío, de Mario Levrero]
+ + + +
"La densidad literaria que lo hace distinto es justamente la magnitud con que logra que se sienta todo lo que no sucede, es decir que instaura un modo de ser de los sucesos –sucedan o no. En ese sentido ejerce lo que decía un colega y compatriota suyo, muerto ya: que el arte sea la inminencia de una revelación que nunca se realiza."
[Sobre Tantas noches como sean necesarias y su autor, Ricardo Romero]
"...precisamente por ser las verdades de siempre, como dice Alonso, deben ser revisadas, reformuladas, transitadas de nuevo (sobre todo por lo de nuevo), cualquier cosa salvo dadas por obvias."
[Sobre El discurso Vacío, de Mario Levrero]
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"La densidad literaria que lo hace distinto es justamente la magnitud con que logra que se sienta todo lo que no sucede, es decir que instaura un modo de ser de los sucesos –sucedan o no. En ese sentido ejerce lo que decía un colega y compatriota suyo, muerto ya: que el arte sea la inminencia de una revelación que nunca se realiza."
[Sobre Tantas noches como sean necesarias y su autor, Ricardo Romero]
Saturday, February 02, 2008
Gracias, Sago [reloaded]
¿Qué hacía, de dónde venía? Imposible recordar: las puertas de la noche disuelven el pasado. Y aunque todavía no lo reconocía, las puertas de la noche embadurnaban su perspectiva con el ánimo inevitable del día siguiente, signado por un cumpleaños que por primera vez no se cumpliría, signado por la imposición calendaria de una falta. Había que llegar hasta el día siguiente, y acaso por eso el recuerdo empiece en las puertas, las puertas del bar de Petuco.
El vodka, en chupitos transpirados (impregnados de niebla congelada), remite a Rusia pero sabe calentito. No podía esperar al día siguiente porque su advenimiento desesperaba. Dos, tres, cuatro tiros de calor helado; los tragos hacen pasar el tiempo mejor que los relojes, esto lo escribí ya en otro lado, es preferible construir una secuencia temporal ligada al cuerpo en vez de contemplar la tiranía del reloj, inmóvil en su movilidad preestablecida. Pero no lograba buen ritmo: habitaba desesperadamente la desesperación. Seguir bebiendo era a la vez demasiado lento y demasiado violento; necesitaba otra cosa, necesitaba un golpe dócil para poder contemplar mi desesperación como Dios manda. ¡Mi querido Paraguay! Pero un llamado telefónico tras otro fueron chocándose con la carencia, nada, nada, nada.
“¿Puede alguien decirme me voy a comer tu dolor, y repetirme voy a salvarte esta noche?”, pensaba con los dientes apretados, maxilares henchidos, cuando llegó Sago. Desde el fondo apenas visible de sus ojos -que sonreían con la misma delgada horizontalidad que su boca-, pregunta taimado “¿qué pasa, man?”. Necesito un favor, Sago. Me dijo tomá, esta es la llave de mi casa, entrás, subís, abrís la heladera y sacás lo que precises; anotá la dirección (nunca había ido).
Era cerca, sobre todo en bici. Tanta generosidad –ni siquiera “me abrió las puertas de su casa”, directamente me dio la llave- contrastó con mi necesidad narcótica, dando como resultado algo familiar a la culpa, un arrepentimiento resacoso anticipado.
Pedaleé fuerte, fuerte, para no repensar qué carajo hacía. Pedaleé buscando la velocidad que alcanzara una inercia que se transformara, ella y ya no yo, en la causa de mis actos. Pedaleé al mango por mi desesperación; mis piernas estaban frías y acusaron doloroso recibo. Los muslos comenzaron a desnudar su fragmentación, esfumándose la ficción maciza de funcionamiento conjunto de sus fibras. Los músculos se separaban en mechones con dolencias autónomas: me dolía una veta, luego otra, me pinchaba la cara externa de la gamba derecha y el muslo se me entumecía hasta ponerse rígido como caño metálico, pero frágil.
El dolor físico, y más aún la certeza de que era suficientemente agudo como para sobrevivir la noche y hacerse presente al día siguiente, me tranquilizó un poco. Eran medianoche y tenía que levantarme a las 7:30. Obviamente al volver al bar pediría otro shot de vodka helado para arrancar a mi casa pedaleando con el cuerpo calentito y fumando el porro de la bondad de Sago, de mi desesperación calma y de la aniquilación certera de la energía del día siguiente. Gracias a Dios, el infierno se ponía encantador.
El vodka, en chupitos transpirados (impregnados de niebla congelada), remite a Rusia pero sabe calentito. No podía esperar al día siguiente porque su advenimiento desesperaba. Dos, tres, cuatro tiros de calor helado; los tragos hacen pasar el tiempo mejor que los relojes, esto lo escribí ya en otro lado, es preferible construir una secuencia temporal ligada al cuerpo en vez de contemplar la tiranía del reloj, inmóvil en su movilidad preestablecida. Pero no lograba buen ritmo: habitaba desesperadamente la desesperación. Seguir bebiendo era a la vez demasiado lento y demasiado violento; necesitaba otra cosa, necesitaba un golpe dócil para poder contemplar mi desesperación como Dios manda. ¡Mi querido Paraguay! Pero un llamado telefónico tras otro fueron chocándose con la carencia, nada, nada, nada.
“¿Puede alguien decirme me voy a comer tu dolor, y repetirme voy a salvarte esta noche?”, pensaba con los dientes apretados, maxilares henchidos, cuando llegó Sago. Desde el fondo apenas visible de sus ojos -que sonreían con la misma delgada horizontalidad que su boca-, pregunta taimado “¿qué pasa, man?”. Necesito un favor, Sago. Me dijo tomá, esta es la llave de mi casa, entrás, subís, abrís la heladera y sacás lo que precises; anotá la dirección (nunca había ido).
Era cerca, sobre todo en bici. Tanta generosidad –ni siquiera “me abrió las puertas de su casa”, directamente me dio la llave- contrastó con mi necesidad narcótica, dando como resultado algo familiar a la culpa, un arrepentimiento resacoso anticipado.
Pedaleé fuerte, fuerte, para no repensar qué carajo hacía. Pedaleé buscando la velocidad que alcanzara una inercia que se transformara, ella y ya no yo, en la causa de mis actos. Pedaleé al mango por mi desesperación; mis piernas estaban frías y acusaron doloroso recibo. Los muslos comenzaron a desnudar su fragmentación, esfumándose la ficción maciza de funcionamiento conjunto de sus fibras. Los músculos se separaban en mechones con dolencias autónomas: me dolía una veta, luego otra, me pinchaba la cara externa de la gamba derecha y el muslo se me entumecía hasta ponerse rígido como caño metálico, pero frágil.
El dolor físico, y más aún la certeza de que era suficientemente agudo como para sobrevivir la noche y hacerse presente al día siguiente, me tranquilizó un poco. Eran medianoche y tenía que levantarme a las 7:30. Obviamente al volver al bar pediría otro shot de vodka helado para arrancar a mi casa pedaleando con el cuerpo calentito y fumando el porro de la bondad de Sago, de mi desesperación calma y de la aniquilación certera de la energía del día siguiente. Gracias a Dios, el infierno se ponía encantador.
Frente a los ingredientes de una dura resaca asegurada, caí en la cuenta, recién ahí con lucidez, de que ya de antemano iba a ser un día difícil, aún sin los ingredientes que estaba dispensándome. Yo no estaba más que acoplándome a lo que forzosamente sucedería, subiendo por motus propio al tren de la Historia (como Perón). Venía un día sin lugar para mí, sólo para mi dolor. Y por eso como pocas veces digo gracias, gracias Sago, porque nada peor que una depresión no autogestionada.
Thursday, January 31, 2008
Rockeros de Nazareth
Janis Joplin y esa troupe de rockeros (Ricky Espinosa...) que se sacrificaron viviendo todo el tiempo en carne viva años fatalmente breves para que millones podamos darle lugar en nuestras vidas templadas a la desesperación dosificada.
No que ellos lo hayan pensado así; que así funciona.
No que ellos lo hayan pensado así; que así funciona.
Todos los días se aprende algo
En la montaña el ladrido perruno es ruido urbano. Estoy en la cima de una montaña relativamente pequeña que forma junto a otras una “cadena cimosa” (el filo de las montañas lo llaman, creo). Se ve desde aquí un gran panorama de picos: los Andes, carajo. Aunque la perspectiva no es tan “cimosa” porque el frondoso bosque que me contiene impide el ahínco visual.
En esta cima, muchos elementos. Unos pajaritos muy veloces y ágiles, que parecieran Elfos dejando al colibrí como Hobbit. Chiflan, tecnológicamente. Se oye a lo lejos de pronto un ruido de catarata, pero no es agua: es la montonera del viento. Se acerca –crece- el tronido y, en un efecto dominó que se avecina colosalmente, los árboles agítanse como en grado ocho de la escala.
Sobre mi cabeza giran aguiluchos. La juegan de guapos con alas de planear. Chillan fuerte mas con pereza.
Y en esta montaña de mierda me pregunto cómo la selección natural –segunda en rango detrás de la Nacional- decanta en tan profusa variedad de pinches.
Canción de mina insoportable.
Y ahí de nuevo la cascada. A veces se oye a lo lejos y se acerca pero pasa por el costado; el viento, como el agua, esquivando las alturas. Pero otras me revira los techos y los árboles del bosque lloran sus babas a grito pelado.
Muy lejano, en un rincón del atrás, se deja sentir cada tanto el obstinado motor de algún auto. O ladridos de perros. Ruidos de la ciudad.
Me vine a la montaña porque Mahoma está de fiesta.
Me voy con el hueso en la mano.
Me voy con un recuerdo de la faena que no realicé.
En esta cima, muchos elementos. Unos pajaritos muy veloces y ágiles, que parecieran Elfos dejando al colibrí como Hobbit. Chiflan, tecnológicamente. Se oye a lo lejos de pronto un ruido de catarata, pero no es agua: es la montonera del viento. Se acerca –crece- el tronido y, en un efecto dominó que se avecina colosalmente, los árboles agítanse como en grado ocho de la escala.
Sobre mi cabeza giran aguiluchos. La juegan de guapos con alas de planear. Chillan fuerte mas con pereza.
Y en esta montaña de mierda me pregunto cómo la selección natural –segunda en rango detrás de la Nacional- decanta en tan profusa variedad de pinches.
Canción de mina insoportable.
Y ahí de nuevo la cascada. A veces se oye a lo lejos y se acerca pero pasa por el costado; el viento, como el agua, esquivando las alturas. Pero otras me revira los techos y los árboles del bosque lloran sus babas a grito pelado.
Muy lejano, en un rincón del atrás, se deja sentir cada tanto el obstinado motor de algún auto. O ladridos de perros. Ruidos de la ciudad.
Me vine a la montaña porque Mahoma está de fiesta.
Me voy con el hueso en la mano.
Me voy con un recuerdo de la faena que no realicé.
Tuesday, January 29, 2008
Palabras de salud (extracto)
"Pero perá, es sano estar un poco enfermo. Desconfiemos de las salidas higiénicas frente al sinsentido de la vida, Fede dixit. Por otra parte y como decía Lewkowicz, quien consideró suicidarse es más dueño de sí, porque ahora vivir es una decisión, no una inercia. Además, cortala con insistir en que no podés hacer cosas de la calidad que percibís en productos ajenos. ¿Quién te creés que sos vos para saber lo que no podés hacer, lo que no podrás? Pensar que podés pre-cononcer los límites de tu potencia no es de baja autoestima: es soberbia. Tené la humildad de admitir que no sabés lo que podés, la humildad de probar, la humildad de confiar.
Y brindaremos, por las victorias habidas y por haber, pero sobre todo por las buenas derrotas."
Y brindaremos, por las victorias habidas y por haber, pero sobre todo por las buenas derrotas."
Sunday, January 27, 2008
Luca, cadáver exquisito del rock

Este mundo no puede ser del chiste y de la tragedia, pensaba Macedonio, y Luca Prodan sería un intento de refutarlo. El documental sobre su vida muestra un genio enfermo que incinerándose hasta morir iluminó las vidas de su entorno; el mito de Luca condensa la tensión erotanática de la cultura joven. En Luca la risa es disposición fenomenológica y la tristeza su frustración, pero la risa también como autosuficiencia y la pena como apuesta de trascendencia.
[Aquí el artículo -publicado en Debate- completo.]
[Aquí el artículo -publicado en Debate- completo.]
Sunday, January 20, 2008
El accidente
[Presentado en los Villancicos Vrutales II]
Al día siguiente, lunes, entrevistaba al escritor Marcelo Cohen. Me había leído las setecientas veintitrés páginas de su última novela y estaba muy pendiente de esa nota. No por eso me había perdido, la noche anterior, sábado, la fiesta que festejaba el cumpleaños de Miguel y la primavera. Esa noche de sábado fue la primera noche de mi temporada en terminar de día, con el sol de un domingo muy esperado. Porque entre la fiesta y Marcelo Cohen, jugaban Boca River. Si no hubiera sido por el partido, dormía hasta que la cabeza no doliera. Pero, pero...
Pienso: la hago bien, me levanto un rato antes y voy al bar temprano, así engancho mesa seguro, de paso llevo materiales para trabajar sobre Cohen, fotocopias de antiguas notas, algún libro; tomo café doble y le pongo el pecho a la resaca.
[El relato completo]
Al día siguiente, lunes, entrevistaba al escritor Marcelo Cohen. Me había leído las setecientas veintitrés páginas de su última novela y estaba muy pendiente de esa nota. No por eso me había perdido, la noche anterior, sábado, la fiesta que festejaba el cumpleaños de Miguel y la primavera. Esa noche de sábado fue la primera noche de mi temporada en terminar de día, con el sol de un domingo muy esperado. Porque entre la fiesta y Marcelo Cohen, jugaban Boca River. Si no hubiera sido por el partido, dormía hasta que la cabeza no doliera. Pero, pero...
Pienso: la hago bien, me levanto un rato antes y voy al bar temprano, así engancho mesa seguro, de paso llevo materiales para trabajar sobre Cohen, fotocopias de antiguas notas, algún libro; tomo café doble y le pongo el pecho a la resaca.
[El relato completo]
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